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domingo, 28 de diciembre de 2014

NO ME TIENTES

No me tientes, amor, que me conozco,
mira que me he tomado dos gintonics,
que hace frío esta noche,
que estoy un poco harta de abrazarme a mí misma,
que suena el contrabajo, la trompeta
y la voz de Chet Baker me susurra al oído
algunas cosas dulces en inglés
que no quieras saber lo bien que suenan.

No me tientes, amor, que igual me olvido
de las buenas costumbres
y escondo entre tus brazos la tristeza
y comienzo a besarte y no termino
hasta que me disuelvas en saliva.

No me tientes, amor,
no juegues a rozarme sin querer
porque sé que tú quieres y yo quiero
y no me pienso andar con disimulos.

Que ya somos mayores,
que te estoy avisando,
que no podrás decir que no sabías,
que no tengo principios,
que me importa muy poco lo que ocurra mañana.

Que hoy es hoy, esta noche, los dos rotos,
la música, la vida,
la soledad cansada de estar sola.



sábado, 15 de noviembre de 2014

EL MONSTRUO

Me ha crecido en el alma un monstruo triste
que me llena de sombras,
                                        me sumerge
en las oscuras aguas de la duda
y me ensucia el recuerdo.

Es un monstruo que engulle aquellos días
en que volví a creer
que era posible amarnos
y pone en entredicho nuestra historia.

Camina junto a mí por esas calles
que recorrimos juntos,
se mezcla entre la gente,
entra en los mismos bares
en donde todavía viven nuestros fantasmas.

Hoy estaba sentado en el rincón de siempre
escuchando a Louis Armstrong;
riéndose en mi cara me decía
cómo has podido ser así de imbécil
cuando estaba tan claro
que todo era mentira.

Al salir he querido
eliminar el tiempo de un plumazo,
retornar otra vez al punto de partida
y saltarme esos años.

Y le he pedido al monstruo que se vaya,
que me deje vivir, que no me ponga
la realidad delante de los ojos.

Que me engañe algo más,
                                       lo suficiente
para poner a salvo la memoria.

sábado, 1 de noviembre de 2014

INEXISTENCIA

Tú, que no tienes nombre ni rostro ni presencia,
deja que me refugie en tu cuerpo improbable
y acógeme en tus brazos como se acoge a un perro
hambriento de caricias
que ladra sin saber que está llorando.

Escucha junto a mí la voz de Billie Holiday
desgranando derrotas de alcohol y cocaína
y, fingiendo que existes,
investiga mi espalda hasta que encuentres
esa vértebra exacta donde duele la vida,
ese pliegue de piel donde se esconde el miedo,
y quítame la ropa.

Arráncame la máscara de acero que me cubre
y deja a la intemperie mis miserias;
quiero volverme blanda entre tus manos,
y que moldees mi cuerpo con la forma de un ave;
luego dirígeme donde no exista el tiempo
ni la edad ni la muerte.
Donde no exista yo, como tú que no existes.

lunes, 17 de enero de 2011

MIA

A mí los boleros siempre me han dado un poco de repelús porque si a una le dicen algo como
Mía,
porque jamás dejarás de nombrarme
y cuando duermas habrás de soñarme
y hasta tú misma dirás que eres mía

estando los dos desnudos en la cama, susurrándole al oído con voz enronquecida por la pasión y entrecortada de deseo, mientras le acarician la espalda muy suavemente con el borde de las uñas y le reparten unos besos pequeños y tiernos por toda la superficie del cuerpo, en esas condiciones puede sonar hasta bien y estremecerla hasta el paroxismo.

Pero si esas mismas palabras, o estas otras
Mía,
aunque con otro contemples la noche
y de alegrías hagas un derroche
nunca te olvides, sigues siendo mía

se escuchan estando los dos vestidos, en medio de la calle y teniendo el que las pronuncia el dedo índice levantado, hay que salir corriendo al juzgado contra la violencia de género más cercano.

Digo esto porque no conviene confundirse y hay que saber que las palabras dicen lo que dicen, independientemente de la situación en que se pronuncien. Y sigues siendo mía quiere decir exactamente eso: que tú harás lo que a mí me dé la gana que hagas y ni siquiera serás libre para pensar ni para desear algo sin mi permiso. Que no me entere yo.

Y que nadie me tache de feminista exacerbada porque mujeres que se apoderan de la mente de sus santos, haberlas haylas, como las meigas.

Pero bueno, que eso; que vamos a disfrutar esta magnífica versión de Mayte Martín con el gran Tete Montolíu.

Yo sigo a lo mío.

miércoles, 20 de octubre de 2010

LA LÍNEA CIRCULAR

Era negra y oronda,
tal como Ella Fitzgerald sin Louis Armstrong,
pero venida a menos.
Ha pasado tres veces por Argüelles
antes de que perdiera su zapato.

Un grupo de estudiantes, por Universitaria,
revisa los apuntes de sociales
y sin querer tropieza con la bolsa
de una tienda de moda super fashion
rebosando miseria.

En Nuevos Ministerios un probo funcionario,
con esa extraña mezcla
de santa compasión y repugnancia
que gastan con frecuencia las personas decentes,
la contempla un instante y vuelve al Marca.

Al llegar a la altura de Diego de León,
Sáinz de Baranda, O'Donnell, 
hay gente que se indigna:
-¡con qué desfachatez  los inmigrantes
ocupan doble asiento en hora punta!

Ni siquiera consiguen despertarla
los músicos sudacas que suben en Legazpi.
Ella no tiene prisa, es evidente
que no la espera nadie.

El metro da la vuelta; por Usera
sigue durmiendo entre el proletariado.
El tetrabrik de vino se derrama
cerca ya de Laguna.

La línea circular es lo que tiene:
en poco tiempo
se llega a ningún sitio sin trasbordo.

viernes, 27 de agosto de 2010

A PUNTA DE NAVAJA

Sólo diré que te quiero
si es a punta de navaja.

Joaquín Sabina

Cuando al amor le da por suicidarse
no hay quien sea capaz de detenerlo;
de pronto se congelan los abrazos
y queman las palabras de ayer mismo.

Regresan los sicarios del orgullo
desde un negro reducto masoquista,
a robarnos la infantil inconsciencia
de amarnos a lo loco y sin preguntas,
como niños idiotas, sin recelos.

Ahora que hemos crecido y somos listos,
no nos engaña nadie; nos protege
nuestro propio demonio de la guarda
de cualquier tentación de ser felices
para poder dormir, plácidamente,
sobre la tibia almohada del fracaso.

lunes, 9 de agosto de 2010

CALMA CHICHA


Pesa la tarde,
las hojas ya no pueden con su alma
sin un soplo de aire que las mueva;
los minutos corren con parsimonia
y se me caen los párpados
esperando que vuelvas.

Cuando llegues
no sé si seré yo la que te aguarde
o me habré convertido en árbol seco,
sin fruto de palabras ni de abrazos;
quizá esta calma chicha
pueda acabar conmigo.

Solo pido
que de una vez estalle la tormenta
y nos deje desnudos y de frente,
empapados y limpios,
que nos lave la culpa
o acaso nos arrase sin remedio.

sábado, 11 de julio de 2009

EL PÁJARO DE FUEGO

En vista del entusiasmo -facilmente descriptible- que ha despertado entre mis hipotéticos lectores el post sobre Billie Holiday, yo, erre que erre, insisto en el tema con otro grande del jazz que cumple ese viejo tópico de malditismo, drogadicción y alcohol, tantas veces inseparable de los genios; parece que el peso de su propia genialidad les impidiera transitar por la vida cotidiana y encarar sus prosaicos pero reales asuntos como el común de los mortales.

Charles Christopher Parker también encaja en ese otro molde del negro que tiene la música en el cuerpo, como si en el gráfico de su electrocardiograma aparecieran escritos los acordes que brotaban de su saxo. Ya con trece años, en la orquesta del colegio le pusieron a tocar la tuba, pero su madre consideró que, dado el tamaño del chaval, el saxo sería más adecuado. No sabía que estaba propiciando el comienzo del más grande saxofonista alto de la historia del jazz, el mejor improvisador, el que convertía en música cada latido, cada emoción, cada lágrima y cada carcajada que constituían su atormentada existencia.

Su turbulenta relación con la heroína empezó a los quince años y nunca le abandonó. Entonces fregaba platos en un restaurante de New York dónde actuaban algunos importantes músicos de la época. Se había casado con Chan Richardson, una mujer blanca mayor que él -lo que que no es decir mucho, pues ya sabemos que Charlie tenía quince años- que siempre comprendió el genio de su compañero y siempre estuvo junto a él, a pesar de que no le debió hacer fácil la vida. Julio Cortázar, en su magnífico relato El Perseguidor, recrea la historia de Charlie Parker bajo el nombre supuesto de Johnny Carter y describe magistralmente los sentimientos contradictorios de esta mujer, moviéndose entre la insufrible convivencia y la admiración ciega que sentía por su marido. Pasaron temporadas sin un céntimo, viviendo de la caridad de los amigos, y Charlie llegó a empeñar su saxo -que era su único modo de vida y su pasión- para conseguir droga. La falta de recursos fue quizá la causa indirecta de la muerte de su hija de una vulgar neumonía, por no poder pagar la atención médica necesaria. Nunca se lo perdonó, lo que le llevó a dos intentos de suicidio. Su drogadicción fue en aumento, hasta el punto de que las autoridades le prohibieron grabar discos y actuar en locales públicos y el trompetista Dizzy Gillespie, con el que formaba un duo genial y mantenía una fructífera relación musical, decidió no volver a tocar con él. Después de una patética sesión de grabación de la que surgió un Lover Man angustioso -apenas podía sostener el saxo- fue ingresado en un hospital psiquiátrico. Siete meses después salió desintoxicado, aunque no curado, y el pájaro remontó el vuelo -Bird era el sobrenombre por el que le conocían en el ambiente jazzístico- iniciando la etapa más creativa de su carrera tanto en Estados Unidos como en Europa. Pero el veneno blanco siguió entrando en sus venas y su vida repartiéndose entre la gloria y el infierno; los inmensos éxitos artísticos y el reconocimiento mundial conviven con las constantes depresiones. Su comportamiento es cada vez más errático y su salud está cada vez más deteriorada. Murió a los treinta y cuatro años y el forense dejó escrito en el parte médico que su cadáver parecía el de un hombre de más de sesenta.

Pero nunca pudo destruir su propia grandeza, que sobrevivió a pesar de él mismo, y Bird entró en la gloria para siempre.

domingo, 5 de julio de 2009

UNA FRUTA EXTRAÑA

Billie Holiday nació de una madre de trece años y un padre de quince, marginales ambos, incapaces ambos de ejercer de padres. El se largó a los pocos meses y ella vivió dando tumbos con un bebé a cuestas por las calles de Filadelfia, Baltimore, Nueva Jersey y Brooklyn. Menos mal que contaba con vecinos solícitos que cuidaban de la pequeña Eleanora -Billie Holiday- con infinito cariño, tanto que uno de ellos la violó antes de cumplir diez años. Con estos mimbres no es de extrañar que a los doce se prostituyera junto a su madre por los arrabales de Nueva York. No es de extrañar que, con estos mimbres, Billie Holiday tratara de esconder su realidad en el whisky y en la heroína y que declarara que ella no era una buena chica, porque para ser una buena chica hace falta, al menos, un poco de amor.

Su formación musical era inexistente, sin embargo empezó a cantar su dolor por los tugurios más sórdidos de Harlem y como la fortuna algunas veces es justa, en uno de ellos la descubrió John Hammond, un influyente productor y crítico que habló de ella en su columna de prensa y llevó a Benny Goodman para que la escuchara. A partir de ahí empezó a compartir escenarios y jam sessions con los más grandes músicos de jazz del momento, que es lo mismo que decir los más grandes músicos de jazz de todos los tiempos, una generación irrepetible que nos ha dejado nombres como el ya citado Benny Goodman, Lester Young, Coleman Hawkins, Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, Charlie Parker, Sarah Vaughan y un interminable etcétera que, cómo dice Cortázar, consiguieron que los ángeles del cielo silenciaran sus liras para escucharlos.

Gracias a ese capricho de la fortuna, hoy podemos oír la dulcísima y triste voz de Billie Holiday mientras nos ponemos melancólicos en la barra de un bar, levemente borrachos. Su dulcísima y triste voz, encierra todo el dolor de su vida y toda la ternura que nunca tuvo y logra que nosotros al escucharla también nos bebamos nuestras pequeñas penas burguesas, tan ridículas al lado de las suyas.

En la canción Strange Fruit, esa voz dulce y acaso un poco infantil, de niña sin infancia que se hizo adulta a golpes, se vuelve aún más triste para arañar las conciencias como una lija. En ella denuncia los linchamientos y ahorcamientos de los negros en los refinados estados del sur. La letra, de Abel Meeropol, es estremecedora y se convirtió en un himno por los derechos civiles de los negros.


Los árboles del sur tienen un fruto extraño,
sangre en las hojas y sangre en la raíz,
cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur,
extraño fruto que cuelga de los álamos.

Bucólica escena del galante sur,
los ojos abultados, la boca torcida.
El dulce y fresco aroma de las magnolias
y de pronto el olor de la carne quemada.

Aquí está el fruto que arrancarán los cuervos
para que reciba la lluvia, para que lo mueva el viento,
para que el sol lo madure, para que los árboles lo suelten.
He aquí una extraña y amarga cosecha.


El Angel de Harlem todavía estaba bajo custodia policial, tras ocho meses en prisión por posesión de drogas, cuando murió a los cuarenta y cuatro años de cirrosis hepática. En su cuenta corriente había 0,70 dólares.

martes, 20 de mayo de 2008

PEDAZO DE LUNA

Una se ha quedado frita en el sofá, delante de la tele; se levanta como un zoombie para irse a la cama y justo en ese momento se acuerda de que tiene la ropa en la lavadora sin tender ¡merde! Jura en arameo y sacando fuerzas de flaqueza, abre la ventana; entonces, sin comerlo ni beberlo, se encuentra semejante luna -que no es azul como canta Billie Holliday, es blanca con un cerco amarillo- colgada en el vacío de un cielo negro, negrísimo. Quizá esta noche blue no significa azul sino triste. Y una piensa que tal vez sea eso la soledad: mirar a la luna sin poder decir a nadie ven, asómate, mira que pedazo de luna te he colgado en la ventana.

Y una tiende la ropa -el deber ante todo, el deber siempre- y se mete en la cama con los pies fríos, con las manos frías, con el alma tiritando un poco. Ayer y antes de ayer había quitado la manta pero me la he echado otra vez, así es la vida. Estoy leyendo un libro muy bueno, quizá demasiado bueno para estar en las condiciones que estoy. Creo que no leo el libro, es el libro el que me lee a mí. Al final lo cierro porque la literatura de Javier Marías merece más concentración de la que yo le puedo dedicar esta noche. Porque en este momento mis pensamientos anulan los del escritor, mucho más inteligentes, mucho más elaborados. Pero ajenos. Y pienso que he llegado hasta aquí, a ser lo que soy esta noche -que no es gran cosa- después de un largo camino; y que no puedo ni quiero renunciar a nada de lo que he vivido y que ha dado forma a lo que ahora tengo para ofrecer. De todo lo que he vivido sólo reniego de la pérdida de Jaime, que maldito lo que me importa si me cambió como persona para bien o para mal; nunca, en ningún caso mereció la pena.

Todo lo demás me lo quedo, con sus luces y sus sombras. Los silencios, las luchas que me he comido -y me sigo comiendo- yo solita por la pura supervivencia; el dolor de un matrimonio ciertamente difícil, la asignatura siempre pendiente de la maternidad, una evaluación continua que apruebo por los pelos. Los amores fugaces y los que eran para toda la vida. Hay amores eternos que duran lo que dura un corto invierno, dice Sabina. Los recuerdos, los sueños, las realidades. La música, los atardeceres, las noches de verano. Los amigos de siempre y los de ahora; las pupilas en las que me he visto viva y las miradas que me han matado. Las vidas rotas de la gente que quiero, los que se han muerto, los que viven. Los que piensan en mi en algún momento, los que les pienso. Lo que dije y lo que callé, los abrazos que malversé y los que no dí.

La literatura, la política, las ideologías. Las ilusiones, las decepciones. Las noches perdidas, las copas, la tos, el tabaco. Mi madre, un poderío que todavía me acojona, con la edad que tengo, con la edad que tiene.

Sigüenza, Roma, Florencia, Canarias, París, Buenos Aires, Cádiz, Córdoba, Granada, Barcelona, Asturias, El Valle de Ancares, Galicia, Dublín, Lisboa, Ciudad Rodrigo, Carboneras, Medinaceli, Saúca, Marbella. Y Madrid, siempre Madrid. Todo lo que me dieron y el trocito que me dejé en cada una.

Soy lo que queda de todo eso. Y esto es lo que tengo para regalar esta noche. Pero me he echado la manta otra vez porque tengo los pies fríos.


martes, 21 de agosto de 2007

MÚSICA, PLEASE, SÓLO MÚSICA

Algunos días, algunos años, una no tiene cuerpo para nada. Ni para trabajar ni para holgar, ni para comer ni para ayunar; algunos días, algunos años, a una le importa un bledo que gobiernen los socialistas o que regrese el mismísimo Franco redivivo y ni siquiera se le revuelven los higadillos viendo a Rajoy en la tele. Una se vuelve insolidaria y pasa de las guerras y de los huracanas y de los terremotos del Perú. No existe una novela tan apasionante como para perder el tiempo entre sus páginas, ni es capaz de atender a las imágenes -y mucho menos de escuchar los diálogos- de ninguna película; ocurre que en esos días, en esos años, el único argumento es su propia vida. En esos días, en esos años, una sólo necesita un paquete de tabaco rubio y un gin-tonic, o dos, si no van muy cargados. Y que vengan a casa gentes como Billie Holliday llorando por su hombre o Ray Charles pensando en Georgia. Y que suene el Summertime de Sarah Vaughn una vez...y otra...y otra más. Entonces ya no hay que hacer nada, sólo cerrar los ojos y dejar que la imaginación invente su propia película. Siempre resulta mucho más gratificante que la realidad, en la imaginación la luna no está tan alta como canta Ella Fitzgerald, casi se puede tocar si se pone un poco de interés. Y no es azul, se ponga como se ponga Billie; es rosa, que la he visto yo.

Me voy a ir a la cama porque esto es demasiado para mi body. ¿Pues no me viene ahora Louis Armstrong con que hace falta un beso para construir un sueño? ¡Nos ha jodido, así cualquiera!.