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miércoles, 30 de marzo de 2016

CÁCERES - WASHINGTON - LIBERTAD 8


Así, todo seguido, sin una pausa, se presentan los próximos días. El próximo viernes, 1 de abril, camino de Cáceres al XIV Encuentro de Poetas en la Red, hasta el domingo 3. 

El lunes 4, bien temprano, al aeropuerto rumbo a Washington con escala en Nueva York, total 9 horas 45 minutos volando, más tres de la escala. Menos mal que llego a Washington en pleno Cherry Blossom Festival, es decir, con todos los cerezos en flor. Y, sobre todo, que voy a pasar cerca de dos semanas con mi hija y mi nieto. Y mi yerno, claro.


Regreso el domingo 17 por la mañana, supongo que sin pegar ojo en toda la noche. Y por la tarde, sin tiempo de quitarme el jet-lag, Montxo Otero y Rafa Mora, cantarán poemas míos en LIBERTAD, 8, a las 19:30.


Espero sobrevivir.

viernes, 23 de octubre de 2015

LLEGÓ EL DÍA



Bueno, pues ya llegó el día. Mañana a estas horas estaré volando hacia Nueva York, para hacer una escala de dos horas antes de subir a otro avión que me llevará a Washington, mi destino definitivo.

Voy a estar allí dos semanas y durante ese tiempo este blog quedará paralizado, así como mi presencia en Facebook. Voy a desconectar de este mundo virtual para centrarme por completo en Álvaro. Me han dicho que Washington es un precioso lugar donde hay muchas cosas interesantes que ver: el Capitolio, el Obelisco, la Casa Blanca, la estatua de Lincoln, diversos museos, en fin, muchas maravillas. Pero no voy con espíritu de turista, voy con espíritu de abuela. Y de madre, claro, pero Marta y Arnaud se irán a su trabajo y yo me quedaré con Álvaro, que va a hacer novillos de la guardería durante esos días.

Va a ser una terapia intensiva de ternura, la que él me da sin saberlo y la que le daré yo a él, toda la que me sobra y no sé dónde poner. Por eso a veces la malverso en el lugar equivocado y otras se me escapa por el desagüe de la poesía. El pobre no sabe la que se le viene encima.

Pues eso, amigos, que seáis buenos y nos vemos a la vuelta. Abrazos a repartir.

miércoles, 24 de octubre de 2012

ALCORNOQUES

Recuerdo que había encinas y llovía
sin mucha convicción
y que los alcornoques desnudos por los bajos
mostraban sus vergüenzas
como putas en una mala noche.

Llovía y relinchaban los caballos
cuando hollaban mis botas los ruidos familiares
del vencejo y del mirlo.
Pero yo iba cargada de madrugadas rotas,
de insomnios contumaces y de pequeñas muertes
y arrastraba los pies sin darme cuenta.

Todos agradecieron que me fuera
con mi rollo a otra parte y los dejara
esperando en la niebla
que noviembre llegara por sus pasos. 

martes, 9 de noviembre de 2010

MAGA EN ANNECY

A la gata Maga le gusta asomarse a la ventana para ver los pájaros; abre unos ojos muy grandes del color del otoño y vuelve la cabeza para mirarnos con mucha pena. Es una gata francesa y no habla ni una palabra de español, pero nos llevamos bien; se llama Maga en honor al personaje de Cortázar y es tan dulce y tan loca como la de Rayuela, por
eso hay que tener mucho cuidado con ella; ya por dos veces se ha escapado por la ventana para jugar con los gorriones sin saber de los peligros de la vida y ha tenido a Marta en un sinvivir, que la pobre se pasó toda la noche llorando su muerte. Luego resultó que no se había matado, se coló por la ventana abierta de la vecina de abajo y dio un susto tremendo al bebé, quizá lo confundió con Rocamadour, con esta gata tan literaria nunca se sabe.

Lo cierto es que, viviendo en un lugar tan de cuento como Annecy, debe de ser muy duro pasarse el día en casa sin ver la inmensidad del lago con las montañas al fondo, que se superponen una tras otra hasta perderse en la bruma infinita, ni mirar el río cruzado de puentecillos y flanqueado de enredaderas rojizas que trepan por las paredes.
Ni, por supuesto, comprarse un sombrero en la chapellerie ni asomarse a la barandilla del puente para hacer una foto a los cisnes, ni subirse a los árboles que tienen el mismo tono de su pelo rubio o contemplar los increíbles colores que pintan la ladera. Es duro ser gata en Annecy.

Al llegar a casa yo le contaba todas las maravillas que había visto, pero no es lo mismo. Y Maga se ponía como loca a correr de un lado a otro y a subirse por la cortina. Yo creo que también tenía celos de que Marta hubiera estado todo el día conmigo y de lo que yo había disfrutado oyéndola hablar y hablar de sus retrovirus, de sus ectoplasmas y de todos sus proyectos. Y contándole también mis tonterías y divagando de cosas muy profundas -porque Marta es muy profunda, además de muy guapa y listísima- de lo que es el bien y lo que es el mal, de lo fáciles que deberían ser las relaciones y lo difíciles que las  hacemos, hasta que se iba el sol y nos quedábamos heladas mirando el lago.

Perdóname, Maga, solo han sido dos días, ya te la dejo para ti. Cuidala mucho y dale muchos mimos a mi niña.
Pinchar las fotos para verlas ampliadas.

lunes, 12 de julio de 2010

ISLAS, FÚTBOL Y BESOS

No cabe duda de que pasar las vacaciones cada año en un sitio tiene su gracia porque se conocen nuevos lugares y nuevas gentes y se amplían horizontes, pero uno no deja nunca de ser extranjero y de moverse como un guiri con la máquina de fotos a cuestas intentando apresar rincones y momentos; y cuando esas vacaciones son de tan solo una semana y se quieren ver demasiadas cosas, al final no se ve ninguna con el mínimo de profundidad y de detalle necesario para recordarlo. Bueno, habrá opiniones para todos los gustos, pero nosotros hemos repetido por tercer año consecutivo el mismo lugar de Galicia, la misma casa rural y hasta se me ha olvidado la máquina de fotos, porque hemos ido sin ánimo de hacer turismo, solo de descansar, relajarnos y hacer un poco lo que nos diera la gana en cada momento, sin planes ni programas. El año pasado nos reconocieron por haber estado el anterior y fue gratificante; este año no nos han reconocido, sino que nos conocen y nos han recibido casi como a unos amigos. El gallego, hablando en general, es más bien cerrado y le cuesta intimar, pero nosotros, erre que erre, hemos conseguido de algunos un trato personal -o personalizado, no sé- casi familiar.

Además el tiempo se ha portado y los primeros tres o cuatro días nos ha regalado un calor impropio de la zona, con lo que yo, que soy como de raza calé ya de mi natural, vengo como un auténtico conguito. Tanto calor hacía que calculé mal y me fui a la isla de Ons solo con lo puesto; lo puesto era un bikini, un pantalón corto y una camiseta y, en la travesía a la isla, me resultó a todas luces insuficiente contra la brisa que soplaba en cubierta por barlovento, que a medida que nos alejábamos de la costa se iba haciendo cada vez más fría. A pesar de envolverme en la toalla no tuve más remedio que instalarme bajo techo si no quería arribar a puerto con un trancazo más que regular. Mis antepasados marinos se hubieran avergonzado de mi falta de previsión para la cosa de los vientos.

La isla es una delicia, totalmente enxebre que dicen los gallegos, que es algo así como de verdad, auténtico en el sentido más idem de la palabra, sin ningún tipo de artificio mercantiloide para turistas. Al arribar al muelle ya divisamos el Checho donde nos habían recomendado comer y, tras reservar la mesa, emprendimos la ruta, yo con ánimo de visitar el Buraco do Inferno que, por lo oído, es un agujero entre las rocas por el que se ve el fondo del mar. Pero después de caminar durante media hora bajo el sol y con aquellas playas maravillosas a nuestra izquierda llamándonos a gritos, nos cruzamos con un paseante que nos informó de que nos quedaba casi otra hora de subida; no nos daba tiempo a llegar, darnos un baño y volver a comer, así que desistimos y nos quedamos en una playa de ensueño, de arena blanca de esa que no mancha, como de conchas trituradas y un agua transparente y gélida.

Fernando se dio un baño y se fue al chiringo, pero yo me quedé allí tirada un rato y volví despacito, mirando cada piedra y cada planta y dejando que mis pensamientos se fueran por ahí a su bola. No hay papeleras en la isla por el impacto visual y las complicaciones para la gestión de los residuos, sin embargo está todo como a estrenar y no se ve ni un papel, ni una colilla en el suelo. Todo un ejemplo de civismo. La iglesita encalada con adornos en añil tiene una inscripción en su frontispicio dedidicada a su patrón San Xoaquin, que en una caligrafía como de párvulo, dice literalmente así: San Xoaquiniño, dainos un ventiño en popa pra llegar a noso porto, pues teño a vela rota. Me pareció enternecedor.

En casa Checho nos apretamos un pariente del pulpo Paul, empanada de zamburiñas y un sargo que saltaba, todo regado con alvariño. Queríamos volver a tiempo de ver la semifinal contra Alemania, por lo que habíamos reservado el barco a las cinco y media, pero se estaba tan bien allí que lo cambiamos por el de las siete y media, a riesgo de perdernos los himnos, y volvimos a la playa. Cuando uno está en la gloria el tiempo pasa muy rápido y antes de darnos cuenta ya era la hora del último barco hacia Bueu. No tardamos ni dos minutos en preguntar al Checho si alguien alquilaba habitaciones y nos puso en contacto con la Puri que nos proporcionó una para pasar la noche.

De manera que vimos el España-Alemania en la Isla de Ons, dando cuenta de otra botella de alvariño y unos percebes y con los aaaay, pufff, ¡vámonos!, ¡fuera de juego! coreados con acento gallego. Cuando Puyol propinó al balón aquel cabezazo magistral, el ¡¡¡GOOOOOOL!!! resonó por toda la ría y yo me abracé primero a Fernando y luego a un pescador que tenía al otro lado. Los truenos que me despertaron luego, mucho más tarde, creí que eran fuegos artificiales de celebración, pero no; era el cielo el que lo cebraba con un pedazo de tormenta que cambió el panorama climatológico; al día siguiente llovía y hacía frío y nosotros seguíamos con lo puesto, así que cogimos el primer barco que salió.

Entonces apareció en escena Enrique. Enrique es todo un personaje; con su melena entrecana, su sombrero, sus vaqueros, su camiseta negra con el estampado de unos ojos de mujer palestina tras una alambrada y su chaqueta también negra, desestructurada y de firma cara; con su voz profunda y su mirada miope, luce un aspecto entre intelectual y vividor, entre enigmático y seductor, francamente atractivo. El primer día me resultó cercano y tierno y se desmelenó con mucho desparpajo; pero al siguiente, no sé si por la resaca o porque un exceso de lucidez le hizo arrepentirse de haber mostrado su vida con demasiada sinceridad delante de mí, estaba distante y me pareció que con un puntito de cierta animosidad; igual fue una apreciación equivocada por mi parte, fruto de mi conocida hipersensibilidad, pero me gustaría tener ocasión de conocerle más.

Y al llegar a Madrid, la Roja. Yo me la enfundé en el alma desde que me levanté y en el cuerpo desde el medio día, con la pertinente bandera colgando a mi espalda. De semejante guisa me fui a comer a un restaurante muy elegante. Vimos el partido en casa de Arturo, con Pitoya también de rojo y Almu con la bufanda enrollada a la cintura. Y así estuvimos, sufriendo en nuestras carnes durante casi ciento veinte minutos la leña que la naranja mecánica repartía entre nuestros chicos ante la inoperancia de un árbitro inútil o bien pagado, no sé. El patadón en el pecho a Xabi Alonso me dolió en el mismísimo esternón. Sin embargo cuando ese chico -llamado Andrés
Iniesta y nacido en Fuentealbilla, Albacete, de una familia humilde- tímido, bajito, paliducho y casi calvo pero que trata al balón con el mismo mimo y delicadeza que si fuera un bebé, con la habilidad de un malabarista y con la potencia y precisión de un misil, chutó aquel derechazo para la historia, el grito de ¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOL!!! recorrió España entera, desde la Isla de Ons hasta la más pequeña de las Canarias, desde Cádiz a Barcelona, desde Valencia a Badajoz, desde La Coruña a Almería, desde Gerona a Sevilla, desde San Sebastián a Huelva; estremeció las capitales y los pueblos, la costa y el interior, la montaña y la llanura, los campos y las ciudades; entre los españoles que están fuera y los extranjeros que están aquí, entre los militares que andan por ahí, entre los presos de las cárceles y los enfermos de los hospitales. Y todos nos echamos a la calle; y en la calle reinaba la alegría, el buen rollo, el optimismo y la complicidad entre viejos y jóvenes, entre rojos y azules, entre obreros y empresarios. Y nos besamos y nos abrazamos con íntimos desconocidos, y agitamos las banderas y las bufandas y nos quedamos felizmente roncos. Nos hacía mucha falta algo así. Me dio mucha pena no tener allí a Marta que hubiera disfrutado como una enana y la pobre está en Francia; lo tuvo que ver rodeada de gabachos envidiosos de España y cabreados por el papelón que ha hecho su selección en el mundial.

Yo comprendo que haya gente tan intelectual, tan profunda, tan transcendente, tan culta y tan seria que no se emocione con estas cosas e incluso las desprecie, pero yo me lo paso muy bien siendo tan simple y tan primaria. Y el beso de Iker a su chica olvidándose de la entrevista y de las cámaras, casi me salta las lágrimas.

TELECINCO pide dos millones de euros por sus derechos sobre el video y a mí este mes no me viene bien con tanto gasto, pero gracias a Cock que me lo ha mandado, lo tengo en mi ordenador, y ahí no creo que puedan meter mano. Espero.

domingo, 19 de julio de 2009

OSTRAS, PEDRÍN

Ayer la ría parecía recién pintada, con todos sus contornos perfilados y los colores brillantes. El día, para despedirnos, amaneció con sus mejores galas: claro, calentito y sin apenas viento; una delicia, que digo yo que ya se podía haber vestido así hace nueve días, en lugar de los cielos encapotados, la lluvia y el viento helador con que nos recibió. Pero ya se sabe que Galica es lo que tiene, entre sus muchos atractivos.

A mí, que soy de tierra adentro, me gusta el mar, claro, pero sobre todo me gusta tirarme en esas playas tranquilas, con poca gente y una arena blanca que no abrasa los pies como en el sur y dejarme acariciar sin ensañamiento por ese sol pacífico y amigable. Pues de eso, poquito he tenido, apenas conseguí arañar cuatro horas en total, repartidas a lo largo de
las vacaciones.

Sin embargo he disfrutado de otros lugares, como las Fragas del Eume, un Parque Natural que, por lo visto, es el mayor bosque atlántico de Europa y a dónde Rosario y Fernando tuvieron la feliz idea de llevarnos. Es un paraje jugoso y exuberante donde los sentidos se inflaman de humedades: el sonido del río Eume, bravo y agitado; el espectáculo de sus gargantas y cascadas y el frescor que derraman los robledales, de un verde mojado y reluciente. Además allí se combinan la naturaleza y el arte, pues el parque está salpicado aquí y allá de monasterios, castillos y puentes. En nuestra ruta estaba el Monasterio de Caaveiro, que no lo vimos porque se nos iba el autobús. Sólo Fernando se dió una carrera en pelo monte arriba para dejar aquí testimonio gráfico, que es que hay que ver este chico.

Un paseo bajo la lluvia por Puentedeume, que es un pueblo marinero muy bien presentado, distinto a todos los de las Rías Bajas. Elegantes calles con miradores, parques y edificios notables, vestigios de antiguas familias nobles de la zona, como la Torre de Andrade. Y eso sí, unos percebes y un pulpo en La Coruña que quitaban las penas y unas copitas mirando al mar en casa de Rosario -dicho sea de paso ¡qué casa tiene la jodía!- de charleta para rematar la excursión. Rosario es mi amiga del alma, sin que ninguna de mis hipotéticas o reales lectoras se sienta ofendida. Una amistad que reúne la antigüedad, las vivencias comunes y las muchas afinidades actuales, lo que no quiere decir que seamos idénticas ni siquiera parecidas; nos vemos muy poco -todavía no hay AVE entre Madrid y La Coruña, veremos si Pepiño- pero cada vez que nos encontramos retomamos con la misma facilidad que si lleváramos toda la vida juntas. Y es que a lo mejor llevamos toda la vida juntas, a pesar de la distancia.

Playa, lo que se dice playa, ya digo, poca; pero algún ratillo si que he sacado en una pequeñita y resguardada de los vientos. Me pasaba el rato cámara en ristre persiguiendo a las gaviotas en vuelo, pero no había forma de sacarlas una maldita foto.
En estas estaba cuando -ostras, Pedrín- pillé otra especie más exótica, tumbado unos metros a mi izquierda, todo él en reposo que es que daba gloria verle. Agotado debía estar el chico porque me dió todas las facilidades, vamos que posó como un profesional. Al rato llegó un tío a interrumpirle el sueño, muy interesado en si estaba de vacaciones o simplemente en el paro. Igual le quería ofrecer algo en la construcción o de estibador en el puerto de Vigo, tampoco hay por qué pensar mal; pero a mí me da que fue un amor a primera vista. En Arcade nos pusimos hasta ahí mismo de ostras de las otras, sin Pedrín ni nada, regadas con un Ribeiro frío muy rico.

El día que amaneció lloviendo, obviamente a Santiago, que es lo suyo.


Qué voy a decir de Santiago que no sepa todo el mundo. Por muchas veces que lo hayamos visitado siempre impresiona y una se siente una mínima cucaracha en la plaza del Obradoiro. De manera que no me extiendo para no caer demasiado en el tópico, sólo que hice fotos sin parar como una perfecta guiri.

Capítulo aparte merecen las dos visitas a Vigo, cruzando la ría desde Cangas en el ferry, para ver a Jose y Marga. Jose también es un amigo antiguo, de cuando entonces, con la diferencia de que en aquellos tiempos del paleolítico era muy difícil ser amiga de los chicos. Los chicos eran unos seres que estaban ahí para ligar o para defenderse de sus aviesas intenciones, según la educación de la época, con lo que creo que todos nos perdimos un enriquecimiento mutuo. Hoy somos muy viejos y podemos decirnos tranquilamente que nos queremos y que quizá nos hemos querido toda la vida. Yo con Jose tengo la sensación, después de tantos años, de haber recuperado a una persona formidable que no estoy dispuesta a volver a perder. Ni a él y ni a Marga, por supuesto, que es una mujer como la copa de un pino y que seguramente nunca la habría conocido si no estuviera casada con Jose. Fueron dos días deliciosos, de muchas risas y de muchas emociones y en los que tengo para mí que hemos apretado lazos. Al volver a Cangas en el barquito, mirando la espuma que iba dejando por popa, no sé por qué me acordé mucho de Jaime; él nunca fue en barco pero me parecía oirle dando alaridos de júbilo -¡cómo mola, mamá!-lo que hubiera disfrutado.

Una de estas noches, tomando unas copas en un bar de Cangas, hablábamos Fernando y yo de los hijos, cuando la chica del otro lado de la barra intervino en la conversación: -qué cosa más bonita acaba usted de decir; de ahí empezó a contarnos cosas de su infancia, de que había nacido en Brasil, que sus padres estaban separados, que de su madre no sabía nada pero que echaba mucho de menos a su padre que trabaja en una cafetería de Aluche. Ahora tengo en el monedero un papelito que nos comprometimos a llevarle en mano; no lo reproduzco aquí porque me parece una violación de la intimidad de esa chica que, sin comerlo ni beberlo -bueno, bebiéndolo sí- confió en nosotros y nos hizo partícipes de su soledad y su añoranza. De manera que por mis muertos que vamos a ir a Aluche a buscar a un camarero concreto y entregarle un papelito de su hija.

De vuelta a Madrid entramos a Zamora, que ni Fernando ni yo la conocíamos. Zamora queda un poco a trasmano y hay que hacer un acto de voluntad para ir a verla. Pero mereció la pena. Hacía un calor de justicia a la hora de comer y el sol castellano caía sin piedad sobre el casco viejo. Quizá por eso las calles estaban casi desiertas y pudimos pasearlas y regodearnos en sus piedras y en sus torres que se recortaban contra un cielo implacable. Nos comimos unas mollejas a la zamorana y seguimos ruta.

Pues eso, que al final el tiempo -me refiero al climatológico- no es tan importante. Por cierto, ya sabéis que pinchando en las fotos se amplían. Lo digo por si alguien quiere más detalle. Del Obradoiro o algo.

domingo, 20 de julio de 2008

SUMMERTIME

El verano siempre tiene algo de irrealidad, de vida imaginaria, de despegar los pies del suelo y levitar levemente; pero esta vez la levitación ha llegado muy cerca de los cielos. Cuando las ondiñas veñen casi hasta el mismo pie de la ventana donde una duerme y sólo con abrir los ojos ve desde la cama un barco cruzando la ría en silencio, es muy difícil acordarse de las cosas tristes y de que la vida casi siempre nos enseña su cara más prosaica. Cuando se convive con la naturaleza en estado puro y sólo hay que bajar por unas rocas para tumbarse en una playa solitaria, de arena blanca y agua helada y transparente, que únicamente se comparte con unas cuantas gaviotas gritonas y algún tranquilo nudista, es muy difícil acordarse de que existe el Ministerio, precisamente, de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino donde una trabaja y que, encima, no tiene especial simpatía por las gaviotas. En realidad es difícil acordarse de casi todo, de los hijos, de los nietos, de la madre, de los amigos, de los enemigos -que digo yo que alguno habrá- de la cuenta corriente, de la política, de la crisis, de internet, del blog, de las directivas europeas, del partido socialista y, no digamos, de las gaviotas.

Porque es fácil llegar a creerse que la vida es eso: amar, dormir con el mar debajo de la cama, amar, dejarse acariciar por un sol tibio, amar, comer pescado y marisco, amar, caminar entre los hórreos y las callejas de piedra de Combarro, amar, tomar copas a veira do mar mientras una gaviota se instala en la proa de su barca roja y verde como un capitán, amar, sorber ostras en Arcade con el estremecimiento de una petite mort, amar, mirar como el sol cumple el ritual y se esconde despacito en su cuna de Cabo Home, amar, descubrir in fraganti a la luna cuando de madrugada se sumerge en el agua completamente desnuda, buscando a ese novio imposible que siempre le da esquinazo por el lado contrario del horizonte, amar, mirar a las Islas Cíes como dinosaurios dormidos. Y amar.

Y morirme de risa por dentro cuando un nudista me vino a pedir fuego, yo tumbada tan rídicula con mi bikini, y al incorporarme me encontré de sopetón con la proa a la altura de mis ojos. Le alargué el mechero muy seria, sin inmutarme, que esta cosa del naturismo es así, pero al día siguiente volví a la misma playa.

Y ver a Jose y Marga, que los quiero y siempre los llamo cuando voy por allí y contarnos nuestras vidas, recordar cuando éramos jóvenes y hacer muchas risas. Y tenerlos un poquito de envidia porque llevan treinta y siete años juntos y se quieren mucho y han podido con todo, que no ha sido poco. ¡Qué bien elegiste, jodío!

Creo que en algún momento he visto en la tele de cualquier bar, mientras me metía en la boca un trozo de pulpo recién hecho o una xouba, el indeseable rostro de un tal De Juana y sólo he pensado un instante ¡qué hijodeputa! pero ni siquiera lo he dicho en voz alta.

Ayer por la noche miré por última vez la silueta de las rocas recortarse contra la luz blanca, un poco triste, de la luna reverberando en el mar.

Y bueno, que ya estoy aquí; y que mañana, si algún dios misericordioso no lo remedia, entraré por la puerta del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino que, pese a ese nombre tan bucólico, no deja de ser un Ministerio. Y que volveré a comer como las personas en lugar de como los dioses. Y que la luna en mi calle nunca se queda completamente desnuda.

viernes, 11 de julio de 2008

...Y BUENO...


...pues eso...
...pues que me voy.

Hasta la vuelta. Sed felices.

lunes, 21 de abril de 2008

BODA Y OTRAS COSAS


La boda de la hija de mi amiga Mariapi me ha dado la oportunidad de pasar un finde largo -me fuí el viernes y acabo de llegar, dos moscositos divinos- en Málaga, con muy mal tiempo y muy buena compañía. La mejor. No sé si Mariapi es consciente del favor que me ha hecho invitándome.

Maria, Mariapi, María Pilar es amiga de la infancia y ya las dos peinamos canas, teñidas, pero canas al fin. A Maria, Mariapi, María Pilar la vida la ha tratado mal o no, según se mire. Porque ha tenido de todo como en botica y como todo el mundo, por otra parte. Pero a Maria, a Mariapi, a María Pilar, que es una amiga a la que quiero por muchas cosas, pero sobre todo porque la antigüedad es un grado y hemos crecido juntas, la que peor la ha tratado ha sido ella misma. No me va a leer porque no tiene internet, pero me da igual, lo mismo que pueda escribir aquí pero más clarito se lo he dicho muchas veces. Maria, Mariapi, María Pilar lleva muchos años castigándose a sí misma por no haber sido feliz. Por no haber cumplido el guión que estaba escrito para ella. Porque la vida, definitivamente, no es como la esperábamos. Y no ha encontrado su sitio en una vida distinta a la que estaba prevista. Y anda por ahí pidiendo perdón al mundo por no ser la que el mundo quería que fuera. Y el mundo, que es cruel e insolidario y que no pregunta y que no se toma la molestia de intentar meterse en su pellejo y mirar un momento con sus ojos azules de adolescente engañada, la ha dejado sola; encerrada en su círculo vicioso de reproches, pisoteándose la autoestima. Maltratándose. Todos nos hemos cansado alguna vez, sus hermanos, sus hermanas, sus amigas. Todos hemos dicho en algún momento que le vayan dando, hasta aquí he llegado, es su vida. Pero algunos lo cumplen a rajatabla y otros no. Otros estamos, nos vamos, volvemos, nos cabreamos pero la queremos. Ahora tocaba estar. Cuando ella ha hecho el esfuerzo de ser la que tiene que ser, aunque sólo sea un día, y estar ahí; de madre de la novia comme il faut, como la señora que es. Pero no han estado, son seis y no ha estado ninguno. La han dejado sola, frente a su ex, frente a la parienta de su ex -que estaba allí chupando cámara, de reina del mambo- frente al mundo mundial. Con una madre casi nonagenaria y enfermísima que ha ido desde Madrid con mil trabajos, a su cuidado. Allá su conciencia, ellos sabrán. Pero para mí ya no existen.

Yo he ido, pero no es ningún mérito. Maria, Mariapi, María Pilar, me lo ha agradecido efusivamente y yo me alegro si le he servido para algo, si he ocupado algún hueco que tenían que haber llenado otros, si he prestado mi brazo a una anciana porque no estaban los brazos que tenían que haber estado. Yo he ido, pero soy yo la que le tengo que agradecer haberme dado la ocasión de pasar unos días maravillosos, con un tiempo infame, en la mejor compañía.

Llovía en Marbella todo el rato. Pero Marbella, la parte vieja, es un lugar delicioso que yo no conocía y que no imaginaba así. Callecitas blancas y limpias, cuidadas, preciosas. Tiendas hippies llenas de harapos de lujo, para perderse. Una plaza ostentosa, con el sello Gil, pero sólo una; un bikini que costaba más de la mitad del salario mínimo en un escaparate ¿quién se lo comprará?. Puerto Banús, las mil y una noches, los mil y un yates inverosímiles, las mil y una putas. Había una, rancia como una monja exclaustrada que tuviera que buscarse la vida, con su vestido por debajo de la rodilla y su chaquetita blazer luciendo canalillo con cierta timidez; la rubia platino, seria y distante, en su sitio. Luego llegó la reina, la que las tenía más grandes, moviendo el culo con oficio y dando mucho el cante. Los hombres miraban la mercancía como ganaderos en el mercado, les faltaba examinarlas los dientes. Los músicos, buenísimos. Un pianista irlandés genial y el cantante, talmente Joe Cocker.

La serranía de Ronda, magnífica; María me regaló su cariño, su sabiduría, su alegría, su comprensión, su sensatez; todo eso y unos pendientes preciosos. Yo en cambio no le regalé nada, sólo mi infinita gratitud por su corazón partío. También llovía en Ronda y el viento helaba algunas emociones contradictorias. La felicidad completa no sé si existe, pero a veces parece que está muy cerca.

lunes, 10 de diciembre de 2007

DÍAS ANDALUCES

Han sido días de vino y rosas, de escaqueo de la realidad y de mucha calma; de risas, de confidencias, de algún momento fronterizo entre la incertidumbre y el desasosiego, apoyada en Lola, sermoneada por Lola, consolada por Lola. ¡Lo que me ha aguantado Lola! La terraza de Lola ha sido el escenario de unos desayunos de lujo, largos y lentos, en pijama y con gafas oscuras para poder soportar el derroche de luz mediterránea que cada mañana nos cegaba los ojos y nos calentaba el alma. Días sin prisa, de mucha conversación y de afianzar una amistad relativamente joven -quince años no es nada en las edades que manejamos- pero cada día más profunda. Desde lo más alto de Carboneras he mirado a la ballena desperezarse por la mañana y acostarse temprano por la tarde, porque a las seis caía la noche de repente y parecía que se protegía del relente arrebujándose en un manto negro adornado con luces, para volver a surgir en todo su esplendor de amanecida, ribeteada de espuma, como una reina en medio de un mar plateado.

Esta ballena también me ha acompañado y también me ha tenido que aguantar algunas neuras con infinita paciencia. La mañana del lunes me senté sola en un banco del paseo marítimo, rumiando palabras como piedras, palabras como balas, palabras como caricias, palabras como cuerpos. Y quería tirar al mar todas las palabras que me hacían daño. Entonces hice un pacto de silencio con la ballena y le juré no decir nunca más lo que siento, quedarme callada eternamente para que mis palabras no se volvieran contra mí como un boomerang, golpeándome en ese lugar oscuro donde nace la rabia y el orgullo más destructivo. Ella me escuchaba con la indiferencia del que todo lo sabe porque lleva la vida entera escuchando tonterías. Y le hice una foto más, esta vez adornada con palmera.

Afortunadamente, mis neuras las interrumpió un senegalés que se acercó a pedirme un pitillo. Y no sé si además del pitillo me estaba pidiendo también un poco de compañía, el caso es que se quedó allí contándome que había llegado en patera a Fuerteventura hacía año y medio y que ahora se iba a Jaén a recoger la aceituna. Me cayó muy bien, básicamente porque me quitó doce años de una tacada, pues a los dos minutos me estaba preguntando la edad. Yo le dije que muchos, así sin concretar, y él, ya digo, me rebajó doce de un plumazo, con lo que no tuve más remedio que regalarle el paquete de tabaco entero y decirle que se sentara en el banco. También me preguntó mi nombre y se quedó repitiéndolo mil veces, como una salmodia. Luego me dijo que la edad no importa; según para qué, pensé yo, pero no se lo dije; para conseguir papeles cualquier edad es buena. Llegaron otros dos compatriotas, uno de los cuales estaba como para perder los papeles, empapelarle en celofán y llevárselo a casa, perdonad la frivolidad. Yo cogí mis bolsas y me fuí, y cuando se lo conté a Lola me regañó mucho porque dice que no se puede ir por la vida ligando con senegaleses. Ojalá le haya ido bien con la aceituna. Ojalá consiga papeles y ojalá se cumplan sus sueños.

En
mi anterior viaje a Carboneras os hablé de una casa muy curiosa que hay en el paseo marítimo, llena de leyendas en las paredes que proclaman una filosofía anticonsumista y en contra de esta absurda vida que llevamos y que me quedé con las ganas de conocer al personaje que la habitaba. Pues esta vez le hemos conocido, hemos visitado la casa por dentro, nos ha enseñado sus fotos y nos ha dado un master de austeridad por el morro. Es un anciano italiano, con unos ojos azules llenos de recuerdos, que se afincó allí en el sesenta, cuando no existía ninguna otra casa sobre lo que entonces era pura playa virgen; la casa más antigua de Carboneras, nos enseñó fotos que lo atestiguan. Actualmente es una mezcla de castillo de Drácula y casa ocupa -lo de castillo de Drácula lo digo porque hice una foto al espejo, poniéndome delante, y no salgo en él, no sé si me volví vampira por un momento- dónde guarda los objetos más insospechados, desde una olla exprés del siglo XVI, a unos garrafones vestidos con prendas íntimas femeninas. Es un artista multidisciplinar como Leonardo, que lo mismo pone bragas a una botella, que talla una escultura en un leño, que escribe un poema, que pinta un mural erótico. Nos enseñó fotos de un cementerio a cielo abierto que había encontrado en no sé qué desierto de la zona, donde los niños jugaban al fútbol con los cráneos cadavéricos. Nosotras, que somos unas cursis de mierda, estábamos estremecidas, pero a él le parecía muy "simpático", es el calificativo que utilizó para definirlo.

Después de esta experiencia tan intensa no nos quedaba más opción que emborracharnos, así que nos fuimos a Juan Mariano a ponernos hasta ahí mismo de vinito blanco de Rueda con atún a la plancha, tortilla de cebolletas y calamares, vacilando con Saíd, el camarero marroquí que tiene más peligro que un saco de bombas. Siesta en el sofá y hacer el jersey de Marcos por la tarde, en un ambiente de velas y sahumerios, que Lola es muy oriental. Al anochecer una vuelta, unas cañitas y a casa. Lola se ha hecho amiga de todo el pueblo, desde la ecuatoriana del locutorio hasta el camarero Saíd, pasando por el chino del bazar y el pescador del puerto. Esta mujer sabe defenderse de la soledad y dentro de un año será la reina de Carboneras. Así hasta el jueves y el viernes por la mañana me fuí.

Volví por la carretera de Andalucía y cada cartel era a la vez una promesa y un recuerdo. Me han dicho que en Granada las callejas del Albaicín suben hasta el séptimo cielo y todavía un poco más arriba. Me han dicho que el sol fuma porros refugiado en un rincón donde hay un bareto hippy. Me han dicho que la Alhambra entre brumas invade el corazón de una humedad cálida. Todo eso me han dicho de Granada. Y una gitana me anunció una vez que, aunque yo había sufrido mucho -era lista, la tía- iba a encontrar un hombre de durse que me haría feliz para siempre. Me costó cinco euros que me dijera esas cosas y yo creo que no me va a engañar, pero no me dijo cuándo; como tarde mucho se me pasa el arroz.

martes, 18 de septiembre de 2007

EL VALLE DE ANCARES

Es tanto el material, gráfico y emocional, acumulado en este viaje que no sé cómo va a salir el post; no sé si voy a ser capaz de ordenar las imágenes, las sensaciones, los silencios, de manera que podáis haceros una idea, siquiera sea aproximada, de lo que he visto y sentido.

Pereda de Ancares es un pueblecito en el centro del Valle, dónde llegamos Arturo y yo gracias a quién sabe qué afortunada conjunción de los astros. No teníamos ni idea de su existencia y buscamos en internet alguna casa rural por la zona; caímos en el Centro de Turismo Rural "Valle de Ancares" como podíamos haber caído en cualquier otro sitio de los muchos que hay por allí. Pero como digo, la suerte estaba de nuestra parte. El establecimiento está atendido por una pareja simpatiquísima, enamorada de su tierra, que enseguida consiguieron que nos sientiéramos en casa. Jorge es el mejor cicerone que podíamos haber encontrado; no cree en las máquinas, así que nos aconsejó que apagáramos el G.P.S. y siguiéramos sus indicaciones para los paseos y las excursiones. Y, efectivamente, eran tan detalladas, tan minuciosas que se perdía todo el suspense; sólo le faltaba llevarnos de la manita a cada rincón, a cada árbol, a cada cascada, a cada pueblito. Y Ana, es una sonrisa andante enmarcada por el paréntesis facial de los dos hoyuelos de sus mejillas, un derroche de alegría y buen humor. Además es una cocinera realmente exquisita que ha colaborado con entusiasmo a los tres o cuatro kilos que me he calzado en estos días, no me quiero ni pesar.

El pueblo es un laberinto silencioso formado por las típicas construcciones de allí, casas hechas de piedras planas y tejados de pizarra, sobre las que sobresale entre los árboles el campanario de la iglesia. Huele a campo y a madera y a vida en estado puro. En Pereda se mantiene una de la
s pocas pallozas que quedan en la comarca y la más bonita y mejor conservada, por dentro y por fuera, de las que hemos visto. Tuvimos la suerte de encontrar a Octavio, su actual propietario, que nos enseñó el interior. Nos explicó cómo vivían en ellas, conviviendo con los animales dentro de la vivienda, hasta hace poco más de cincuenta años; su abuela todavía vivió en la palloza, por supuesto sin las más elementales comodidades, como el agua corriente o la luz eléctrica, que ahora se nos antojan imprescindibles. Ya lo sospechaba, pero me he convencido de la cantidad de cosas superfluas que disfrutamos o que padecemos, no sé. De la esclavitud que supone la sociedad de consumo donde estamos inmersos.
El castaño es el rey indiscutible del Valle de Ancares en general y de Pereda en particular y la base de su economía. Por todo el campo pr
oliferan magníficos ejemplares de apabullante belleza, plagados de los dorados erizos que, en poco más de un mes, dejarán caer al suelo su brillante tesoro, para que las "apañen" sobre todo las mujeres mayores del lugar. Mujeres septuagenarias dobladas por la cintura en ángulo recto, las recogen con las manos, una a una, llenando canasto tras canasto. Nos dijo Ana que su madre había recogido el año pasado, mil quinientos kilos ella solita. Son gentes que no dan valor al trabajo y, en cambio, dan mucho al dinero pues saben muy bien lo que cuesta ganarlo; y prefieren sacar a las castañas sesenta euros más, que pagar a alguien que las recoja. Y es curioso el reparto de la propiedad; se da el caso de que un terreno tenga un propietario y los castaños que están en él sean de otro; e incluso el mismo castaño puede ser de más de un dueño, que se reparten su fruto amigablemente por canastos llenos. En Villasumil, un pueblito a tres o cuatro kilómetros de Pereda está el ejemplar más viejo de la zona y puede que de España, un castaño milenario, inmenso y majestuoso en su vejez, con el tronco hueco; cuenta Jorge que en una ocasión se metieron dentro veintitantas personas. Todo esto lo escribo sin orden ni concierto, según me van saliendo las ideas y las imágenes, sin ninguna cronología. Llegamos después de comer y esa tarde nos limitamos a dar un paseo por el pueblo y por los campos de alrededor, cogiendo moras, que es cosa con gran poder de evocación. Las más gordas y más negras estaban entre ortigas, como debe ser y, naturalmente, me ortigué el brazo y acabamos con los dedos, los dientes y las comisuras de los labios morados como en Sigüenza, cuando entonces. Ya he dicho que Pereda está en lo profundo de un valle, con lo que para salir de allí, si no se dispone de un helicóptero, hay que subir uno de los dos puertos que la rodean. Al noroeste el que va a Galicia, que alcanza mil seiscientos metros de altitud y al noreste otro un poco más bajo pero que llega a los mil cuarenta y ocho metros en cinco kilómetros y otros cinco de bajada. Por éste habíamos llegado y por él salimos para ir a cenar a casa Dolores en Lillo, que nos habían recomendado en el bar de Candín. Ni que decir tiene que las vistas desde arriba son impresionantes y uno se queda sobrecogido al mismo tiempo que se siente el amo del mundo. A la vuelta, yo venía bastante cansada del viaje y de haber pasado el puerto dos veces arriba y abajo, pero todavía no había acabado el día. A las doce y media de la noche pasábamos por Sorbeira, ya sólo nos faltaban unos tres o cuatro kilómetros llanos para llegar a la casa, cuando vimos un fuego relativamente alto en la cuneta; frenamos en seco y dimos la vuelta; las llamas crecían deprisa y no teníamos agua ni nada con qué apagarlas. Llamamos al 112 y nos dijeron que ya estaban avisados y que iban para allá. Pero mientras tanto nos pusimos a tratar de sofocarlas dándoles zurriagazos con unos plásticos grandes que encontramos en el maletero, como si fuéramos los héroes del monte. Y la verdad es que conseguimos casi extinguirlas, pero quedaban rescoldos desperdigados aquí y allá y Arturo no quería dejarlo así ni harto de vino. De manera que allí nos quedamos hasta que llegó un Land Rover de la Junta con un tipo muy tranquilo que no llevaba ni una manguera. Nos dijo anden con Dios y no nos puso una medalla ni nada.
Dormí como un leño y me levanté a estrenar. Después de un desayuno que resucitaba a un muerto nos fuimos a hacer una ruta andando que, como siempre, nos indicaron Jorge y Ana, con un planito casero que nos llevó hasta la Fonte Fumeixín, una cascada preciosa de aguas ferruginosas que manchan la piedra de hierro. Es una subidita de cuatrocientos metros, que no es mucho, aunque es un huevo para dos personas de la edad provecta que gastamos y poco entrenadas. Pero hacía un día delicioso y el paisaje del camino era un no parar de hacer fotos, porque cualquier rincón era un regalo. Algunos árboles secos entre la espesura nos recordaban, como a los emperadores romanos, que éramos mortales. Y la fuente mereció la pena.

Al mediodía llegaron Ignacio y Marisol, después de perderse entre los valles, por hacer caso a las máquinas. Ana, sin ninguna piedad por nuestras siluetas, nos dió de comer unos puerros al horno con salsa de queso de cabra y cecina que quitaban el sentío y un churrasco espectacular. De postre, delicias de El Bierzo con helado de limón, de muerte. Por la tarde, paseíto por el pueblo y visita a la palloza. Entonces fue cuando la vimos por dentro. Por el camino, las mujeres octogenarias dobladas por la mitad "apañaban" patatas con la azada.
Al día siguiente, visita a Villafranca del Bierzo, que dice Jorge que la llaman la pequeña Santiago, por sus monumentos. Es una ciudad tranquila y agradable, que transmite sosiego. Está en el Camino de Santiago y continuamente la transitan los peregrinos con sus enormes mochilas a la espalda.
Comimos en Cacabelos, en Casa Gato, cosas de régimen como callos con garbanzos, fabada, guisantes con congrio y otras delicadezas. Cacabelos no tiene mucho que ver, pero Jorge nos informó de que es una ciudad en auge; tiene alguna buena casa solariega, eso sí, entre otras modernas horrorosas y construidas sin ningún cuidado con el entorno. Hay una bonita calle llena de flores en los balcones.

La excursión por los pueblitos del puerto noroeste fue casi lo mejor del viaje. Como siempre, Jorge nos había preparado un recorrido perfecto para ver la zona; llegamos a lo más alto del puerto, donde la vista recorre el verde de los valles y la sucesión de montañas hasta el infinito y el alma se esponja mientras toma conciencia de la propia pequeñez. Verde, verde, inmensidad verde uniéndose a un cielo turquesa. Ni las fotos ni las palabras pueden hacer justicia a tanta maravilla.

Visitamos Murias, Robledo, Rao, Coro, Suarbol y Baloutas, unos pertenecen a León y otros ya a Galicia pero todos ellos tienen su iglesia y su campanario cortado por el mismo patrón -se debió forrar el arquitecto que los diseñó- sólo que en esta zona las construcciones son de granito. En Rao está la taberna Cabozo desde el año 34, donde entramos a tomar unos botellines. Vimos los colmenares, una construcción redonda, de pizarra, que según nos explicó nuestro guía particular -Jorge, otra vez Jorge- sirven para proteger las colmenas de los osos que, como es sabido, les encanta la miel. Los muros van en disminución para que las abejas entren por la parte baja y no pierdan el polen por el camino. Comimos en Baloutas, ya en el lado gallego, y después fuimos a Piornedo, donde está la mayor concentración de pallozas, pero la nuestra es más bonita.De vuelta paramos en un bosque de robles para ver uno, excepcionalmente ancho, que está catalogado. Naturalmente lo encontramos sin dudar. El roble es impresionante, pero en este caso los árboles sí dejaban ver el bosque y el bosque empezaba a amarillear despacio, en una promesa de otoño. Entre los sonidos escondidos entre los árboles parecía que de un momento a otro nos íbamos a encontrar a la Santa Compaña
.
Ignacio y Marisol se volvieron el sábado y nosotros nos fuimos a Las Médulas, por fin Las Médulas. Yo estaba pesadísima, lo reconozco, con ver estas extrañas minas de oro a cielo abierto, que sólo conocía por fotos y creo que por alguna película y me parecían un paisaje extraterrestre. Los romanos llegaron allí arrasando, reventaron la tierra a base de embalsar agua y soltarla a presión para extraer el oro. Fue un desastre ecológico por el que dos mil años más tarde podemos contemplar las llamaradas esculpidas en arcilla roja sobresaliendo de la alfombra verde de las copas de los árboles en una combinación sobrecogedora.
Antes de comer las vimos desde abajo, recorriendo una ruta suave y de escasa dificultad, como corresponde a dos abueletes como nosotros. Volvimos al pueblo y al pasar por una casita, nos llamó desde el balcón una viejecita con voz muy queda, para ofrecernos miel de sus colmenas, castañas en almíbar y otras exquisiteces. Nos lo dijo muy bajito y mirando para los lados, como si nos estuviera ofreciendo costo. Yo le pregunté el porqué de tanto sigilo y me aclaró que era por la guardia civil, que no le dejaban vender, que querían que sólo ganaran los ricos pero los pobres no. Ante semejante discurso no pude por menos que comprarle un tarro de miel y otro de castañas. Después de comer subimos al mirador de Orellán para ver Las Médulas desde lo alto. Eran las cuatro y media de la tarde, hacía un sol de justicia y llevábamos en el cuerpo un caldo berciano -como el gallego pero a lo bestia- y un botillo. En estas condiciones caminamos seiscientos metros cuesta arriba, en silencio para no desfallecer y siguiendo a nuestra sombra. Y lo que vimos desde arriba compensó nuestros sudores. A un lado la infinita sucesión de montañas y valles verdes, húmedos y brillantes; al otro el incendio pétreo de Las Médulas aso
mando entre la espesura. No tengo palabras.


Alguno de estos días, al llegar a la casa o mientras desayunaba las rebanadas de pan de hogaza con mermeladas caseras, he entrevisto en la tele no sé qué incidentes que han ocurrido en un extraño lugar llamado Cataluña y a una tal Mª Teresa Fernández de la Vega y un tal Rajoy diciendo cosas, pero lo he visto confusamente, como si se tratara de un lejano país que ni siquiera sitúo en el mapa, tal es mi conciencia política en este momento.

Y como broche final, el domingo a la hora de comer la naturaleza nos regaló una magnífica tormenta, mientras nos ventilábamos un revuelto de pimientos de El Bierzo con cecina, de pecado mortal. La miramos tras los cristales del comedor de Jorge y Ana. Un chupito de hierbas y, bueno, para qué más.