jueves, 6 de agosto de 2009

UNA TRISTE SORPRESA

Hace calor en Madrid, hace mucho calor. Las noches son una pesadilla de sudores, insomnio y paseos por la casa. Para beber agua, para fumar, para leer, cualquier cosa buscando el sueño que no llega. Y una desgana inmensa para ponerme a escribir, si me dejo llevar por la inercia este blog morirá de inanición en breve.

Una semana en Sigüenza. Sigüenza en julio ya no es lo que era. Antes era un mes muy agradable, sin el bullicio de agosto pero con la suficiente gente como para tener con quién tomarse unas cañas o sentarse en la Alameda por la noche a charlar tranquilamente, bajo un cielo cuajado de estrellas. Ahora, entre semana, es una soledad aplastante; a las diez de la noche no hay nadie por la calle ni en los bares y por más que una ponga toda su buena voluntad por alargar la jornada, a las once están echando el cierre en todas partes y no queda otra que irse a casa con un libro, que no es mal plan, pero la verdad, no es eso lo que una espera de una semana de vacaciones. Me fuí sola -Fernando se quedó aquí con su ordenador y sus cosas- para pasar con mi madre el día de su santo y ver a unos cuántos amigos con los que contaba. Pero hasta el jueves no llegó nadie. Así que me he pasado cuatro días repartiéndome entre la piscina municipal y el jardín con mi madre, aunque eso sí, trabajando. Y es que, los dioses culés, no contentos con el jodío triplete del Barça, han castigado mi perversidad mandándome un trabajo de corrección sobre tan ilustre y excelso club de fútbol; con lo que me he empapado de su gloriosa historia y he comprendido que, realmente, es mes qu'un club. Es La Luz; es La Verdad; es La Patria; es la leche en bote. ¡Dios, qué brasa!

Por fin llegó Arturo, y nos fuimos con mis hermanos y otro amigo a Saúca, a comernos unos huevos fritos con patatas y lomo de la olla en El Goyo. Saúca es un pueblo formado por unas pocas casas, una iglesa románica preciosa, en cuyo claustro duerme la luna, y El Goyo, que es la catedral de los huevos fritos. A la vuelta mis hermanos atropellaron a un jabalí; mejor dicho, el jabalí atropelló al coche de mis hermanos, a juzgar por cómo quedó el vehículo. Era la una de la madrugada cuando llegó la grúa a llevarse los restos; mientras tanto, nosotros en la cuneta muertos de frío y Arturo queriendo que exploráramos los campos para buscar al bicho y llevarlo ante la Guardia Civil; pero se había dado a la fuga como Farruquito cuando aquello, supongo que para morir en la intimidad.

Al día siguiente por la noche llegaron Mª Paz y Antonio y los cazamos lo que se dice al vuelo para irnos a cenar. Esa cena resultó regular porque hubo quien se pilló un absurdo rebote de príncipe azul destronado que no alcanzo a comprender; y es que, como es sabido, los misterios del ser humano son insondables. Mª Paz tuvo el detallazo de ir a ver a mi madre y estuvimos de charleta con ella en el jardín, no sé por qué, hablando de la guerra -la Guerra Nuestra, dice ella- y esas cosas; si serán insondables los misterios del ser humano que mi madre dijo que había sido la mejor época de su vida, lo que hay que oír. También hablamos de lo bien que estaba Pili, la madre de Mª Paz, que casi con la edad de la mía hacía la compra sola como una chavala. Yo siempre la recuerdo con sus pies diminutos y sus zapatos de tacón bajito, discreta, tranquila, perfectamente peinada y arreglada y con una sonrisa triste.

El viernes fui a la estación a buscar a Fernando que venía en un tren de cercanías, y vimos la elección de la reina de las fiestas y su corte de damas en la Alameda; hacía frío pero todas iban con sus vestidos palabra de honor de colores brillantes y sus bandas, atendiendo las agudas preguntas del presentador, qué esperas de las fiestas y cosas así. Seguro que estas chicas son inteligentes, universitarias y preparadas, pero aquellos vestidos tan cursis, aquellas bandas y aquellos bucles en el pelo les daban un aspecto como de estar fuera de sí mismas, embutidas en un cuerpo ajeno. Antonio y yo cantamos eso de qué buena está la reina, la reina, la reina, qué buena está la reina, la reina qué buena está y un señor nos miraba con cara de pocos amigos. Nos despendolamos un poco, bailoteando con el grupo de música que tocaba cosas antiguas, de cuando entonces. Nos tomamos unas copas de esas que no emborrachan pero dan la risa floja y lo pasamos muy bien. Arturo se había ido por la mañana, en un arranque de los suyos. Y el domingo a Madrid para trabajar el lunes. Me quedan sólo cinco días de vacaciones que los voy a guardar como oro en paño.

Cuando sonó el teléfono en la oficina y Mariapi me dió la noticia, no me lo podía creer. Me quedé como un tentetieso de esos que se tambalean de lado a lado sin llegar a caerse. Pili había muerto de repente en Fuenterrabía, dos días después de estar hablando de ella con mi madre; un día después de estar haciendo risas con Mª Paz. De repente, las risas y los bailes de la noche del sábado eran un recuerdo lejanísimo. Pili, la más fuerte de todas, en la fragilidad de su cuerpo menudo. La más autónoma de todas nuestras madres; la que nunca envejeció. Cuando antes de ayer la despedimos en el cementerio de San Justo, todavía las lágrimas de sus hijos se abrían paso a través de una cortina de perplejidad. No sé cómo se pueden comer esto Mª Paz y sus hermanos. Sé que nada de lo que diga les puede consolar, pero quiero que sepan que estoy con ellos.

domingo, 19 de julio de 2009

OSTRAS, PEDRÍN

Ayer la ría parecía recién pintada, con todos sus contornos perfilados y los colores brillantes. El día, para despedirnos, amaneció con sus mejores galas: claro, calentito y sin apenas viento; una delicia, que digo yo que ya se podía haber vestido así hace nueve días, en lugar de los cielos encapotados, la lluvia y el viento helador con que nos recibió. Pero ya se sabe que Galica es lo que tiene, entre sus muchos atractivos.

A mí, que soy de tierra adentro, me gusta el mar, claro, pero sobre todo me gusta tirarme en esas playas tranquilas, con poca gente y una arena blanca que no abrasa los pies como en el sur y dejarme acariciar sin ensañamiento por ese sol pacífico y amigable. Pues de eso, poquito he tenido, apenas conseguí arañar cuatro horas en total, repartidas a lo largo de
las vacaciones.

Sin embargo he disfrutado de otros lugares, como las Fragas del Eume, un Parque Natural que, por lo visto, es el mayor bosque atlántico de Europa y a dónde Rosario y Fernando tuvieron la feliz idea de llevarnos. Es un paraje jugoso y exuberante donde los sentidos se inflaman de humedades: el sonido del río Eume, bravo y agitado; el espectáculo de sus gargantas y cascadas y el frescor que derraman los robledales, de un verde mojado y reluciente. Además allí se combinan la naturaleza y el arte, pues el parque está salpicado aquí y allá de monasterios, castillos y puentes. En nuestra ruta estaba el Monasterio de Caaveiro, que no lo vimos porque se nos iba el autobús. Sólo Fernando se dió una carrera en pelo monte arriba para dejar aquí testimonio gráfico, que es que hay que ver este chico.

Un paseo bajo la lluvia por Puentedeume, que es un pueblo marinero muy bien presentado, distinto a todos los de las Rías Bajas. Elegantes calles con miradores, parques y edificios notables, vestigios de antiguas familias nobles de la zona, como la Torre de Andrade. Y eso sí, unos percebes y un pulpo en La Coruña que quitaban las penas y unas copitas mirando al mar en casa de Rosario -dicho sea de paso ¡qué casa tiene la jodía!- de charleta para rematar la excursión. Rosario es mi amiga del alma, sin que ninguna de mis hipotéticas o reales lectoras se sienta ofendida. Una amistad que reúne la antigüedad, las vivencias comunes y las muchas afinidades actuales, lo que no quiere decir que seamos idénticas ni siquiera parecidas; nos vemos muy poco -todavía no hay AVE entre Madrid y La Coruña, veremos si Pepiño- pero cada vez que nos encontramos retomamos con la misma facilidad que si lleváramos toda la vida juntas. Y es que a lo mejor llevamos toda la vida juntas, a pesar de la distancia.

Playa, lo que se dice playa, ya digo, poca; pero algún ratillo si que he sacado en una pequeñita y resguardada de los vientos. Me pasaba el rato cámara en ristre persiguiendo a las gaviotas en vuelo, pero no había forma de sacarlas una maldita foto.
En estas estaba cuando -ostras, Pedrín- pillé otra especie más exótica, tumbado unos metros a mi izquierda, todo él en reposo que es que daba gloria verle. Agotado debía estar el chico porque me dió todas las facilidades, vamos que posó como un profesional. Al rato llegó un tío a interrumpirle el sueño, muy interesado en si estaba de vacaciones o simplemente en el paro. Igual le quería ofrecer algo en la construcción o de estibador en el puerto de Vigo, tampoco hay por qué pensar mal; pero a mí me da que fue un amor a primera vista. En Arcade nos pusimos hasta ahí mismo de ostras de las otras, sin Pedrín ni nada, regadas con un Ribeiro frío muy rico.

El día que amaneció lloviendo, obviamente a Santiago, que es lo suyo.


Qué voy a decir de Santiago que no sepa todo el mundo. Por muchas veces que lo hayamos visitado siempre impresiona y una se siente una mínima cucaracha en la plaza del Obradoiro. De manera que no me extiendo para no caer demasiado en el tópico, sólo que hice fotos sin parar como una perfecta guiri.

Capítulo aparte merecen las dos visitas a Vigo, cruzando la ría desde Cangas en el ferry, para ver a Jose y Marga. Jose también es un amigo antiguo, de cuando entonces, con la diferencia de que en aquellos tiempos del paleolítico era muy difícil ser amiga de los chicos. Los chicos eran unos seres que estaban ahí para ligar o para defenderse de sus aviesas intenciones, según la educación de la época, con lo que creo que todos nos perdimos un enriquecimiento mutuo. Hoy somos muy viejos y podemos decirnos tranquilamente que nos queremos y que quizá nos hemos querido toda la vida. Yo con Jose tengo la sensación, después de tantos años, de haber recuperado a una persona formidable que no estoy dispuesta a volver a perder. Ni a él y ni a Marga, por supuesto, que es una mujer como la copa de un pino y que seguramente nunca la habría conocido si no estuviera casada con Jose. Fueron dos días deliciosos, de muchas risas y de muchas emociones y en los que tengo para mí que hemos apretado lazos. Al volver a Cangas en el barquito, mirando la espuma que iba dejando por popa, no sé por qué me acordé mucho de Jaime; él nunca fue en barco pero me parecía oirle dando alaridos de júbilo -¡cómo mola, mamá!-lo que hubiera disfrutado.

Una de estas noches, tomando unas copas en un bar de Cangas, hablábamos Fernando y yo de los hijos, cuando la chica del otro lado de la barra intervino en la conversación: -qué cosa más bonita acaba usted de decir; de ahí empezó a contarnos cosas de su infancia, de que había nacido en Brasil, que sus padres estaban separados, que de su madre no sabía nada pero que echaba mucho de menos a su padre que trabaja en una cafetería de Aluche. Ahora tengo en el monedero un papelito que nos comprometimos a llevarle en mano; no lo reproduzco aquí porque me parece una violación de la intimidad de esa chica que, sin comerlo ni beberlo -bueno, bebiéndolo sí- confió en nosotros y nos hizo partícipes de su soledad y su añoranza. De manera que por mis muertos que vamos a ir a Aluche a buscar a un camarero concreto y entregarle un papelito de su hija.

De vuelta a Madrid entramos a Zamora, que ni Fernando ni yo la conocíamos. Zamora queda un poco a trasmano y hay que hacer un acto de voluntad para ir a verla. Pero mereció la pena. Hacía un calor de justicia a la hora de comer y el sol castellano caía sin piedad sobre el casco viejo. Quizá por eso las calles estaban casi desiertas y pudimos pasearlas y regodearnos en sus piedras y en sus torres que se recortaban contra un cielo implacable. Nos comimos unas mollejas a la zamorana y seguimos ruta.

Pues eso, que al final el tiempo -me refiero al climatológico- no es tan importante. Por cierto, ya sabéis que pinchando en las fotos se amplían. Lo digo por si alguien quiere más detalle. Del Obradoiro o algo.

sábado, 11 de julio de 2009

EL PÁJARO DE FUEGO

En vista del entusiasmo -facilmente descriptible- que ha despertado entre mis hipotéticos lectores el post sobre Billie Holiday, yo, erre que erre, insisto en el tema con otro grande del jazz que cumple ese viejo tópico de malditismo, drogadicción y alcohol, tantas veces inseparable de los genios; parece que el peso de su propia genialidad les impidiera transitar por la vida cotidiana y encarar sus prosaicos pero reales asuntos como el común de los mortales.

Charles Christopher Parker también encaja en ese otro molde del negro que tiene la música en el cuerpo, como si en el gráfico de su electrocardiograma aparecieran escritos los acordes que brotaban de su saxo. Ya con trece años, en la orquesta del colegio le pusieron a tocar la tuba, pero su madre consideró que, dado el tamaño del chaval, el saxo sería más adecuado. No sabía que estaba propiciando el comienzo del más grande saxofonista alto de la historia del jazz, el mejor improvisador, el que convertía en música cada latido, cada emoción, cada lágrima y cada carcajada que constituían su atormentada existencia.

Su turbulenta relación con la heroína empezó a los quince años y nunca le abandonó. Entonces fregaba platos en un restaurante de New York dónde actuaban algunos importantes músicos de la época. Se había casado con Chan Richardson, una mujer blanca mayor que él -lo que que no es decir mucho, pues ya sabemos que Charlie tenía quince años- que siempre comprendió el genio de su compañero y siempre estuvo junto a él, a pesar de que no le debió hacer fácil la vida. Julio Cortázar, en su magnífico relato El Perseguidor, recrea la historia de Charlie Parker bajo el nombre supuesto de Johnny Carter y describe magistralmente los sentimientos contradictorios de esta mujer, moviéndose entre la insufrible convivencia y la admiración ciega que sentía por su marido. Pasaron temporadas sin un céntimo, viviendo de la caridad de los amigos, y Charlie llegó a empeñar su saxo -que era su único modo de vida y su pasión- para conseguir droga. La falta de recursos fue quizá la causa indirecta de la muerte de su hija de una vulgar neumonía, por no poder pagar la atención médica necesaria. Nunca se lo perdonó, lo que le llevó a dos intentos de suicidio. Su drogadicción fue en aumento, hasta el punto de que las autoridades le prohibieron grabar discos y actuar en locales públicos y el trompetista Dizzy Gillespie, con el que formaba un duo genial y mantenía una fructífera relación musical, decidió no volver a tocar con él. Después de una patética sesión de grabación de la que surgió un Lover Man angustioso -apenas podía sostener el saxo- fue ingresado en un hospital psiquiátrico. Siete meses después salió desintoxicado, aunque no curado, y el pájaro remontó el vuelo -Bird era el sobrenombre por el que le conocían en el ambiente jazzístico- iniciando la etapa más creativa de su carrera tanto en Estados Unidos como en Europa. Pero el veneno blanco siguió entrando en sus venas y su vida repartiéndose entre la gloria y el infierno; los inmensos éxitos artísticos y el reconocimiento mundial conviven con las constantes depresiones. Su comportamiento es cada vez más errático y su salud está cada vez más deteriorada. Murió a los treinta y cuatro años y el forense dejó escrito en el parte médico que su cadáver parecía el de un hombre de más de sesenta.

Pero nunca pudo destruir su propia grandeza, que sobrevivió a pesar de él mismo, y Bird entró en la gloria para siempre.

domingo, 5 de julio de 2009

UNA FRUTA EXTRAÑA

Billie Holiday nació de una madre de trece años y un padre de quince, marginales ambos, incapaces ambos de ejercer de padres. El se largó a los pocos meses y ella vivió dando tumbos con un bebé a cuestas por las calles de Filadelfia, Baltimore, Nueva Jersey y Brooklyn. Menos mal que contaba con vecinos solícitos que cuidaban de la pequeña Eleanora -Billie Holiday- con infinito cariño, tanto que uno de ellos la violó antes de cumplir diez años. Con estos mimbres no es de extrañar que a los doce se prostituyera junto a su madre por los arrabales de Nueva York. No es de extrañar que, con estos mimbres, Billie Holiday tratara de esconder su realidad en el whisky y en la heroína y que declarara que ella no era una buena chica, porque para ser una buena chica hace falta, al menos, un poco de amor.

Su formación musical era inexistente, sin embargo empezó a cantar su dolor por los tugurios más sórdidos de Harlem y como la fortuna algunas veces es justa, en uno de ellos la descubrió John Hammond, un influyente productor y crítico que habló de ella en su columna de prensa y llevó a Benny Goodman para que la escuchara. A partir de ahí empezó a compartir escenarios y jam sessions con los más grandes músicos de jazz del momento, que es lo mismo que decir los más grandes músicos de jazz de todos los tiempos, una generación irrepetible que nos ha dejado nombres como el ya citado Benny Goodman, Lester Young, Coleman Hawkins, Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, Charlie Parker, Sarah Vaughan y un interminable etcétera que, cómo dice Cortázar, consiguieron que los ángeles del cielo silenciaran sus liras para escucharlos.

Gracias a ese capricho de la fortuna, hoy podemos oír la dulcísima y triste voz de Billie Holiday mientras nos ponemos melancólicos en la barra de un bar, levemente borrachos. Su dulcísima y triste voz, encierra todo el dolor de su vida y toda la ternura que nunca tuvo y logra que nosotros al escucharla también nos bebamos nuestras pequeñas penas burguesas, tan ridículas al lado de las suyas.

En la canción Strange Fruit, esa voz dulce y acaso un poco infantil, de niña sin infancia que se hizo adulta a golpes, se vuelve aún más triste para arañar las conciencias como una lija. En ella denuncia los linchamientos y ahorcamientos de los negros en los refinados estados del sur. La letra, de Abel Meeropol, es estremecedora y se convirtió en un himno por los derechos civiles de los negros.


Los árboles del sur tienen un fruto extraño,
sangre en las hojas y sangre en la raíz,
cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur,
extraño fruto que cuelga de los álamos.

Bucólica escena del galante sur,
los ojos abultados, la boca torcida.
El dulce y fresco aroma de las magnolias
y de pronto el olor de la carne quemada.

Aquí está el fruto que arrancarán los cuervos
para que reciba la lluvia, para que lo mueva el viento,
para que el sol lo madure, para que los árboles lo suelten.
He aquí una extraña y amarga cosecha.


El Angel de Harlem todavía estaba bajo custodia policial, tras ocho meses en prisión por posesión de drogas, cuando murió a los cuarenta y cuatro años de cirrosis hepática. En su cuenta corriente había 0,70 dólares.

lunes, 29 de junio de 2009

YA PASÓ...

...y ahora me gustaría que no hubiera pasado todavía. Todo fue tan perfecto que ha merecido la pena cumplir sesenta años. Trabajamos lo que no está escrito, pero cuando llegó el momento se me quitó de golpe todo el cansancio. ¡Qué amigos tenemos, Pito! No sé si nos los merecemos. Desde aquí, mi infinita gratitud a todos los que estuvistéis, en especial a los que habéis venido desde tan lejos: a Rosario, desde La Coruña, a Mª Rosa y Agustín, desde Barcelona, a Amparo que se tenía que ir a Motril al día siguiente, a Juanra, que dejó una boda y casi le cuesta el divorcio y además tenía que madrugar el domingo, a mi hermano que vino desde Lérida, a Marisol, desde Valladolid, en fin, a todos que sé que habéis hecho un esfuerzo para estar con nosotras. Mención especial merece Arturo, que pringó como un enano y encima nos hizo reír durante los preparativos. A Almu que se ha currado el maravilloso regalo que nos hicistéis y a Lola que la acompañó a elegirlo. A Mª Paz y Antonio que interrumpieron su corderada seguntina y vinieron, tarde pero vinieron. A Paloma y Titi, que también se desplazaron desde una fiesta familiar en Sigüenza. A Pasca, que nos prestó sillas para que todos, los cuarenta y cinco -o más, porque ya perdí la cuenta- estuviérais sentados, que a estas edades no es cosa de andarse con machadas. A Ignacio, que nos hizo el reportaje fotográfico, a Carlos que nos trajo la guitarra. Vamos, que no tengo palabras. A María, que ya tiene mérito ir sola a un lugar donde no conoce a nadie y encima divertirse. Eché de menos a Chines, sobre todo por el motivo que tuvo para no venir y porque me daba mucha pena que lo estuviera pasando mal cuando yo estaba tan bien. Y también eché de menos a Marcos, a Ricardo, a Javier, a Antonio, aunque de alguna forma sé que estaban con nosotros. Hasta creo que bailé con ellos o por lo menos brindé. A César también le eché en falta, pero espero que su ausencia haya sido para bien. Y a Jose y Marga, que han hecho de golpe un saldo de hijas y se les casan las tres en dos meses; no pudieron venir desde Vigo. El Casti, que cambié la fecha por él y luego no fué; no se puede tener amigos tan importantes. Y a Valdo que le quiero y que siento mucho, muchísimo que al final no se decidiera; sé que es fuerte lo que le pasa pero no nos podemos dejar vencer por los años y sus achaques. Hay quién se rindió de antemano y lamento infinito que se niegue a vivir, pero los demás ya no podemos luchar contra eso. Y vosotros me entendéis.

El jardín estaba precioso y los astros se conjugaron para que nos hiciera una noche deliciosa. Un poco fresquita al final, pero yo iba preparada y me cambié a los vaqueros y al jersey. Y todos estábamos guapísimos porque no hay mejor maquillaje que la luz de la luna y la sonrisa, que a mí no se me cayó en toda la noche. Hubo reencuentros y príncipes azules; y sabiduría para condescender, venga liga, diviértete, tía, que mañana seguiremos juntos construyendo esta vida nuestra que nunca se termina de construir. Para mí, además, fue la presentación en sociedad de mi chico, al que muchos no veían desde los dieciséis años -¡dónde va la fecha!- y que estuvo a la altura: trabajó como un negro antes y después, cocinó, grabó la música y se dió la paliza recogiendo al día siguiente, que no era moco de pavo; encima no se puso celoso porque yo vacilara con todos mis amores. Además tocó la guitarra y estuvo pendiente de todo el mundo. ¿Alguien da más?

No me resisto a reproducir la poesía, en perfectos endecasílabos, que nos escribió Arturo. Como él dijo, se titula POESÍA, y dice así:

Hoy celebramos vuestro aniversario,
no sé si habré llevado bien la cuenta,
pero mirando a fondo el calendario
sin duda hay que sumar diez a cincuenta.

Aún recuerdo aquellos tiempos pasados,
aún recuerdo aquellos pechos frugales,
que si ayer eran ya muy admirados
hoy todavía son monumentales.

No olvido aquellas estrechas cinturas,
aquellos traseros pulcros y tersos,
aquellas piernas tan tersas y duras
que hoy son dignas todavía de estos versos.

Y ¿qué podéis decir en el presente?
¿No las véis con belleza y lozanía?
¿No sentís un ardor muy de repente
al tener a las dos por compañía?

Porque nunca ha de haber otros placeres,
por mucho que busquemos en la vida,
que estar siempre junto a estas dos mujeres.
Que nunca esta amistad se vea perdida.


Al día siguiente todavía lloraba; de risa, de gratitud, de emociones varias. Al final me pillé un pedillo que hizo que se me trabara la lengua todo el rato; me dió por querer a todo el mundo, pero es que ya se sabe que los borrachos siempre dicen la verdad.

Os quiero, panda de carrozas.

viernes, 26 de junio de 2009

THRILLER

Comprendo que no soy muy original, pero hoy no se me ocurre otra cosa. Y al fin y al cabo el chico era un monstruo, en todos los sentidos.


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miércoles, 24 de junio de 2009

EL DÍA QUE ME CONVERTÍ EN UNA SEÑORA GORDA

En el viaje de vuelta a Madrid, pillé desde el tren esta puesta de sol sobre los campos de Andalucía. Y cedí a ese deseo irrefrenable de hacer una foto que siempre nos acomete ante una puesta de sol, ya sea sobre el mar, sobre los campos o sobre unos tejados de Madrid, como para eternizar esa luz irrepetible que, sin embargo, se repite cada tarde de verano.

También sucumbí más o menos a una leve melancolía, típica y tópica en momentos como ese. El tren es melancólico de por sí, aunque la alta velocidad haya descafeinado las distancias y las despedidas, que es que ya no son lo que eran, sin pañuelos y sin besos de tornillo en el andén, con unas ventanillas herméticas que no permiten asomarse diciendo adiós con la mano hasta que la imagen desaparece en la lejanía; apenas un amago de abrazo antes de pasar por el detector de metales, ante la mirada indiferente de una señorita de uniforme.

Y una piensa vagamente si esa especie de nostalgia será por todo lo que va dejando atrás, no sólo en el espacio sino, sobre todo, en el tiempo. Me parece muy sabia la frase que me han mandado, de una tal Cora Harvey Armstrong -de la que confieso que ignoraba su existencia- que dice algo así como que dentro de cada viejo hay un joven preguntándose perplejo, qué coño ha pasado para llegar a ésto. El joven que nos habita no sabe en qué momento le empezó a invadir despacio el escepticismo, ni por qué anoche tenía el cuerpo tan golfo y con tantas ganas de bailar y en cambio ahora le duele tanto ese mismo cuerpo. La adolescente que todavía ocupa mi cerebro tampoco se dió cuenta del momento en que se empezó a convertir en una señora gorda, pero de repente un día, como me ha pasado esta mañana, se levanta un señor para cederme el asiento en el metro y me hunde literalmente en la miseria. ¿Tánto se me notan los sesenta? Le hubiera asesinado allí mismo y luego habría bailado el rock encima de su caballeroso cadáver, sin embargo le he dedicado la mejor de mis sonrisas y le he dado mil gracias porque en realidad estaba muy cansada y me dolían las rodillas, menudo asco.

Y así vamos viviendo, en medio de estas contradicciones que se traen el body y el coco, que a veces está a por uvas. Este sábado celebraremos Pitoya y yo los putos sesenta estos, con un montón de amigos tan caducos como nosotras pero igual de jóvenes. Ya os contaré lo que me duele el cuerpo al día siguiente. Mientras no me duela el alma, todo va bien.

miércoles, 17 de junio de 2009

ALÍ Y LOS DEMÁS

Las jacarandas se deshojan sobre las calles de Marbella y alfombran el suelo de color violeta. Al caer la tarde, una mezcla de olores dulzones emborracha los sentidos y es un lujazo sólo respirar. En esta ciudad que en una mirada rápida y superficial, parece hecha sólo para el ocio y la dolce vita, conviven el glamour y la frivolité con la gente corriente que se busca la vida cada día; pero cuando uno se está metiendo en el cuerpo unos espetos de sardinas asadas con un vinito frío, es muy difícil no comprarle a un senegalés sudoroso que nos mira desde la profundidad de la vida que ha dejado tan lejos, un bolso falso de Dolce y Gabbana. Aunque sólo sea por vergüenza torera y por poder decirle que nos permita invitarle a una cocacola o algo sin alcohol, porque es musulmán y no bebe. Como somos muy listos y estamos de vuelta de todo, hacemos filosofía barata y le decimos que las religiones no nos van a arreglar la vida, que nos manipulan y todo eso. Pero Alí -se llama Alí- nos mira con unos ojos muy negros, anclados en la costa de Senegal, en su mujer y en su hijo de dos años y nos dice que no, que él cree que hay otra vida en alguna parte y no precisamente en las playas de Marbella vendiendo bolsos. Se toma la cocacola de un trago y se va con su cargamento. Alí tiene veinticuatro años y los dientes picados, pero en su mirada guarda toda la eternidad de su raza y de su pueblo. Guarda la conformidad secular con un destino cruel que sabe injusto pero que espera distinto en el más allá. No puedo por menos que desear que al final tenga razón.

Por lo demás, playita, descanso y
dolce far niente. Y viaje a Ronda a ver a María y a Jose, que siempre es una gozada. Vaya pareja maja. Por la mañana yo estaba de los nervios, esperando el resultado de una entrevista de trabajo que sacara a un parado concreto de la cola del paro. Vamos, que saliera mi apellido de la fila de marras. Cuando llegó la noticia me invadió una sensación de felicidad total y absoluta como si ya no existiera Alí ni ninguna otra injusticia en el mundo. Porque así somos, primero los nuestros y luego ya veremos. María me trajo a un amigo suyo, que por lo visto me lee, a que conociera a La Solateras en carne mortal. Y la verdad es que me pilló cuando acababa de hablar con Jesús y no me ocupé en cuidar mi imagen pública. Siento la decepción, Carlos, pero soy tan vulgar y tan miserable como cualquiera; intentaré merecer que me sigas leyendo.

jueves, 11 de junio de 2009

HE VUELTO

Mentira me parece estar aquí sentada, delante del ordenata, sin prisa porque mañana es fiesta y por gusto, por el placer de estar sola conmigo misma, que hace tanto tiempo que no me veo. Llevo tres semanas, tres, inmersa en el Madrid de 1802 a 1814 y he pasado mucha hambre y muchas penurias. Me he librado por los pelos de que me pasaran a cuchillo en la Puerta del Sol o me fusilaran en La Moncloa. He visto las calles de Madrid cubiertas de cadáveres que los devoraban los perros hambrientos. He sido una heroína en el Parque de Artillería de Monteleón, con Daóiz a mi derecha y Velarde a mi izquierda y he recogido en mis brazos al Teniente Ruiz al caer herido; pero también he sido un monstruo de maldad irracional y he acuchillado al Marqués de Perales y después he arrastrado su cuerpo por la calle de Atocha, porque no sabemos hasta qué punto de salvajismo podemos llegar los humanos si nos aprieta el odio.

Las elecciones esas que ha habido el día 7 no me han dado ni frío ni calor, porque yo me estaba debatiendo entre José Bonaparte y Fernando VII y, a ratos, no sabía a qué carta quedarme. Rajoy, por lo visto, ya se siente presidente pero yo no me había enterado de que estas elecciones eran generales; si lo hubieran dicho, a lo mejor había ido más gente a las urnas y entonces, no sé. Pero eso de Europa, como que no nos pone. Voto de castigo a ZP, que ha sido malo y nos ha traído cuatro millones de parados; nos quedamos en casa. Ellos han votado como un solo hombre para que nos saque de la crisis el mismo sistema que la ha provocado. No es mala receta. Luego ya nacionalizaremos lo que sea menester, que para eso está la teta del Estado. Esta primavera se lleva el azul cobalto.


En fin, que he vuelto y que, poco a poco, me iré reincorporando al siglo XXI y dejaré de ser afrancesada, que vaya reyes de mierda tuvimos cuando entonces; el mejor, ya digo, José Bonaparte, que le tocó el trono de España en la bonoloto y, aun así, hizo lo que pudo y trató de defender a este maltratado pueblo de la rapiña de su egregio hermano, Dios le tenga en su gloria.

Y deseo a Inés, mi nueva sobrina nieta, españolita que acaba de venir al mundo, que ninguna de las dos Españas le hiele nunca el corazón.

jueves, 4 de junio de 2009

UN DESCANSO

Por fin he terminado el capítulo II "ESTRUCTURA Y COMPOSICIÓN DEL AYUNTAMIENTO DE MADRID" y me permito una pausa. Creo que no había estado tanto tiempo sin escribir en el blog ni siquiera esas veces que me atacó la locura de abandonar. Y es que una cosa es querer y otra poder. Entonces podía pero no quería y, como mi voluntad es flaca, volví en seguida. Ahora quiero pero no puedo porque estoy sumergida en una corrección que tengo que entregar a plazo fijo y acapara cada minuto de mi tiempo. No veo a mis nietos, como bocadillos y robo al contribuyente dándole al asunto también en la oficina. Mi chico se ha ido, harto de mí y de que no le haga caso.

Durante este tiempo han pasado cosas, el jodío triplete ese, que por lo visto ha hecho feliz a toda España menos a mí y a un taxista que me trajo a casa la tarde del evento. Lo que hace la corrección política; todo el mundo encantado y ellos a la Cibeles a tocar las narices. Y para colmo, cuando paré el domingo para comer sin siquiera quitarme el pijama, vi a un sueco desconocido pegando unos mandobles que echaron de la pista de Roland Garros a mi Rafa del alma, qué pena más grande. Pero buscando el lado positivo, esta situación tiene la ventaja de que no me entero de las estupideces electorales -estamos en elecciones ¿no?- que es que la política en estas ocasiones alcanza las más altas cotas de gilipollez. Aunque me pregunto si esto que vivimos no es una eterna campaña electoral.

Porque mientras nos comen el tarro con la puta gripe esa y todos quieren sacar tajada política del asunto, nadie se ocupa, por ejemplo, de los millones de personas que mueren cada año de malaria, una absurda enfermedad que se podría prevenir con poco más que un mosquitero, o de diarrea o de sarampión o de neumonía, enfermedades corrientes y molientes que en nuestro civilizado mundo son pura anécdota pero que en otros mundos matan a mansalva. Cuando ya todos estemos absolutamente acojonaos con la gripe porcina, saldrá algún cerdo que comercializará una vacuna milagrosa y, por supuesto, carísima, que nos devolverá la calma. Como pasó con el TAMIFLÚ, la pócima milagrosa contra la gripe aviar que ROCHE puso oportunamente en el mercado. A mí todo esto me huele fatal.

Buenas noches. Mañana volveré a mis nuevas amistades: los corregidores, los regidores y los secretarios del ayuntatamiento de Madrid en el siglo XIX. No eran peores que los de ahora, nada nuevo bajo el sol.