sábado, 29 de noviembre de 2008

FAMILIA

No es la mía una familia especialmente cariñosa ni expresiva; hablo de la familia en la que nací, no la que fundé luego, mucho más tarde. Más bien somos un poco cardos, parcos en efusiones y aparentemente fríos. Tal vez sea yo la más expresiva, para lo bueno y para lo malo; también he sido la única que se ha salido del tiesto, digamos, ideológico y la que ha llevado una vida más caótica en todos los aspectos. Si bien nunca hubo en mi casa escenas violentas ni gritos, sí eché de menos un poco más de calorcito, de expresión física del afecto, besos, abrazos, achuchones varios, en una palabra, tocarnos. Tengo grabada a fuego en la cabeza y en el corazón una escena -tendría yo cuatro o cinco años- de mi madre abrazando y besuqueando a mi hermana, a la que llevo tres, y yo muriéndome de celos; a punto de romper a llorar, pero tragándome las lágrimas por puro orgullo y dibujando una mueca que quería parecerse a una sonrisa. Era como si cuando se superaba la fase bebé, se acabaran los mimos de raíz.

También recuerdo, mucho después, quizá con dieciocho o veinte años, un día que había estado tomando vinos con mi chico -con el que luego me casé- y llegué a casa un poco achispada pero feliz. Ya estaban todos sentados a la mesa muy serios; yo ocupé mi sitio y proclamé -¡Os quiero mucho a todos! y me miraron como si estuviera loca. Mi hermano se aplicó a la sopa y mi padre me preguntó con una cierta guasa que si estaba borracha. Y sí, lo estaba, si no, jamás hubiera dicho tal cosa en voz alta. Quererse era algo que se daba por hecho pero nunca se verbalizaba.

Siempre me resultó más fácil hablar de mis cosas con mis amigas que con mis hermanos y la relación con ellos ha sido simplemente correcta, pero fría; salvo en situaciones tremendas, como lo de Jaime, que sí nos soltamos el pelo, no sé que extraña faja nos sujeta los sentimientos, pero es triste que haga falta un momento como ese para decirnos que nos queremos. Porque que nos queremos está fuera de toda duda, cada uno con nuestras cadaunadas; basta que alguno de nosotros tenga problemas o esté en dificultades para que nos volquemos los demás; sin embargo nos falta confianza o nos sobra yo qué sé qué, quizá orgullo, quizá vergüenza, para contarnos esos problemas. Y a veces nos enteramos a toro pasado.

Y bueno, la vida es muy corta aunque a veces se hace eterna. Y yo no quisiera llevarme al otro barrio ningún abrazo de los que tengo para dar, porque en el otro barrio, vaya usté a saber...

lunes, 24 de noviembre de 2008

EL METRO EN VIERNES

Los viernes a las diez de la noche en el metro de Madrid unos van y otros vienen. Van pandillas de chavales, ellas a un lado, ellos a otro. Ellas se han disfrazado de "Lolitas"; llevan tacones muy altos y falda muy corta y gritan mucho para disimular la vergüenza que les da enseñar un canalillo procaz y unos pechos turgentes y muertos de frío; porque hace frío esta noche para ir así. Todas tienen los labios carnosos y pintados de rojo intenso. Ellos no las miran, pasan; aparentemente están mucho más preocupados por colocarse la gorra con la visera hacia atrás y el vaquero a la altura justa para que no se les caiga, pero casi. Una, bajita y regordeta, decide atacar y se sienta en las piernas de un chaval que está espatarrado en el asiento de enfrente. El, le mete mano con desgana entre los muslos y la besa en los morros como por cumplir. Se bajan todos en la estación de La Latina, ellos delante pegándose empujones y puñetazos de colegas; ellas detrás cuchicheando y tirándose hacia abajo de unas minifaldas imposibles y dando traspiés con los taconazos. Tanto feminismo para esto.

La sudamericana vuelve. La melena rubia teñida no oculta sus rasgos indígenas. Ha salido esa tarde y tiene que regresar porque está interna. Se ha despedido en el andén de otras compatriotas que tienen más suerte; están externas compartiendo piso y se pasan la noche del viernes bailando salsa. Ella no; tiene dos hijos en Ecuador o en Perú o en Colombia y manda para allá casi todo su sueldo, no puede gastárselo en pagar una habitación, para eso no se fue de su país. Pero todavía le resuenan en las tripas los ritmos calientes y se le van los pies con los músicos andinos que han entrado en el vagón, mientras dibuja una sonrisa muy triste. Se baja en Argüelles.

La mujer de edad indefinida yo creo que también vuelve; guiña los ojos para leer un texto pegado en la pared del vagón -libros a la calle- y en el rostro refleja un cansancio antiguo. De vez en cuando da una cabezada, apoyándo la cabeza en la palma de la mano. Agarra el bolso fuerte, como si llevara dentro todas sus pertenencias. Parece que tiene ganas de morirse. Lleva un periódico que dice que el Gobierno ha dado tropecientos mil millones a los bancos, a esos bancos que le tienen secuestrada la nómina, que le cobran unos intereses que rayan en la usura cada vez que se queda en números rojos; a esos bancos que la tienen axfisiada y que ahora ya no le dan más crédito. Tiene que hacer trasbordo en Cuatro Caminos y casi se pasa de estación. Se aleja del borde del andén, asustada de las ganas de tirarse que le están entrando. ¡Qué les den por culo a todos! No tiene nada ¿qué le pueden embargar? Ahora llega a su casa a comerse un huevo frito y mañana será otro día.

Una pareja madura se hace bromas y arrumacos. Igual se han tomado unos vinos y están un poco achispados; no se sabe muy bien si van o vuelven. Parecen dos separados que se han encontrado cuando ya no contaban con ello. Seguramente vuelven de una vida agotada y van hacia otra que se inventan cada día. Al salir en Moncloa se cruzan con un travelo con la hora cambiada; a las diez de la noche, en circunstancias normales, no le tocaría volver, pero vuelve; enseña un escote huesudo y plano y se le ha corrido el rimmel; lleva las medias rotas, los tacones torcidos y ya le apunta la barba, apenas emboscada en el maquillaje. Es delgado y menudo; o delgada y menuda, no sé.

Los viernes a las diez de la noche, va un montón de gente en el metro.

jueves, 20 de noviembre de 2008

EL AMOR, ESE OBJETO TAN FRÁGIL

Es lo que tiene el amor, que siempre es nuevo, que cada vez que aparece en nuestra vida es como la primera vez. Eso está muy bien porque cuando uno va a tumba abierta, sin desplegar ninguna defensa, el disfrute es mucho más intenso que si anda poniendo barreras. Creo que el miedo al fracaso es el gran enemigo del amor, hay que tirarse sin red y que sea lo que dios o el diablo quieran. No sé si el amor debe ser absolutamente ciego, pero no le sienta mal tener algunas dioptrías y perder las gafas del alma o dejarlas olvidadas, más o menos sin querer.

Las experiencias anteriores, con sus luces y sus sombras, se acabaron y además eso, que fueron otras. No deben lastrarnos la ilusión y las ganas ni llenarnos de miedos. Sólo tienen que servir para sacar consecuencias positivas y tratar de no repetir los errores. Y sobre todo, en las dificultades, no retrotraernos al pasado, no pensar "esto yo ya lo he vivido". Porque "esto" no lo hemos vivido; esto es otra historia, es otra persona y yo también soy otra persona.

Decía Jacinto Benavente que el amor es como Don Quijote; cuando recobra el juicio es que está para morir. Por eso hay que encontrar ese difícil equilibrio que permita mantener la locura y al mismo tiempo la racionalidad suficiente como para dominar o reprimir a todos los enemigos del amor: el amor propio, los celos, la desconfianza, el sentido de posesión... la falta de respeto a la intimidad del otro. No es fácil, no es nada fácil. Porque si dominamos a los enemigos pero nos falta la locura, nos convertimos en colegas, estupendos, sí, pero colegas. Y a estas alturas todos tenemos ya un montón de colegas. Y si estamos muy locos, levitamos mucho, pero falla todo lo demás, enseguida será un infierno y además dejaremos de levitar.

Hablando de El Quijote, hay otra frase que viene a cuento: Amor y deseo son dos cosas diferentes; no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama. Estoy de acuerdo en la segunda parte, todo lo que se desea no se ama, ya sea persona o cosa el objeto de deseo. Pero discrepo de la primera: lo que se ama sí se desea; y no me refiero sólo al deseo sexual -que también- sino a la necesidad de estar cerca, a lo que se llama echar de menos. A que nos demos cuenta de que está helado el otro lado de la cama. A ese abandono que se deposita en los muebles como el polvo.

Cantaba Rocío Jurado que se les rompió el amor de tanto usarlo; a mí en cambio me parece que lo que estropea el amor es la falta de uso; no hay que dejar que se cubra con el óxido del silencio, de la rutina, de la tristeza; con la pátina espesa del aburrimiento.

Y si se muere de tanto usarlo, pues mirusté, que nos quiten lo bailao.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

PROFECÍAS

Mi amiga Marga me ha mandado este artículo que escribió Arturo Pérez-Reverte hace diez años justos, el 15 de noviembre de 1998. No me resisto a reproducirlo aquí:

LOS AMOS DEL MUNDO
Arturo Pérez-Reverte

Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos.

Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.

Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street , y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.

Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo.

Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden. No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.

Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia.

Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.

Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.

Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad.

Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.

Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros.

Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda... Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.

Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.

Sin comentarios.

lunes, 17 de noviembre de 2008

NO SE ME OCURRE NADA

Mantener vivo este blog a veces cuesta un esfuerzo intelectual importante; supongo que se nota en los últimos posts, apenas rellenos con palabras ajenas -aunque, eso sí, suscritas por mí de principio a fin- y por videos callejeros. Mi cotidianeidad no da para más, ya quisiera yo ser taxista y poder contar las miles de historias que ocurrieran en mi taxi y las sugerentes citas que me dejaran pilladas con el limpiaparabrisas los viandantes. Aunque pensándolo bien, también al metro se le puede sacar jugo e inventar vidas novelescas con los que transitan por las entrañas de Madrid. A ver si me pongo a ello porque si no, este blog morirá a no mucho tardar.

Antes, en la pasada legislatura, la crispación daba mucho juego; una estaba todo el día enrabietada y los posts salían de tirón, como un vómito. Ahora, esta convivencia blanducha y gris que se traen los políticos, todos tan civilizados, aburre a las ovejas. El único que sigue crispando y tratando de poner un poco de color en la cosa pública es FJL, pero al pobre ya casi nadie le hace caso.

El personal está mustio y cariacontecido, el que tiene trabajo se aferra a él como a un clavo ardiendo sin osar reivindicar mejoras ni salir a la calle para solidarizarse con los parados. Se da con un cantito en los dientes. La crisis está en el aire igual que la contaminación que se acumula a veces sobre Madrid, como una boina negruzca y maloliente. Pero yo me he quedado mucho más tranquila después de la cumbre esa del G-20; Bush, en un alarde de su talla de estadista, no quería invitar a ZP porque no le ajunta desde que se llevó las tropas de Irak -cumpliendo su promesa electoral y en uso de la soberanía de España- igual que el matón del cole no invita a su cumple al niño que le lleva la contraria. Digo que me he quedado muy tranquila después de leer las conclusiones de la cumbre en cuestión porque parece ser que "tomarán las medidas necesarias para estabilizar los sistemas financieros" y también que "los gobernantes acordaron que se podrían -así en condicional- tomar acciones inmediatas para restablecer el crecimiento económico". Ahí queda eso. Mi abuela diría que para ese viaje no hacían falta alforjas.

Por otra parte, el facherío está indignado porque en aplicación de la Ley de la Memoria Histórica, ya no puede ir al Valle de los Caídos a montar el numerito de todos los años, que digo yo que qué más daba; es una tradición tan folklórica como El Toro de Medinaceli -por poner un ejemplo de tradición cutre que no se prohibe- y no tan cruel. En vista de lo cual, se fueron con la camisa azul a vociferar a otra parte, que resultó ser la calle de Ferraz.

Y bueno, a lo tonto, a lo tonto, he llenado un post.

viernes, 14 de noviembre de 2008

A LA UNA MENOS VEINTE

A estas horas las personas normales están durmiendo, sobre todo si esas personas son tan jodidamente normales que se levantan a las seis y media de la mañana. Sin embargo, si una lleva siendo persona normal desde las seis y media, a estas horas le entran ganas de salirse de la normalidad y mañana, dios dirá. Supongo que dirá lo de siempre, no espero muchas sorpresas.

Y una llega a casa a las nueve y media de la noche con los deberes hechos. Ha venido la asistenta y ha dejado la ropa planchada -esta vez ha planchado tus camisas- repartida por el salón, no me apetece guardarla. Miro el correo y sí, han recibido mi prueba de corrección y parece que tiene buena pinta pero ahora tienen mucho lío y ya me dirán algo; esperaré, seguiré esperando.

Llamo por teléfono, le llamo, te llamo por teléfono. Todo está bien, tú estás con copas y yo no, todavía no. En estas condiciones no hay mucho de qué hablar. Me pongo un gin-tonic para ver Cuéntame -soy una persona normal a la que le gusta Cuéntame- con una bolsa de patatas fritas en la mano. Las patatas fritas creo que engordan un güevo; ni siquiera me pregunto por qué tengo tantas ganas de llorar. Una lata de tónica da para tres gin-tonics por lo menos.

Me doy cuenta de que se ha apagado la calefacción porque se me quedan los pies fríos. He dicho un montón de tonterías por teléfono; emprendo la excursión hasta la cama.

Mañana será otro día.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

MADRID Y LA PUTA CRISIS

Estoy tan harta de oír hablar de la crisis y del apocalipsis que viene o que -como la primavera- ha venido y nadie sabe cómo ha sido, que me resisto a ver el telediario o a leer el periódico, sin hablar de las tertulias que constituyen por sí solas un pozo de sabiduría, para mí, insondable. ¡Cuánto cerebro desaprovechado! Lo único que veo, informativamente hablando, son los cinco minutos de Iñaki. Pasé un trauma cuando se fue de la SER porque estaba acostumbrada a inyectarme en vena su palabra inteligente, certera y legal al abrir el ojo por la mañana y el síndrome de abstinencia fue duro. Y ahora, ese ratito de las nueve menos cinco de la noche me reconcilia con el oficio de periodista. Deyanira, que está mucho más al loro que yo en esto de la información, nos transcribe su voz de cuando en cuando. Esta noche ha sido una de esas en las que está especialmente sembrado, no me resisto a hacer un cortipega con su editorial:

"Las mentiras penetran más fácil si se mezclan con insultos: los insultos nos distraen y la mentira cuela. Tras la muerte de dos soldados en Afganistán, los insultos a la ministra Carme Chacón nos han distraído mientras cuajaba la falacia de que España, a diferencia del resto del mundo, no asume su responsabilidad en Afganistán y que, en lugar de reconocer que ha ido a la guerra a luchar, se ha inventado una misión de paz, una cosa hippie de palomas, flores y solidaridad fraterna. Dos líneas sobre los insultos: burlarse de las lágrimas de la ministra en el funeral después de haber alabado las lágrimas de Obama es machismo de baja estofa; aludir a su condición de catalana, militante del PSC, para despreciarla por antiespañola, es roña cerebral. Pero, en relación con el fondo del asunto, las únicas tropas que están en Afganistán en misión de combate son las que desplegaron los Estados Unidos tras el atentado de las Torres Gemelas. Es la operación "libertad duradera", que derrocó en un año al régimen talibán y que ahora se enfrenta a los insurgentes y a los terroristas. Las demás, entre ellos las españolas, constituyen la fuerza compuesta por unos 50.000 soldados de 37 países, puesta en marcha por Naciones Unidas para ayudar al nuevo Gobierno afgano en la estabilización y reconstrucción del país. No se les encomendaban acciones de combate, entonces se creía que no quedaba más tarea militar que estrechar el cerco hasta cazar a Bin Laden y que esa era misión de "libertad duradera". El mandato de la ONU para la Isaf presentaba ambigüedades desde el principio y se ha ido haciendo más complejo y confuso a medida que se complicaban las cosas en el país. Es evidente que ahora debe ser reestudiado y es evidente que Obama se plantea hacerlo. Entonces veremos. Pero sepamos que nos pasa lo que a los otros 37 países y que no es Zapatero quien ha definido nuestro papel, sino Naciones Unidas. Esta es la verdad, por muy bendita que sea la mentira."

¿Alguien da más? Sin comentarios.

Dicho esto, que diría un tertuliano, os comunico que por fin los árboles de Madrid se están quitando la ropa poco a poco, como en un streeptease sensual y decadente y en los jardines del ministerio se han quedado luciendo una lencería de lujo, llena de encajes de colores cálidos. A pesar del frío, da gusto salir a fumar.

En Madrid pasan más cosas; por si lo de los árboles fuera poco, diversas bandas de música han tomado la Puerta del Sol; junto a la boca del metro, Nueva Orleans. Y a los pies del madroño, además del oso, hay una orquestina con jersey a rayas que encadena melodías, arrancando notas de unos instrumentos enormes que me pregunto cómo pueden transportar en el metro.
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Madrid es un universo variopinto y cruel, inhóspito y tierno, que rezuma vida por cada adoquín. Que se defiende como puede de esta crisis de mierda y de todas las crisis que llevan -llevamos- a cuestas los que transitan -transitamos- por sus calles. Se defiende hasta de las mentiras benditas y sigue llenando los bares de Huertas y de la Cava Baja.

Madrid es mucho Madrid.

domingo, 9 de noviembre de 2008

AMIGAS ¿PARA SIEMPRE?

No se muy bién qué es esta cosa de la amistad, ni por qué surge con algunas personas y con otras no. Pero creo que es algo que no requiere de grandes aspavientos ni de demostraciones aparatosas para poder reconocerla. Aunque en España tenemos una sociedad excesivamente delimitada por diversos factores como la edad, el sexo o el entorno social, también creo en la amistad entre personas a las que separen muchos años, muchos kilómetros, distinto sexo o diferente ámbito sociocultural. Es algo que, básicamente, nos permite estar cómodos, ser como somos o como estamos en cada momento y no poner cara de nada. La amistad no juzga sino respeta, no invade sino acompaña. A veces habla y otras veces calla, a veces escucha y otras, simplemente, está ahí. Pregunta lo justo, no somete al tercer grado de interrogatorio a nadie y no se acuerda de las contradicciones, tú dijiste que... ¡yo qué sé lo que dije!

Sobrevive a la distancia y al tiempo, aunque eso no quiere decir que siempre sea eterna; tristemente, hay amistades que se disuelven en este trajín que es la vida sin que eso signifique que no fueran auténticas cuando existieron; lo fueron y, como a los amores que se acaban, no podemos borrarlas de un plumazo ni despreciarlas, porque en su momento tuvieron mucha importancia y ya forman parte de esa mezcla de emociones, de inquietudes, de miedos, de ilusiones, de miserias y grandezas de la que estamos hechos.

No hay que pedir a los amigos, a las amigas, que sean perfectos y no nos fallen nunca, porque nosotros tampoco lo somos y fallamos más que una escopeta de feria. Pero creo que, por lo mismo, tenemos derecho a que los amigos, las amigas, no tengan en cuenta las veces que no nos encuentran cuando nos buscan y a que no apunten en el cuaderno del alma el tiempo que hace que no los llamamos por teléfono. La vida de cada uno es un pequeño y enrevesado mundo que muchas veces nos supera y bastante hacemos con pelearnos con él sin salir muy perjudicados mentalmente, para estar pendientes de cumplir con unos y con otros.

No sé, pero algo me dice que la amistad es, sobre todo, confianza en el otro. Y ya se sabe que donde hay confianza, da asco.

Y hablando de amigas, felicidades a Almu, que esa sí que es una amiga.

lunes, 3 de noviembre de 2008

MI MADRE

Pues ahí donde la veis, el sábado cumplió ochenta y siete años. A medida que se acercaba el día iba poniéndose cada vez más triste, y el viernes ya estaba inmersa en una absurda depresión, en la que yo me negaba a profundizar.

-Pero mamá, qué demonios te pasa. Estás estupenda, tienes cuatro hijos que son personas decentes, que te quieren y a los que la vida trata razonablemente. Doce nietos, sí, doce, porque Jaime sigue contando, de los que tampoco puedes tener queja, aunque cada uno haya organizado su vida como le ha parecido bien y siete bisnietos divinos. No pasas calamidades... ¿Qué más quieres?

Yo sé muy bien qué más quiere, aunque no lo diga. Querría cumplir treinta y cinco en lugar de ochenta y siete, -¡toma, y yo!- querría ser tan autónoma y tan independiente como ha sido toda su vida, querría no llevar un bastón ni necesitar agarrarse de ningún brazo para ir por la calle. Y, sobre todo, querría no escuchar a su espalda los pasos de la muerte, hasta casi sentir el aliento en su nuca. Querría no tener miedo a lo que haya después, al otro lado.

El jueves me llamó mi hermana: -¿has hablado con mamá? ¡está fatal! dice que no quiere que vaya nadie a verla el día de su cumpleaños, así que díselo a tus hijos. Le contesté que no pensaba decirle nada a mis hijos, que cada cuál hiciera lo que creyera conveniente y que recibiera a sus nietos si iban a verla. Luego, si no va nadie, para qué queremos más.

Nosotros nos la llevamos a comer por ahí, a la Cava Baja. Salió de casa con la expresión de quien va a la horca pero no descompone la figura ni en el instante supremo. Pero a medida que pasaba la mañana y penetrábamos en ese Madrid castizo que hacía tanto tiempo que no pateaba, se iba animando. -¿Esa es la torre de la Iglesia de Santa Cruz?, -no lo sé, mamá, yo es que no me conozco bien estos barrios. -¡Ah, mira! calle Concepción Jerónima, Tintoreros...el mercado de la Cebada, la plaza de Puerta Cerrada y ahí está, de frente, la cúpula de San Francisco el Grande. Dice que cuando era joven no venía por aquí, que sólo se movía por el barrio de Salamanca y por la Gran Vía cuando iba al cine; fue luego, con mi padre, cuando anduvo un poco por esos "barrios bajos".

La comida fue un éxito. Comió de todo; era día de presentaciones y participó, estuvo cómoda. -No, yo no tomo aperitivo, que luego no puedo con la comida; -¿vino? -no, no, yo no tomo vino. -¡Qué rica está esta ensaladilla! -¿te gustan los callos? -Me encantan. Se comió la ensaladilla, el jamón, los boquerones, los callos; todo regado con rioja de la casa, claro. Sopita de cocido y luego pescado, que es más ligero. Vinieron Marta y Alfonso y hablamos de todo un poco. Nos contó cosas de antes, de la guerra -la guerra nuestra, como ella dice- que coincide con su adolescencia en Madrid y su juventud. Marta le preguntó que cómo había conocido al abuelo y yo metí baza. -Mamá, deja hablar a la abuela; punto en boca. Con el vinito la conversación derivó por derroteros diversos: la religión, las creencias, las no creencias, las maneras de vivir de antes y de ahora, nuestra familia. La vida, la muerte, Jaime, claro, y mi padre. Hubo momentos emotivos y otros divertidos y mi madre, como siempre, dio una lección de inteligencia, de respeto, de sentido común.

La dejamos en su casa y por la tarde fueron a verla nietos y bisnietos.

Ayer me dijo que le dolía todo el cuerpo, pero estaba contenta.