lunes, 29 de octubre de 2007

LIMÓN, LIMONERO


video
Me ha hecho mucha gracia este video que me ha mandado Almu, aparte de por la constancia del chaval -digna de mejor causa- por lo que tiene de simbólico. Algunos tenemos una atracción fatal por las sensaciones intensas y nos acercamos a ellas una y otra vez sabiendo que los sabores fuertes pueden saltarnos las lágrimas y que, si andamos jugando con fuego, lo más probable es que salgamos un poco chamuscados, cuando no con quemaduras profundas en la piel del alma. Aunque el sabor le estremece, el niño -erre que erre- insiste con el limón, intuyendo una promesa de placeres agridulces. Al final consigue que le guste y lo chupa con el mismo deleite que si se tratara de una piruleta, no sé si porque se ha acostumbrado o porque ha perdido la sensibilidad, que viene a ser lo mismo. Creo que ya no le va a gustar la papilla de cereales.

El eterno dilema. No sabe uno cómo acertar, si dedicarse a la dieta sin sal, tan sana y tan aburrida, o comerse un chuletón a la pimienta que está delicioso pero nos puede abrir un agujero en el estómago, o quizá en el corazón. La dieta sin sal tiene un problema y es que hay que reforzarla con un tratamiento intensivo de pastillas para no soñar, lo que acarrea demoledores efectos secundarios y una agonía larga, sorda e incruenta que deja el alma aterida y el hastío instalado en el cuerpo. Por otra parte, los alimentos sabrosos nos abrasan la lengua y nos inundan con el calorcito de las emociones; las quemaduras nos enrojecen la delicada y rugosa piel del sentimiento y las ampollas inflaman la parte más vulnerable de nosotros; y nos pueden quedar cicatrices imborrables, con pérdida de sensibilidad en las zonas más expuestas al fuego.

Pero algo me dice que es preferible arder que congelarse. Al menos, al acariciarnos las cicatrices, cerraremos los ojos y reviviremos la calidez del roce de las llamas.

sábado, 27 de octubre de 2007

IRSE LA OLLA

Hace muchos años, allá por los primeros setenta -¡qué horror, qué vejez la mía!- ví La Naranja Mecánica, tremenda película de Kubrick que todavía hoy, con lo que ha llovido y con las burradas que llevamos vistas en el cine y en la vida real, me sigue estremeciendo. Simplificando mucho, la moraleja viene a dar a entender que el violento no es nadie si se le despoja de su condición de tal y deja de tener interés como persona. Digo que la película me sigue estremeciendo porque aún no he logrado aprender que la violencia gratuita existe y la maldad químicamente pura anda por ahí a sus anchas. Me pasó lo mismo cuando leí A sangre fría y supe que los hechos que tan magistralmente relata Capote ocurrieron de verdad. Porque lo que me sobrecoge, precisamente, es la frialdad de la sangre; no son hechos relizados en el entorno de una guerra ni inspirados en quién sabe qué alucinantes fanatismos. El dolor ajeno, la tortura, la muerte son simples modos de pasar el rato, planes para llenar el ocio del fin de semana.

Esta semana todos hemos visto que sí, que existen desalmados totales capaces de manosear primero y dar una patada en la cara después a una chavala inmigrante, sólo porque se le fue la olla, según las propias palabras de ese indeseable. Pero es que además esta sociedad se baja los pantalones ante la chulería y el cinismo y le paga por hacer declaraciones y porque nos escupa a la cara. Pronto estará en el tomate o en salsa rosa y esos programas serán líderes de audiencia. Al tiempo.

Un chaval al que quiero mucho salió de copas el viernes pasado con sus amigos de siempre. A lo largo de la noche conocieron a otros chicos que se unieron a ellos y pasaron juntos unas cuantas horas, bebiendo -seguramente demasiado- riendo, en fin, de coña. Los amigos de mi amigo se fueron yendo y al final se quedó él solo con los nuevos, tan majos ellos, tan colegas.

-Venga, tío, la última en tu casa.

Le liaron, se lío él solo, yo qué sé. Acababa de cerrar la puerta cuando le empezaron a llover los golpes, las patadas, los insultos, las vejaciones de los mismos que llevaban toda la noche haciendo risas con él. A la gente decente la maldad siempre nos pillará desprevenidos, porque no contamos con ella. Seguramente, lo peor no fue la televisión de plasma, ni el ordenador, ni la chaqueta de cuero nueva, ni la pasta que sacaron del cajero después de conseguir el pin a golpes. Seguramente, lo peor no fue el ojo morado ni el dolor en las costillas, ni las horas que pasó inconsciente y atado, prisionero en su propia casa. Seguramente lo peor fue la perplejidad de encontrarse cara a cara con la crueldad, inerme ante ella. Le robaron, quizá para siempre, lo mejor que tenemos: la confianza en el ser humano, la limpieza en la mirada, la naturalidad.

A lo mejor los pillan, a lo mejor no. Dará lo mismo. Sólo tienen que alegar que se les fue la olla.

martes, 23 de octubre de 2007

IRA

Me da miedo la ira por lo que tiene de irracional. Porque es un sentimiento incontrolado que brota del lugar más siniestro de las tripas y va por libre. Y, como a menudo es injusto y, por lo tanto, imprevisible, vivimos absolutamente ajenos a los nefastos efectos que somos capaces de suscitar con sólo abrir la boca; de repente nos cae encima un torrente de venablos, acompañado de una rabia que revienta como si se hubieran abierto las compuertas de un embalse y nos quedamos dando tumbos como un tentetieso, sin saber de dónde nos vienen los tiros ni qué hemos roto para merecer semejante trato.

Y es que, por lo general, no es que hagamos nada sino que somos de una determinada manera o nuestro carácter tiene algún rasgo que provoca, vaya usted a saber por qué, un rechazo visceral -y digo lo de "visceral" porque nace de alguna víscera oscura, no de la razón- en una persona concreta. Además, en la percepción del iracundo, esa faceta perversa anula lo que pudiéramos tener de bueno -que digo yo que algo tendremos- hasta el punto de que ESO y sólo eso es lo que nos caracteriza. Ya no cuenta nada más: ni las risas, ni el entendimiento, ni la compañía, ni los buenos ratos, ni la habilidad para hacer el gazpacho, ni el Real Madrid; todo desaparece y ya no vale nada; nada merece respeto cuando estalla la ira. Porque, para colmo, estas explosiones ocurren siempre con la persona que tenemos más cerca y con la que más vida compartimos. Cuando alguien de pronto se encuentra frente a la sinrazón y descubre un extraño brillo en los ojos que le miran desde la ceguera y la irracionalidad, no le queda más opción que salir huyendo.

Por desgracia es demasiado frecuente que obsequiemos con lo peor de nosotros a aquellos que más participan de nuestra vida, mientras al resto del mundo le enseñamos nuestro mejor perfil y la más reluciente de nuestras sonrisas. Y uno se queda pensando si no será más gratificante pasar por la vida sin mojarse por nadie y dedicarse a disfrutar de encantadoras sonrisas, tan ricamente.

domingo, 21 de octubre de 2007

EL TÚNEL

No se ve la luz al final del túnel pero los ojos se acaban acostumbrando a la oscuridad y se las arreglan con lo que hay, algún mínimo atisbo de claridad que entra por los resquicios de las paredes y alumbra otro trecho del camino. Luego otra vez a tientas, tanteando los muros, un grito que resuena y lo multiplica el eco. Alguien lo oye desde lejos, confusamente, y lanza una cuerda por si acaso...

Siempre, por mal que vayan las cosas, en algún lugar, donde menos se espera, hay alguien que ha pensado en nosotros aunque sólo sea un minuto. Y que nos quiere con cualquier forma de amor o sucedáneo. Porque hay amores grandes, con historia común, con fundamento y amores pequeñitos y fugaces, robados o prestados, que engañan a la vida por un rato, que dan una larga cambiada a este morlaco áspero, resabiado y difícil. Fogonazos de luz, música dulce que apaga el runrun que bulle entre las sienes. Hay que cerrar los ojos a la realidad e inventarse otra vida. Hay que bailar el tango, el otro día lo decía Sherpa y le voy a hacer caso.

Por lo demás, mi madre ha estado medio bien dos días. Hoy otra vez lo mismo. Si no es esto es aquello y este sinvivir, esta impotencia, este ir y venir de su casa a la mía; este agotamiento. Y con mala conciencia.

Ha venido Rosario, una alegría. Es mi amiga del alma aunque casi nunca nos vemos, vive lejos. Pero es una suerte tenerla: su humor, su retranca, su inteligencia, su cariño. Un lujazo. Dos vidas tan distintas, la suya y la mía; la mía un caos, la suya todo en orden; sin embargo es tan fácil entendernos, todo lo sabe sin que se lo explique. Es delicioso retomar con ella: decíamos ayer...

Y luego Amparo; volvía yo esta noche de casa de mi madre, Castellana abajo, dispuesta a recogerme; pero ha sonado el móvil y era ella; estaba en el Jazz Bar y allí me he ido a apretarme un gin-tonic y charlar.

Debo ser afortunada, después de todo. Hay gente que me quiere. Con cualquier clase de amor, con cualquier gratificante sucedáneo. Esto es así, seguimos en la brecha.

domingo, 14 de octubre de 2007

LA REALIDAD

El otoño se derrama con lentitud y nos regala unos días dulces y dorados, cálidos y acogedores. Por la ventana veo que la gente pasea, sin prisas, camino del parque, que debe estar empezando a vestirse de melancolía.

Pero yo no lo veo; no quiero abrir las persianas porque el sol entra en tromba a despertarme y cierra el paso a mi huida. Anoche tardé en dormirme; no conseguía alcanzar ese espacio inaccesible a la realidad, donde no llega la angustia ni suena el teléfono. Y esta mañana no quería salir de él. Tengo la puerta cerrada, con la horquilla cruzada, como en un bunker fortificado. Fumo sin parar; los tres kilos que me calcé en Los Ancares, se han evaporado junto con los valles verdes y la ilusión, todo en el mismo lote. Yo sé que los que no me conocéis pensaréis que padezco un síndrome bipolar agudo, pero estáis equivocados. Ocurre que a veces hay que inventarse una vida discretamente amable, fabricar una fantasía para sobrevivir a la realidad. Porque la realidad es invivible, prosaica y carece del menor interés literario.

A lo largo de este blog me habréis visto en diferentes estados de ánimo: crítica, melancólica, divertida, irónica, triste. Todo era mentira. Todo era una fuga de la realidad. Escribir es una manera de huir, pero llega un momento en que se levanta un muro altísimo al final de todas las salidas y una se queda encerrada dentro. Fuera están los hijos, los nietos -¡tan preciosos!- los amigos, todos ajenos a este laberinto de miedo.

Este blog no es lo suficientemente anónimo como para contar la realidad y ya no tengo escapatoria así que, de momento, cierro la tienda hasta que se abra alguna grieta en alguno de los muros por donde pueda dejar salir otra vida inventada.

Disfrutad el otoño, creo que está delicioso.

miércoles, 10 de octubre de 2007

SALUD, DINERO, AMOR

Estas tres palabras encierran casi todas las angustias del ser humano, lo demás son pamplinas. Y estoy por decir que en ese orden, pues sin salud el dinero no sirve para nada y sólo cuando tenemos cubiertas nuestras necesidades más elementales y los pagos al corriente, podemos disfrutar del lujazo del amor o lamentarnos de su falta. Bien es verdad que todo, hasta una salud precaria, es más llevadero cuando se dispone de la infraestructura que proporciona una economía desahogada, y también que los problemas económicos se soportan mejor entre dos.

Y se da la contradicción de que, a pesar de que la economía se desplome y los números bailen en la cabeza todo el día más que a Pedro Solbes, a pesar de que en el terrerno amoroso se coseche un fracaso tras otro, la salud continúa impertérrita, lo que obliga, aunque uno no quiera, a seguir enseñando los dientes a la vida; a seguir viviendo sin un puto duro y en soledad; ni siquiera un maldito infarto para echarse al miocardio que, en un pispás, diera carpetazo a todo esto.

Mi padre se sabía una copla:

El que nace pobre y feo
se casa y no le han querío,
se muere y se va al infierno,
menúa juerga ha corrío.

Pues eso, que jodío mundo éste.

sábado, 6 de octubre de 2007

EL HOSPITAL

Desde la ventana de la planta dieciséis del Hospital Gómez Ulla se abarca una vista infinita del revés de Madrid. Hace un día neblinoso y gris pero aún así se divisa al fondo, entre brumas, el Cerro de los Angeles que me recuerda las visitas con el colegio. Las nubes bajas y sucias forman como un cerco de grasa alrededor de este Madrid destartalado y proletario que no aparece en las postales; es un amalgama desordenado de tejados, antenas, azoteas con sábanas volando, fachadas anónimas e impersonales que, seguramente, guardan inacabables historias de supervivencia, de lucha, de cansancio. Historias de miseria urbana, malencarada y cruel, esa miseria oscura de paredes húmedas y aliento de alcohol; de violencia agazapada en los portales.

Miro desde arriba con la lejana indiferencia con que se mira lo inevitable. ¡Qué vista más fea! digo por decir algo. Pero mi madre no me escucha; su ánimo oscila entre la rebeldía y la claudicación, entre el rechazo a la enfermedad y a la vejez y la evidencia de su postración. Ahora está enfadada; el médico mandó que la trajéramos cuando vió los análisis. Y aquí, ya se sabe, se complican las cosas. Más análisis, radiografías; otras pruebas diagnósticas en el borde de la tortura -ella dice que es como la checa de Fomento, con su particular reivindicación de la memoria histórica-. Quisiera un tratamiento mágico y a casa. Una imposición de manos o algo así. A ratos cae en un silencio soñoliento, en una tristeza muda. Yo me vuelvo loca tratando de entretenerla, le cuento cosas de los niños y sonríe un poco. -¿Quieres leer?. Niega con la cabeza. Le compro una revista de cotilleo, se ha separado el hijo de la duquesa. Apenas la ojea, apenas la hojea. No sé para que se casa la gente, murmura. Reza el rosario.

Así desde el martes pasado y hoy es sábado. Lentitud, sensación de que nadie nos hace caso. Las enfermeras entrar y salen, la tensión, el termómetro, el desayuno, la limpieza. Son jóvenes, la tutean, le dicen cielo y esas cosas. Pero pocas explicaciones.

Me muero de pena. A lo mejor se recupera de ésta. Pero yo sé que esto no hay quién lo pare. Que no hay vuelta atrás. Son peldaños que va bajando poco a poco, implacablemente. De vez en cuando sube uno, pero baja tres.

Me siento tremendamente inútil.

miércoles, 3 de octubre de 2007

LA TORRE DE BABEL

Es descorazonador comprobar lo mal que nos entendemos a veces y cómo las palabras mal interpretadas pueden desencadenar un pequeño desastre emocional. La palabra, ese puente sutil que tendemos entre nosotros, es cambiante y con frecuencia no depende de sí misma sino de los oídos que la escuchan o, lo que es peor, de los ojos que la leen. Ocurre que los que tenemos el vicio de escribir, pretendemos que nos lean y, no contentos con eso, aspiramos a arrancar al lector una sonrisa o un juramento; una carcajada o quizá un nudo en el hígado, en una búsqueda de complicidades que en ocasiones peca de optimista. Nos asomamos a este precipicio para volcar desde lo alto nuestras miserias disfrazadas de literatura. Y cuando al día siguiente nos encontramos que alguien lo ha leido y se ha visto reflejado, o nos ha discutido o se le ha escapado una risa o una lágrima o ha proferido un ¡joder! delante de la pantalla, sabemos que no estamos solos. Lo malo es que, como nuestro idioma no es universal, nos hacemos un lío; cuando pedimos la argamasa nos dan el agua y la torre de palabras se derrumba; intentamos hacer reír y alguien que pasa por aquí se siente ofendido o tratamos de plasmar el dolor y nos topamos con la indiferencia.

Es peligroso este juego porque no es un juego. Decía Gil de Biedma que

el juego de hacer versos,
que no es un juego, es algo
parecido, en principio,
al placer solitario.

Y también que

tratar con el idioma
como si fuera mágico
es un buen ejercicio,
que llega a emborracharnos.

Este difuso placer si fuera solitario casi no sería placer; ya se sabe que el placer en compañía es más reconfortante pero también más arriesgado. Se puede convertir en dolor, porque la borrachera de palabras a veces trae una resaca envenenada.

Y eso que sólo son palabras...