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martes, 18 de septiembre de 2012

A CUATRO MANOS


Os dejo enlace a CASA DE CITAS, el blog de Manuel María Torres Rojas, donde hemos empezado un relato a cuatro manos, las dos suyas y las dos mías. Se sabe cómo y cuándo empieza. Cómo y cuándo acaba, es otra historia...

lunes, 9 de mayo de 2011

AURORA BOREAL

Si yo creyera en Dios
creo que le diría cuatro cosas:
que me explicara
para qué sirve tanto sufrimiento
a qué fondo siniestro va a parar el dolor
o quién saca provecho de las penas.

Por qué de pronto un día
-puede ocurrir incluso en primavera-
se presenta la muerte
-irremediable y cruel-
en un hogar normal de buena gente
cuando ya les tocaba ser felices,
porque se lo han ganado por derecho.

Mil años de batalla, de hipotecas,
de los fines de mes a día quince,
de inventarse la vida sin desmayo,
de superar unidos la desgracia
sin perder nunca pie ni deslumbrarse
por ningún espejismo que engañara
el tedio asolador de la rutina
-que hasta el amor  a veces se hace largo-

Y cuando llega el tiempo de dejarse las canas,
de acunar a los nietos y de maleducarlos,
de gastar las reservas al sol de medianoche,
despertar con la aurora boreal
y marcarse un tangazo por la Boca
anudando sus cuerpos,
la parca les espera agazapada,
traicionera, escondida tras los prunos;
para disimular se ha vestido de novia.

Si yo creyera en Dios
-no sé por qué lo escribo con mayúscula-
juro que le diría cuatro cosas.  

martes, 9 de marzo de 2010

EL BASTÓN

Hay quien mantiene que la edad no está en el cuerpo sino en el espíritu; que no pesan los años, pesan los kilos, decía un slogan publicitario de algún producto supuestamente adelgazante. Esas cosas se dicen por ahí, sin embargo tengo para mí que es fácil hacer ese tipo de afirmaciones cuando se tiene una salud aceptable y una autonomía suficiente para no depender de nadie, al menos en lo básico. Pero cuando uno no puede caminar si no es agarrado del brazo de alguien y, aun así, arrastrando los pies; cuando apenas ve con las gafas de lejos ni con las de cerca, cuando sólo puede comer purés o papillas porque la dentadura propia o la postiza no dan para más; cuando el cuerpo es un fardo de dolor ¿qué espíritu ni qué espíritu? Frases hechas que no significan nada. Lo cierto es que somos cuerpo y espíritu, o cuerpo y mente o cuerpo y alma, como queramos llamar a esa parte de nosotros que encierra el raciocinio. Pero el cuerpo cuenta, ya lo creo que cuenta. Hasta el punto de que la mente, el pensamiento, los intereses personales, están condicionados por el cuerpo. Y no sólo en lo que se refiere a la estética, que ya jode el descolgamiento general, la pérdida de la cintura, del brillo de la mirada, de la sensualidad de la boca, esos surcos que nacen en las aletas de la nariz y en las comisuras dibujando en el rostro la máscara triste del teatro; el código de barras en el labio superior, las patas de gallo que castigan la risa y la esclavitud del tinte para disfrazar la transformación de una brillante melena en un gorro de algodón; todo eso se podría soportar -con el consiguiente cabreo, claro- si por lo menos a uno no le doliera nada y sus facultades básicas mantuvieran un rendimiento admisible. Pero cuando a uno le falla todo, poco a poco se va metiendo dentro de sí mismo, pierde el interés por lo que le rodea y se dedica a mirarse el ombligo, a observar el avance de su deterioro y a compadecerse.

En esto de la aceptación o el rechazo de la vejez hay distintas posturas. Hay quien se lo toma como un proceso natural y lo asume con resignación, incluso dando gracias al cielo por haber llegado a ella, y hay quien se hunde en un abismo de soledad considerándose una víctima del destino. Estos casos son muy difíciles de manejar por los allegados porque no sirve ninguna palabra de consuelo, fracasa cualquier intento de ayuda; si uno trata de quitar importancia, malo -cómo a tí no te pasa... Si procura animar al anciano a que venza la tendencia a la inactividad, a que se mueva un poco, peor -no te das cuenta de que no puedo, no lo entiendes. Si uno busca soluciones de asistencia domiciliaria, tampoco sirve, sólo se valoran los inconvenientes. Y si uno ya se rinde y pasa, para qué queremos más. Hablo de personas ancianas lúcidas e inteligentes, que mantienen la voluntad intacta, con poderío, y se niegan a aceptar esa segunda niñez y delegar en la gente que les quiere. El bastón no es solo para apoyarse, es también un bastón de mando.

Luego hay otros casos, que no sé si son peores o mejores. Yo creo que preferiría -preferiré a no mucho tardar- ser consciente de mi situación y manejar el bastón a perderme en los vericuetos de la memoria; a que mi mente se hunda en la nube silenciosa y negra de la incapacidad de raciocinio. Pero eso no se elige y, en cualquier caso, no me gusta ninguna de las dos opciones. Así que voy a seguir fumando.

lunes, 22 de febrero de 2010

QUERER

Si partimos de la base de que el amor no es un acto voluntario y el desamor tampoco ¿por qué reaccionamos tan mal cuando se acaba? ¿Y por qué nos sentimos con derecho a que nos amen en la misma medida que amamos nosotros? Estar enamorado es un privilegio del que se disfruta muy pocas veces en la vida, incluso hay quien pasa por ella sin conocer ese estado de alucinación que de pronto pone de cabeza todos nuestros esquemas y manda los principios a tomar viento. Y si se tiene la suerte de compartirlo con el objeto de nuestro deseo, ya es para nota.

Por eso no entiendo que cuando llega el fin se eche en cara al otro lo que le hemos dado, más si desde el principio nos ha dejado claro que él -o ella- no está en condiciones de entregarse en la misma medida, porque no quiere o porque no sabe o porque no puede o porque no dispone de igual potencial. Le dimos lo que quisimos darle; es más, lo que necesitábamos dar porque nos iba a reventar algo por dentro, nos rebosaba por todos los poros del cuerpo y del alma y volcar toda esa energía amorosa en la persona amada nos hizo felices. El otro -o la otra- se limitó a recoger lo que le estábamos echando encima y, claro, a usarlo y disfrutarlo porque a nadie le amarga un dulce y, a su modo, también nos amaba. Pero fue libre de tomarlo o dejarlo y no pudo decidir amarnos porque eso no se decide, simplemente se siente o no se siente, de la misma manera que nosotros tampoco elegimos amarle.

Tengo para mí que en el dolor que deja una ruptura al miembro de la pareja más enamorado y por lo tanto más débil, hay también un componente de amor propio, de fracaso en el reto personal de enamorar al otro -¿que no me quieres? ya verás tú si me quieres o no; te vas a enterar de lo que vale un peine- de pérdida de nuestra autoestima como seductores. Y esa es precisamente la parte más sórdida de la historia, la que pone un fondo musical de tango o de ranchera, de agravios y traiciones; la que da lugar al rencor y a cuestionarnos si merecía la pena entregarse así. Si esta parte no existiera la cosa sería mucho más soportable, tendría la dulzura de la nostalgia, incluso sería placentero recordarlo y nos consideraríamos afortunados por haberlo vivido. Aunque no fuera eterno.

miércoles, 17 de febrero de 2010

LA ONDA

No sé a qué se debe esa especie de corriente que surge a veces entre dos personas a primera vista, sin que previamente haya habido ningún conocimiento, de la misma manera que se sabe, sin apenas datos, que con otras será prácticamente imposible una mínima conexión. No tiene que ver con la afinidad ideológica ni tampoco con la atracción sexual -se da iguamente entre rojos y azules, del mismo sexo o de distinto, homosexuales o heterosexuales- es algo mucho más sutil, relacionado quizá con la inteligencia emocional y la capacidad de empatía, que nos hace cómplices de alguien sin proponérnoslo. Es ese impulso que en una fracción de segundo, casi imperceptiblemente, dirige nuestra mirada a unos ojos y no a otros, tratando de sentirnos menos solos durante un instante, y esos ojos están ahí. Hablo de lo que llamamos "estar en la onda".

Cuando alguien está en nuestra onda la comunicación es muy fácil y muy gratificante, las palabras brotan con fluidez y se interpretan en su sentido exacto, al igual que la elocuencia de los silencios; el sentido del humor es parecido, la ironía se entiende en su medida justa y todo ello crea un espacio afectivo, acogedor y cálido. Es un vínculo espontáneo, no impuesto, en el que no influye ningún factor externo ni postizo y, por ello, eterno.

Decía antes que esta corriente no tiene que ver con la atracción sexual, pero a veces coincide o incluso la puede provocar, pues pocas cosas hay más eróticas que la palabra bien administrada, sexo oral lo llamo yo; digo que puede, no que ocurra siempre. Pero cuando se produce este milagro da lugar a la forma más perfecta de enamoramiento.

Independientemente de que ambos dos estén o no físicamente juntos, esta forma de amor es para siempre.

lunes, 1 de febrero de 2010

NI CONTIGO NI SIN TI

¿Y qué más podría contarle? Nada. Cuando comemos juntos, comentamos la comidas; si el telediario, glosamos las noticias; si paseamos por el campo, describimos el paisaje. Siempre frases muy breves y muy cargadas de razón. De modo que siempre estamos de acuerdo en todo. Y así seguimos yendo por el mismo camino, sin saber adónde ni por qué. (Luis Landero. "Retrato de un hombre inmaduro".)

El 20 de noviembre de 2008 escribí un post de nombre EL AMOR, ESE OBJETO TAN FRAGIL, en el que hablaba de cómo mantener el difícil equilibrio entre la pasión y la rutina en el ámbito de una convivencia continuada, no en el de una relación fija pero discontinua en la que todo es excepcional y sólo se comparten momentos que esa excepcionalidad transforma en magníficos, produciendo en los componentes de la pareja una prodigiosa sensación de plenitud y al mismo tiempo de ligereza, más aún si existe un punto de clandestinidad.

Cada vez me encuentro más gente, de cualquier edad, tanto hombres como mujeres -la española por fin ha aprendido que también es posible besar de mentira e incluso que le puede interesar besar por frivolidad- que eligen libremente este modelo de pareja; que no quieren asumir las servidumbres que inevitablemente conlleva una convivencia civilizada, por muy "liberados" que sean: tener en cuenta al otro a la hora de volver a casa, dar una mínima explicación por una tardanza, pensar en sus preferencias de ocio a veces distintas de las nuestras, en fin, pequeñas o grandes renuncias que no existen o existen en mucha menor medida cuando no se vive bajo el mismo techo. Y es incuestionable que ese sistema tiene muchas ventajas porque los amantes sólo están juntos cuando quieren, con lo que se ahorran malos humores, caras largas, silencios tensos, reproches que el que los recibe siempre considera injustos y, en cambio, disfrutan al máximo la parte buena del asunto: el sexo es una fiesta, precisamente por no ser cotidiano; todo es buscar el gusto al otro, hacerle el guiso más exquisito, llevarle al mejor espectáculo, prepararle el ambiente más grato, con la música más seductora, el vino más elegante y, a ser posible, una chimenea con brasas crepitando. Y todo ello con la mejor cara de cada uno, recién duchados y con sus problemas guardados en un cajón que únicamente abrirán cuando regresen a esa soledad elegida que, precisamente por eso, también es un gozo. Perfecto ¿quién da más?

Sin embargo a mí me queda la duda de si el grado de implicación en la vida del otro es igual de profundo, aunque tampoco estoy segura de que sea conveniente tanta implicación -sobre todo cuando se trata de segundas parejas en las que ambos arrastran un equipaje anterior difícilmente compartible- o si es preferible mantenerse al margen, pasar bordeando según qué charcos y encerrarse los dos en un bunker, una especie de isla para ellos solos a la que no pueda acceder ningún barco que traiga carga de pasado. Suponiendo, claro, que ese espacio fuera posible; porque lo cierto es que en lo más profundo de la verdad de nuestra existencia estamos solos y es muy difícil que el otro -o la otra- pueda meterse en nuestro pellejo y comprender nuestros motivos con absoluta objetividad, despojándose del protagonismo del que todos en algún momento nos creemos merecedores. Ya digo, no sé qué es lo mejor; supongo que cada cual tendrá su fórmula; son sólo preguntas.

Pero también es muy satisfactorio superar los escollos de la convivencia, agitar el soplillo hasta arrancar una chispa en lo que parecían sólo pavesas apagadas y deleitarse en esas llamas que crecen de nuevo, contra todo pronóstico.

La Maga cortazariana que últimamente me honra con su presencia en este blog, me ha dado este premio. A mí estas cosas me dan mucha vergüenza, pero no puedo hacer otra cosa más que mostrar mi gratitud, no por el premio -que también- sino porque se pase por aquí y porque me haya abierto la puerta de su casa literaria. ¿Que por qué escribo? porque no lo puedo evitar. ¿A quién se lo doy? seguro que hay miles de blogs merecedores de este premio, pero yo no puedo leer todos; ella ya lo tiene y la Forma también. Para dar un premio a un blog creo que hace falta un mínimo de constancia. De manera que yo se lo doy a Manuel, a Rosa y a Jesús.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

ESTA COSA DE LOS BLOGS

Empecé con esto del blog en diciembre de 2005, cuando necesitaba un cigarro. Creo que alguna vez he contado que me empujó a abrirlo el despiadado mobbing del que fui víctima cuando puse algún comentario, manifestando discrepancias políticas con la línea editorial, en el blog de una amiga de muy buena pluma; por entonces tenía ese blog una legión de visitantes, casi todos de la misma tendencia -no sé si eran muchos o los mismos con distintos alias, pero cundían un rato- inteligentes, ingeniosos y mordaces, aunque, si una era el blanco de sus pullas o de sus insultos, no le resultaban tan graciosos, que es que no tengo ningún sentido del humor. Entonces decidí abrir mi propio chiringuito y largar lo que me pidiera el cuerpo.

Y el cuerpo, que es caprichoso, me fue pidiendo cosas distintas, desde el comentario político al streeptease emocional pasando por el relato de experiencias propias o ajenas que me hubieran impactado de alguna forma; desde el humor a la melancolía, desde la ironía a la tristeza, he dejado un poco de todo a lo largo de estos cuatro años.

Gary, mi más antiguo y fiel lector -confío en que lo siga siendo, aunque ahora sólo me deja un comentario cuando me cortan el cuello- tuvo la ocurrencia de mandar el último párrafo del
post del 26 de abril de 2007 -una transcripción en prosa del poema que dediqué a Jaime en lo que hubiera sido su décimo cuarto cumpleaños, Cuando vuelvas- a un foro donde se encontraban personas que habían sufrido una amputación similar a la mía. Y de ahí viene el descubrimiento de Aguamarga, de Ybrim, de Sherpa y de Deyanira. A las dos primeras he tenido el gustazo de conocerlas personalmente y no pierdo la esperanza de que ocurra lo mismo con las dos últimas; sea o no así, tanto unas como otras habrán dejado en mi vida una huella mucho más profunda que algunos a los que trato o he tratado de forma cotidiana durante mucho tiempo.

Aquí se asoman amigos de siempre como Cock, Almu, Sol, Elefancia o Samotracia de los que tengo la absoluta certeza de que nada -ni siquiera la muerte- me va a separar nunca porque no nos ha unido el blog sino la vida, una vida ya larga -la de Elefancia corta pero intensa- y llena de avatares y de momentos malos y buenos compartidos. Aquí he recuperado el contacto con otros, como Enrique y Soledad, a los que me unió el amor a la palabra escrita y transitando por ese territorio del verso o de la prosa, casi sin darnos cuenta iban tomando cuerpo otros amores; también he encontrado a Manuel y Rosa, que aunque de momento son sólo virtuales, sus palabras encierran tanta fuerza que casi los puedo tocar.Y a Magras, Luis, África que también cerró la tienda; no quisiera olvidarme de nadie. A Maya la conocí en el curso de corrección y la habría perdido de vista, como ocurrió con el resto de las compañeras, si no fuera por la blogosfera.

No sé qué tiene esto, pero a mí me crea unos lazos quizá más fuertes de lo conveniente para mi estabilidad emocional. Por eso cada vez que desaparece un bloguero, como pasó con Gary, luego con Aguamarga y ahora con Ybrim, me agarra el miedo a que desaparezcan también de mi vida y se disuelvan en la niebla del recuerdo; esa sensación de fugacidad de unas relaciones, que aunque breves han sido intensas, me deja una rabia sorda por dentro. Y es que, tal vez porque no teníamos un pasado común ni amistades compartidas ni nada distinto de esos momentos mágicos, fue tan fácil la confidencia y el desparrame espontáneo, con una libertad que sólo proporciona la ausencia de otros vínculos.

No recuerdo quién dijo que cuando vemos a alguien por última vez no sabemos que es la última vez.

domingo, 15 de noviembre de 2009

JAMÓN O BOMBONES

No descubro nada nuevo si digo que la convivencia -las distintas convivencias entre las que se mueve nuestra vida, sean o no bajo el mismo techo, con la pareja, con la familia, con los amigos, en el trabajo- es con frecuencia fuente de conflictos, cuando no de frustraciones o de disgustos. Durante este periodo que acabo de pasar, aparte de las tonterías que haya podido escribir en el blog tratando de quitar hierro al asunto riéndome de mí misma y de que su lectura os resultase al menos divertida, he tenido mucho tiempo para pensar y para anilizar mis propias reacciones en una situación atípica en mí -ya que la salud no me suele fallar- que en demasiados momentos ha hecho que mi sensibilidad o, más bien, mi susceptibilidad -ya lo suficientemente delicada de su natural- se disparase hasta casi confundirse con el dolor físico que me invadía. Mis necesidades afectivas, emocionales, se han multiplicado de forma exponencial y ya digo que nunca son pequeñas. Tenía -aún me quedan flecos, que diría Cock- la lágrima a la puerta y el alma en carne viva todo el rato, de modo que el roce más insignificante -o la falta de roce, dependiendo- me hacía tanto daño anímico como a un niño un cachete injusto.

Así no hay quien viva, de manera que trato de analizarme, de buscar explicaciones y de acorazarme en defensa propia. Si damos por supuesto que estamos entre personas normales, que nos queremos en mayor o menor medida, con cualquier clase de amor, y que intentamos no hacernos daño unos a otros, deberíamos ponernos con más frecuencia en la piel de los demás, aplicar a cada uno su propia manera de sentir y no pretender que los otros adivinen nuestras necesidades, nuestras carencias o el punto exacto del alma que nos está doliendo en cada momento. Y en lugar de echar de menos aquello que nos falta, valorar lo que tenemos. Porque cada uno tiene su forma de amar y de convivir, cada cual dá lo que puede, lo que tiene o lo que sabe dar; y salvo excepciones -que las hay en los dos sentidos, tanto el que dá todo sin esperar nada como el que no dá nada y considera que todo le es debido- generalmente esperamos recibir algo parecido a lo que damos; lo que es un error pues, mal comparado, sería como si a mí me volviera loca el chocolate y le regalara una caja de bombones deliciosos a alguien que lo que en realidad le apetece es una ración de jamón de Jabugo, no sé si me explico. Y el otro sin siquiera abrir la caja, la dejara a un lado sin probarlos. Yo, lógicamente, diría pues que te den, otra vez te va a regalar bombones quien yo te diga.

Esta tontería, llevada al plano emocional, acarrea demasiadas decepciones, demasiados silencios tirantes, demasiadas incomprensiones que, a fin de cuentas, no deberían tener importancia si aprendiéramos a valorar lo que los otros nos dan, no en función de lo que necesitamos -que ellos no tienen por qué saberlo- sino en función del esfuerzo que hacen por nosotros. Y, a lo mejor, si nos comemos un bombón descubrimos que está riquísimo, que el cuerpo nos pide otro y se nos olvida el puto jamón. Démosle esa oportunidad.

El entramado de las relaciones personales, que ya es enrevesado de por sí, casi siempre está lastrado por el hecho de que miramos mucho más a nuestro propio ombligo -que por cierto, es bastante aburrido- que a otros ombligos en los que quizá podríamos encontrar dulces y placenteras sinuosidades que están ahí para nuestro uso y disfrute.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

DESPUÉS DEL TELEDIARIO

Hace apenas una semana tenía la casa en penumbra, protegida de unos ardores fuera de lugar en septiembre; hoy en cambio la tarde está fría, he cerrado las ventanas y me he puesto unos calcetines, qué cosas. No pongo música, me gusta el silencio de la casa; encaramada en esta soledad casi sólida, miro las nubes sucias que de repente han cubierto el cielo de Madrid. Llueve despacio, unas gotas diminutas pintan pecas en los cristales y veo que el verde de los árboles ya no es tan verde. Hace falta un poco de tiempo para mirar; la vida va tan deprisa, tan atolondrada, que a veces se me escapan cosas tan importantes como que las hojas empiezan a dorarse por los bordes. Y tambien es necesario un poco de tranquilidad para mirar hacia dentro, para intentar averiguar de qué materia está hecha la tristeza. El telediario me ha enseñado una vez más la mirada del hambre, esa vergüenza global que saca los colores a nuestras pequeñas miserias, a ver quién es el guapo que se queja mirando esos ojos; y eso que no he puesto la foto más dura, al fin y al cabo esos niños todavía pueden mirar. La comunidad internacional ha recortado en un tercio la ayuda contra el hambre, la crisis es lo que tiene. Menos mal que gracias al Danacol podremos disminuir el colesterol que se nos ha disparado con los excesos del verano, tanta tapita, tanto chiringuito y tanta vaina. Sin olvidarnos del Actimel, que protege nuestra flora intestinal.

Por lo visto yo voy a lo mío y no hago caso de nadie. Por lo visto no he estado disponible cuando alguien me necesitaba. Por lo visto he decepcionado a una amiga. Por lo visto, otras amigas sí estaban. Pues es una suerte, siempre hay un roto para un descosido. Yo no sé hasta qué punto la amistad se mide en horas de teléfono y tampoco sé qué se gana con hacer que otros se sientan culpables de la propia tristeza, pero si eso sirve para algo lo doy por bien empleado. El papel de mala se me da muy bien, vamos, es que lo bordo. Por eso sé que los malos procuramos no echar encima de nadie nuestras penas sino que nos las comemos y luego nos tomamos unas copas con los buenos para que nos lloren a gusto en el hombro. Pero el caso es que a mí hoy me duele mucho el hombro, tengo una contractura de tanto cargar con mis culpas.

He hablado estos días del amor, del sexo, de la fidelidad; quizá toca hablar ahora de la amistad, que tal vez sea el sentimiento más puro de todos, cuando es auténtica. Y es auténtica cuando está por encima de cuestiones circunstanciales como la distancia o la frecuencia. Cuando te echo de menos pero no te echo en cara que no estés. Cuando no se convierte en una obligación ni en una necesidad; cuando puedo vivir sin tí pero quiero estar contigo, cuando no puedo verte pero me muero de ganas de verte y, si el destino se pone de nuestra parte, nos veremos, nos daremos un abrazo y retomaremos en el mismo punto en que nos quedamos; porque tú tienes tu vida y yo la mía y nuestras vidas no tienen nada que ver, pero las dos -o los dos- sabemos que estamos ahí. Cuando quiero que seas feliz aunque yo no me entere, cuando me duele que las cosas te vayan mal y no está en mi mano que te vayan mejor. Y cuando tú te alegras de que yo sea feliz, aunque mi felicidad te robe mi tiempo. La amistad es un lujazo para disfrutar y nunca se debe poner a prueba. Estoy por decir que si se pone en duda, si es necesario demostrarla constantemente, deja de existir. Porque en definitiva consiste en estar cómodo, con el alma en zapatillas y sin maquillar.

No quiero parecer cínica pero me duele mucho el hombro y el médico me ha recetado un relajante muscular.

domingo, 6 de septiembre de 2009

LOS AMORES DISPERSOS

Ayer escuché por la radio una entrevista con Asunción Balaguer, la viuda de Paco Rabal; una mujer que, aunque me cae muy bien, siempre me ha dado un poco de grima esa especie de sumisión, de pleitesía ciega que parecía rendir a su marido, considerándole un ser superior hasta el punto de hacerse casi invisible como persona y como actriz, siendo como es, magnífica. Yo misma acabo de escribir "Asunción Balaguer, la viuda de Paco Rabal" sin embargo nunca se me hubiera ocurrido decir "Paco Rabal, el marido de Asunción Balaguer". Me sobrecoge un poco esa forma de conformarse con vivir a su sombra, agradeciendo al destino que él hubiera puesto sus irresistibles ojos en alguien tan insignificante como ella y sin pedir a la vida nada más que poder pasarla besando por donde pisaba Paco. Sus palabras me recordaban aquello de laisse-moi devenir l´ombre de ton ombre, l´ombre de ta main, l´ombre de ton chien, que queda muy bonito para una canción pero que, con todos mis respetos hacia esta gran mujer, no me parece de recibo; creo que es indispensable vivir en un plano de igualdad con la pareja.

Distinguía Asunción entre fidelidad y lealtad, situando la primera únicamente en el terreno sexual, acrobacia lingüística que a mi me parece una forma elegante de asumir los cuernos. -Paco nunca me engañó, simpre me dijo que en su vida habría otras mujeres porque él era así, pero que yo siempre sería la primera, la que de verdad quería. Por lo visto, eso se llama lealtad. No seré yo quien juzgue los acuerdos a los que llegue cada pareja, pero hay que reconocer que así es fácil cumplir las bodas de plata y las de oro, con permiso de la muerte. Me pregunto si el gran actor hubiera aceptado que ella le contestase por ejemplo: estupendo, cielo, tu también serás siempre el primero, nunca te dejaré por el segundo ni por el tercero ni por el cuarto; verás qué bien nos llevamos todos.

Esta historia sólo es un ejemplo para entrar en materia; para hablar de ese eufemismo que es la distinción entre fidelidad y lealtad. A mí me da que si la mayoría de los engañados o engañadas supieran que lo son, no opinarían que su santo o santa les está siendo muy leal cuando se mete en la cama con otro u otra, aunque luego, con el pitillo, lave su conciencia cantando alabanzas de su cónyuge. No creo que ningún engañado se detenga en esos matices del diccionario que, por otra parte, los considera sinónimos. Yo te quiero y te soy leal, cariño, pero es que soy así, no lo puedo evitar. Esto es una absoluta falta de respeto, no sólo al cónyuge sino sobre todo al tercero en discordia, que ante el legítimo queda reducido a mero objeto sexual.

A lo largo de la vida todos conocemos a gente atractiva con la que, además, no compartimos la cotidianeidad y sólo vemos en su faceta más brillante, cómo ellos a nosotros. Personas con las que tenemos afinidades y complicidades y, si son del otro sexo -o del mismo, eso allá cada cual- es fácil que nazca alguna especie de amor. Esto es inevitable y además es bueno y enriquecedor, si somos capaces de mantener la cabeza fría, tomar una cierta distancia y dejarlo aparcado en el lugar que le corresponde sin que se interponga en lo que de verdad importa. Pero si damos cuerda a la cuestión y empezamos a hacer comparaciones, la cosa va mal. Creo que es un mito esa frase tan utilizada para justificar una infedelidad: cuando se está bien con la pareja nadie necesita otra historia. Hombre, necesitar, necesitar, no, pero a nadie le amarga un dulce. Se trata de no comerse el dulce, que además de engordar, distorsiona la realidad.

Otro lugar común muy prestigiado es ese que dice que con la pareja hay que ser absolutamente sincero y contarle todo lo que pasa por nuestra cabeza. Mentira podrida. Todos tenemos alguna parcela privada y es saludable que la tengamos, e intentar que el otro se meta en nuestra piel y entienda lo que sentimos es perder el tiempo y sólo lleva a los celos, a las discusiones y a sacar las cosas de quicio. Lo que hace falta es mucho respeto por la intimidad de cada cual, una gran dosis de confianza y dónde ésta no llegue, pues ajo y agua, pero con deportividad y sin demostrarlo.

Lo que no podemos pretender a estas alturas, es ser únicos e insustituibles las veinticuatro horas del día, eso es de una ingenuidad y de una soberbia bastante infantil.

Todo este rollo que acabo de largar es pura teoría; porque como se te ocurra mirar a otra, tío, te corto los güevos.

domingo, 30 de agosto de 2009

Y A MÍ QUIÉN ME MANDA ENTRAR AL TRAPO...

...si sé que me voy a meter en un jardín del que probablemente salga trasquilada.

Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.

Julio Cortázar (Papeles inesperados)

El impacto de estos versos de Cortázar reside en su fuerza gráfica, en las imágenes que sugieren, para luego, cuando ya se ha disparado la imaginación, dar un quiebro hacia cosas más etéreas como la palabra y dejar en evidencia la retorcida mente del lector, que es un guarro y siempre está pensando en lo mismo. Este juego está muy bien, pero atendiendo exclusivamente a la literalidad de los versos, no dejan de ser mentira. O por lo menos no son ciertos siempre o no son ciertos los cuatro o no es esa la secuencia en todas las ocasiones. Porque el sexo es una parte de nosotros con vida propia sobre la que decidimos muy poco. Se puede llegar al sexo por la palabra, claro, pocos atributos tienen más poder de magnetismo y de seducción que la palabra bien utilizada. Sin embargo, si se emplea mal o retrata demasiado bien al objeto del deseo, puede ser letal para el sexo propiamente dicho. Cuando por esa boca tan sensual salen demasiadas imbecilidades, quiero decir.

Cortázar, que era un tío listo, seguramente sabía que el sexo también está en los ojos, en esa mirada que a veces se nos va por su cuenta y riesgo, mientras atendemos a unos sesudos razonamientos sobre política internacional; o en esa otra que sentimos clavada en nuestra nuca y que, mal que nos pese, nos obliga a meter la tripa y determina nuestras posturas, nuestros movimientos o nuestra forma de andar, como esos rituales de otras especies que vemos en los reportajes de National Geographic. Es el instinto que empuja a mi nieto de seis años a hacer el pino-puente en la piscina cuando está delante la vecinita rubia del tercero. Y es que nada estimula más el deseo que saberse deseado. El sexo también es ese impulso irracional hacia alguien con quien sabemos que no tenemos nada que ver en el terreno emocional, cultural o ideológico, pero que nos atrae como un imán porque, de alguna manera, esa "conquista" supondría una afirmación de nuestro propio poder de seducción, de nuestro propio ego. Un verano alquilé una casa cuyas ventanas daban a un corral; durante varios días observamos la persecución del gallo hacia una gallina que andaba por allí sin meterse con nadie y pasando del macho; el gallo cantaba sin parar, se contoneaba, desplegaba su plumaje, pero en cuanto se acercaba a su víctima ella salía despavorida al otro extremo del corral; entonces él se aplicaba a otra presa para al día siguiente reanudar el cortejo a la despectiva hembra. Así durante varios días, hasta que por fin la gallina cedió al acoso. Y fue llamativo cómo a partir de ese momento, el machito empezó a despreciarla mientras ella le buscaba con desesperación.

Ocurre, sin embargo, que esta civilización, por llamarle algo, nos tiene prohibidos los malos pensamientos y nos obliga -sobre todo a las mujeres- a revestir el sexo de sentimientos ya que las buenas costumbres no admiten que alguien nos puede atraer sin más razón que la pura hormona. Entonces nos inventamos ciertas virtudes en el contrario que justifiquen esa atracción irracional y la eleven al plano romántico, que está mucho mejor visto. Y, como en demasiadas ocasiones esas virtudes no existen, la relación muere de muerte natural como pasó con el gallo; entonces viene el fracaso y la frustración, el echar en cara al otro su carencia de las virtudes que nos hemos inventado y todas esas cosas tan manidas. Con lo fácil que hubiera sido, entre dos personas adultas, decir en su momento aquello de "en tu casa o en la mía" y pasar un buen rato sin más complicaciones.

Yo sé que lo que acabo de escribir encierra un cierto cinismo y escandaliza a los biempensantes, pero a mi me parece mucho más legal que los cuentos de hadas porque, a estas alturas del partido, todos sabemos que las hadas no existen y que una relación de pareja es infinitamente más compleja y más difícil que un buen polvo, con perdón.

Todo esto es pura teoría; por fortuna no somos máquinas y hasta en el encuentro más aséptico, emocionalmente hablando, se producen instantes mágicos de comunicación y de ternura -miénteme, dime que me quieres- que nos dejan el alma en cueros y nos vuelven vulnerables. Y precisamente esos son los momentos más placenteros, cuando bajamos las defensas y nos sentimos únicos e irrepetibles en los brazos del otro; son esos momentos los que crean vínculos y luego los recordamos con todo el cuerpo. Somos un poco masoquistas. Rizando el rizo y llevando las cosas al terreno de los sueños, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió (Sabina dixit). Esa añoranza no se cura nunca.

Sobre este tema podría seguir escribiendo eternamente y si mis hipotéticos lectores me quieren pillar en un renuncio lo tendrán fácil, pero a mí me da igual porque todos somos muy parecidos y el que no lo sea, peor para él, bastante tiene con lo suyo. Seguramente cada párrafo contradice al anterior pues los pobres mortales somos una pura contradicción y en estas cuestiones más. Ya he dicho que el sexo tiene vida propia. Podemos controlarlo, domarlo y silbar El Puente sobre el río Kwai para disimular y para tratar de engañarnos a nosotros mismos, pero el deseo seguirá ahí y aparecerá en los momentos de debilidad a darnos la tabarra. Luego, somos tan complicados que los feos inteligentes quieren que los deseen por guapos, y los que están como un pan candeal y no necesitan hablar ni ser inteligentes, reniegan de su belleza y quieren que los amemos por su aguda conversación y su intelecto, en lugar de asumir cada uno sus propios talentos y explotarlos con sabiduría. O las mujeres que tenemos una edad y nuestro atractivo ya no reside precisamente en el body, nos empeñamos a veces en competir con las jovencitas de tripa plana en vez de sacar partido a todo lo que somos y a todo lo que sabemos. Y es que, en realidad, no sabemos casi nada, yo diría que afortunadamente; todavía hay espacio para la sorpresa.

Porque en estas cosas nunca se sabe; una se puede pasar la tarde en la cocina, preparar una cena deliciosa con velas, un gran reserva y Diana Krall de fondo, vestirse con esa ropa que le sienta tan bien, como en plan casual y, al segundo whisky, el tío va, se pone metafísico y le larga una brasa que acaba con la libido de cualquiera. O al revés, que le quieran arrancar la ropa en el ascensor cuando una está pensando en que le vence la letra del coche. Es todo muy raro.

Tengo un amigo que dice que la cuestión de la jodienda no tiene enmienda, vaya usté a saber por qué. Que ustedes rematen bien, si es que pueden.

viernes, 21 de agosto de 2009

DEL ALCOHOL Y OTRAS MISERIAS

Por lo general suelo recelar de las personas demasiado perfectas, las que no se permiten una mínima debilidad y nunca pierden los papeles; no fuman, no beben; tienen las cosas muy claras y no dudan ni titubean a la hora de tomar cualquier decisión, vamos que no hacen tonterías; para ellos no hay altibajos ni problemas de dinero porque se administran muy bien; han sabido hacer un capitalito porque venden cuando hay que vender y compran cuando hay que comprar; tienen sus casas ideales de la muerte, son ordenados y guardan hasta el tiquet de la droguería para hacer la declaración de la renta al céntimo, ya se ha dicho que nunca pierden los papeles; Además saben educar a sus hijos de manera que nunca se les desmanden ni les traigan un maldito suspenso ni un embarazo de penalty. Y encima, no sólo les respetan sino que también les quieren. Se entienden con sus parejas y a ninguno de los dos se les ocurre el más mínimo devaneo. Me inspiran recelo porque tanta perfección no es humana y casi siempre los hace implacables con las debilidades y los errores del común de los mortales. Te lo advertí, dicen, cuando a algún pobre mortal le salen las cosas torcidas. Para colmo suelen tener buena salud, lo que atribuyen a su correcta alimentación, a su falta de vicios, a su disciplina espartana y a sus horarios metódicos, con lo que tampoco disculpan al vecino cuando enferma, no me extraña, con esa vida que lleva mucho ha tardado en caer. Ya digo, la gente así me da un poco de repelús.

Quiero decir con esto que no soy una estrecha mental ni una talibana de la brigada antivicio. Más bien al contrario, como creo que he dejado claro en el post anterior y en otros muchos que se pueden encontrar a lo largo de este blog, en los que hablo de mis muchas y variadas flaquezas. Sin embargo hay algo que se me escapa con respecto al alcohol y que me encantaría que alguien me explicara. Yo bebo, ya lo he dicho. Me encanta tomarme un gin-tonic o dos tranquilamente en mi casa viendo una película o un partido de Rafa Nadal, leyendo un libro o escribiendo mis cosas. Y si salgo por ahí, a veces hasta me paso algún que otro pueblo; pero cuando esto me ocurre, siempre se me enciende una lucecita de alarma, me encuentro mal y sé que no puedo seguir; es más, no me apetece seguir. Entonces paro aunque tenga la copa entera, me tomo un acuarius y me voy a mi casa procurando no dar la lata. El alcohol -en su justa medida, que cada cual tiene la suya- produce un efecto desinhibidor que a los que somos más bien tímidos y retraídos nos viene muy bien. Nos hace más rápidos en las respuestas, más ingeniosos y ocurrentes y nos libera de ciertos pudores bloqueantes. Hasta ahí, todo bien; concedamos al alcohol sus virtudes sociales. Pero quisiera entender el mecanismo mental de los que, sin ser considerados alcohólicos, nunca encuentran el momento de parar; aunque se sientan mal, aunque ellos mismos reconozcan que están borrachos, siguen y siguen bebiendo y encadenan las copas una tras otra en una especie de vértigo irracional que los convierte en unos seres absurdos e intratables. Pocas espectáculos me parecen más patéticos y más deprimentes que el que ofrecen dos o tres tíos -porque suelen ser tíos- en un bar trasegando vaso tras vaso como en una competición grotesca; se diría que el objeto de la reunión no es la charla ni el intercambio de impresiones con los amigos, sino el simple hecho de beber y ver quién llega más lejos, como si el vaso fuera una prolongación de sus atributos más preciados; entonces olvidan las normas elementales del comportamiento civilizado y exhiben de forma obscena la más casposa iconografía del macho ibérico. Se ponen agresivos, prepotentes, patosos; miran el culo a las chicas ostentosamente, sin ningún disimulo ni respeto; si hay camarera se meten con ella abusando del poder que les otorga su posición en la parte de fuera de la barra, en fin, un horror. Y muchas veces son personas normales e inteligentes que en su estado natural serían interesantes, simpáticos e incluso atractivos. ¿Por qué no cortan a tiempo? ¿Por qué se autoinducen esa transformación del Dr. Jekyll en Mr Hyde? De verdad que prefiero el alcohólico confeso, con nombre y apellidos, consciente de que lo es, que se toma sus copas en silencio como quien se pincha en vena, a ser posible en soledad y oculto a las miradas ajenas. Por lo menos demuestra cierto respeto a los demás y, sobre todo, a sí mismo.

jueves, 13 de agosto de 2009

EXISTIMOS

Ayer, comida bloguera. No fue como la primera vez -nada es nunca como la primera vez, afortunadamente- entonces, quieras que no, había ese morbillo de cita a ciegas y ahora ya nos conocíamos. Ayer éramos cuatro personas humanas que nos hemos encontrado a través de la blogosfera, pero eso ya sólo es una circunstancia perfectamente prescindible. Ahora hemos recuperado nuestros nombres de pila y la realidad de cada una ha reemplazado al personaje virtual.

Me gustó verlas y comprobar que Elefancia se sigue manteniendo en ese difícil equilibrio entre la limpieza mental y la inteligencia que la hace tan especial. Está guapa la tía con su aire angelical, como de ir por ahí levitando y no haber roto nunca un plato y, al mismo tiempo, esa manera tan suya de estar al loro sin que se le note; de no perder ripio sin pretenderlo, como quien no quiere la cosa. Y luego va, sonríe y pide perdón por ser feliz.

Aguamarga tampoco ha variado, salvo en que se ha cortado el pelo. Conserva en plena forma su ironía levemente cáustica y su mirada implacable sobre una realidad de la que se distancia todo lo que puede; quizá es la única forma de ejercer una crítica saludable. Y me alegra verla más contenta que hace un año, más conforme o mejor adaptada al medio. O quizá es el medio el que se ha adaptado a la situación, el caso es que las piezas de este puzle tan difícil van encajando poco a poco.

La que más ha cambiado -a mejor- ha sido Ybrim. A pesar de que la vida -o la muerte- se ha empeñado en cebarse con ella, está renaciendo de sus propias cenizas, tal como yo le he pronosticado alguna vez, y ahora no descarta el amor ni la posibilidad de compañía; vamos, que está empezando a tener alma de jota. ¡Bien!

A mí me regañaron las tres porque, dicen, ya no hago streptease y tampoco meto caña a los políticos. Pero es que los años no pasan en balde y, desde que me he convertido en una gorda feliz, mi desnudo no es lo que era; una ya no puede exhibir aquella soledad tan sexy que le dió nombre. Y en cuanto a la política, pues qué queréis que os diga, la pesadez de la trama Gürtel, los bolsos de la señá Rita -aunque sea valenciana el nombre le va que ni pintado, tan flamenca ella, tan tetona y tan maternal- y los trajes de Paco Camps -para los que ni siquiera fue a que el sastre le tomara medidas y viera a qué lado carga- me parecen unos temas tan cutres que no dan para más y a esa bazofia ni siquiera se le puede llamar política. ¡Por favor, que al menos se vendan un poco más caros! Y los enormes pucheros de habas que se cuecen a diestra y a siniestra, casi han acabado con mis antiguos fervores y me están hundiendo en el más profundo escepticismo. Aguamarga se quejó de que mis hipotéticos lectores ya no me dan leña, que se limitan a hacerme la ola. Pues que escriba ella, no te jode

Copas en el Jazz Bar y entrada triunfal de Cock en carne mortal. Elefancia y yo le tenemos muy visto, pero Ybrim y Aguamarga hasta pudieron tocarle. Resulta que existimos.

jueves, 6 de agosto de 2009

UNA TRISTE SORPRESA

Hace calor en Madrid, hace mucho calor. Las noches son una pesadilla de sudores, insomnio y paseos por la casa. Para beber agua, para fumar, para leer, cualquier cosa buscando el sueño que no llega. Y una desgana inmensa para ponerme a escribir, si me dejo llevar por la inercia este blog morirá de inanición en breve.

Una semana en Sigüenza. Sigüenza en julio ya no es lo que era. Antes era un mes muy agradable, sin el bullicio de agosto pero con la suficiente gente como para tener con quién tomarse unas cañas o sentarse en la Alameda por la noche a charlar tranquilamente, bajo un cielo cuajado de estrellas. Ahora, entre semana, es una soledad aplastante; a las diez de la noche no hay nadie por la calle ni en los bares y por más que una ponga toda su buena voluntad por alargar la jornada, a las once están echando el cierre en todas partes y no queda otra que irse a casa con un libro, que no es mal plan, pero la verdad, no es eso lo que una espera de una semana de vacaciones. Me fuí sola -Fernando se quedó aquí con su ordenador y sus cosas- para pasar con mi madre el día de su santo y ver a unos cuántos amigos con los que contaba. Pero hasta el jueves no llegó nadie. Así que me he pasado cuatro días repartiéndome entre la piscina municipal y el jardín con mi madre, aunque eso sí, trabajando. Y es que, los dioses culés, no contentos con el jodío triplete del Barça, han castigado mi perversidad mandándome un trabajo de corrección sobre tan ilustre y excelso club de fútbol; con lo que me he empapado de su gloriosa historia y he comprendido que, realmente, es mes qu'un club. Es La Luz; es La Verdad; es La Patria; es la leche en bote. ¡Dios, qué brasa!

Por fin llegó Arturo, y nos fuimos con mis hermanos y otro amigo a Saúca, a comernos unos huevos fritos con patatas y lomo de la olla en El Goyo. Saúca es un pueblo formado por unas pocas casas, una iglesa románica preciosa, en cuyo claustro duerme la luna, y El Goyo, que es la catedral de los huevos fritos. A la vuelta mis hermanos atropellaron a un jabalí; mejor dicho, el jabalí atropelló al coche de mis hermanos, a juzgar por cómo quedó el vehículo. Era la una de la madrugada cuando llegó la grúa a llevarse los restos; mientras tanto, nosotros en la cuneta muertos de frío y Arturo queriendo que exploráramos los campos para buscar al bicho y llevarlo ante la Guardia Civil; pero se había dado a la fuga como Farruquito cuando aquello, supongo que para morir en la intimidad.

Al día siguiente por la noche llegaron Mª Paz y Antonio y los cazamos lo que se dice al vuelo para irnos a cenar. Esa cena resultó regular porque hubo quien se pilló un absurdo rebote de príncipe azul destronado que no alcanzo a comprender; y es que, como es sabido, los misterios del ser humano son insondables. Mª Paz tuvo el detallazo de ir a ver a mi madre y estuvimos de charleta con ella en el jardín, no sé por qué, hablando de la guerra -la Guerra Nuestra, dice ella- y esas cosas; si serán insondables los misterios del ser humano que mi madre dijo que había sido la mejor época de su vida, lo que hay que oír. También hablamos de lo bien que estaba Pili, la madre de Mª Paz, que casi con la edad de la mía hacía la compra sola como una chavala. Yo siempre la recuerdo con sus pies diminutos y sus zapatos de tacón bajito, discreta, tranquila, perfectamente peinada y arreglada y con una sonrisa triste.

El viernes fui a la estación a buscar a Fernando que venía en un tren de cercanías, y vimos la elección de la reina de las fiestas y su corte de damas en la Alameda; hacía frío pero todas iban con sus vestidos palabra de honor de colores brillantes y sus bandas, atendiendo las agudas preguntas del presentador, qué esperas de las fiestas y cosas así. Seguro que estas chicas son inteligentes, universitarias y preparadas, pero aquellos vestidos tan cursis, aquellas bandas y aquellos bucles en el pelo les daban un aspecto como de estar fuera de sí mismas, embutidas en un cuerpo ajeno. Antonio y yo cantamos eso de qué buena está la reina, la reina, la reina, qué buena está la reina, la reina qué buena está y un señor nos miraba con cara de pocos amigos. Nos despendolamos un poco, bailoteando con el grupo de música que tocaba cosas antiguas, de cuando entonces. Nos tomamos unas copas de esas que no emborrachan pero dan la risa floja y lo pasamos muy bien. Arturo se había ido por la mañana, en un arranque de los suyos. Y el domingo a Madrid para trabajar el lunes. Me quedan sólo cinco días de vacaciones que los voy a guardar como oro en paño.

Cuando sonó el teléfono en la oficina y Mariapi me dió la noticia, no me lo podía creer. Me quedé como un tentetieso de esos que se tambalean de lado a lado sin llegar a caerse. Pili había muerto de repente en Fuenterrabía, dos días después de estar hablando de ella con mi madre; un día después de estar haciendo risas con Mª Paz. De repente, las risas y los bailes de la noche del sábado eran un recuerdo lejanísimo. Pili, la más fuerte de todas, en la fragilidad de su cuerpo menudo. La más autónoma de todas nuestras madres; la que nunca envejeció. Cuando antes de ayer la despedimos en el cementerio de San Justo, todavía las lágrimas de sus hijos se abrían paso a través de una cortina de perplejidad. No sé cómo se pueden comer esto Mª Paz y sus hermanos. Sé que nada de lo que diga les puede consolar, pero quiero que sepan que estoy con ellos.

martes, 12 de mayo de 2009

VIVIR

Siempre me sorprende el instinto de supervivencia en muchas personas para las que el mundo es un lugar inhóspito y cruel y a las que la vida trata con dureza extrema, ya sea en el aspecto material, en el emocional o en ambos. Yo, que me considero moderadamente afortunada y que soy consciente de todos mis privilegios, confieso que hay veces, muchas veces, que tiraría la toalla y que contemplo la muerte como una tabla de salvación o como una especie de balneario de reposo. Por eso me fascina que el ser humano –sobre todo, el más desfavorecido- se revuelva tanto contra la adversidad y luche a brazo partido para ganar una batalla, cuya improbable victoria sabe que no acarreará un cambio profundo en su vida sino, acaso, la oportunidad de continuar para siempre en esta lucha sin cuartel. Igual me asombra el terror que suscita una lejana amenaza, como por ejemplo ahora la gripe porcina, en gentes que no parecen tener motivo alguno para aferrarse a la vida, que se sienten inmensamente desdichadas, solas, inadaptadas, desasistidas y abandonadas por el mundo; gentes sin amigos, sin amor, sin familia, sin siquiera recuerdos reconfortantes y que, sin embargo, la idea de la muerte les produce un pánico insuperable.

Quizá sea la creencia de que mientras hay vida, hay esperanza, esperanza en otra oportunidad, lo que les ata a la existencia o quizá el miedo a lo desconocido, a lo que pueda haber al otro lado. Porque ni siquiera la promesa católica de una felicidad sin límites en un cielo eterno y en presencia de Dios, resulta demasiado tentadora, ya que ni a los más píos les seduce la idea de la muerte; como mucho, cuando es inevitable, la aceptan y la ofrecen a Dios como el sacrificio supremo. Tal vez no se acaban de fiar o tal vez la eternidad les resulte demasiado larga, incluso en el cielo; es que es mucho, la eternidad. Más seductor parece el paraíso islámico, a juzgar por la cantidad de voluntarios dispuestos a inmolarse, puede que engatusados por la quimera de un harén de bellísimas huríes dedicadas en exclusiva a colmar de placeres sus sentidos.

Pero son los menos; la mayoría prefiere siempre el infierno conocido a todos los inciertos paraisos que prometen las religiones, aunque este infierno obligue a jugarse a diario esa vida tan apreciada. Y, por supuesto, la mayoría prefiere este infierno a la nada absoluta de los no creyentes. Algunos, en su afán de trascendencia, se agarran a la reencarnación -cualquier cosa, antes de aceptar la desaparición definitiva- pero tampoco convence, porque vaya usted a saber en quién o en qué nos reencarnamos, una lotería.

Y es que, no sé; esto es lo que hay y es lo único que tenemos.

sábado, 11 de abril de 2009

PUNTOS Y COMAS

Hay autores cuya lectura provoca en mí una esquizofrenia; me divido entre el asombro y el placer que me produce la literatura químicamente pura y la frustración de saber con absoluta certeza que nunca seré capaz de escribir. Eso me ocurre, por ejemplo, con Cortázar, al que una especie de masoquismo me empuja a releer una y otra vez y siempre descubro algo que se me había escapado en ocasiones anteriores. Leo cosas como "Antepongo minuciosamente las palabras a la realidad que pretenden describirme, me escudo en consideraciones y sospechas que no son más que una estúpida dialéctica" y me veo retratada en mi ridícula pretensión de escribir. Me digo dónde vas con tus puntos y tus comas y tus puntos y comas, todo tan colocadito en su sitio, intentando evitar rimas internas o repeticiones y buscando sinónimos, cuando la vida es un puro desorden, un caos inacabable que se repite eternamente y casi nada está colocado en su sitio. Siempre que hago un repaso a este blog, aparte de revivir hechos o momentos personales o colectivos que ya son como flores marchitas prensadas entre las páginas de un libro, me quedo con la sensación de que las palabras se atascaron en algún recoveco del pensamiento, enfajadas en la corrección, en la gramática o en la sintaxis y no transmitieron ni la décima parte de lo que quería decir o transmitieron otra cosa completamente distinta.

Una quisiera coger las palabras con las manos, amasarlas, revolverlas, mezclarlas como un guiso, doblarlas sobre sí mismas hasta el infinito y conseguir que aparezca una pajarita de papel diminuta que eche a volar y se pierda en el agujero negro de los sueños, o un plato agridulce con sabor a ternura, a dolor, a risa, a descontrol, a alcohol, a deseo absurdo e irracional, a ilusión, a me quiero morir, a quiero vivir. Palabras que puedan abrazar o golpear en el centro mismo de la cosa esa que es la vida de cada uno. Buscar -y encontrar-
un adjetivo inspirado y posesivo que te arañe el corazón. Palabras como música de bolero que junta los cuerpos intentando juntar las almas, palabras de tango desgarrado que esconde el propio llanto en el llanto prefabricado de un culebrón. Una quisiera que sus palabras brotaran como notas de música del saxo de Charlie Parker que, como la vida, no la entiende ni dios, pero engancha quién sabe por qué.

La vida no tiene puntos ni comas ni punto y coma ni puntos seguidos ni puntos y aparte; o los tiene en un lugar absurdo, que no viene a cuento porque la frase todavía debía continuar. La vida no se detiene nunca aunque a veces quisiéramos pararla, no te vayas de aquí, tenemos toda la vida. Pero no tenemos toda la vida, tenemos sólo hasta el siguiente punto y aparte, en el que habrá que volver a empezar desde cero. Y otra vez inventar una nueva frase, un párrafo potente que no contenga repeticiones ni rimas internas y que, al mismo tiempo, mantenga el interés del argumento.

sábado, 4 de abril de 2009

RUTINA

Abril ha entrado hace cuatro días y va deprisa, los árboles de mi calle están cada mañana un poco más frondosos, ya casi tapan las casas de enfrente. A mí sin embargo, me invade una apatía blanda para ponerme a escribir. Estos días pasados, entre operaciones, paros y demás angustias, me han dejado para el arrastre.

Dice la sabiduría popular que la rutina acaba con el amor y que, por lo tanto, hay que estar continuamente inventando nuevas emociones, como si la vida de su natural no nos regalara ya las suficientes. Pero una está un poco cansada tras muchos años de sobresaltos y quizá lo que ahora le pide el cuerpo es el refugio de lo previsible, el confortable rincón de la rutina; sobre todo porque las infalibles leyes de Murphy dicen que no hay situación que no pueda ir a peor. De manera que casi entono la vieja letanía de virgencita, virgencita, que me quede como estoy.

Además, teniendo en cuenta que la rutina ocupa un gran porcentaje de nuestro tiempo, lo inteligente sería acoplarnos a ella e intentar que fuera lo más placentera posible. Se trata básicamente, de ser o de estar como cada uno sea o esté en cada momento, no sé si me explico. Quiero decir que no se puede estar tirando fuegos artificiales continuamente ni inventándose risas siendo la vida como es. Quiero decir que cuando toca llorar, toca llorar y la gente necesita poder estar cómodamente triste y preocuparse relajadamente, aunque parezca una contradicción.

Y seguramente, las risas y el buen rollo, como la primavera y como las oscuras golondrinas, volverán solos a colgar sus nidos en mi balcón -lo malo es que no tengo balcón- si tenemos un poco de paciencia y un sillón confortable donde esperarlos.

viernes, 13 de marzo de 2009

LAS MENTES MARAVILLOSAS

A las nueve y media de la mañana la chica abrió de sopetón la puerta de mi despacho y, sin apenas decir buenos días, nos pidió -mejor diría, nos ordenó- a mi compañera y a mí que llamáramos por teléfono a "Su Alteza Real el Príncipe Felipe" (sic) y le informáramos de que ella estaba aquí. Ante nuestra perplejidad, arrebató a Mayte el ratón tratando de buscar en Internet un mapa que la llevara hasta el Príncipe que, según decía, la estaba esperando. Los detalles sobre cómo se desarrollaron los hechos hasta que vió aparecer los chalecos fosforescentes de los chicos del SUMA social, dijo no, no y salió por pies del ministerio, no tienen importancia, pero yo me quedé dándole vueltas a la tremenda soledad de esa chica, a la que habíamos dejado marchar sin siquiera intentar gestionarle la cita con su príncipe. Los enfermos mentales viven en una sociedad que no sabe tratarlos, vacilando entre el miedo y la risa que le producen.

Estoy sumergida en la lectura de Hacia el amanecer, de Michael Greenberg, un libro que si bien literariamente no es una obra maestra, el tema me fascina y me inquieta a partes iguales. Los misteriosos caminos sin retorno por los que a veces se pierde la mente humana, convirtiendo a los que por ellos transitan en unos desconocidos para el resto de los mortales. Eso no ocurre con ninguna otra enfermedad; cuando nos enteramos de que algún ser querido está aquejado de un cáncer o de una esclerosis múltiple, normalmente nos volcamos con esa persona, procuramos ayudarle dentro de nuestras posibilidades y hacerle más llevadera la vida. Pero a los locos tratamos de evitarlos, huimos de ellos como de la peste, el laberinto de su mente nos produce un repelús incontrolable y no sabemos cómo meterle mano; en el mejor de los casos nos apartamos y en el peor nos irritamos o hacemos risas de sus ocurrencias. Sin embargo, no siempre está muy definida la línea que separa la cordura de la locura, cuántas veces decimos de alguien que está loco sólo porque su vida se sale de lo convencional. Y lo peor es que en ocasiones lo decimos con un puntito de envidia.

Pero no es a esa clase de locura a la que me quiero referir, sino a la locura auténtica, a esa que transforma a quien la padece en un extraño que vive en un mundo al que los "cuerdos" no tenemos acceso porque no lo podemos ver. Y tratamos de convencerlos de que eso no existe, cuando no es verdad: para ellos su mundo es tan cierto como para nosotros el nuestro. No son imaginaciones, son realidades que ellos palpan con la misma certeza o más que los cuerdos las nuestras, pues a veces nosotros dudamos de todo. ¿Cómo, entonces, no se van a apartar de una sociedad que está incapacitada para entenderlos?

Intentamos que se impliquen en nuestra existencia, que sufran por lo mismo que sufrimos nosotros y gocen por los mismos motivos, que sus afanes sean idénticos porque lo nuestro es lo correcto, nuestra verdad es la verdad. Y esa soberbia no nos deja ni siquiera escucharlos ni intentar penetrar en ese cosmos desconocido. Como mucho ponemos una sonrisa de condescendencia y murmuramos "son cosas de Fulano". Y Fulano, lógicamente, se aparta de nosotros como el otro día la chica del ministerio se fue en cuanto vio los chalecos fosforescentes de los enfermeros del Suma.

El caso de John Forbes Nash -el protagonista de "Una mente maravillosa"- desgraciadamente no es el común. Aparte de su inteligencia privilegiada -que sí es frecuente que se dé en los esquizofrénicos- tuvo la inmensa suerte de contar con una compañera admirable, Alicia, que ha sido capaz de estar junto a él durante toda su vida y de hacer compatible, a base de un amor a prueba de bombas, el inextricable mundo de John con este absurdo laberinto por el que nos perdemos todos. Eso sí, con mucho sentido común.

jueves, 12 de marzo de 2009

MUCHAS GRACIAS

Maya y Hayda Ramos, cada una por su lado, han tenido el detallazo de concederme el premio "Este blog es una joya". Muchísimas gracias, amigas, sobre todo por leerme y por vuestros escritos. A las dos las conocí con el lápiz rojo de correctoras en ristre, aprendiendo a corregir lo que escriben los demás. En el caso de Maya, nos encontramos un día en el metro de camino a la academia y hablando, hablando, salió que ambas teníamos un blog y desde entonces nos seguimos/perseguimos la una a la otra. Es el suyo un blog etéreo, con unos relatos inquietantes y unos poemas luminosos, además de los recuerdos de su infancia en su país, Perú. Lo de Hayda fue distinto; como soy insaciable en eso de buscar lectores, una día desayunando en el descanso de las clases dejé caer que escribía un blog y le dí la dirección en una servilleta. No sólo me leyó, sino que se animó a abrir ella otro y desde entonces nos deleita con su visión periodística de la vida y con una objetividad que es un lujazo, en estos tiempos tan partidistas y tan sectarios que vivimos. Enhorabuena a las dos.

Me da mucha vergüenza poner/exponer este premio aquí, pero son las reglas del juego para que siga la cadena.

Yo, además de las dos mencionadas que ya lo tienen, propongo a:

Fajas Ruiz por su manejo de la pluma, por su ironía, por su mala leche, por su constancia -5 añitos ya- y porque es una escritora como la copa de un pino.
Elefancia que, aunque se prodiga poco, ha cumplido con creces ese deseo de aprender a escribir. Y por su particularísimo sentido del humor y su visión optimista de la vida, que buena falta nos hace.
Deyanira, que unos días nos acerca la actualidad y otros nos aleja de ella con sus sugerencias cargadas de espiritualidad. Y, sobre todo, por compartir con nosotros su tremenda experiencia, con mi respeto y mi admiración.
Ybrim, por su sensatez, por su sentido de la justicia y porque me dá la gana.
El taxista, que aunque ya tiene muchos premios, me parece uno de los mejores blogs que circulan por la red.
Marina, que es una artista como los del Renacimiento, domina todas las artes: escribe, pinta, hace títeres...y todo bien. Además es una mujer de esas que transmiten alegría y buen rollo.
El Garrofer, que es un descubrimiento reciente que me hace reír todos los días y encima escribe muy bien.
Además quiero citar a Sherpa a Magras, a Manuel, a África a Luis...a Borja... en fin, al marido de la portera, a Samotracia y a Cock, que son mis amigos de siempre; a Aguamarga y a Gary, aunque nos han abandonado; todos ellos lo merecen y no quiero que nadie se enfade. El orden no quiere decir nada, alguno había que poner. Gracias a todos por practicar el vicio solitario.

sábado, 28 de febrero de 2009

CALLE MELANCOLÍA

Por lo visto, es opinión general -y seguramente acertada- que este blog, cuando habla de temas más o menos personales, adolece de melancolía. Qué le vamos a hacer; con esto ocurre como con la menopausia, que es cosa de la edad y, encima, una siempre ha tenido tendencia, incluso desde antes de tener casi nada que añorar como no fuera el futuro.

Está muy bien ser una persona racional y pragmática, poner distancia con el pasado individual y colectivo, y mantener a raya los sentimientos sin dejar que interfieran en nuestra vida ni tomen decisiones por nosotros; seguramente nos ahorraríamos muchos errores en el terreno práctico cuyas consecuencias luego arrastramos durante largo tiempo, tan largo que a veces es para siempre. Lo que pasa es que con mucha frecuencia nuestros actos y nuestras decisiones acarrean daños colaterales en mucha gente, gente a la que queremos, que nos preocupa y a la que intentamos no perjudicar o perjudicar lo mínimo imprescindible, aún a costa de perder un poco. Hablo de ser racional, pero acabo de escribir gente a la que queremos, ya estoy mezclando sentimientos, no tengo solución. Y es que las historias -nuestras historias- casi nunca son blancas o negras, se mueven en la ambigüedad de los grises, en el embarullado espacio de la duda y la contradicción.

Por otra parte, una a veces se pasea por la calle Melancolía para no meterse en el callejón sin salida de la realidad. A estas edades recibimos más malas noticias que buenas, a pesar de que algunos tratemos de inventarnos la vida cada mañana. La realidad es tozuda y cada vez son menos los motivos de alegría, aunque no diré yo que no los haya, virgencita, virgencita que me quede como estoy, tal como se presenta el patio. El otro día hablaba con Pitoya -que es una persona luchadora, optimista y vital y lo ha demostrado durante toda su vida- y se le entrecortó la voz cuando me dijo ¡madre mía, qué etapa nos queda!

Cada uno se protege como puede de la que está cayendo -y no me refiero a la puta crisis- algunos cerrando los ojos y escondiéndose en un permanente lolailo, que me parece muy bien para el que lo sepa hacer y le sirva, pero no es mi caso; otros en el alcohol y entonces puede ser peor el remedio que la enfermedad, los menos en el trabajo si lo tienen y les llena y muchos en la melancolía, que es un refugio ilusiorio pero que no hace daño a nadie. Además, cuando la melancolía se mezcla con el talento, surgen cosas como esta canción o Blowing in the wind, por poner algún ejemplo de obras maestras melancólicas; ni de lejos me comparo con esos maestros, pero lo sigo intentando a ver si alguna vez suena la flauta. Yo no tengo receta, trato de aprovechar los buenos ratos, que los hay, disfrutar con mis amigos y evitar en lo posible los malos rollos. Quitar importancia a lo que no la tiene, obviar las tonterías que oxidan las relaciones, ya sean de pareja, familiares o de amistad y valorar todo el rato la suerte que tengo.

Y procurar no quedarme sin que la gente que quiero sepa que la quiero. Que luego, de repente, se acaba el tiempo.