La cosa más bonita de fumar es mirar la neblina azulada cuando se va a la deriva
Perdedores
Por si esto fuera poco
Daños colaterales
Un solo de saxo
Las horas contadas
JAIME
Este atronador silencio de los pájaros
Vivir con lo puesto
Memoria secreta de una niña bien
Plantas de interior
La niebla del tiempo
Premio "Blas de Otero" 2010.
Hazversidades Poéticas
Enésima Hoja
Antología de poetas contemporáneas
AMOR
Poesía amorosa contemporánea
Amor se escribe sin sangre
Antología contra la violencia machista
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Al dar la vuelta al último recodo
aparece una niebla tan espesa
que apenas se distingue el alba del crepúsculo
pero tampoco importa demasiado.
Cuando la propia historia está bajo sospecha
y las guerras civiles, las proclamas
que marcaron la vida
no interesan a nadie.
Cuando el presente es un desbarajuste
y el carpe diem
el único valor que se cotiza.
Cuando el futuro ha dejado de existir
y todos los parientes
son parientes lejanos, queda el miedo
a que fueran mentira las certezas
y ahora Dios no se dé por aludido.
Bruscamente la tarde se ha aclarado porque ya cae la lluvia minuciosa. Cae o cayó. La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Jorge Luis Borges
Llueve, llueve sin tregua, por una vez parece que va en serio; lloverá sin parar hasta que no penetre en la conciencia ningún rayo de sol, hasta que los deseos se disuelvan en el suelo encharcado de mi parque donde se miran los columpios.
Hasta que ya no quede ni un lunar en tu cuerpo sin mojarse y regreses a casa chorreando.
Si partimos de la base de que el amor no es un acto voluntario y el desamor tampoco ¿por qué reaccionamos tan mal cuando se acaba? ¿Y por qué nos sentimos con derecho a que nos amen en la misma medida que amamos nosotros? Estar enamorado es un privilegio del que se disfruta muy pocas veces en la vida, incluso hay quien pasa por ella sin conocer ese estado de alucinación que de pronto pone de cabeza todos nuestros esquemas y manda los principios a tomar viento. Y si se tiene la suerte de compartirlo con el objeto de nuestro deseo, ya es para nota.
Por eso no entiendo que cuando llega el fin se eche en cara al otro lo que le hemos dado, más si desde el principio nos ha dejado claro que él -o ella- no está en condiciones de entregarse en la misma medida, porque no quiere o porque no sabe o porque no puede o porque no dispone de igual potencial. Le dimos lo que quisimos darle; es más, lo que necesitábamos dar porque nos iba a reventar algo por dentro, nos rebosaba por todos los poros del cuerpo y del alma y volcar toda esa energía amorosa en la persona amada nos hizo felices. El otro -o la otra- se limitó a recoger lo que le estábamos echando encima y, claro, a usarlo y disfrutarlo porque a nadie le amarga un dulce y, a su modo, también nos amaba. Pero fue libre de tomarlo o dejarlo y no pudo decidir amarnos porque eso no se decide, simplemente se siente o no se siente, de la misma manera que nosotros tampoco elegimos amarle.
Tengo para mí que en el dolor que deja una ruptura al miembro de la pareja más enamorado y por lo tanto más débil, hay también un componente de amor propio, de fracaso en el reto personal de enamorar al otro -¿que no me quieres? ya verás tú si me quieres o no; te vas a enterar de lo que vale un peine- de pérdida de nuestra autoestima como seductores. Y esa es precisamente la parte más sórdida de la historia, la que pone un fondo musical de tango o de ranchera, de agravios y traiciones; la que da lugar al rencor y a cuestionarnos si merecía la pena entregarse así. Si esta parte no existiera la cosa sería mucho más soportable, tendría la dulzura de la nostalgia, incluso sería placentero recordarlo y nos consideraríamos afortunados por haberlo vivido. Aunque no fuera eterno.
No sé a qué se debe esa especie de corriente que surge a veces entre dos personas a primera vista, sin que previamente haya habido ningún conocimiento, de la misma manera que se sabe, sin apenas datos, que con otras será prácticamente imposible una mínima conexión. No tiene que ver con la afinidad ideológica ni tampoco con la atracción sexual -se da iguamente entre rojos y azules, del mismo sexo o de distinto, homosexuales o heterosexuales- es algo mucho más sutil, relacionado quizá con la inteligencia emocional y la capacidad de empatía, que nos hace cómplices de alguien sin proponérnoslo. Es ese impulso que en una fracción de segundo, casi imperceptiblemente, dirige nuestra mirada a unos ojos y no a otros, tratando de sentirnos menos solos durante un instante, y esos ojos están ahí. Hablo de lo que llamamos "estar en la onda".
Cuando alguien está en nuestra onda la comunicación es muy fácil y muy gratificante, las palabras brotan con fluidez y se interpretan en su sentido exacto, al igual que la elocuencia de los silencios; el sentido del humor es parecido, la ironía se entiende en su medida justa y todo ello crea un espacio afectivo, acogedor y cálido. Es un vínculo espontáneo, no impuesto, en el que no influye ningún factor externo ni postizo y, por ello, eterno.
Decía antes que esta corriente no tiene que ver con la atracción sexual, pero a veces coincide o incluso la puede provocar, pues pocas cosas hay más eróticas que la palabra bien administrada, sexo oral lo llamo yo; digo que puede, no que ocurra siempre. Pero cuando se produce este milagro da lugar a la forma más perfecta de enamoramiento.
Independientemente de que ambos dos estén o no físicamente juntos, esta forma de amor es para siempre.
Cuando se lo encontró no ocurrió nada, si acaso una vaga emoción de espejo roto y un difuso deseo de matarle. Deslizaron apenas algún fácil cumplido y un beso en la frontera del recuerdo.
Con tanta nieve hubo que hablar del clima, con cuidado, eso sí, de no romper el hielo.
Y también de la crisis, política, trabajo, como si todo eso fuera la gran historia de sus vidas.
El juego de hacer versos> -que no es un juego- es algo parecido en principio al placer solitario.(Jaime Gil de Biedma)
No pretendo ser la repelenta niña Vicenta ni una maestra Ciruela de la cosa, pero sin ánimo de sentar cátedra, sí quiero explicar lo que para mí es la poesía y mi reverencia por tan sublime arte. Voy a intentarlo apoyándome en algunas estrofas de este poema de Gil de Biedma que, como saben los que me conocen, es uno de mis poetas preferidos.
Lo de "poesía eres tú" suena muy bien pero no es cierto. Poesía es lo que el poeta es capaz de expresar sobre tí -o sobre cualquier otro objeto- de tal manera que provoque en el lector algún tipo de emoción. Nótese que no me refiero a lo que el poeta sea capaz de sentir sino de expresar. Quiero decir que la poesía es el lenguaje que explica una emoción, no la emoción en sí misma. Quiero decir que la poesía no es el sentimiento, sino la herramienta para expresarlo. Despojado el concepto de cualquier tipo de sensiblería tirando a cursi como la inspiración, las musas y demás zarandajas, queda el simple hecho de que la poesía es un modo de trabajar con las palabras. Un modo, eso sí, capaz de despertar una emoción. Es cierto que los estados de ánimo exaltados, como el enamoramiento, el desamor, la tristeza cualquiera sea su causa o incluso la euforia, provocan una predisposición a "hacer" poesía, digamos que "dan ideas" al poeta. Pero eso no es suficiente. Una vez plasmada la idea sobre el papel o sobre la pantalla del ordenador -para que no se pierda cuando pase el instante que la ha producido- es necesario distanciarse de ella y trabajarla con el mimo de un orfebre de la palabra para dotarla de la profundidad y al mismo tiempo de la claridad y de la magia que consiga sacudir al lector. Cuando se empieza a escribir poesía -que casi siempre coincide con un momento de especial emotividad- el aprendiz de poeta suele dar por hecho que sus sentimientos son universales y, por lo tanto, suficientes para que el posible lector se identifique de inmediato con sus versos; sin embargo eso no es tan fácil. Para provocar en el lector esa sacudida emocional es necesario que se vea reflejado en el poema o al menos en un verso -a veces un solo verso es el que hace el milagro. El lector quiere reconocerse en un poema, no hurgar en la vida privada del autor, y para conseguir ese propósito hay que escribir de forma que el texto tenga un carácter objetivo en lugar de subjetivo, que sea extrapolable a las emociones del lector. En fin -y perdón por la manera de señalar- que no sea una masturbación sino un acto de amor entre el autor y el lector.
Luego está la tan traída y llevada técnica, que hay quien niega que sea necesaria e incluso quien abomina de ella por considerarla artificiosa y falta de espontaneidad. Gil de Biedma dice en el mismo poema:
Aprender a pensar en renglones contados -y no en los sentimientos con que nos exaltábamos-
tratar con el idioma como si fuera mágico es un buen ejercicio que llega a emborracharnos.
Supongo que en esto hay gustos y opiniones diversas; la mía, modestamente, es que la métrica y el ritmo -aparte del contenido, por supuesto- dotan al verso de la magia imprescindible. Aparte de que la métrica con frecuencia obliga a economizar palabras y eso casi siempre va en beneficio del poema, porque una cosa es ser claro y otra no dejar nada a la intuición del lector, con frases explicativas que tienen muy poco de poéticas.
Luego está el instrumento en su punto afinado la mejor poesía es el Verbo hecho tango.
Lo que importa explicar es la vida, los rasgos de su filantropia, las noches de sus sábados.
Y yo añado que las noches de los sábados hay que explicarlas en un lenguaje cotidiano e incluso doméstico. Que las palabras rebuscadas, altisonantes y pretenciosas visten el poema de cursilería y por querer ser original se cae en el más común de los lugares.
Y a pesar de que el juego de hacer versos acabe pareciéndose al vicio solitario, hay que intentar jugarlo con el lector y ganarle la partida. Hay que intentar enamorarle y eso nunca ha sido fácil.