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sábado, 4 de febrero de 2023

EL MONSTRUO DEL DOLOR

 

El dolor que me invade ha borrado el pasado 
−ya no sé si algún día, si algún año, 
si tan solo un instante fui feliz en mi vida, 
todo ha quedado envuelto en esta niebla, 
en esta nube negra, en este miedo− 

y ha borrado el futuro, 
los sueños y los planes, los amores, 
los versos y las luces 
del sol cuando se marcha, 

la belleza, el aroma de las jaras, 
la música que amé y ha enmudecido; 
y es que todo lo bello se ha disuelto 
en esta lluvia ácida que sin piedad rocía 
desde el amanecer hasta el ocaso. 

Me he vuelto ruin, mezquina, aborrecible, 
me irrita la alegría de los otros, 
no puedo celebrar las cosas buenas 
que les pasan a otros, siempre a otros, 
para mí se reserva la tristeza, 
el monstruo del dolor inabarcable, 
el dolor que desborda el cauce de mis lágrimas. 

No hay palabras que puedan consolarme, 
todas se quedan cortas o muy lejos 
del siniestro demonio que me habita; 
algunas −sin querer, naturalmente− 
a veces echan sal sobre la herida.

Hoy he visto en la tele llorar a una muchacha.
Lloraba por un gol que habían metido 
a su equipo del alma y le dolía. 
Y me ha echado de un mundo que no entiendo.

PERDONAD

 

A veces la poesía me supera 
o quizá me resulta insuficiente, 
no me cabe en los versos esta angustia, 
este peso en el alma y este miedo. 

Los poemas ajenos y los propios 
me cuelgan de los dedos como sacos vacíos, 
no consigo encontrarme en ningún verso 
ni acoger en los míos a otros corazones. 

Perdonad, compañeros, si no os leo 
pues la culpa no es vuestra, 
sino que es del espanto que me invade 
y que me paraliza los sentidos. 

Y me siento incapaz de apreciar la belleza, 
de disfrutar la vida o el amor. 
Pero aún no estoy muerta, eso es un lujo 
que ni siquiera puedo permitirme. 

Ahora soy una extraña entre tanta alegría, 
éxitos, libros, recitales, premios, 
deslumbradoras luces para esconder la sombra; 
pero la sombra existe 
y nos está esperando detrás de cada esquina. 

Por eso me retiro de esta feria, 
para entrar en la sombra en cuerpo y alma. 
No sé si volveré, será la vida 
la que al final me salve o me condene.

miércoles, 27 de abril de 2022

CARTA A UN HIJO DE TREINTA Y OCHO AÑOS

No sé si te avergüenzan mis derrotas, 
si te ofende mi beso y si te duele 
mi contumacia de sobrevivirte. 
(Francisco García Marquina) 

Debería pensarte a estas alturas 
en un cuerpo de hombre, 
con voz grave de hombre 
y ancha espalda de hombre 
pero me es muy difícil, 
nunca he sido muy buena con la imaginación. 

Tendría que contarte muchas cosas 
que han ocurrido desde que te fuiste; 
que no soy la de entonces, 
que estoy cansada y sola 
y me duele este cuerpo derrotado; 
tus hermanos se fueron cada cual a su vida, 

de alguna me separa un océano inmenso, 
tienen trabajos, sueños, hipotecas, 
estudios, hijos, hijas con novios y guitarras 
que son sobrinos tuyos 
aunque tú no los hayas visto nunca. 
Y lo que son las cosas, después de treinta años 

he vuelto a aquella playa en la que viste el mar 
por vez primera y última y fuiste tan feliz. 
Qué poco imaginábamos lo que iba a suceder, 
que ya nunca jamás dirías abrazándome 
¡cómo mola, mamá! Me hiciste prometer 
que el siguiente verano volveríamos,

mas ya no hubo veranos ni colegio ni reyes 
ni balones de fútbol, mi promesa 
se quedó sin cumplir. 
Yo vivo en una casa pequeña y luminosa 
sin jardín ni balcones con geranios, 
tan solo con un tiesto de gardenias, 

y algunas siemprevivas medio muertas. 
Muchos libros y música para ahogar el silencio 
y esa tristeza dulce de las fotos antiguas. 
Y hay días, casi todos, que no cambio 
ni una sola palabra con otro ser humano. 
Lo peor es que no lo echo de menos, 

diría que me gusta esta soledad muda, 
esta droga benéfica que me aparta del mundo. 
Tengo miedo al futuro, soy consciente 
de que van a ser años repletos de amenazas, 
de dolor y de pérdidas. 
Pero también veo acortarse el tiempo, 

el tiempo aprovechable, me refiero, 
en el que mi cabeza rija mínimamente 
y mi cuerpo sea autónomo. 
Y no quiero perderme ni un instante 
que me procure algo parecido 
 a la felicidad, por mínima que sea. 

Así que me debato entre la prisa 
por disfrutar lo poco que me queda 
y esta desidia que me va comiendo 
poco a poco, sin tregua y sin piedad. 
Y en cuanto a los amores qué contarte, 
ahora me quieren mucho como hermanos 

los que antes me soñaban en su cama. 
Y hoy, en sus sueños húmedos, 
les acompaña alguna jovencita 
que te amaría a ti, casi seguro. 
Aún no te he contado que los cuatro jinetes 
han venido a la tierra todos juntos, 

la nieve nos heló hasta el corazón 
y una peste asesina se llevó por delante 
los sueños y las vidas de miles de personas; 
y después despertó en lo más profundo 
de la tierra un dragón, bellísimo y furioso, 
que vomitaba fuego devorando 

la isla más hermosa hasta casi matarla. 
Y el jinete que monta el corcel de la guerra, 
cabalga desbocado por Europa. 
Una guerra sangrienta −valga la redundancia− 
mucho más cruel que la naturaleza 
−en crueldad nada gana a la mano del hombre− 

está matando niños como tú y más pequeños. 
Pero no te preocupes, que cuando duele mucho 
cambiamos de canal y lo olvidamos. 
Yo no sé si tú ves lo que ocurre en el mundo, 
lo que ocurre en mi casa que es la tuya, 
porque también aquí, en mi entorno más íntimo, 

ha venido el dolor de nuevo a visitarme, 
un dolor tan intenso y tan injusto 
como el que me dejaste, pronto hará treinta años. 
Hoy, cuando cumples treinta y ocho, sigo 
depositando un beso cada noche, 
en la foto que tengo en la mesilla, 

ya sabes, la que estás sentado como un indio 
con esa camiseta blanca y roja de rayas 
y una sonrisa pícara que me llena de luz. 
Ya no sé cómo debo imaginarte, 
si como un niño alegre y chispeante 
o como un hombre joven aprendiendo a vivir, 

a desatar los nudos de dolor y de dicha 
que la vida te hubiera reservado. 
Quisiera refugiarme en tu abrazo de hombre 
pero sin renunciar a esa risa de niño 
que aún consuela mis días, hijo mío. 
Ahora esperaré a que pasen los meses 

y el veintiséis de abril llegue de nuevo. 
Te escribiré otra carta, que no contestarás, 
en la que vuelva a darte 
el parte de la guerra de mi vida. 
Hasta entonces, mi amor. 
No olvides que te quiero igual que antes.

domingo, 21 de noviembre de 2021

UNA TARDE

Son las seis menos diez, 
en esta tarde fría de noviembre 
ya empieza a anochecer. 

Hoy no se viste el cielo de rojos imposibles, 
simplemente oscurece sin dar el espectáculo, 
sin el fugaz instante de gloria de otras tardes. 
Quizá luego la luna ilumine algún sueño 
o vierta sobre mí su luz prestada 
para que pueda ver con más detalle 
la larga oscuridad de mi impotencia. 

Que quieres estar sola, 
me dices sin siquiera un pestañeo. 
Yo me voy con mi música a otra parte, 
a mirar esta noche prematura, 
a llorar unas lágrimas estériles, 
y pienso una vez más, por pensar algo, 
que va quedando menos de este invierno.

martes, 19 de octubre de 2021

OBJETOS PERDIDOS

Por mi mala cabeza voy dejando 
pedazos de la vida en cualquier sitio. 
Ya no sé dónde puse mi pasado 
 en el que se forjó la que ahora soy. 

Mi cerebro, en legítima defensa, 
ha borrado momentos que sé que sucedieron 
y que eran importantes porque en ellos se basa 
todo lo que más tarde sucedió. 

Pero solo me quedan 
unos cuantos recuerdos inconexos, 
como hojas caídas de las ramas desnudas 
del árbol de mi vida. 

He perdido un sinfín de amigos queridísimos, 
unos porque murieron sin permiso, 
otros porque… no sé, he olvidado por qué. 
Tal vez les ofendí con algo imperdonable. 

Cierto es que tengo otros que antes no tenía 
y que sé que me quieren y los quiero 
y agradezco al destino haberlos encontrado, 
pero nadie suplanta a los que ya no están. 

He perdido palabras que nunca pronuncié 
por miedo a que chocaran contra un muro 
y volvieran a mí, igual que un boomerang, 
a golpearme allí donde más duele. 

He perdido las lágrimas que sanan, 
he perdido tequieros y besos y pasiones, 
he perdido el deseo de esconder en un cuerpo 
esta cruel soledad, tanto y tanto dolor.

jueves, 22 de julio de 2021

AMAR LA VIDA

Me dicen los amigos que la vida es hermosa, 
que es necesario amarla y dar gracias al cielo, 
que la felicidad depende de nosotros, 
que está en mi puta mano conseguirla. 

Soy de buen conformar, nunca pido gran cosa, 
ni bienes materiales 
que no voy a llevarme al otro barrio, 
ni éxito literario ni reconocimiento 
por unos pobres versos 
que a lo mejor a alguien consolaron. 

Vivo modestamente de una pensión exigua, 
en mi casa pequeña, humilde paraíso; 
no persigo la gloria  
ni sueño con viajes
a mundos lejanísimos 
que no conoceré por más que viva. 

Al amor renuncié 
tras algunos intentos que trajeron 
mucha más decepción que regocijo 
−según daban las doce siempre se convertía 
el príncipe de turno en una rana− 
y ahora me conformo 
con el dulce calor de los amigos. 

Hace ya muchos años perdí un hijo, 
y hasta sobreviví a ese contradiós 
-no acabé de morirme por entero- 
y su recuerdo ahora 
es un bálsamo tierno y apacible 
para sobrellevar mis soledades. 

Otras cosas pasaron 
que ya no viene a cuento recordar, 
pero tal vez un poco arreglé la memoria 
cuando conté las horas al lado de su cama. 

Y quienes me conocen
saben que, pese a todo,
aún no me ha vencido la tristeza.

Pero esta vieja zorra repintada
a la que por lo visto hay que amar tanto, 
no se cansa jamás de darme hachazos. 
Y yo ignoro a qué dios y en qué concepto 
debo tantas facturas.

domingo, 13 de enero de 2019

LA VIDA

De pronto te das cuenta de que has vivido tanto
que te duele la vida.
(Vicente Martín)
Es la vida, la vida toda entera
la que me duele dentro,
la que me oprime dentro
como un puño cerrado
a la altura imprecisa del diafragma.

Es la infancia perdida, ya tan lejos,
de aquella niña un poco marimacho
con las rodillas rotas casi siempre
y cara de enfadada
porque los niños nunca le dejaban
jugar al fútbol siquiera de portero
ni tampoco a las chapas o la pídola.
Tenía que jugar a las casitas
o a saltar a la comba, como mucho,
hasta que les brotaron los pelos en las piernas
y entonces sí querían jugar con ella a médicos.

Es una adolescente enamorada
de aquel chico imposible que cantaba tan bien
y siempre le gustaba alguna rubia,
pero ella era morena, muy morena
—ya ven qué mala suerte—
y lloraba mirando a las estrellas.
Mas dejó de llorar cuando otros labios
inundaron su boca
de una dulce humedad desconocida
que ya no olvidó nunca, aunque la muerte,
muchos años más tarde,
se llevara esos labios por delante.

Y me duele una novia virgen a pesar suyo,
pecando sin pecar como dios manda
que sean los pecados.
Y una madre muy niña, como sus hijos casi,
que le vino muy grande todo lo que le vino,
todo lo que la vida le había reservado
en un alarde de imaginación.

Por encima de todos los dolores
me duele el hijo muerto, como una porcelana
bellísima e inerte, una sonrisa eterna
sin voz y sin abrazo, que me hizo comprender
lo que significaba para siempre.

Me duelen los amores que me quisieron suya
como una propiedad indivisible,
que me quisieron tanto que mataron
lo mejor de mí misma
y que nunca entendieron
que hay miles de maneras de querer,
que no pueden borrarse los años ni la historia,
que no se recuperan
los jirones de piel que se dejaron
prendidos en los muros de la culpa
cuando sonó el portazo del adiós.
Que es imposible comenzar de cero
y olvidar las maletas en consigna.

Y me duelen los años que ahora tengo
y este cuerpo cansado que se obstina en vivir,
que se obstina en amar tan a deshora.

lunes, 7 de mayo de 2018

CUMPLEAÑOS

Me gusta el mes de mayo
y este número siete un poco bíblico
en que le dio a mi madre por nacerme.

Por lo visto ese día —me han contado—
mi padre no fumaba
recorriendo el pasillo de la clínica,
era el mar el que oía sus rezos y acogía
el humo de un cigarro tras otro en la cubierta.

En este cumpleaños de dos mil dieciocho,
cuando cumplo una edad
que me acerca a la muerte sin remedio,
tengo que recordarle aquella madrugada
en que su soledad se disolvía
en la espuma de mar que cortaba la proa.

Nunca nadie escribiera una declaración
de amor como la suya: “Viva
la madre que te parió”, aún puede leerse
en aquel telegrama que a mi nombre,
a nombre de su hija, borroso y enmarcado,
hoy cuelga en mi pared.

Ya va quedando menos. Hoy miro los tesoros
que guardo aquí, en mi casa,
tan pequeña y tan cálida,
tan hecha a soportar mis soledades.

No me podré llevar mi música y mis libros,
ni tan siquiera aquellos dedicados 
por la gente que amo.
Y a lo mejor me dejo algo que me delate, 
por ejemplo tu nombre
escrito con el dedo sobre el polvo.

Violarán mis secretos
cuando yo no esté aquí para negarlos.

Por eso en esta noche
en la que todavía estoy a tiempo
quiero ser yo, con mi voz y mi carne
-y no ningún curioso entrometido-
quien te diga al oído que te quiero.

martes, 28 de noviembre de 2017

HAY QUE DESHACER LA CASA

Profano sin piedad tu territorio,
como un ladrón de tumbas
selecciono los cuadros que miraste
y veo a tu fantasma con los ojos cerrados,
escuchando la voz de María Callas
Regnava nel silenzio.

Las paredes desnudas me enseñan sin pudor
las miserias del tiempo, las sombras de tu historia.
Hay que pintar la casa, borrar huellas
de todo lo que fuiste. Tu recuerdo
de los últimos meses acude a mi retina
con nitidez de carne.

Y me recorre el cuerpo un calambre de muerte.

Verás, quiero decirte que he expoliado,
sin saberlo tus hijos,
la colección completa de Von Karajan,
las arias de María.
Cuando cierro la puerta me humedece la vista
una furtiva lágrima.

lunes, 19 de junio de 2017

MI CASA

Y está tan solo
que ni al deseo llama
(Francisco Caro “Locus Poetarum”

Mi casa es un silencio de libros y recuerdos,
un teléfono mudo casi siempre,
la música que suena como fondo
de lo que no me atrevo ni a soñar.

Me dicen que la vida
se puede improvisar a cada instante,
pero si a una le atrapa
esta droga terrible de estar sola
y no sabe si llora por el tiempo pasado,
por lo poco que queda por  vivir
o si es por esos versos
que acaba de leer y que le han puesto
a Dorian Gray delante de los ojos,
poco se puede hacer más que fumar
y esperar que anochezca
escribiendo el peor de los poemas.

El que hable de una casa grande y llena de niños,
que al volver del colegio preguntaban
está mamá, pidiendo la merienda.
Y mamá, casi siempre
estaba  en la cocina, porque entonces
eso de escribir versos aún no entraba en sus planes.
Había que hacer la cena, mandarlos a la ducha,
revisar los deberes y pensar qué facturas
eran las más urgentes,
al tiempo que miraba de reojo
el rictus de tus labios,
o el ritmo que llevaban tus rodillas,
tratando de intuir tus pensamientos.

Y, al final de la noche, con un poco de culpa,
soñar en otra cosa.

Muchos años después
-tantos que aquellos niños ya son padres,
menos el que será un niño para siempre-
mi casa se ha encogido
y se me está olvidando cocinar.
Mi casa se ha encogido
hasta el mínimo espacio imprescindible
para llamarse casa. Y ni siquiera es mía,
aunque eso no me apena
siempre será más leve mi equipaje.

Perdonad, no era esto, no era esto
lo que quise escribir, solo quería
tratar de comprender de dónde vienen
estas jodidas lágrimas.

Tan a destiempo ya, tan a destiempo.

domingo, 18 de junio de 2017

DEBERÍA CONTARTE

Debería contarte
que este año no ha habido primavera,
que un verano asesino y a destiempo
ha agostado el cantueso
antes de que pintara los campos de violeta,
que las flores de jara han abortado
-pobres muñones secos sin perfume-
y la rubia retama está desnuda,
solo es una melena de hebras deshojadas
a merced de la brisa.

Yo sé que todo esto a ti no no te interesa,
pero yo te lo cuento
porque el campo moría mientras tú te morías
y ahora, cuando paseo por este secarral,
pienso en ti; voy sin prisa
porque ya no me esperas.

Y en medio del dolor
me gustaba saber que me esperabas.

jueves, 15 de junio de 2017

QUÉ NO DARÍA YO...

A lo largo de mi vida, creo que he sido feliz dieciocho días. 
Pero no seguidos. (Antonio Gala)

Qué no daría yo por recordarte
con un escalofrío de gozo entre las piernas,
o porque me llegara el eco de tu risa
en medio del insomnio,
o quizá que tu abrazo
me hubiera consolado alguna noche
de esas que a veces vienen tan oscuras.

Qué no daría yo, qué no daría,
por haber refugiado mis tristezas,
tantas, de tantos años,
en el arco sedante de tu espalda,
porque tu voz me hubiera renacido
de alguna de mis muertes,
porque mi soledad no estuviera tan sola.

Pero no te reprocho,
que bastante tenías con lo tuyo.
Solo me quejo de no tener ahora
algún recuerdo dulce al que agarrarme,
salvo algunos instantes imprevistos
que encontramos acaso entre las calles
de una ciudad extraña.
Roma, Paris, Salzburgo,
el casino del Lido o Lisboa encubrían
un sueño parecido a la carroza
que pronto devenía en calabaza.

No me malinterpretes, si este duelo
aún no tiene visos de acabarse,
no es por la enfermedad ni por la muerte
-con toda su crueldad innecesaria-.
Es por todo lo hermoso que te robó la vida
cuando su deber era ser hermosa.

sábado, 10 de junio de 2017

UN MES

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna...

(Manuel Machado, Adelfos)


Ha pasado ya un mes de aquella noche
en que la luna llena te vino a recoger.
Un último suspiro me cubrió de silencio,
apenas me quedaban lágrimas que llorar

No sé si lo hice bien en esos meses,
supongo que podría haberlo hecho mejor,
pero me diste el gozo de amarte sin medida,
como no pude hacerlo en los tiempos de entonces,
cuando esta perra vida me hizo sucumbir.

Nunca, en todos mis años, me he sentido más plena
que al lograr levantar entre mis pobres brazos,
como un bebé gigante, tu corpachón enfermo,
-vámonos a la calle, hace un precioso día-
siempre me agradecías como el mejor regalo
cada nueva mañana que arañar.

Hoy no encuentro mi sitio en ningún sitio.
Me ha quedado un dolor en la cintura,
una tristeza hueca en tus zapatos,
esa absurda incoherencia de tu ropa
esperando perpleja en el armario,
tu música, tus fotos con los niños,
el cuadro que compramos tan barato,
en plena Via Veneto,
porque estaba empezando a diluviar.

Qué te voy a decir del resto de recuerdos.
Te has llevado los tuyos; los míos, que son otros,
creo que me los guardo para mí.

jueves, 18 de mayo de 2017

VACÍO

Oigo la radio
y no sé lo que cuentan esas voces;
es como si la lluvia, como el viento,
un sonido de fondo que acompaña
esta perplejidad que me ha dejado
el instante supremo en que saltaste
la línea que separa la vida de la muerte.

Me he quedado cautiva al otro lado,
prisionera de mi insignificancia,
de mi incapacidad para entender
lo que quiere decir irreversible.
Es tan inabarcable esa palabra
en un mundo cambiante, donde dicen
que siempre nos espera otra oportunidad...

Sólo sé que de pronto
las cosas han perdido su sentido,
que todo lo que antes despertaba
una leve emoción en mi conciencia,
una reacción humana,
ahora me resbala por la piel,
mi anestesiada piel impermeable.

El trino de los pájaros, la música,
el sexo, las tormentas, la ira o la sonrisa,
el sol cuando se pone en mi ventana,
la barra de aquel bar donde bebí
un gintonic de más y algunos besos,
todo es extemporáneo, improcedente,
tan fuera de lugar como de tiempo.

Solamente tu nombre,
las fotos de estos meses grabadas en mi mente,
tu ilusión infantil por las cosas pequeñas,
tu esperanza de niño, tu ceguera
ante lo inevitable y esa imagen
de tus manos tan blancas,
me consiguen sacar de este marasmo.

Sólo sé que estoy viva cuando lloro.





viernes, 12 de mayo de 2017

DESPEDIDA

Hoy mi llanto es de lluvia silenciosa,
me penetra despacio, me recorre,
reconforta el dolor, lo dulcifica.
No es el mismo de todos estos meses,
cuando me sacudía todo el cuerpo
y debía esconderlo en tu presencia
para que tu pudieras fingir ante la mía.

Hoy me dejo llevar; en la ventana abierta
miro este cielo gris con balcones azules,
suavemente me abraza la frescura del aire.
Hoy no pongo la radio 
para que las noticias no distraigan
mi mente de lo único que importa.

Da igual la hora que sea, ya no hay ninguna prisa,
ya no esperas que llegue hasta tu lecho,
nada tengo que hacer más que pensarte,
más que pensarme a mí y juntar mis despojos.

Quiero recuperar a cada hombre
de todos los que has sido.
No me quiero quedar con tu imagen postrera
porque yo soy la dueña de todas tus imágenes.
Tus hijos, nuestros hijos, no conocen
más que una sola parte de la historia.
Por cierto, que te quieren… ¡por Dios, cómo te quieren!
Y te diré que ayer, cuando lloraban
nuestros nietos mirando cómo te daban tierra,
vi de forma palmaria que ya no hay vuelta atrás,
que de ese único golpe ya se han hecho mayores.

Hoy mis manos no saben qué hacer, en qué emplearse.
Mi casa es como un caos desconocido
con objetos absurdos, maletas destripadas,
te has marchado desnudo al último paseo;
no sé qué pinta aquí esta silla de ruedas
si ya no nos espera ningún parque.

Da lo mismo que llueva, que haga frío
o que el sol me reciba sonriendo.
Hoy no voy a salir,
me quedo aquí, llorando lentamente,
por la vida que nos robó el destino
y que ahora tengo muerta entre las manos. 

jueves, 20 de abril de 2017

ESAS LÁGRIMAS

Ese momento dulce de la noche,
cuando muerta de pena y de cansancio
una cae en la cama y se sumerge
en una ensoñación repetitiva:
¡Ay, si no amaneciera!

Pero de nuevo entra la luz por la ventana,
hay que empezar un día
y salir a la vida con el cuerpo doblado,
tomarse un analgésico
y tragarse las ganas de llorar.

Esas lágrimas tontas que se escapan
tan solo con el roce del aire matutino
o con cualquier noticia de la radio.
Esas malditas lágrimas que tienen vida propia
y se resisten a pudrirse dentro.