jueves, 22 de abril de 2010

CUALQUIERA

Si pudiera guardarme para siempre
un instante cualquiera
escogería aquel que tú ya sabes
-entendiendo que podrías ser cualquiera-
y lo atesoraría
prensado entre las páginas de un libro cualquiera.

Porque hay ciertos instantes diminutos
silenciosos, discretos
de los que no se habla
ni merecen siquiera una mirada
pero quedan grabados como las cicatrices.

Y contigo -que puedes ser cualquiera-
yo he vivido unas cosas que ni te las sospechas
.

lunes, 12 de abril de 2010

PALOS DE CIEGO

Vivo a base de dar palos de ciego
y a veces el bastón no toca nada,
sino un aire cargado de vacío.

No hay un lugar más triste
que el estruendo de voces extranjeras
aturdiéndome el alma,
ahogando el eco de mis soledades.

Pero en este mercado
la tristeza no vende,
es preciso reír a toda costa,
bailar, tirar cohetes celebrando la vida
y ser feliz, por si esto fuera poco.

Con este panorama
una intenta agarrarse a las palabras
como último asidero
antes de despeñarse en el silencio.

Palabras que se adhieran a un saliente del muro
o en su defecto,
a un corazón perdido en la intemperie
que haga menos violenta la caída.

sábado, 10 de abril de 2010

EL PARTIDO

Como sabe cualquiera que me conozca un poco, estoy absolutamente embrutecida por el fútbol, lo que anula por completo mi interés por la poesía y cualquier otra manifestación cultural. Lo importante es lo importante. De manera que esta mañana me he levantado con la bufanda blanquimorada enrollada en el alma y, dado que no he tenido noticia fidedigna de que se le hayan partido las dos piernas a Messi -con una creo que no sería bastante- en un entrenamiento, aquí estoy dispuesta a soportar con dignidad el chaparrón de goles -y, lo que es peor, el cachondeíto culé en la mismísima Cibeles- que se nos viene encima a los merengues. Que la vida no nos dé todo lo que podemos aguantar.

En honor al evento he rescatado de un cajón de mi memoria histórica uno de los primeros poemas que escribí, allá por el pleistoceno, cuando todavía no sabía ni siquiera lo poco que sé ahora de poesía y técnica poética. La cosa salió sola, de tirón, un día como hoy, cuando una jovencísima prostituta que esperaba en un semáforo de la calle Capitán Haya a que terminara el partido y salieran los posibles clientes, se me acercó al coche en un semáforo a preguntarme cuánto faltaba y cómo iba el encuentro de marras.

Helo aquí, tal y como lo perpetré entonces:


Madrid, ciudad fantasma en noche de partido.
Está envuelta la calle en un silencio tenso
súbitamente roto
por el aullido ciego de la hinchada.

Junto a la luz cambiante de un semáforo
Marilyn se abriga levemente,
sin tapar casi nada,
torcidos los altísimos tacones
de niña disfrazada;
la melena de un rubio inverosímil
para cubrir las trenzas
que todavía se enredan en su alma,
los labios infantiles camuflados
de un excesivo rojo
para ocultar el miedo
que, también esta noche, la atenaza.

Son diecisiete años mal cumplidos
y media vida ya en Capitán Haya.

De cuando en cuando escucha
el gran rugido de cien mil gargantas,
y al volver la cabeza alguien le dice
que no hay nada que hacer:
quedan cuatro minutos, tres cero gana el Barça.

¡Cómo vendrán los hombres esta noche!
Cabizbajos, huraños,
no estarán para nada;
tendrá que recurrir a algún truco secreto
para intentar que levanten las... pancartas
y vuelquen en su carne
la rabia de ese gol que salió por la banda.

Ha amanecido ya, y de vuelta a casa
arruga en el bolsillo tres o cuatro billetes
que ha metido en su escote
alguna mano extraña.

Se cruza con un grupo de ninfas de uniforme
que huelen a colonia y a familia cristiana;
en la carpeta, bajo el brazo, llevan
la foto de Brad Pitt que ella contempla
clavada en la pared frente a su cama,
mientras la muerte esquía por la nieve
que penetra en su venas
y que a la misma esquina
la empujará mañana.

Se ha dormido abrazada a su peluche.
Un churrrete de rimmel mancha su almohada.

martes, 6 de abril de 2010

OJOS QUE NO VEN

No sabía si la gestación llegaría a término -es complicado a según qué edades- pero ya tenía pensado el nombre de la criatura; algo original y sugerente, que sirviera para ambos sexos y fuera atractivo.

Se le ocurrió en el metro. Le estaba dando vueltas al asunto cuando entró él y los golpecitos de su bastón blanco le hicieron levantar la cabeza. El ciego estaba ahí, cantando su gratitud a la vida que le había dado tanto, con una voz profunda y acariciadora y acompañándose por un instrumento parecido a una guitarra pequeña de cuatro cuerdas; cuatro venezolano, así le dijo que se llamaba. Por raro que parezca, el ciego le agradecía a la vida que le hubiera dado dos luceros que, cuando los abría, podía distinguir perfectamente no sólo el negro del blanco, sino también la dicha del quebranto. Cuando terminó la canción ella echó en su faltriquera todas las monedas que llevaba en el monedero; y es que el ciego cantor le había dado la solución.

Las cosas no son lo que parecen. Sin ir más lejos, todos los días le compraba el cupón a otro ciego que se situaba a la puerta del mercado. Se lo compraba a él porque era un ciego muy intelectual que siempre estaba leyendo, no revistas del corazón ni el MARCA, no; aquel hombre ciego leía libros gordos de autores de esos que los que entienden llaman de culto. Además de ser muy antipático y largarle el papelito de las cinco cifras con un gesto de hastío, como si le molestara que le hubiera interrumpido la lectura, nunca le había dado ni el reintegro; pero a ella le gustaba fisgar el libro que tenía entre manos. Esa mañana le había visto con el Ulises de Joyce y, claro, le compró toda la tira; pensó que si era capaz de entender el Ulises, seguramente tendría la clarividencia suficiente como para llevar el gordo del cuponazo colgado del pecho; debe ser que los ciegos pueden ver más allá que el común de los mortales.

Así que cuando oyó en el metro el clic, clic del bastón blanco y el Gracias a la vida, dio un respingo: ¡ya lo tengo! ¡Palos de ciego! Mi libro se llamará Palos de ciego. Ahora sólo me queda escribirlo.

Pero ocurrió que no le tocó el cuponazo, ni siquiera el reintegro; y además cuando buscó "Palos de ciego" en el google, enseguida apareció un libro de poesía con ese nombre. Y es que está todo inventado.

miércoles, 31 de marzo de 2010

TU NOMBRE


Hoy creo recordar que me gustaba
enredar con los dedos en tu pelo
sin embargo
no sé si era verdad
el ritmo de tu aliento,
si tus ropas olían a tabaco,
si tus piernas tenían la curiosa costumbre
de pegarse a las mías al quedarte dormido,
si existió alguna vez
la exacta geografía de tu espalda,
si el hueco de tu hombro se ajustaba
igual que un molde a mi perfil derecho...

Es que mi piel recuerda los detalles
pero ignora tu nombre.

sábado, 27 de marzo de 2010

REGALO

Te lo regalo todo.
La mañana sin horas
y la gota de escarcha que persigo
por el cristal helado.

El gorrión insolente que se empeña
en volver a inventar la primavera
cuando febrero engaña a los almendros.

Te regalo este día
que se abre a mis sentidos
aunque sé que hoy tampoco
lograré seducirle.

Te regalo la noche interminable
y el alba sin tu cuerpo
declarándose en huelga a mi costado.

La música que habita mi silencio,
los fantasmas que pueblan mis rincones,
la edad que me recorre todo el cuerpo,
la que soy, la que fui, la que no seré nunca.

No se me ocurre nada mejor con qué comprarte.
Nada más codiciable que el otoño
que no me hiela aún la piel del alma.

sábado, 20 de marzo de 2010

LA HORA DEL CREPÚSCULO

A estas horas
la luz ya no entra en casa y la tristeza
se tiñe de amarillo por los bordes
como una hoja caída.

Hay que vivir tan solo con lo puesto
porque anochece pronto y a tus ojos
ya no les queda tiempo
para volverse del color del agua.

Cuando amanezca
serán los sueños pólvora mojada,
esta vez sí, definitivamente.

viernes, 12 de marzo de 2010

LA HOJA ROJA DE D. MIGUEL

Ayer supe que en el librillo de papel de fumar de Delibes ya había salido la hoja roja y esta mañana, cuando me estaba poniendo el café, como siempre medio dormida, he oído en la radio la noticia: acababa de morir Miguel Delibes, uno de los grandes, de los más grandes escritores en lengua castellana, y tan castellana. Yo, que soy muy mayor, recuerdo allá por el paleolítico, ver a mi padre -que ahora tendría su misma edad- liar cigarrillos con papel de fumar; a mi padre nunca le salió la hoja roja porque se pasó antes al Chester, pero se murió de todas formas.

Miguel Delibes es uno de los principales culpables de mi adicción a la lectura y, lo que es peor, de mi pretensión de escribir y la frustración que me produce saber que este oficio hay que practicarlo aspirando a la excelencia, esa excelencia que sólo consiguen unos pocos elegidos como él, que, aunque su castellano viejo incurriera en el laísmo, podía permitirse ese lujo y hasta hacernos dudar de lo que es correcto.

Pero no es sólo su manejo de la lengua castellana lo que me sobrecoge, sino, sobre todo, su capacidad de transformismo, esa condición camaleónica que le permite reencarnarse en cada uno de sus protagonistas, ser al mismo tiempo el jubilado D. Eloy y Desi, su criadita adolescente; Daniel "El Mochuelo" y la Mariuca-uca, Azarías y Paco, el candoroso homicida Pacífico Pérez de Las guerras de nuestros antepasados o Carmen, la viuda burguesa que se pasó cinco horas frente al ataud de su difunto contándole todo lo que no le había dicho en vida, por citar sólo una pequeña muestra de los irrepetibles personajes que nos ha dejado. Imagino a todos ellos, turnándose para portar a hombros su féretro hasta el Olimpo de los dioses de las letras, mientras Azarías agita la mano musitando ...milana bonita....

Yo tenía diez años cuando publicó esa pequeña obra maestra llamada La hoja roja, y algo más, quizá quince, cuando mi madre me la dió para leer. Desde entonces -y ya ha llovido- viene mi dependencia de Delibes, estar esperando como agua de mayo la aparición de una nueva obra suya; la combinación de ternura -sin caer en la sensiblería de alguna otra novela de argumento parecido que no quiero nombrar- y pragmatismo que destilan esas pocas páginas nos acerca a la grandeza, no ya del escritor, sino sobre todo del hombre que ha sido capaz de escribirlas. Me dejó tal huella que la volví a leer cuando ya se me habían echado los años encima y esta vez la disfruté más si cabe. La saborée en toda su enjundia, que queda de manifiesto en la frase que pronuncia D. Eloy cuando pide en matrimonio a Desi: Tendrás estorbo por poco tiempo, hija. A mí me ha salido ya la hoja roja en el librillo de papel de fumar.

martes, 9 de marzo de 2010

EL BASTÓN

Hay quien mantiene que la edad no está en el cuerpo sino en el espíritu; que no pesan los años, pesan los kilos, decía un slogan publicitario de algún producto supuestamente adelgazante. Esas cosas se dicen por ahí, sin embargo tengo para mí que es fácil hacer ese tipo de afirmaciones cuando se tiene una salud aceptable y una autonomía suficiente para no depender de nadie, al menos en lo básico. Pero cuando uno no puede caminar si no es agarrado del brazo de alguien y, aun así, arrastrando los pies; cuando apenas ve con las gafas de lejos ni con las de cerca, cuando sólo puede comer purés o papillas porque la dentadura propia o la postiza no dan para más; cuando el cuerpo es un fardo de dolor ¿qué espíritu ni qué espíritu? Frases hechas que no significan nada. Lo cierto es que somos cuerpo y espíritu, o cuerpo y mente o cuerpo y alma, como queramos llamar a esa parte de nosotros que encierra el raciocinio. Pero el cuerpo cuenta, ya lo creo que cuenta. Hasta el punto de que la mente, el pensamiento, los intereses personales, están condicionados por el cuerpo. Y no sólo en lo que se refiere a la estética, que ya jode el descolgamiento general, la pérdida de la cintura, del brillo de la mirada, de la sensualidad de la boca, esos surcos que nacen en las aletas de la nariz y en las comisuras dibujando en el rostro la máscara triste del teatro; el código de barras en el labio superior, las patas de gallo que castigan la risa y la esclavitud del tinte para disfrazar la transformación de una brillante melena en un gorro de algodón; todo eso se podría soportar -con el consiguiente cabreo, claro- si por lo menos a uno no le doliera nada y sus facultades básicas mantuvieran un rendimiento admisible. Pero cuando a uno le falla todo, poco a poco se va metiendo dentro de sí mismo, pierde el interés por lo que le rodea y se dedica a mirarse el ombligo, a observar el avance de su deterioro y a compadecerse.

En esto de la aceptación o el rechazo de la vejez hay distintas posturas. Hay quien se lo toma como un proceso natural y lo asume con resignación, incluso dando gracias al cielo por haber llegado a ella, y hay quien se hunde en un abismo de soledad considerándose una víctima del destino. Estos casos son muy difíciles de manejar por los allegados porque no sirve ninguna palabra de consuelo, fracasa cualquier intento de ayuda; si uno trata de quitar importancia, malo -cómo a tí no te pasa... Si procura animar al anciano a que venza la tendencia a la inactividad, a que se mueva un poco, peor -no te das cuenta de que no puedo, no lo entiendes. Si uno busca soluciones de asistencia domiciliaria, tampoco sirve, sólo se valoran los inconvenientes. Y si uno ya se rinde y pasa, para qué queremos más. Hablo de personas ancianas lúcidas e inteligentes, que mantienen la voluntad intacta, con poderío, y se niegan a aceptar esa segunda niñez y delegar en la gente que les quiere. El bastón no es solo para apoyarse, es también un bastón de mando.

Luego hay otros casos, que no sé si son peores o mejores. Yo creo que preferiría -preferiré a no mucho tardar- ser consciente de mi situación y manejar el bastón a perderme en los vericuetos de la memoria; a que mi mente se hunda en la nube silenciosa y negra de la incapacidad de raciocinio. Pero eso no se elige y, en cualquier caso, no me gusta ninguna de las dos opciones. Así que voy a seguir fumando.

lunes, 8 de marzo de 2010

8 DE MARZO



















Te quisiera decir que yo conozco
el efecto letal de tu sonrisa
cuando la usas sin venir a cuento.

Ahora toca estar triste
y tú vas y sonríes sin pensarlo dos veces.

Sé que muchas mañanas,
dibujas con el dedo en el cristal
el rumbo previsible de una gota de escarcha,
sonríes y te lanzas a la calle.

No tienes que explicarme que no cumples
con los planes previstos;
sonríes y caminas
en sentido contrario al de la flecha.

Que hablas un idioma
para todas mis hijas,
para todas sus madres.
Y para las mujeres que ríen a deshora.