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miércoles, 28 de mayo de 2014

UN CUENTO QUE NO ES DE FÚTBOL

Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral
 y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol". 
(Albert Camus)

Ese día salió de casa con un puño apretándole muy fuerte dentro del pecho, tanto que casi le impedía respirar con normalidad. Se puso unas gafas de sol muy grandes y muy oscuras, quería tapar la tristeza de sus ojos, y se compró una bufanda de su equipo en un puesto de la Castellana. Estaba sola, sola con sus dolores, con sus culpas, con sus angustias, con sus desprecios, con sus agravios, con sus silencios. Estaba sola con su soledad y necesitaba fundirse en la masa, diluir su amargura en una ilusión común y compartida.

El bar era pequeño, un bar de barrio, corriente. Lo atendía un chico joven muy simpático, de una edad parecida a la de sus hijos. Todavía era pronto, faltaba un buen rato para que empezara el partido, pero entró y se sentó en la mesa más próxima al televisor; pidió una cocacola, aún no quería empezar a beber alcohol. Luego se tomaría un gin-tonic durante el primer tiempo y otro durante el segundo, eso si no había prórroga.

De vez en cuando salía a fumar un cigarrillo y charlaba con el chaval:

—¿Eres del barrio?— la tuteó con familiaridad, parecía que le extrañaba que aquella mujer sexagenaria, no habitual del bar, hubiera ido sola a ver el partido precisamente allí.

—No, estoy esperando a un amigo —contestó ella como disculpándose. En realidad no sabía muy bien por qué había entrado a ese bar, sería por bares. Quizá fue porque estaba casi vacío y le daba un poco de corte entrar en un sitio lleno de tíos vociferantes y medio borrachos. Viejos prejuicios de los que aún no había conseguido liberarse.

Poco a poco fue entrando gente, casi todos jóvenes como el propietario. No sabía por qué, pero la fue invadiendo una especie de calidez anónima, como una complicidad sobrevenida con aquellas gentes desconocidas, independientemente de la bufanda que llevaran colgada al cuello o anudada en la cabeza. Entre los de uno y otro equipo se hacían bromas, se atacaban amigablemente, insultaban de buen rollo a unos u otros jugadores. Todo entre sonrisas, entre choques de jarras de cerveza brindando por la victoria o por la derrota de los otros.

Antes de que salieran en la pantalla las alineaciones una periodista entrevistó a Rajoy, que dijo unas cuantas tonterías preelectorales en la tarde de reflexión. Luego, entre el abucheo general de indios y vikingos, el presidente de la comunidad y la alcaldesa vestida de flores, dos grandes próceres . Parecía que ellos dos solitos hubieran eliminado al Bayern y al Chelsea.

Se acercó a la barra:

—¿Cómo te llamas? —preguntó al chico.

—Mario ¿Y tú?

—Por favor, Mario, ponme un gin-tonic de Beefeater —le pidió después de decirle su propio nombre.

Por fin empezó el partido mientras continuaba el ambiente distendido, incluso, a su juicio, con escasa atención de la parroquia, hasta que en el minuto treinta y cinco “El Santo” se salió de sus casillas con un error de principiante y los rojiblancos marcaron en medio de un batiburrillo de piernas delante de los tres palos. Un churro de gol, pero un gol al fin y al cabo. Estalló el lógico júbilo de los colchoneros: abrazos, cervezas en alto, cachondeo del rival.

A partir de ahí, sí. El aire se iba haciendo cada vez más espeso para los merengues que aguantaban en silencio las mofas rojiblancas. Todos menos Mario, que no dejó un momento de animar, de cantar, de meterse con los otros. Y de pedir a la afición blanca que saliese del marasmo.

Pero ni el segundo gin-tonic conseguía hacerla reaccionar. No ya por el partido, sino porque el puño del pecho seguía apretándola, apretándola…

Era el minuto noventa y tres cuando el muchacho de Camas lanzó un cabezazo impecable al fondo de la red a la salida de un córner y el estruendo de ¡¡¡Gooool!!! resonó por todo el local y por la calle, por los balcones, por los cuartos de estar, salió de las gargantas de los niños y de los ancianos.

Ella soltó en su grito todo el silencio de piedra que la ahogaba, toda la rabia contenida, toda la tristeza acumulada durante meses, todo el dolor injusto contemplado tarde tras tarde. Y ocurrió que todos los abrazos que se le estaban pudriendo por dentro encontraron donde anudarse en aquellos jóvenes desconocidos. De repente se vio subida en volandas por los poderosos brazos de Mario.

Después vinieron más goles, más saltos, más gritos, más abrazos.

Luego, al despedirse, le preguntó:

—¿Tienes hijos?

—Sí, cuatro —seguía diciendo que tenía cuatro—. Y seis nietos.

—¡Pues qué más te da cinco! ¡Anda, adóptame, que yo quiero una madre como tú!

Cuando salió de allí ya no le apretaba ningún puño en el pecho, respiraba a pleno pulmón el aire fresco de la noche. Llevaba colgada al cuello la bufanda de su equipo y una sonrisa idiota dibujada en el rostro. Los coches pitaban saludándose y agitando banderas. Parecía que las gentes se amaban.

En el cristal de su bar Mario había escrito con letra redondilla, un pincel fino, un bote pintura blanca y mucha paciencia, los versos de su tocayo Benedetti:

“No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños. Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo, porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento, porque no estás solo, ¡porque yo te quiero!"

Evidentemente, Mario era uno de esos estúpidos descerebrados que se emocionan con el fútbol.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Y LO OLVIDAMOS

La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
(Jaime Gil de Biedma)

Y demasiadas veces olvidamos
que el cielo es un instante, una migaja,
arañada a la vida,
un alzamiento contra la tristeza

que alguna vez triunfa por un rato,
una fugaz sonrisa del destino.


No esperes otro cielo

que el que vimos, desnudos,
tú y yo desde la cama por la ventana abierta
mientras los besos de minutos antes
se nos iban durmiendo por el cuerpo.

No hay ningún cielo más
que el que nos deslumbró de amanecida
derramando el azul sobre las sábanas
cuando una leve brisa me obligó a refugiarme
de nuevo entre tus piernas.

No pidamos más peras a este olmo,
somos afortunados
si entre nuestros recuerdos
guardamos unos gramos de hermosura.

domingo, 8 de diciembre de 2013

EL BESO


Se besaron sin saber bien por qué,
tal vez porque la noche se les vino
encima y no encontraron
un taxi -o quizá dos-
y les acometió un violento ataque
de ternura en la lengua.

Tal vez porque las copas
o el frío o la tristeza,
tal vez porque era tarde
o demasiado pronto; agonizaba
la luz sobre el asfalto.


Tal vez porque la lluvia,
tal vez porque los besos
                                      no 
miran el reloj
o porque estaban solos
en medio de la calle,

en medio de la vida.

Pero se equivocaron cuando sobre aquel beso
quisieron inventar la primavera.

La eterna primavera sin invierno.

lunes, 25 de noviembre de 2013

LOS FUERTES

Que los dioses nos libren de ser fuertes,
que no nos caiga encima el sambenito.

A los fuertes les toca servir de rompeolas
de todos los dolores; ya se sabe
que los dardos rebotan en su piel de elefante.

Se les puede ignorar o golpearlos
con las palabras o con los silencios.
Se les puede hacer daño sin peligro
ellos soportan siempre el aguacero.

No es necesario ni tomar en cuenta
su mínimo dolor ni su insignificante,
ridícula tristeza.

Incluso a veces pueden perdonarles la vida,
en un alarde de misericordia.


Yo tengo para mí que no es negocio.
En mi próxima vida
a ver si tengo suerte y nazco débil.

viernes, 8 de noviembre de 2013

COMO SIEMPRE

Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquél que amó, vivió, murió por dentro.

(Blas de Otero)

Al salir de tu casa
me guardé tu mirada en el bolsillo
de atrás de los vaqueros.

Todo seguía igual que cada noche,
con iguales miserias
y las mismas pequeñas mezquindades,
idénticas mentiras que otras veces.

Como siempre las luces de los coches
dejándose la vida en el asfalto
dejándose la muerte en la trastienda.

Como siempre los bares atestados
de gentes aturdidas, de bullicio,
de risas, de murmullos ahogando las verdades.

Me fumé mil cigarros y tomé un par de copas,
me abracé a los amigos, como siempre,
escondiendo mi pena en los abrazos
y me contaron chistes; me dolían
los pies y la esperanza.

Sobre todo dolía la esperanza.

Pero también reí, como si nada,
dije que todo bien y juraría
que me comprometí a no sé que evento;
seguro que era muy interesante.

Tú te quedaste a solas con la muerte
y yo tenía que seguir viviendo.

miércoles, 19 de junio de 2013

LA VIDA EN EL METRO

Los viernes a las diez de la noche en el metro de Madrid unos van y otros vienen. Van pandillas de chavales, ellas a un lado, ellos a otro. Ellas se han disfrazado de "Lolitas"; llevan tacones muy altos y falda muy corta y gritan mucho para disimular la vergüenza que les da enseñar un canalillo procaz y unos pechos ingenuos, turgentes y muertos de frío; porque hace frío esta noche para ir así. Todas tienen los labios carnosos y pintados de rojo intenso. Ellos no las miran, pasan; aparentemente están mucho más preocupados por colocarse la gorra con la visera hacia atrás y el vaquero a la altura justa para que no se les caiga, pero casi. Una, bajita y regordeta, decide atacar y se sienta en las piernas de un chaval que está despatarrado en el asiento de enfrente. El, le mete la mano con desgana entre los muslos y le come la boca con oficio como por cumplir, porque es lo que toca. Luego la levanta y le da un azote en el culo como dando a entender. Se bajan todos en la estación de La Latina, ellos delante pegándose empujones y puñetazos de colegas; ellas detrás cuchicheando y tirándose hacia abajo de unas minifaldas imposibles y dando traspiés con los taconazos. Tanta lucha feminista para esto.

La sudamericana vuelve. La melena rubia teñida no oculta sus rasgos indígenas. Ha salido esa tarde y tiene que regresar porque está interna. Se ha despedido en el andén de otras compatriotas que tienen más suerte; están externas compartiendo piso y se pasan la noche del viernes bailando salsa. Ella no; tiene dos hijos en Ecuador o en Perú o en Colombia y manda para allá casi todo su sueldo, no puede gastárselo en pagar una habitación, para eso no se fue de su país. Pero todavía le resuenan en las tripas los ritmos calientes y se le van los pies con los músicos andinos que han entrado en el vagón, mientras dibuja una sonrisa muy triste. Se baja en Argüelles.

La mujer de edad indefinida yo creo que también vuelve; guiña los ojos para leer un texto pegado en la pared del vagón -libros a la calle- y en el rostro refleja un cansancio antiguo. De vez en cuando da una cabezada, apoyando la cabeza en la palma de la mano. Agarra el bolso fuerte, como si llevara dentro todas sus pertenencias. Parece que tiene ganas de morirse. Lleva un periódico que dice que el Gobierno ha dado tropecientos mil millones a los bancos, a esos bancos que le tienen secuestrada la nómina, que le cobran unos intereses que rayan en la usura cada vez que se queda en números rojos; a esos bancos que la tienen asfixiada y que ahora ya no le dan más crédito. Tiene que hacer trasbordo en Cuatro Caminos y casi se pasa de estación. Se aleja del borde del andén, asustada de las ganas de tirarse que le están entrando. ¡Que les den por culo a todos! No tiene nada ¿qué le pueden embargar? Ahora llega a su casa a comerse un huevo frito y un par de birras; mañana será otro día.

Una pareja madura se hace bromas y arrumacos. Igual se han tomado unos vinos y están un poco achispados; no se sabe muy bien si van o vuelven. Parecen dos separados que se han encontrado cuando ya no contaban con ello. Seguramente vuelven de una vida agotada y van hacia otra que se inventan cada día. Al salir en Moncloa se cruzan con un travelo con la hora cambiada; a las diez de la noche, en circunstancias normales, no le tocaría volver, pero vuelve; enseña un escote huesudo y plano y se le ha corrido el rimmel; lleva las medias rotas, los tacones torcidos y ya le apunta la barba, apenas emboscada en el maquillaje. Es delgado y menudo; o delgada y menuda, no sé.

Los viernes a las diez de la noche, va o viene un montón de gente en el metro.

lunes, 1 de abril de 2013

EL CAMINO

Tengo aún muchas tardes que he guardado
(sin que lo sepa el tiempo)
donde el tiempo no llega a hacer limpieza.
(Manuel Cortijo Rodríguez. Memoria de lo usado)

Creo que he recorrido dos tercios del camino
-acaso más, quién sabe-,
lo que no ofrece duda
es que es mucho más largo
lo que he dejado atrás
que la exigua distancia que tengo por delante.

El último recodo
lo doblé hace ya mucho,
                                  sin embargo
afronto lo que queda
con con una extraña mezcla
de miedo y confianza,
sabiendo que me espera más dolor que alegría
pero sin renunciar a un minuto siquiera
del tiempo que me toca.

Porque soy la que soy por todas esas tardes,
madrugadas o noches
a las que no alcanzó la escoba de los años
y dejaron su rastro en mi memoria.

Y vendrán otros días,
armados con buriles de tristeza, de ausencias,
y quizá de algún rato parecido a la dicha
que grabarán más surcos en la piel de mi alma.

Para que cuando llegue al final del viaje
-que no puede estar lejos,
pues la cronología no gasta en miramientos-
sea un mapa de vida
con todo lo que guarda esa palabra.

lunes, 8 de octubre de 2012

ESTO ES LO QUE HAY

martes, 8 de mayo de 2012

YO LO VI AYER

Yo lo vi ayer,
a la hora en que la tarde se remansa
y los ejecutivos se aflojan la corbata
en la barra del bar.

Tenía el aire color de retirada,
una cierta fatiga
de lunes que agoniza entre los algodones
de un barrio moderadamente rico.

Nadie los vio llegar aunque estaban muy cerca
de las terrazas y de los gin-tonics,
tan sólo separados
por la alambrada cruel de la miseria.

Pero estaban allí y sabían la hora
que marcaba su estómago
cuando dos empleados de una gran superficie
sacaron a la calle los desechos del día,
poco antes de colgar el cartel de cerrado.

Un enjambre de hambrientos cayó sobre los cubos
y estalló la violencia de los pobres;
a puras dentelladas se agredían
como depredadores en la selva,
sin distinción de edades ni de sexos. 

Rodaron por el suelo los yogures
con la fecha pasada,
las barras de pan duro
y algunos tetrabricks que rezumaban
leche sin grasa y zumo de pomelo.

Esto ha ocurrido aquí, en el anochecer
de un barrio moderadamente rico
una tarde que olía a primavera.

El hielo de mi copa
se derritió de culpa en un instante.

viernes, 27 de abril de 2012

LA MADONNA

(Madonna negra con gemelos Vanessa Beecroft, Museo Guggenheim Bilbao)

Yo podría, quizá,
escribir un poema sobre el hambre
que tal vez revolviera las conciencias
y acaso me brindara algún aplauso
si lograra esmerarme
y le imprimiera el conveniente ritmo.

Podría, sí, lo mismo que la artista
ha elegido con mimo el rojo exacto,
ha colocado el pliegue de la tela,
el ángulo correcto de tu cuello,
el contraste del blanco de tus uñas,
el fragmento de pie que asoma por el borde
y el punto donde debe perderse tu mirada.

El ébano tallado de ese trono,
a juego con tu piel,
no es el suelo de tierra donde yaces de noche;
esos hijos famélicos, prestados por su precio,
dibujan la adecuada simetría
de un artístico encuadre.

Está todo perfecto.
Sólo quiero, Madonna, saber si tu posado,
si la obra de arte fruto de tu tragedia
te ha dado de comer un par de días
y ha librado a esos niños de la muerte.

sábado, 17 de marzo de 2012

NADA QUE AÑADIR


Me lo ha enviado mi amiga Elisa.



lunes, 12 de septiembre de 2011

DOS EUROS

La anciana tenía buena pinta; cuidadosamente vestida con un conjunto mil veces lavado que bien podía ser el de los domingos, chaqueta y falda de color blanco o beige muy pálido con un estampado menudo en negro, o a lo mejor era marrón; bien peinado su pelo blanco, esa noche se había puesto los bigudíes; zapatos ortopédicos. Su cuerpo formaba un ángulo casi recto, encorvado desde la cintura; su mano derecha se aferraba a una muleta.

Dos mujeres -seguramente madre e hija- una joven y la otra de esa edad indefinida que puede abarcar desde los cincuenta a los sesenta y pico, charlaban de sus cosas plácidamente sentadas en una terraza delante de unas cervezas. Hacía muy buen tiempo ese domingo.

-¿Qué tal las vacaciones en la Toscana? -preguntaba la madre.
-¡Fenomenal, una verdadera gozada! Tienes que ir -respondía la chica joven entusiasmada.
-Imposible, estoy sin blanca -se quejaba la mujer madura- lo más que llego es a pasar una semana en Galicia, en una casa rural baratita.
-¡Pues anda que yo! -añadía la hija, señalando el borde deshilachado de sus pantalones- estoy tiesa, no puedo ni comprarme unos vaqueros nuevos; mira cómo tengo estos.

La madre y la hija siguieron conversando durante un buen rato de lo mal que está la cosa, del trabajo, de los amores; mientras, la anciana, apenas sosteniéndose sobre sus maltrechos pies, revolvía con la muleta entre la hojarasca amontonada en el surco del seto de aligustre que rodeaba las mesas. ¿Qué buscaría? pensaba la madre. ¿Un pendiente? ¿Quizá su alianza?

Casi terminando la caña no pudo resistir la curiosidad y se acercó a la vieja:

-¿Ha perdido usted algo? -le preguntó solícita- ¿Puedo ayudarla?

La anciana, torciendo con dificultad la cabeza y señalando con la muleta hacia arriba, respondió con gesto de consternación:

-Se me cayó por la ventana. Una moneda de dos euros y...

La mujer madura iba a echar mano al monedero, pero... ¿qué hacer? no era una mendiga, quizá se ofendiese si...

-¡Está aquí! -exclamó la hija levantando con júbilo la moneda que encontró entre la tierra.
-Pero... ¡si he mirado por ahí! -se asombró la anciana con los ojos sin color muy abiertos- ¡Ay qué alegría! ¡Muchas gracias, hija, muchas gracias!

Y se fue renqueando despacito, apoyada en su muleta. Sonreía.

-¿Qué le debo? -preguntó la madre al camarero.
-Poco dinero, sólo dos euros.