martes, 29 de mayo de 2007

LA LECTURA

Anoche escribí un artículo cargado de decepción y, quizá, hasta de amargura y cuando pulsé "publicar" me salió un mensaje de que "su html -no tengo ni zorra idea de lo qué es eso- no es correcto" y el artículo desapareció para siempre en el espacio virtual. Voy a tratar de reproducirlo, aunque dudo mucho que pueda transmitir mi estado de ánimo después de dormir y, por lo tanto, de enfriarlo y de pasarlo a un plano secundario.

Empezaba diciendo que no quería engañaros: estoy hecha polvo. No por lo de Madrid, que se esperaba, sino por el mensaje que esconden estas elecciones. Creo que, en general, ha habido un empate técnico que está lleno de incógnitas. No quiero entrar en la patética guerra de cifras ni en el mezquino juego de pactos y mercadeo para repartirse este pastel llamado España. Aunque milito en un partido político, no soy nada política e intento ser sincera conmigo misma para poder serlo con los demás. De manera que me estoy comiendo el marrón de la derrota yo misma con mis mecanismos, sin escuchar las declaraciones triunfalistas de unos y de otros.

A nivel nacional ha quedado patente que nos va la marcha, que nos gusta que nos roben y que aquí se premia la corrupción. Leáse el señor Fabra, el alcalde de Andraxt, el alcalde de Ciempozuelos, por citar casos de los dos partidos mayoritarios.

Lo de Madrid, es otra cosa. Es verdad que el proceso del Partido Socialista -mi partido, por si alguien tenía alguna duda- ha sido desastroso. Desde la espantá de Trinidad Jiménez a menos de un año de las elecciones, que dejó a los militantes que la hemos arropado como candidata mitin tras mitin, moviendo la bandera en el vacío; desde las calabazas públicas de José Bono -un hombre de partido, hay que joderse- que tenía guardada en el almario la derrota que le infringió Zapatero en el Congreso de elección de Secretario General y se la devolvió -en mi opinión, premeditadamente- en el momento que más daño podía hacerle, hasta la fabricación apresurada y artificial de un candidato improvisado. Es verdad que el perfil de Rafael Simancas no es precisamente el de un triunfador. Es verdad que el PSM se parece bastante a un patio de monipodio. Todo eso es verdad, pero aquí hay más cosas.

Aquí no han votado los maltratados usuarios del metro, que se ven obligados a bajar en cualquier estación menos en la suya -cuando no a pasar en medio de un túnel de un tren a otro- por un mejor transporte público. Tampoco han votado los paganos de la mareante deuda de la M-30, que los hijos de Jaime y Carmen seguirán pagando si es que tienen la desgracia y la fortuna de vivir en Madrid cuando sean adultos. Ni los que esperan meses en las listas de la sanidad pública para que les den un diagnóstico a su dolencia. Yo creo que los votantes madrileños no han votado para condenar a muerte a setecientos árboles en el Paseo del Prado/Recoletos, aunque la papeleta lleva dentro su conformidad con semejante crimen. Aquí han votado los manifestantes que han salido a la calle un sábado sí y otro también a insultar al Presidente del Gobierno y han depositado en la urna el famoso "Zapatero vete con tu abuelo".

Madrid, desde el mismísimo quince de marzo de 2004, ha sido el horno en el que se ha cocinado el plato fuerte de la crispación y del odio. Y ese guiso tan suculento ha resultado muy nutritivo para sus propios cocineros. El manejo de los sentimientos más primarios, la agitación del rencor, los mensajes de trazo grueso -España se rompe, la familia se dinamita, el Gobierno cede al chantaje terrorista, etc..etc..- Las calumnias desvergonzadas, el ondear de banderas, los insultos airados y el ambiente irrespirable que vivimos en Madrid, desgraciadamente han sido demoledores. Y eso es lo que me entristece. Lógicamente, me fastidiaría la victoria de una derecha civilizada y presentable como la que recientemente propugnó Joaquín Calomarde, portavoz de educación del PP en el Congreso, en un artículo titulado "El Partido Popular necesario" que le costó la destitución inmediata; pero la aceptaría con democrática resignación. Pero que venza la mentira y la rastrera utilización de la baza del terrorismo, francamente, me hunde en la más profunda desolación.

Sin embargo, que no se engañe nadie. Cuando el PP gobierne -que gobernará tarde o temprano- tendrá que poner en la calle a los asesinos que hayan cumplido sus condenas. Y, como ya hizo cuando le tocó, negociará lo que haya que negociar, entre otras cosas porque su principal obligación será trabajar por la paz.

En fin, que estoy muy cansada física y moralmente. En este momento salgo para Carboneras, Almería, a descansar en la playa un par de días. Me voy allí porque en Madrid no hay playa. De momento, porque como a Gallardón se le ponga en las narices, traerá la playa. Al tiempo.

viernes, 25 de mayo de 2007

JORNADA DE REFLEXIÓN

En Madrid continúa lloviendo sin tregua ni descanso, con la furia de las tormentas y la tenacidad del txirimiri del norte. El tráfico es un caos, atrapado en un laberinto de agua, y cruzar las calles a pie es como intentar vadear la corriente de un río escaso y pobre que, de repente, se hubiera vuelto loco. Sólo apetece quedarse en casa con el alma puesta a secar, pero eso es un lujo que sólo unos pocos -o muy ricos, o muy viejos- se pueden permitir. Hasta los niños tienen que seguir su rutina escolar, que ayer fui a buscar a mis nietos al cole y salieron para ponerlos a escurrir. Siempre me aturullo cuando voy a buscarlos, en ese guirigay que es la salida de todos los colegios, niños en tropel, padres y madres despistados, mochilas, gritos, varias filas de coches en la puerta tocando el claxon como si cada uno fuera el único. Si a esto se añade la nube multicolor de los paraguas abiertos, encontrar a Marcos y Paloma es un verdadero milagro.

Seguro que este chaparrón inmisericorde, anegando el cereal y los viñedos castellanos, es culpa de ZP, quién sabe qué pactos siniestros habrá firmado con las fuerzas del mal para que se le inunden los túneles a Gallardón. Es que hay que ver este hombre, que tan pronto nos castiga con la sequía más pertinaz que nos alcanza el recuerdo, como nos encharca hasta las ideas.

Mañana, que es jornada de reflexión, tengo que pensar en estas cosas y en otras. Por ejemplo, qué mecanismo mental deja en casa a la izquierda de este país cuando toca ir a votar. El Partido Popular, en las elecciones generales de 2004, apenas perdió setecientos mil votos con respecto a las del 2000, votos que dudo mucho que fueran a parar a los socialistas. Sin embargo en esa ocasión salieron de casa, papeleta en ristre, casi tres millones de personas más que en la anterior, lo que dio el triunfo a la izquierda. Los votantes populares tienen la piel más gruesa, son más tolerantes con los errores o con las mentiras manifiestas -no me entra en la cabeza que se las crean- de sus líderes y van a votar. No sé si tapándose la nariz o es que tienen atrofiado el sentido del olfato, pero votan. En cambio hay una parte de la izquierda -en mi modesta opinión, excesivamente rigurosa- que la comen los escrúpulos, sabe lo que vale un voto y tal vez lo administra con demasiados remilgos. Y, salvo en el caso de un escándalo político y una desverguenza flagrante, como ocurrió en los días siguientes al 11-M, se queda en casa tan ricamente, criticando a unos y a otros sin querer contaminarse de las miserias de ninguno.

Pero ocurre que nadie es perfecto y quizá a veces conviene optar por el que cada cual considere el menos imperfecto.

Mañana es jornada de reflexión y yo, bueno, lo tengo todo pensado. Ana y Jesús se van de viaje y yo estaré en su casa desde las siete de la mañana para cuidar a Jaime y Carmen, que estarán todo el rato, de día y de noche, reflexionando. El domingo iré directamente desde allí a la mesa electoral, de interventora, de manera que los adversarios lo van a tener fácil conmigo. Creo que al final votaré a Jaime para alcalde y a Carmen, que es muy mandona, para presidenta de la Comunidad, y así daré continuidad al Women Power madrileño.

lunes, 21 de mayo de 2007

LLUVIA Y GOLES EN MADRID

Ayer el cielo de Madrid se enfureció. Se fue enfurruñando poco a poco; se ensombreció el sol y el azul de la mañana adquirió un color gris oscuro, casi negro, como la esperanza del pobre. Unas nubes macizas, robustas, corpulentas y poderosas tomaron posiciones sobre la ciudad, preparadas para descargar su artillería y un viento caótico y desordenado empezó a mover los árboles de mi calle, que presentían la que se les venía encima. La gente se frotaba los brazos desnudos, pillados desprevenidos por un frío inesperado y un poco traidor.

A las siete menos cuarto comenzaron a caer unas gotas gordas que se estrellaban contra el suelo como proyectiles líquidos, dejando su huella mojada sobre las aceras. Desde el parque de abajo subía hasta mi ventana -que está en un quinto piso- el olor fresco y antiguo de la tierra húmeda. Arreció. En un cuarto de hora llovía brutalmente, desesperadamente. Como si nunca antes hubiera llovido, como si nunca más fuera a llover. Parecía un diluvio bíblico, enviado por alguna divinidad colérica para lavar los pecados de todos los madrileños. No sé si los pecados políticos o los futboleros de los hinchas atléticos, que durante toda la semana habían proclamado su deseo de perder para que una supuesta victoria no beneficiara al Madrid, tan deportivos ellos y tan así. Pues les llovieron seis rosquitos, seis. Joaquín Sabina, atlético confeso, no parecía contento; al tercer gol se levantó y se fue, sin aceptar los golpecitos en la espalda que Serrat le ofrecía compasivo; le dejó allí sentado, con la mano izquierda suspendida en el aire. Espero que se recupere pronto de la depre y no nos prive del placer, no de matar sino de disfrutar DOS PÁJAROS DE UN TIRO . Os dejo las fechas de los conciertos de aquí y de allá, por si me lee alguien de la otra orilla.

Es lo que tienen los deseos; que, a veces, se cumplen. Mi más sincera enhorabuena a todos los rojiblancos.

sábado, 19 de mayo de 2007

AMORES


Con tanto nieto y tanta Pantoja, hace tiempo que no hablo de política y eso que estamos -o precisamente porque estamos- en campaña y las campañas me aburren mucho. Me parece patética esa búsqueda del punto g del electorado por parte de los políticos aunque, bueno, mi militancia me exige colaborar en este circo y ahí ando repartiendo panfletos. Pero es que estoy perpleja por la que se ha montado con la denuncia que el otro día hizo Sebastián a Gallardón. Todos los días estamos leyendo y oyendo denuncias de corrupción de unos y de otros, ciertas o falsas, comprobables o no y a todo el mundo le parece lo correcto. Pero si se le ocurre a Sebastián insinuar que el sr. alcalde ha otorgado trato de favor en asuntos inmobiliarios a una persona que, para mayor inri, está imputada en la operación Malaya, resulta que se trata de una cuestión personal y está muy feo hablarlo. Se le echan encima propios y extraños, todos los medios de comunicación, incluso los, digamos, afines -estos más, si cabe- ponen a parir a Miguel Sebastián. De manera que aquí lo que hay que hacer para que le respeten a uno es corromperse por amor, que eso lo disculpa todo; la corrupción adquiere la categoría de cuestión personal y no es políticamente correcto hablar de ella. Lo que antes se llamaba prostitución de lujo ahora se llama asuntos personales. Empiezo a entender que el Ayuntamiento de Madrid haya contratado a la Pantoja para las fiestas de San Isidro.

Lo siento por su santa, que estaría tragando tan ricamente y, ahora que lo sabe todo el mundo porque su propio marido se delató, tendrá que tomar alguna determinación -qué pereza, con lo cómodo que es hacerse la sueca- pero a mí me tiene sin cuidado que el Faraón se líe con quien quiera o con quien le deje, que, mira, hasta le da un puntito humano a ese señor tan aburrido y con esa cara de coadjutor de parroquia fina que tiene. Pero hombre, que le regale a su amante un perfume como todo el mundo o un reloj de brillantes, si se quiere estirar. Pero un palacio del siglo XIX en Madrid, edificio protegido, para que monte un hotel, francamente, me parece una pasada.

Esto me recuerda, no sé por qué, a lo del presidente del Banco Mundial, el de los tomates, que ha colocado muy bien a su novia en tan benefactora institución. Yo lo que encuentro verdaderamente asombroso es que el tal Paul Wolfowitz tenga novia, porque digo yo que alguna vez se habrá quitado los zapatos en su presencia. Y es que el amor es ciego y además hace milagros.

lunes, 14 de mayo de 2007

ÍDOLOS

En su post de ayer, Deyanira nos contaba perpleja el descubrimiento de una página Web abierta expresamente para manifestar apoyo en estos duros momentos a la viuda -alegre- de España. No voy a hablar del propósito dudosamente altruísta de los promotores de la página, donde se venden unas pulseritas de adhesión a la cantante de las que, en el momento en el que escribo, aseguran que ya han reservado 129.708. Ignoro el precio pero, por poco que sea, supone un capitalito. Dejando aparte este cutrerío tan cañí, creo que el fenómeno merece un mínimo de dedicación por parte de los psicólogos.

Yo no lo soy pero algo me dice que los ídolos personifican los sueños y las frustraciones de sus adoradores. Sin ir más lejos, yo adoro a Joaquín Sabina porque me reconozco en cada uno de sus versos, porque ha escrito todo lo que siento y no he sido capaz de traducir en palabras; puestos a soñar, hasta me puedo creer que muchas estrofas como ésta

Por ejemplo el espejo del baño,
con su azogue, mis canas, tu rimmel,
por ejemplo dos cuerpos nadando
en un mar de sudor que redime

me las dedicaba; por eso, el día que le pesquen en un renuncio será como si me hubieran pescado a mí. Lo negaré todo; por mis muertos que lo negaré todo y le defenderé con uñas y dientes. Puede que el ama de casa que canta coplas en la cocina mientras reboza la pescadilla, escuchando a la Pantoja cierre los ojos y se vea a sí misma subida en un escenario moviendo la bata de cola de lado a lado y robando el sentío al patio de butacas. Y puede que su marido hubiera vendido su alma al diablo por llevarla del brazo en el Rocío, como Cachuli. Quizá por eso ambos se nieguen a admitir que ELLA sea una vulgar choriza. Porque quizá con ELLA, el juez Torres metió en el calabozo sus ensoñaciones más secretas.

Deberíamos aprender a separar la persona del personaje, algo tan obvio como que por muy bien que alguien cante, escriba, dirija una orquesta o juegue al fútbol, eso no le convierte automáticamente en persona decente ni le otorga patente de corso para hacer de su capa un sayo. De la misma manera que su comportamiento en la vida no aumenta ni disminuye los méritos que cada uno pueda tener en su oficio. Por poner un ejemplo, siempre he admirado al escritor Camilo José Cela, al que considero un referente obligado en el manejo del lenguaje, un maestro en el arte de la pluma y un virtuoso del buceo en los recovecos del ser humano; sin embargo su persona me resulta detestable, dicho sea sin ánimo de molestar.

Por otra parte, pienso que estos personajes públicos, estos objetos de deseo tienen, si cabe, más obligación que el resto de los mortales a un mínimo de ética en su conducta privada, precisamente por el valor pedagógico de sus actos.

Pero en este país nos seguimos moviendo mucho más por la víscera que por la razón y ni siquiera nos paramos un minuto a analizar nuestros propios impulsos. La multitud anónima que hace un año acudió con lágrimas en los ojos al entierro de Rocío Jurado, estaba asistiendo al entierro de sus propios delirios y quizá al de ciertas experiencias personales que estaban asociadas a sus canciones. No se puede amar a nadie sólo por su voz, por muy hermosa que sea. Ese supuesto amor esconde algo más complejo.

El día que el juez Torres ordenó su detención, Isabel Pantoja recibió muchos ramos de flores anónimos que no eran para ella. Eran un homenaje a los sueños de quienes las enviaban.

sábado, 12 de mayo de 2007

UNA HISTORIA VULGAR

Los dos eran guapos, los dos eran jóvenes. Los dos eran de buena familia y habían venido a llevarse la vida por delante; todavía no sabían que la vida iba en serio.

Corrían los primeros 70. En España se adivinaban -¡por fin!- vientos de cambio. Ellos, desde su confortable refugio de niños bien, jugaban a revolucionarios. Nada muy comprometido: conciertos de Paco Ibáñez, de Serrat, de Lluis Llach y de Raimon con la cara al vent y los mecheros encendidos; alguna carrera delante de los grises sin demasiado peligro y fiestas progres con música de Janis Joplin -Me and Bobby Mc.Gee- mucho porro y algo de sexo, más reivindicativo que pasional. Era divertido, Joan Baez cantaba que nadie les iba a mover de aquel espacio de promesas y compromisos de juguete; el futuro no corría prisa, casi era mejor esperarlo que vivirlo.

Pero la vida les movió. Siguió su curso implacablemente sin pedirles opinión. La boda no fue nada revolucionaria: en La Concepción, de la calle de Goya, chaqué y tul ilusión, como debe ser. Todos los amigos progres se pusieron la corbata.

La vida empezó a ir en serio. A enseñar su cara más gris y más aburrida. Había que pagar una hipoteca, el recibo de la luz, del gas y del teléfono. Llenar la nevera y la gasolina del coche. La situación económica no era mala, pero ya no se podía gastar tan alegremente. Aunque siguieron con sus amigos, sus reuniones pseudopolíticas, sus fiestas, trufadas de inofensivos coqueteos. El hijo vino a encerrar en casa las ilusiones, algo confusas, algo dispersas. A separar el amor del atrezzo, a obligarles a centrarse en lo importante. La rutina fue borrando -sin prisa pero sin pausa- el espejismo de amor que entre los dos habían dibujado. Aquel sexo desenfadado y alegre, entre risas y vapores de alcohol y de maría, dejó paso al hoy no, cariño, que me duele la cabeza, al es que eres frígida, al esto no funciona. Al espeso silencio, espalda contra espalda. A comerse cada uno sus propias frustraciones a solas. El, pequeño empresario con aceptable cuenta de resultados, encontró una solución tan poco revolucionaria como liarse con su secretaria, una chica muy joven de Carabanchel, deslumbrada con aquel jefe tan guapo y tan colega que la invitaba a cenar a restaurantes caros. Al mismo tiempo, echaba al aire sus precoces y atractivas canas haciendo risas con unas y con otras. Ella volcó su decepción en su hijo y en su casa, y se construyó una vida tranquila y moderadamente feliz. En casa no había gritos, no había broncas. Eran dos personas educadas que cenaban en Nochebuena con la familia. Así pasaron unos cuántos años, en una urbanización burguesa -tenis y piscina- habitada por profesionales de clase media alta, en el noroeste de Madrid. Cuando el hijo alcanzó la adolescencia y ella la edad en que las hormonas gritan que están aquí, que alguien las haga caso, conoció a un profesor de gimnasia que le dió unas clases especiales para el cuerpo y para el alma y le hizo saber que no era frígida, que era una mujer viva y deseable, con un enorme potencial de ternura y de pasión guardado en el armario, entre las mantelerías de hilo y las sábanas perfumadas de su ajuar. Se enamoró. Como nunca hasta entonces. Dio rienda suelta a sus emociones adormecidas durante años, colmó sus carencias. Ardió. Levitó. Y, claro, fue entonces y no antes cuando el matrimonio se separó.

Pero la vida se siguió moviendo y aquella historia tan bonita y tan intensa también se fue al garete; se convirtió en un hermoso recuerdo que durante muchos años la hacía estremecer. Entonces recuperó con su marido una relación "civilizada". Físicamente separados, pero monetariamente unidos, cenaban juntos en Nochebuena y él comía en su casa los domingos para ver al chico. No firmaron nunca ningún papel de separación legal ni mucho menos de divorcio; en cambio ella sí firmó muchos papeles de diversos préstamos bancarios y líneas de crédito que él le ponía delante sin darle explicaciones y sin que ella se las pidiera. Ella no se enteraba de los enjuagues en los que él se metía y llevaba una existencia plácida sin que le faltara de ná. Consciente de su dependencia económica, nunca se volvió a plantear construirse una vida con otra pareja y, si llegó a sentir algún atisbo de amor, lo vivió de forma clandestina y sin querer implicarse ni hacer planes de futuro. Sabía que se quedaría sin ingresos.

Pero el negocio empezó a irse a pique, y las cifras de resultados disminuían al mismo ritmo que aumentaba la edad de los dos. Empezaron por vender el piso de la urbanización burguesa y ella se tuvo que ir a vivir de prestado. Luego, el adosado de la playa. Más tarde la empresa. El capital resultante de todas las ventas, lo engulleron quién sabe qué misteriosas deudas que tenían debajo la firma de mi amiga.

La secretaria de Carabanchel resultó ser una hormiguita que, tacita a tacita, se había hecho con un pequeño patrimonio. El ha debido pensar que ya era hora de sentar la cabeza y ahora sí ha querido firmar los papeles del divorcio. Se ha casado con ella. Por amor, naturalmente. Mi amiga, a estas alturas, tiene que construirse una vida desde lo más profundo de la nada.

Janis Joplin murió de sobredosis. El No nos moverán suena desde el pasado más ronco, más triste, más hueco, más inútil que cuando entonces.

lunes, 7 de mayo de 2007

LIRIOS

Hoy es un dia como otro cualquiera, lunes por más señas, con la única e irrelevante particularidad de que es mi cumpleaños. Una fecha que no me produce una especial ilusión, dada la cifra que me viene cayendo encima año tras año. El 7 de mayo nació un montón de gente importante, a saber: en 1833 Johannes Brahams con el que, desgraciadamente, no me unen las capacidades musicales. En 1861 Rabindranath Tagore que, bueno, a la poesía al menos he intentado alguna modestísima aproximación. En 1919 Evita Perón que, francamente, no es mi estilo. Y en 1901 Gary Cooper, con el que apenas coincidí en el tiempo pero ya quisiera yo haber coincidido en el espacio; mejor cuanto más angosto.

Lo celebré ayer domingo, como se suelen celebrar estas cosas: una comida que me costó pasarme la tarde del sábado cocinando. Nueve adultos, dos niños y los bebés que, contra pronóstico, se portaron muy bien y me robaron todo el protagonismo. A las nueve y media de la noche dejé caer mis restos en el sofá, cuando conseguí que mi casa recuperara un aspecto lo más parecido posible al habitual. Pero en fin, lo pasamos bien y me hicieron regalos bonitos y acertados: un libro, cosas que ponerme, diversos marcos para las fotos de mis nietos nacidos y por nacer -que como continúe esta explosión demográfica mi casa va a parecer un estudio fotográfico- y un ramo de lirios precioso. Moraítos de martirio.

Además, esto de cumplir años parece que obliga a hacer un poco de inventario; a rellenar el Debe y el Haber del Libro Mayor de la vida. Yo creo que el saldo puedo considerarlo positivo aunque, con estos bienes tan poco tangibles, depende del valor que cada uno quiera darlos. Seguramente que los dolores y las tristezas han dejado su impronta en mí y se me nota por dentro y por fuera. Y han hecho que cambie mi escala de valores y mi forma de afrontar la aventura de vivir. Pero realmente no estuvo en mi mano evitarlos ni desviar el rumbo que tomaron las cosas. Y hoy me enfrento a ellos de una forma sosegada, sin el desgarro de antes. Quizás he comprendido que el error estaba en hacer planes, que las cosas suceden a pesar de nosotros, a pesar de los planes. Ahora el recuerdo de Jaime me provoca una tristura dulce, una apacible melancolía que -por raro que parezca- muchas veces me hace sonreir. Jaime fue un niño feliz con el que no me quedó nada pendiente. Nos dimos muchos besos, le transmití mi amor todos los días y él lo percibió y lo reflejó en su risa. En cambio hay algún tema no resuelto que me causa una profunda desazón. No ser capaz de derribar ciertos muros de silencio, ciertas barreras invisibles que impiden el contacto físico; no encontrar los cauces por donde hacer correr una cuota de amor igual a la de Jaime. La incomunicación, que quizá ha tapado lo mejor que puedo ofrecer a los que más quiero. Ese pudor paralizante.

Además está ahí esa parte de mí, levemente golfa, que no se resigna a envejecer y se empeña en negar la evidencia. La que se ha aprendido de memoria los versos de
Gil de Biedma : ...Y me coge un deseo de vivir y ver amanecer, acostándome tarde, que no está en proporción con la edad que ya tengo...

¡Qué le vamos a hacer!

viernes, 4 de mayo de 2007

EL PUENTE

Este largo puente madrileño hemos tenido un tiempo endemoniado. Ayer en Sigüenza el día estaba desapacible y frío, con una lluvia molesta y pertinaz que no invitaba a las caminatas ni a la intemperie. Sin embargo el campo era un lujazo con sus nuevas ropas de color verde, jugoso y húmedo, cubierto de un cielo plateado y uno tenía la sensación de estrenar el mundo. Ahora que el mundo está recien pintado todo parece posible; la vida se insinúa, provoca, enseña sus encantos y se me olvida que estoy cansada. Esto no es serio, decididamente soy una mujer fácil. Quién sabe dónde habrán quedado mi hastío y mi desgana del post anterior. Trastorno bipolar creo que se llama lo mío. A lo mejor la cosa consiste en eso, en no esperar grandes locuras; a lo mejor ese trabajo tan aburrido y que me tiene tan harta me sirve, precisamente, para poder detenerme un momento sin agobios a mirar lo bonito que está el campo. Y para comprobar que la soledad no está tan sola porque uno tiene amigos con los que hacer unas risas y comerse unos huevos fritos. Y algunos, de repente, se hacen poetas. Y, sobre todo, la vida sirve para ¡al fin! querernos como es debido sin querernos todavía.

Cuando volví a Madrid me enteré de que en la plaza del Dos de Mayo, el 2 de Mayo se armó un dosdemayo de órdago a la grande, que la carga de los mamelucos del otro 2 de mayo, al lado de esto fue una gilipollez. Por un botellón de nada. Todo muy macarra y muy de aquí. También me he enterado de que la Pantoja, entre copla y copla, lavaba el parné de su Cachuli, que debía estar perdidito de mierda de tanto ir y venir en bolsas de basura.

Y me enteré de lo peor. Que la iniquidad humana no tiene límites y hay unos abogados que pretenden buscar una justificación a la mentira y a la infamia escarbando sin piedad en el dolor. Espero que ese juez tan calvo y tan serio y que lo está haciendo tan bien no permita semejante barbaridad.

Luego presenté a Cock a Jaime y Carmen, que están hechos dos soles. Jaime ya pesa tres kilos, el tío -un kilo en menos de un mes- y la gorda es una reinona que impone su autoridad a poquito que la dejen. Yo creo que me quieren un poco.