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jueves, 27 de abril de 2023

OTRO CUMPLEAÑOS

Hoy es tu cumpleaños y casi se me olvida, 
cómo estará mi alma para no recordarlo 
por vez primera desde aquella noche. 

Este año, mi amor, no te contaré nada 
de las cosas que pasan en tu ausencia, 
porque ya no me importa ni la paz ni la guerra 
ni la revolución ni la injusticia 
ni ningún cataclismo, hecatombe o desastre 
que puedan ocurrir más allá de mis hijos. 

Ya no doy para más, cariño mío, 
con mi propia tristeza es suficiente. 
Y esa no te la cuento porque tú la conoces 
si estás en algún sitio y porque tengo miedo 
de mentar a la bicha. 

Son treinta y nueve abriles los que cumples, 
treinta y uno sin ti dicen las cuentas. 
Me acostumbré, mi amor, me he acostumbrado 
a que seas un niño que sonríe 
desde la efigie inmóvil de una foto 
que hoy he vuelto a besar igual que cada día.

miércoles, 27 de abril de 2022

CARTA A UN HIJO DE TREINTA Y OCHO AÑOS

No sé si te avergüenzan mis derrotas, 
si te ofende mi beso y si te duele 
mi contumacia de sobrevivirte. 
(Francisco García Marquina) 

Debería pensarte a estas alturas 
en un cuerpo de hombre, 
con voz grave de hombre 
y ancha espalda de hombre 
pero me es muy difícil, 
nunca he sido muy buena con la imaginación. 

Tendría que contarte muchas cosas 
que han ocurrido desde que te fuiste; 
que no soy la de entonces, 
que estoy cansada y sola 
y me duele este cuerpo derrotado; 
tus hermanos se fueron cada cual a su vida, 

de alguna me separa un océano inmenso, 
tienen trabajos, sueños, hipotecas, 
estudios, hijos, hijas con novios y guitarras 
que son sobrinos tuyos 
aunque tú no los hayas visto nunca. 
Y lo que son las cosas, después de treinta años 

he vuelto a aquella playa en la que viste el mar 
por vez primera y última y fuiste tan feliz. 
Qué poco imaginábamos lo que iba a suceder, 
que ya nunca jamás dirías abrazándome 
¡cómo mola, mamá! Me hiciste prometer 
que el siguiente verano volveríamos,

mas ya no hubo veranos ni colegio ni reyes 
ni balones de fútbol, mi promesa 
se quedó sin cumplir. 
Yo vivo en una casa pequeña y luminosa 
sin jardín ni balcones con geranios, 
tan solo con un tiesto de gardenias, 

y algunas siemprevivas medio muertas. 
Muchos libros y música para ahogar el silencio 
y esa tristeza dulce de las fotos antiguas. 
Y hay días, casi todos, que no cambio 
ni una sola palabra con otro ser humano. 
Lo peor es que no lo echo de menos, 

diría que me gusta esta soledad muda, 
esta droga benéfica que me aparta del mundo. 
Tengo miedo al futuro, soy consciente 
de que van a ser años repletos de amenazas, 
de dolor y de pérdidas. 
Pero también veo acortarse el tiempo, 

el tiempo aprovechable, me refiero, 
en el que mi cabeza rija mínimamente 
y mi cuerpo sea autónomo. 
Y no quiero perderme ni un instante 
que me procure algo parecido 
 a la felicidad, por mínima que sea. 

Así que me debato entre la prisa 
por disfrutar lo poco que me queda 
y esta desidia que me va comiendo 
poco a poco, sin tregua y sin piedad. 
Y en cuanto a los amores qué contarte, 
ahora me quieren mucho como hermanos 

los que antes me soñaban en su cama. 
Y hoy, en sus sueños húmedos, 
les acompaña alguna jovencita 
que te amaría a ti, casi seguro. 
Aún no te he contado que los cuatro jinetes 
han venido a la tierra todos juntos, 

la nieve nos heló hasta el corazón 
y una peste asesina se llevó por delante 
los sueños y las vidas de miles de personas; 
y después despertó en lo más profundo 
de la tierra un dragón, bellísimo y furioso, 
que vomitaba fuego devorando 

la isla más hermosa hasta casi matarla. 
Y el jinete que monta el corcel de la guerra, 
cabalga desbocado por Europa. 
Una guerra sangrienta −valga la redundancia− 
mucho más cruel que la naturaleza 
−en crueldad nada gana a la mano del hombre− 

está matando niños como tú y más pequeños. 
Pero no te preocupes, que cuando duele mucho 
cambiamos de canal y lo olvidamos. 
Yo no sé si tú ves lo que ocurre en el mundo, 
lo que ocurre en mi casa que es la tuya, 
porque también aquí, en mi entorno más íntimo, 

ha venido el dolor de nuevo a visitarme, 
un dolor tan intenso y tan injusto 
como el que me dejaste, pronto hará treinta años. 
Hoy, cuando cumples treinta y ocho, sigo 
depositando un beso cada noche, 
en la foto que tengo en la mesilla, 

ya sabes, la que estás sentado como un indio 
con esa camiseta blanca y roja de rayas 
y una sonrisa pícara que me llena de luz. 
Ya no sé cómo debo imaginarte, 
si como un niño alegre y chispeante 
o como un hombre joven aprendiendo a vivir, 

a desatar los nudos de dolor y de dicha 
que la vida te hubiera reservado. 
Quisiera refugiarme en tu abrazo de hombre 
pero sin renunciar a esa risa de niño 
que aún consuela mis días, hijo mío. 
Ahora esperaré a que pasen los meses 

y el veintiséis de abril llegue de nuevo. 
Te escribiré otra carta, que no contestarás, 
en la que vuelva a darte 
el parte de la guerra de mi vida. 
Hasta entonces, mi amor. 
No olvides que te quiero igual que antes.

lunes, 26 de abril de 2021

CARTA A UN HIJO DE 37 AÑOS

No sé si te ha crecido la edad por todo el cuerpo 
y volverás lleno de hombría y de reposo. 
(Paco García Marquina) 

Me cuesta imaginarte 
en un cuerpo de hombre, 
con voz grave de hombre, 
y ancha espalda de hombre, 
por mucho que se empeñe el calendario 
tú siempre serás niño, 
ese niño feliz y sonriente 
que me alegró la vida aquellos ocho años. 

Tendría que contarte 
que no soy la de entonces, 
que estoy cansada y sola 
y me duele este cuerpo derrotado; 
tus hermanos se fueron porque es así la vida, 
de alguna me separa un océano inmenso, 
tienen trabajos, sueños, hipotecas, 
estudios, hijos, hijas con novios y guitarras 
que son sobrinos tuyos 
aunque tú no los hayas visto nunca. 

Yo vivo en una casa pequeña y luminosa 
con tus fotos por todos los rincones, 
un tiesto de gardenias 
y algunas siemprevivas medio muertas; 
muchos libros y música para ahogar el silencio 
que cubre las paredes; cuadros, dibujos, cosas 
que no importan a nadie,
solo para mí tienen algún significado 
y no sé dónde irán cuando me vaya; 
la perra que me lleva de paseo 
y esta tristeza sólida y espesa 
que ya no logro disolver en lágrimas. 

Tengo miedo a los años que me quedan, 
viene un tiempo repleto de amenazas, 
de dolor y de pérdidas. Ya me quedan muy pocos 
amigos de los que te conocieron, 
algunos, muy queridos, han muerto y otros duermen 
en un lugar borroso de la infancia; 
la amistad es una flor que necesita 
calor y un riego suave y a menudo 
si no quiere morir de distancia y de olvido. 

Y en cuanto a los amores qué contarte, 
deja que te lo explique de hombre a hombre: 
lo de los años es tan deprimente 
que ahora me quieren mucho como hermanos 
los que antes me soñaban en su cama 
y hoy, en sus sueños húmedos, 
les acompaña alguna jovencita 
que te amaría a ti casi seguro. 
Eso ya se acabó; mi corazón 
se ha cansado de amar y de morirse 
un poco cada día, un poco cada noche. 

Hoy, cuando cumples treinta y siete años 
ya no sé cómo debo imaginarte, 
si como un niño alegre y chispeante 
o como un hombre joven aprendiendo a curtirse 
en esta cruel batalla que es la vida. 

Quisiera refugiarme en tu abrazo de hombre 
pero sin renunciar a esa risa de niño 
que aún alegra mis días, amor mío.

domingo, 26 de abril de 2020

A MI HIJO JAIME EN SU TREINTA Y SEIS CUMPLEAÑOS

No sé cómo decirte, vida mía,
que este año no puedo
asistir a la cita ni llevarte
las flores más hermosas.
No lo vas a creer, pero esta vida
que dejaste hace tanto, mucho antes
de lo que toda lógica marcaba,
ya no es aquella vida que conoces.
El mundo está hecho añicos, la tristeza
y ese miedo a un futuro amenazante
de pobreza y de hambre
son los únicos reyes de la tierra.

A ver si soy capaz, cómo explicarte
a ti que siempre fuiste
la alegría hecha niño,
que estoy presa en mi casa,
que ya no corren niños por los parques
que la gente se mira con recelo
con la boca tapada por un paño
en las calles vacías,
que ahora solo hablamos a través
de una triste pantalla,
que hasta nos han robado los abrazos,
que han partido el amor en dos mitades,
que nos ha caído encima una nube negrísima
cargada de dolor, de incertidumbre.

No te vas a creer, cariño mío,
lo que nos ha pasado, tú que fuiste
la explosión de la vida y la sonrisa,
el motor de mis días más oscuros,
la mirada más pícara y más dulce,
no creerías jamás
que este mundo que te ibas a comer
de repente, mi amor, se ha derrumbado.

Y fíjate, mi vida, lo que voy a decirte
ahora que eres un hombre:
por vez primera en este tiempo eterno
−ya son veintiocho años
los que hace que te fuiste−
no quisiera tenerte aquí a mi lado,
Porque no quiero verte prisionero,
porque no quiero mutilar tus sueños
ni que nadie te robe de nuevo la niñez.

Porque te quiero libre para siempre,
feliz y sonriente, tal como te recuerdo.

martes, 19 de septiembre de 2017

UN CUARTO DE SIGLO

Al cabo son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.
(Amalia Bautista)

Era el año triunfal de la Expo y los Juegos,
Sevilla y Barcelona se vistieron de gala.
Quimeras de ladrillo y alta velocidad
nos hacía creer que éramos grandes
y felices y ricos y famosos.

Pero tú habías muerto.

Hace un cuarto de siglo, fecha clave
en la que las parejas celebran que resisten
y revisten de plata su amor y sus derrotas
y brindan con champán, tras la cena con velas,
por otros veinticinco años de paz.

Hace un cuarto de siglo
que estás muerto, amor mío,
que estás muerto.

Yo brindo con champán por todos los dolores
que no tuviste tiempo de sufrir,
por el niño que fuiste y serás siempre,
por el hombre imposible que no conoceré.
Porque no he olvidado tu rostro, el sobresalto
gozoso de tu risa.

Porque hay algunas noches que vienes a mi insomnio
y percibo tu aroma a tiza y a colegio.
Porque tuve la suerte de que hubieras nacido.

Y porque me he hecho vieja y sigues muerto.
Sigues muerto, amor mío, sigues muerto.

viernes, 6 de mayo de 2016

CUANDO VUELVAS

martes, 26 de abril de 2016

32

Este año no solo te regalaré flores por tu treinta y dos cumpleaños. Este año también te regalo un libro con tu nombre.

NO SÉ

Y qué decirte hoy, cuando he vivido
tres veces más sin ti
que el tiempo que te tuve.
Que todos estos años están llenos
de infinitas preguntas,
que ya no sé tu rostro ni tu cuerpo,
que tu risa se pierde en la memoria,
que quiero recordarte y solo veo
una imagen difusa que se aleja
como si fuera un tren que corre sin destino.
No sé bien si soy yo la que se marcha
a envejecer sin ti por esos mundos
o la que permanece en el andén
cuando te han arrancado de mis brazos.

No sé.
Pero es cierto que el tiempo
me ha vuelto otra persona,
que es distinta mi forma de pensarte,
pues no hubiera podido 
llorar sin tregua todos estos años
sin que se me secara la fuente de las lágrimas.

Y sin embargo, no me he vuelto más dura,
aún lloro de rabia y de impotencia,
aún me duele el dolor de los desheredados,
aún me estremecen
los niños de tu edad que duermen cada noche
sobre un suelo de fango y de injusticia
ante los ciegos ojos europeos.

No sé.
Quisiera tener fe y creer que los miras
desde tu privilegio
de niño rico que murió en la cama,
no de miseria, no de genocidio,
de brutal genocidio consensuado
entre viles gobiernos criminales.

No sé, mi amor, 
ni dónde estás ni siquiera si eres
un poco más real que una dulce entelequia.
Solo sé que serás mientras yo siga siendo.
Y también sé, mi vida, que fuiste afortunado.

(Poema incluído en JAIME. Editorial Lastura 2016)

miércoles, 6 de enero de 2016

NOCHE DE REYES

¡Vamos corre, mi niño,
ven a la cama!
¡Que ya he visto a los Reyes
por la ventana!

¡Vamos corre, mi niño,
y no te inquietes!
¡Que ya vienen los Reyes
con tus juguetes!

¡Vamos corre, mi niño,
ven a mi vera!
¡Que ya suben los Reyes
por la escalera!

¡Vamos corre, mi niño,
que ya han venido!
¡Y que vean los Reyes
que estás dormido!

sábado, 19 de septiembre de 2015

UN DÍA COMO OTROS

Un año más -y ya son veintitrés-
cumplo el triste ritual de escribirte un poema
con la vana esperanza de que dure
algo más que las flores
que depositaré sobre la piedra.

El diecinueve de septiembre 
es tan solo una fecha, exactamente igual
a un veintidós de abril, 
de octubre o de febrero.
No se completa un lustro
ni termina otra década sin ti,
solo es un día más viviendo con tu ausencia.

Recuerdo aquellos meses del principio,
cuando hasta las esquinas lloraban a mi paso
y me compadecían 
incluso los mendigos más hambrientos.
Por entonces
todos los niños se llamaban Jaime,
tenían ocho años, me arrojaban
a la cara tu muerte. 
Yo escuchaba a sus madres llamarlos por su nombre
y los odiaba un poco.

Y sin embargo ahora mis amigos me dicen
que debo superarlo,
que ya ha pasado demasiado tiempo. 
Yo me río;
ignoro qué acepción del verbo superar,
de las cuatro que ofrece el diccionario,
he de aplicar a esto.
¿Será “ser superior”? ¿O “rebasar un límite”?
¿O “vencer un obstáculo” o tal vez
tendré que “mejorar las propias cualidades”?

Me van a perdonar,
ninguna de las cuatro me convence.
Aquel dolor cruzó todos los límites,
y ahora ya no encuentro más obstáculo
que saltar cada día el borde de la cama
y ese lo voy salvando.
En cuanto a mis dudosas cualidades
¿hay alguna mejor que ser capaz
de sonreír siempre que te recuerdo?

domingo, 26 de abril de 2015

31 AÑOS

Cómo decirte, amor, que, con el tiempo,
se disuelve tu rostro entre la niebla
y, sin embargo, el hueco que dejaste
nunca pude llenarlo.

Porque no había nada
-ni el amor ni tampoco la poesía
ni otros dolores que vinieron luego-
capaz de reemplazarte en mi memoria.

Es difícil pensarte con tu imagen
cada vez más borrosa,
esa mezcla tan rara entre el niño que fuiste
y el hombre que imagino y no conozco.

Seguramente ahora, si estuvieras aquí,
tendrías que marcharte como tantos
a buscarte esa vida que el destino
te arrebató a deshora.

Quizá celebraríamos tu fiesta
unida a tu probable despedida
hacia mundos más prósperos
que acogen la ilusión de muchos jóvenes.

No sé, mi amor, trato de imaginar cómo serías,
qué sorpresas tendrías preparadas,
qué secretos dolores, qué entusiasmos,
qué amor impulsaría tu andadura.

Y yo me quedaría, como siempre
mirándote marchar,
esperando tu vuelta para, al menos,
celebrar otra vez tu cumpleaños.

viernes, 19 de septiembre de 2014

AQUELLA NOCHE

Hace veintidós años,
en una noche igual que la pasada
nada hacía pensar que no amanecería.
ni que a partir de entonces este mundo,
mi mundo, iba a ser otro.

No se abrieron
los fondos de los mares, ni siquiera
se estremeció la tierra; en apariencia
todo seguía igual, mas no era cierto;
era un sol mentiroso el que brillaba,
que no daba calor,
una fría bombilla en las tinieblas.

Que yo recuerde
no comenzó una guerra en ningún sitio
que no la hubiera antes
ni se firmó una paz de pacotilla,
continuó la injusticia como siempre,
vestida de promesas de papel.

Pero a mí nunca más
volvió a importarme el mundo ni la vida,
como antes me importaba;
ni siquiera el amor con sus quimeras
podía hacerme daño. Me volví
inmune al desconsuelo, vacunada
contra todas las penas, resistente
a todas las bacterias del dolor.

Ahora voy por el mundo
envuelta en este gris escepticismo,
en esta indiferencia desabrida.

Aunque a veces es cierto que me río
y que sufro y que gozo y que me indigno
vestida de prestado, con la ropa de otros.

La mía la perdí en aquella noche,
cuando supe que no amanecería.

sábado, 26 de abril de 2014

FELICITACIÓN A UN HOMBRE QUE NO CONOZCO

Cómo decirte, amor, felicidades,
cuando te has hecho hombre a mis espaldas,
-un pedazo de hombre que yo no veré nunca-
mientras que yo me iba haciendo vieja.

Que aquella madre joven y guerrera
a la que desarmabas con tu risa,
ya no tiene ni armas ni coraje
para intentar vencer en guerra alguna.

Qué te puedo contar si ni siquiera
sé cómo imaginarte,
como el chaval feliz,
un poco caradura, que amé tanto

o este hombre de treinta, inexistente
para mi torpe, inútil inventiva.

Qué te cuento, mi amor,
que las cuatro estaciones se suceden
como cuando tú estabas
y la vida y la muerte
han continuado haciendo su trabajo;

que tienes seis sobrinos -un par de ellos mayores
de lo que nunca fuiste-,
que la abuela se bate en una cruel batalla;
de momento, mi niño, va ganando
y me atrevo a afirmar que a pesar suyo.

Y de mí qué te digo ¡Qué te digo,
si tu foto está sucia de mil besos!


Te diría que lloro algunas noches
pero no sé muy bien dónde me duele.

domingo, 5 de enero de 2014

LA BICI

Al cabo, son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.
(Amalia Bautista)

Yo no conozco al niño
que utilizó la bici que encontraste
pegada a tus zapatos
en los últimos Reyes de tu vida
y también de la mía; tú ya sabes
que no volvieron más por nuestra casa.

Estaba casi nueva
y ya le habías quitado los ruedines
porque tú ya sabías -me dijiste- 
montar igual de bien que los mayores.

Ahora pasan de largo por mi puerta
bajando la mirada.

Ellos tampoco saben
a dónde fue a parar tu bicicleta.  

domingo, 18 de agosto de 2013

LA PRIMERA VEZ

Sé bien
que nunca más podré
volver a ver el mar sin recordarte.

En el fugaz instante
en que extiende en la arena
sus sábanas de encaje
rememoro tus ojos y tu asombro
de la primera vez.

-¡Cómo mola, mamá! -creo que me dijiste;
y luego me arrancaste la promesa
de volver otra vez el próximo verano.

Te contesté que sí, que volveríamos
-hubiera ido a la luna con tal de ver de nuevo
tus ojos y tu asombro-.

Ya no hubo más veranos ni más olas.
Te quedaban apenas unos días,
quién iba a imaginar tal despropósito.

viernes, 26 de abril de 2013

¿NUEVE O VEINTINUEVE?

Hoy ha sido, mi amor, tu cumpleaños
y no sé cuántos cumples.
Serían veintinueve si estuvieras,
pero no estás;
así que digo yo que serán nueve.

No hemos soplado velas de tu tarta,
casi estoy por decirte
que nadie se ha acordado, ni siquiera la abuela.
Hemos estado hablando de otras cosas,
de cosas que suceden a pesar de la fecha.

Hoy he vuelto a estar triste igual que muchas veces,
pero no era por ti,
era porque la vida, vida mía,
sigue sin darme tregua.
Sin dejarme un minuto para llorar tu ausencia.

Porque hay otros dolores que se imponen
con una inmediatez tan invasiva
que enmudecen tu risa y mi vacío.

Porque llorar por ti sería un lujo
que ni siquiera puedo permitirme.

Pero a treinta minutos de que acabe tu día
quiero tomar contigo este gin-tonic
-que ya tienes edad-
y que soples las velas que alumbran la tristeza.

Sin pensar si son nueve o veintinueve.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

VEINTE AÑOS

Una vez más recorreré,
con mi ramo de flores en la mano,
el camino que lleva hasta la nada,
hasta la fría piedra con tu nombre,
como el año pasado, como el otro,
como desde hace veinte.

Dicen que las decenas cierran ciclos
pero hay algunas cosas que no cambian
aunque tengan un cero en la memoria.

Mentiría si ahora te dijese
que me duele tu ausencia igual que entonces;   
no, no me duele igual,
porque el dolor ahora se ha hecho parte de mí,
es ya mi esencia,
mi propia forma de habitar el mundo.

Si antes me sangraba a borbotones
la herida de tu muerte,
hoy, veinte años más tarde,
es una cicatriz, un grueso callo
que endurece mi piel
para todo lo que ha venido luego
y que no cesa nunca, así es este negocio.

No sé para qué voy,
tal vez porque este día
es de lo poco que me va quedando
sólo tuyo. 

viernes, 20 de abril de 2012

UNA ALEGRE MAÑANA

La luz de la mañana
se me antoja excesiva, como de mala foto;
no matiza perfiles ni define las sombras
es demasiado intensa para mi escepticismo.
Las jóvenes parejas
juegan a cambiar besos como si fueran cromos;
quizá ignoran que un beso nunca está repetido
o quizá, simplemente, los envidio.
Las familias modelo, con ropa deportiva,
consumen sus angustias en el hipermercado
¡ojalá sean felices!
Y la mujer gitana que pregona claveles
lleva en su vientre el hijo que hace el número ocho.
Y también vivirá,
suelen vivir los hijos, casi siempre.

He comprado unas flores -blancas, como tu risa-
todas juntas parecen un helado de nata
que te llevo de postre.

Para que no se sequen
las pondré en un un jarrón lleno de lágrimas
y adornaré con ellas tu retrato.
(Pintura de Carolina Torres Martín)

lunes, 19 de septiembre de 2011

UN DÍA COMO TANTOS

Está acabando el día y tengo que decirte
que ha resultado ser como otros tantos
desde la fecha incierta
en que me acostumbré a tu absurda muerte.

Es día diecinueve y no ha ocurrido nada
que no ocurriera ayer o hace tres años;
la vida ha continuado como siempre,
sólo la misma rabia silenciosa
de tus fotos estáticas,
de tu sonrisa quieta,
de la voz inaudible de tu ausencia.

Y ya no sé siquiera si me duele
o soy otra mujer distinta de tu madre;
ya no sé lo que queda de mi llanto,
se ha mezclado con otros
que hoy impone la ley del calendario.

Me estoy haciendo vieja mientras tú
sigues siendo tan niño como antes.
Tus amigos son hombres ya crecidos,
los veo y sólo pienso: así serías,
con el condicional eterno, inevitable.

Y es que la vida
ha seguido, mi amor, como si nada.

domingo, 9 de enero de 2011

LÁGRIMAS EN LA NIEBLA

La carretera penetraba en la niebla y el coche avanzaba dejando atrás dos hileras de árboles desnudos con su esqueleto recortado entre la bruma. A pesar del algodón sucio que los envolvía podía distinguirse hasta la más mínima ramita, hasta el palito más diminuto arañando el velo de agua. Era víspera de Reyes y yo cumplía la tradición como todos los años desde hace dieciocho. Y es que esta es la fiesta de los niños y tú, como Peter Pan, has conseguido ser niño para siempre.

Así que me fui a Sigüenza una vez más, a dejarte un ramo grande de claveles blancos que parece una tarta de nata; una tarta de nata que, por muchos años  que pasen, siempre tendrá las mismas ocho velas.

Iba casi muerta, con el corazón petrificado; hacía tres días que se había negado a trabajar, estaba en huelga de lágrimas, como si se hubiera vaciado el depósito. Un dolor seco y paralizante me había bloqueado el alma.

De repente algo falló; se encendieron unas luces incomprensibles sobre el salpicadero y el coche empezó a dar pequeños trompicones parecidos a los estertores de un moribundo. En medio de aquella carretera desolada y fantasmal me sentía igual que un piloto suicida a bordo del avión que le habría de llevar a otro mundo, quizá mejor que éste. Paré y me quedé sentada al volante, mirando sin ver a través de la espesura gaseosa que me rodeaba. 

No sé cuánto tiempo estuve allí, hasta que vi por el retrovisor dos luces que atravesaban la nube gris y un todo terreno se detuvo delante de mi coche.  Un rostro de hombre con gorra se acercó a mi ventanilla. Bajé el cristal.

-Señora ¿podemos ayudarla?

No acerté a pronunciar palabra. Me quedé mirando los ojos del guardia civil y balbuceé algo sin sentido. No sé por qué los ojos solícitos de aquel desconocido hicieron que se me abrieran las compuertas y noté que mi rostro se contraía en un puchero, como el de un niño pequeño al que da vergüenza romper a llorar; en un momento los pucheros se convirtieron en hipidos roncos y después en sollozos que me sacudían todo el cuerpo y las lágrimas brotaron como dos manantiales inagotables de aguas termales; dos cascadas calientes y saladas que nacían en un punto indefinido de quién sabe qué profundidades. Era como si se desbordara un pantano, como si algo me reventara por dentro, como si se licuara el dolor y se derramara sobre el asfalto.  

Ignoro el tiempo que estuve llorando ante la mirada atónita del guardia. Solo sé que después me invadió la placentera sensación que dicen que acompaña al último suspiro.

-Muchas gracias, no se preocupe. Creo que ahora puedo seguir.