jueves, 1 de julio de 2010

UNA BODA ESPECIAL

Pese a todos los obstáculos, la boda fue en el Valle, como corresponde al ideario de ambos contrayentes -tema en el que no voy a entrar por razones obvias y porque hoy no toca- con toda la carga simbólica que entraña el lugar. Quizá haya alguien entre los lectores de este blog -que algunos son como son- que ignore que la puerta principal de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos está cerrada al público por orden de Patrimonio Nacional, alegando motivos de seguridad por encontrarse en mal estado La Piedad de Juan de Ávalos que corona su frontispicio, aunque ciertas suspicacias insinúan que tras tanto desvelo se esconden oscuras intenciones del gobierno socialista.

Lo cierto fue que el hecho de acceder a la Iglesia donde tendría lugar la ceremonia se convirtió en una aventura espeleológica, pues todos los invitados -alrededor de trescientos- teníamos que recorrer una considerable distancia por galerías heladoras hasta llegar a un ascensor en el que descendíamos de diez en diez y, una vez en las profundidades, seguir peregrinando un buen trecho por aquellas catacumbas que desembocan en el recinto sagrado. Así dicho parece fácil, pero solo hay que calcular un mínimo de dos o tres minutos por viaje de ascensor para hacerse una idea aproximada del tiempo que llevó la operación. Afortunadamente estaba todo previsto y a mi madre la pudimos llevar en una silla de ruedas porque de otra manera hubiera sido imposible. Huelga decir que mi sobrina también tuvo que hacer el mismo recorrido, arrastrando la cola por aquellos pasadizos.

Pues a pesar de tanto impedimento y de que el paseíllo de Aña del brazo de su padre hasta el altar partió desde la misma puerta lateral que el resto de los asistentes, la boda resultó preciosa y con un puntito como de clandestinidad de cristianos perseguidos. No cabe duda de que el entorno ya de por sí es sobrecogedor y el Aleluya de Haendel resonando entre los muros al paso de la novia en una semipenumbra, todos tan pequeñitos en aquella inmensidad subterránea, apretaba el corazón. La ceremonia fue larga y salpicada de latines y de cánticos del coro y del propio sacerdote oficiante; las voces de los novios al formular las palabras que les unían en matrimonio sonaron nítidas e inequívocas sobre la tumba de Jose Antonio. En el momento de la consagración se apagaron las luces y sólo quedó iluminado el impresionante Cristo que pende sobre el altar, mientras se escuchaban de fondo las notas del Himno Nacional, que es de todos, de los azules, de los rojos y hasta de la roja. Para que no faltara detalle de tradición, la ceremonia nupcial se remató con la liturgia de la velación, que yo nunca había presenciado antes y que consiste en cubrir los hombros del novio y la cabeza de la novia, los dos muy juntos, con un velo y que por lo visto es para propiciar que los hijos se eduquen cristianamente, cuestión sobre la que yo no albergaba la más mínima duda. La Salve Marinera, como homenaje a los abuelos marinos fallecidos de ambos contrayentes, puso el broche final a la ceremonia.

Decir que mi sobrina Almudena estaba radiante sería un tópico y una vulgaridad, además de quedarse cortísima la expresión. Porque realmente irradiaba un aura de plácida felicidad que parecía salirle desde dentro del alma y que le iluminaba los ojos con una luz limpia y le dibujaba una sonrisa permanente que contagiaba a todos de serenidad. Al mismo tiempo actuaba de forma tan natural que se hubiera dicho que no había hecho otra cosa en su vida que pasearse por la Basílica del Valle de los Caídos vestida de novia.

Con toda la solemnidad y lo emocionante que fue la ceremonia, a mí que soy más de piel y de sensaciones cercanas y domésticas, lo que me agolpó unas lágrimas que no pude ni quise contener fue lo que ocurrió a los postres, después de brindar. Almudena se levantó, cogió el micrófono en una mano y el ramo de novia en la otra y con la misma espontaneidad y sencillez con la que acababa de prometer amar y respetar a su marido durante todos los días de su vida, proclamó que ese ramo no se lo iba a dar a ninguna chica casadera de las presentes, sino que quería regalárselo a una persona muy especial a la que quería mucho: su abuela.

Su abuela, que además es mi madre, soltó el trapo; hacía meses que estaba agobiada con la boda por sus limitaciones físicas, hasta el punto de no pegar ojo alguna de las últimas noches. Se veía incapaz de atravesar el inmenso Rubicón de las distancias del histórico monumento, eso sin contar con los impedimentos extraordinarios que he relatado al principio. El cocktail, la comida, los saludos a tanta gente, las emociones, la tenían acobardada. Pero el gesto de Aña la compensó de todo su desasosiego con creces y a mí, ya digo, me desbordó hasta por la punta de esa cosa absurda que llevaba puesta en la cabeza.

Por lo demás, fue un día lleno de ausencias por distintos motivos, que en estas ocasiones se hacen más patentes. Cada uno echó de menos a los que faltaban de los suyos: mi hermano y Mamen a su hijo Ignacio, al que la vida que ha elegido le aparta de estas cuestiones terrenales; todos a mi padre, que hubiera estado en su salsa. Mi madre, claro, también recordó a Nena, que hubiera disfrutado muchísimo. Y yo, obviamente, a Jaime, que junto con Fer, Belén y la propia novia formaban la panda de los primos pequeños, de la que él, y no es que yo lo diga, era el líder indiscutible. Aña no podría haber encontrado un testigo más guapo.