domingo, 27 de julio de 2008

LOS SANTOS VERANEANTES

Este puente de santos diversos siempre lo paso en Sigüenza. El desfile celestial y familiar ya empezó el día 16 con la Virgen del Carmen, marinera y patrona de la Marina y, desde hace dieciséis meses, representada en mi familia por la gorda, que ha robado el protagonismo a mi cuñada Mamen, se siente. Entonces estaba yo levitando a veira do mar, con la mente un poco obnubilada por las emociones y los sentidos en plena ebullición.

El 24 viene Santa Cristina, de la que sólo sé que nació en el siglo IV de la era cristiana, hija de un general pagano que la arrojó al mar con una rueda de molino atada al cuello por abrazar la fe cristiana sin pedir permiso; eso es educación para la ciudadanía y lo demás son mariconadas. También se celebra ese día Santa Aguamarga, de la que no dispongo de más fotos que la que guardo en mi cabeza del único día que la ví en carne mortal, pero que sigo pensando que fue una suerte encontrarla en la blogosfera, en la que ha dejado un hueco que sólo ella puede llenar y no pierdo la esperanza de que lo haga algún día.

Sé que para ella, como para mí, el protagonista del mes es Santiago, bajo cualquiera de sus nombres; en mi caso y en mi casa, se le conoce más por San Jaime; no pudo vencer con su espada a la muerte y, desde hace dieciséis años, el día 25 me acerco al cementerio bajo un sol de justicia y dejo un enorme ramo de margaritas. Este año han venido conmigo mi madre y mis hermanas y le han regalado claveles rojos y amarillos formando la bandera española, que para eso es el Santo Patrón. Ahora tenemos otro Jaime, el gemelo, que nunca le va a sustituir pero que también le quiero con un cariño nuevo; superó el kilo seiscientos con que vino al mundo y hoy se pelea con su hermana en igualdad de condiciones. Y es que esto del cariño es inagotable y se reproduce por bipartición, como las amebas.

El 26 tenemos overboocking, con Santa Ana y Santa Solateras; mi madre, mi hija y yo misma. Junto con San Joaquín -un recuerdo para mi Sabinita- es la santa de las abuelas; creo que estoy cumpliendo sobradamente con mi destino y, no digamos, mi madre que de momento tiene siete bisnietos y todavía le quedan muchos nietos sin estrenarse en esto de la paternidad/maternidad. Ese día ella es la protagonista absoluta y, a pesar de lo que diga, está estupenda y va a conocer a unos cuantos bisnietos más. Ayer nos invitó a cenar a Alcuneza y estaba guapísima presidiendo la mesa en una noche estrellada y cálida, gloriosa, de esas con las que a veces nos regala Sigüenza. Ojalá sigamos celebrando Santa Ana muchos años más, con la lucidez que ahora tiene y esa capacidad de ponerse en el pellejo de cada uno de sus hijos y comprender nuestros problemas, tan diversos y, sobre todo los míos, tan distintos a los que ella ha tenido nunca. Un lujazo de madre.

Hoy es San Aurelio, nombre romano y de fonética un poco antigua. Mi padre siempre presumía de que contenía las cinco vocales. Busco en internet la historia del santo de mi padre y me encuentro varias versiones; una dice que era un obispo armenio del siglo V, amigo de San Agustín y de San Ambrosio, los dos grandes doctores de la Iglesia, aunque del primero se cuenta que en su juventud fue bastante pendón. Otra versión le sitúa dos siglos después y dice que era un joven de Córdoba casado con santa Natalia y que ambos sufrieron persucución y fueron decapitados por no hacerse musulmanes. No sé, supongo que son dos santos distintos pero me pega más que el de mi padre sea el de Córdoba, porque era moreno de verde luna y ojos muy negros y daba muy bien en una foto que tengo en la que aparece vestido del moro Alifafez, en una representación de La Venganza de Don Mendo que hizo en la Escuela Naval. En cualquier caso lo que sí le cuadraba es lo de que su nombre viene de aurum que significa oro y no porque fuera dado al lujo, que era un hombre austero donde los haya, sino porque para mí era una joya aunque, si de algo me lamento, es de no habérselo dicho lo suficiente. Con mi hermano no lo tengo contrastado, pero cada una de sus tres hijas nos creemos que éramos su favorita, no sé cómo lo hizo. Qué piensen lo que quieran, pero yo sé que era yo.

El desfile de julio se acaba con Santa Marta y Santa Fajasruiz, el día 29. Marta anda por los mares del sur con el amor renacido de sus propias cenizas, que esta niña me mata con tanto sobresalto. Desde aquí un abrazo para Luisa y Manolo, que estoy encantada de recuperarlos como consuegros, y mi inmensa gratitud por su comprensión.
Fajasruiz, tan lejos de mí ideológicamente, es una tía lista con la que me lo paso muy bien cuando la veo, con un sentido del humor cáustico y mordaz y una pluma ágil y fresca. Me gusta su blog y además me entero de los ecos de sociedad seguntinos. San Ignacio, el 31, cierra el mes. También tengo un sobrino y además es el cumple de su padre, mi hermano. Y no me puedo olvidar de mi amigo Ignacio, alias "El Dúples" que no sé si es consciente de cuánto le tengo que agradecer que me invitara a su sesenta cumpleaños. Pues felicidades a todos y gracias por estar en mi vida.

A parte de los santos, el mes de julio ha repartido felicidad y dolor a manos llenas, quizá demasiado llenas. El amor que, cuando es de verdad, es el sentimiento más noble y el que nos hace más felices, también es el que más dolor nos puede causar. Y es que el amor es un lujazo que no está al alcance de cualquiera; por lo visto algunos no nos lo podemos permitir. O no nos lo merecemos, no sé.

domingo, 20 de julio de 2008

SUMMERTIME

El verano siempre tiene algo de irrealidad, de vida imaginaria, de despegar los pies del suelo y levitar levemente; pero esta vez la levitación ha llegado muy cerca de los cielos. Cuando las ondiñas veñen casi hasta el mismo pie de la ventana donde una duerme y sólo con abrir los ojos ve desde la cama un barco cruzando la ría en silencio, es muy difícil acordarse de las cosas tristes y de que la vida casi siempre nos enseña su cara más prosaica. Cuando se convive con la naturaleza en estado puro y sólo hay que bajar por unas rocas para tumbarse en una playa solitaria, de arena blanca y agua helada y transparente, que únicamente se comparte con unas cuantas gaviotas gritonas y algún tranquilo nudista, es muy difícil acordarse de que existe el Ministerio, precisamente, de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino donde una trabaja y que, encima, no tiene especial simpatía por las gaviotas. En realidad es difícil acordarse de casi todo, de los hijos, de los nietos, de la madre, de los amigos, de los enemigos -que digo yo que alguno habrá- de la cuenta corriente, de la política, de la crisis, de internet, del blog, de las directivas europeas, del partido socialista y, no digamos, de las gaviotas.

Porque es fácil llegar a creerse que la vida es eso: amar, dormir con el mar debajo de la cama, amar, dejarse acariciar por un sol tibio, amar, comer pescado y marisco, amar, caminar entre los hórreos y las callejas de piedra de Combarro, amar, tomar copas a veira do mar mientras una gaviota se instala en la proa de su barca roja y verde como un capitán, amar, sorber ostras en Arcade con el estremecimiento de una petite mort, amar, mirar como el sol cumple el ritual y se esconde despacito en su cuna de Cabo Home, amar, descubrir in fraganti a la luna cuando de madrugada se sumerge en el agua completamente desnuda, buscando a ese novio imposible que siempre le da esquinazo por el lado contrario del horizonte, amar, mirar a las Islas Cíes como dinosaurios dormidos. Y amar.

Y morirme de risa por dentro cuando un nudista me vino a pedir fuego, yo tumbada tan rídicula con mi bikini, y al incorporarme me encontré de sopetón con la proa a la altura de mis ojos. Le alargué el mechero muy seria, sin inmutarme, que esta cosa del naturismo es así, pero al día siguiente volví a la misma playa.

Y ver a Jose y Marga, que los quiero y siempre los llamo cuando voy por allí y contarnos nuestras vidas, recordar cuando éramos jóvenes y hacer muchas risas. Y tenerlos un poquito de envidia porque llevan treinta y siete años juntos y se quieren mucho y han podido con todo, que no ha sido poco. ¡Qué bien elegiste, jodío!

Creo que en algún momento he visto en la tele de cualquier bar, mientras me metía en la boca un trozo de pulpo recién hecho o una xouba, el indeseable rostro de un tal De Juana y sólo he pensado un instante ¡qué hijodeputa! pero ni siquiera lo he dicho en voz alta.

Ayer por la noche miré por última vez la silueta de las rocas recortarse contra la luz blanca, un poco triste, de la luna reverberando en el mar.

Y bueno, que ya estoy aquí; y que mañana, si algún dios misericordioso no lo remedia, entraré por la puerta del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino que, pese a ese nombre tan bucólico, no deja de ser un Ministerio. Y que volveré a comer como las personas en lugar de como los dioses. Y que la luna en mi calle nunca se queda completamente desnuda.

viernes, 11 de julio de 2008

...Y BUENO...


...pues eso...
...pues que me voy.

Hasta la vuelta. Sed felices.

martes, 8 de julio de 2008

IRINA PALM

Ví la película en el cine el año pasado y me quedé con ganas de más. Se me hizo corta, pensé que esta película la tenía que volver a ver despacio, repitiendo escenas, saboreando cada diálogo y cada gesto. Ahora, gracias al e-mule, y al fastuoso reproductor de DVD que me regalaron mis hijas por mi cumple, la he vuelto a ver pirateada; yo sola en casa, con un gin-tonic y una cajetilla de L.M. Y ha sido un verdadero placer. He oído en la radio que los americanos quieren cortar internet a los que hagan mal uso, es decir, a los que pirateen más de la cuenta, como si se pudieran poner puertas al campo. Usted robe, pero con moderación.

Para los que no la hayáis visto, se trata de una pequeña gran película, de esas de bajo presupuesto que hablan de seres humanos, de personas reales, que son las que a mí me gustan. Una producción por las que merece la pena que el cine europeo siga existiendo; y siga siendo así, cine europeo, sin grandes alardes técnicos, sin efectos especiales; solamente contando historias en las que el efecto más especial es la vida.

Maggie es una abuela, de mi edad más o menos. Una maruja que vive de su pensión de viudedad y que no sabe hacer otra cosa que ir al mercado, limpiar su casa, planchar y coser la ropa. En una situación límite -un nieto muy enfermo- necesita pasta para quemar un último cartucho, una última posibilidad de salvar al niño. Y el único modo que encuentra es prostituirse; una modalidad de prostitución ciertamente novedosa, en la que los clientes no ven a la trabajadora y ella sólo ve -y trabaja- una parte muy concreta de los clientes. Vamos, que la película deja el mensaje de que masculinidad es sinónimo de genitalidad y, por lo tanto, a los tíos se les pilla por los bajos, algo que me parece un insulto y yo me niego a aceptar. Pero eso es un debate que merece un post entero. También sugiere que todo el mundo tiene su precio y que no somos conscientes de las habilidades que podemos llegar a desarrollar en caso de necesidad.

Con este planteamiento tan simple, la película despliega un muestrario de miserias y grandezas humanas, de prejuicios y de mitos caducos que yo no creo que llegue a verlos desaparecer de nuestra cultura. Maggie -Irina Palm de nombre artístico- realiza su trabajo con la misma frialdad, la misma rutina e idéntica falta de culpa que podría tener una asistenta por horas; decora su "despacho" con objetos personales, unos cuadritos y una flor de plástico, se pone una bata de limpiadora y al tajo.

Los infiernos familiares, las difíciles relaciones suegra-nuera, las tensiones de una pareja joven sobrepasada por las circunstancias, el deterioro que a veces sufre el amor cuando se encuentra en situaciones críticas. La intransigencia hipócrita de la sociedad ante las debilidades sexuales, los tabús anacrónicos del sexo. El rechazo del hijo a aceptar el dinero cuando se entera de su origen y los insultos tópicos que dedica a su madre. Me pregunto si la habría tratado de la misma forma en el caso de que el dinero lo hubiera obtenido, por ejemplo, cobrando comisiones a empresas inmobiliarias.

En fin, que esta película pone encima de la mesa todas las aristas de la realidad, las desmenuza y las trata con ironía, ternura y sentido del humor.


Para mí ha sido también el descubrimiento de Marianne Faithfull, un pedazo de actriz y cantante de mi generación -novia en su juventud nada menos que de Mick Jagger, cuando ya era Mick Jagger- a la que incomprensiblemente yo no conocía. Lo que me hace pensar en la cantidad de cosas que me he perdido y las que todavía me quedan por descubrir. Marianne Faithfull que, según se aprecia en la foto, es o fue una bomba de sensualidad, interpreta magistralmente a una mujer madura y convencional en sus formas, gorda, anodina, físicamente abandonada y carente de la más mínima sofisticación. Lo que se entiende por una maruja que, sin embargo, se salta todas las reglas cuando un motivo importante lo requiere. ¿El fin justifica los medios? Esa es la eterna pregunta.

Miki Manojlovic, un actorazo al que tampoco conocía, encarna al dueño del negocio; un chuloputas tierno y sentimental que además está como un queso. La película deja abierta una puerta a la esperanza, porque muestra que el amor y la buena gente pueden esconderse en cualquier sitio, incluso en el más sórdido. Si no la habéis visto, haceros con ella. A piratear tocan.

domingo, 6 de julio de 2008

YES, I CAN

Tenía las dos persianas de la cocina derrumbadas, se conoce que de tanto subirlas y bajarlas con este ajetreo de los calores; de manera que esa penumbra de la que hablaba el otro día ya se había quedado para siempre en mi cocina; además era una penumbra desvencijada y al bies que no producía melancolía ni nada, sino una sensación de abandono y de ruina doméstica que me ponía de mal café. Así que hoy, que tenía todo el día por delante sin nada que hacer, he sacado al persianero que llevo dentro y me he dicho ¡a por ellas, que tú puedes! La teoría era fácil: sólo había que desatornillar dieciséis tornillos, quitar las tapas, subir los rollos de persiana y apoyarlos en sus correspondientes soportes, volver a poner las tapas y ¡ale, hop! persianas arregladas. En total he calculado una media hora, minuto arriba o abajo. Bien, pues he empezado a las once en punto de la mañana y he terminado a las cinco y media de la tarde, sin comer; dos horas más que la final de Wimbledon que ha ganado Rafa con mil sudores ¡qué dos monstruos en la pista!

Yo también he ganado mi particular partido contra las putas persianas, pero me he quedado para que alguien me tirara al contenedor de residuos sólidos orgánicos más cercano, mucho peor que Rafa Nadal que sólo ha llorado un poco. Me duelen las manos, tengo los brazos llenos de cardenales y me he clavado el destornillador en una uña. Los dieciséis tornillos estaban fosilizados, petrificados en una capa de pintura que no dejaba ver ni la ranura para meter el destornillador. Aflojarlos todos me ha costado dos horas y cuarto, más o menos. Cuando por fin he conseguido quitar las tapas, me he encontrado dentro un desastre total. La tabla vertical donde van los soportes en que se apoyan las barras estaba literalmente desintegrada, era un amasijo de serrín imposible de aprovechar; eso sí, el úníco trozo entero estaba fijado al suelo del hueco por unas escuadras metálicas con sus correspondientes tornillos. Y ahora qué hago, he dicho creo que en voz alta, aunque estaba completamente sola. No voy a poner las tapas, con lo que me ha costado quitarlas, y dejarlo igual, como si fuera un cirujano que se encuentra una metástasis y vuelve a cerrar la tripa. Así que he invertido otra media hora en desatornillar las mencionadas escuadras metálicas y subir la aspiradora para quitar el serrín y la mugre milenaria que se escondía en el hueco. Luego me he puesto al trabajo fino; tenía que fabricar otra tabla con los soportes para apoyar las barras y atornillarla al suelo con las consabidas escuadras. La suerte estaba de mi parte y en el trastero he encontrado un trozo de madera que me podía servir. Mientras veía los primeros raquetazos de Rafa y de Federer -impresionantes- he construido la pieza con mil trabajos, porque los tornillos no entraban ni p'a diós. Me he convencido de que soy una débil e indefensa mujer -mayorcita, encima- que en lo tocante a fuerza física no doy la talla. Pero a burra no me gana nadie. Quedaba lo peor. Con la pieza de ingeniería fabricada -ya eran las cuatro- me he vuelto a subir a la escalera para clavarla en su sitio. No sé ni cómo lo he conseguido, porque ahí dentro no me cabían las manos ni las herramientas, no tenía sitio para girar el destornillador, con el rollo de la persiana caido; entonces ha sido lo de la uña; con el dedo machacado y soltando juramentos, he fijado la tablita con los soportes. Bueno, esto está hecho, me he animado a mí misma, ya sólo queda colgarlas. Imposible levantarlas. Reuniendo todas las fuerzas que me quedaban, apenas conseguía elevar el rollo un centímetro y el soporte estaba casi a diez del suelo, todo esto con los brazos hacia arriba, que ya me dolían los inexistentes biceps. Ayudada del martillo y metiendo debajo un bote de pintura que he encontrado por ahí, una cacerola y un rollo de papel higiénico he ido haciendo palanca y levantando poco a poco el peso muerto de las persianas, primero de una ventana y luego de la otra por el mismo sofisticado procedimiento, viva la tecnología, y...¡¡¡las he colgado!!!. No me lo podía creer, pero subían y bajaban. Tras varios amagos de caerse las tablas en mi cabeza, he vuelto a apretar los dieciséis tornillos -ya me daban calambres en las manos- y me he bajado de la escalera. Cuando me he mirado en el espejo, estaba tiznada de arriba abajo, el pijama -porque estaba en pijama- gris marengo en lugar de blanco, la cara llena de churretes; las manos destrozadas y doloridas, con las uñas como las de un carbonero y los brazos negros hasta más arriba del codo. Después de ducharme, lavarme la cabeza y ponerme ropa limpia, he recuperado la apariencia humana, más concretamente de mujer, pero he visto que los brazos seguían llenos de manchas; eran cardenales.

A todo esto el reloj marcaba las seis y media y creo que he comido algo, no me acuerdo qué. Me he tirado en el sofá a ver los dos últimos capítulos de "Vientos de Agua", una serie magnífica que me ha recomendado Pitoya. Yo nunca lloro en el cine porque, no sé, me parece que ya lloramos en la vida lo suficiente, pero hoy estaba tan cansada y tan rota, que me han empezado a caer unos lagrimones y unos sollozos tremendos que no venían de la película, sino de quién sabe qué etapa de mi vida, o a lo mejor de todas juntas, las que me han llevado a estar hoy aquí, sola en mi casa arreglando unas persianas. Porque he comprendido que no es que nos vayamos dejando trozos de la vida por ahí, sino que todo se nos va quedando dentro; todas las contradicciones, todos los errores, todas las veces que nos hemos encontrado con el amor, todos los desamores, todos los fracasos, todos los dolores, todos los encontronazos con la muerte; y, contra pronóstico, nos empeñamos en vivir, como yo con la persiana, por encima de la muerte, a pesar de la muerte. Pero cada pequeña historia que vivimos nos deja un surco abierto que no se cierra nunca. Y de repente un día, que estamos cansados o solos o las dos cosas, vuelven un montón de fantasmas al mismo tiempo, empujándose unos a otros y reventamos en unos sollozos que no vienen a cuento.

Lo de Rafa Nadal ha sido épico.

sábado, 5 de julio de 2008

OTRA VEZ ¡¡¡FELICIDADES!!!

Definitivamente, soy más noctámbula que Drácula. Llevo todo el día arrastrándome, deseando llegar a casa y tirarme en el sofá, quedarme frita viendo una peli y llegar a tientas hasta el catre. Sin embargo ahora, casi es la una de la madrugada y tengo los ojos como un buho.

Pero además tengo motivos para escribir un post. Y es que
hace justo un año estaba yo en una reunión, conspirando para dar caña al aparato de mi agrupación socialista, lo que pocos días más tarde me costó la dimisión de mi cargo -más bien carguillo- de secretaria de mujer e igualdad, cuando sonó mi móvil. Era Jesús para decirme que Sara estaba de parto, así que dejé colgada la política y me fui, cruzando Madrid de punta a punta, a la clínica Belén. No se puede estar en todo y lo primero es lo primero.

Hoy recordábamos Sara y yo que Almudena nació muy enfadada, encima de embolsarse 2.500 euros sólo por venir al mundo; fue de las primeras que lo cobraron. Yo no sé si es que le parecía poco o es que preveía la que nos iba a caer encima, sólo unos meses más tarde; el caso es que lloraba y lloraba a grito pelado, que yo no he visto a ningún bebé berrear de manera semejante.

Ahora está como véis. Una preciosidad con unos ojazos azul turquesa que quitan el sentío -no es por nada, pero merece la pena pinchar la foto- que todo el rato están muy abiertos, mirando a su alrededor y preguntándose qué demonios es este perro mundo. Pues eso, que menuda panda tengo.

¡¡¡Felicidades, Almudena!!!

jueves, 3 de julio de 2008

LA CASA EN PENUMBRA

Una de las ventajas de mi casa es que entra el sol a raudales pero con estos calores la única forma de sobrevivir es tener las persianas bajadas durante el día y levantarlas cuando ya sólo puede entrar la luz lechosa de la anochecida. Con lo cual vivo instalada en una especie de noche suave y continuada, muy propicia a la melancolía. Además es tiempo de descuento, días como de rebajas, que no tienen más sentido que el de pasar, sin pena ni gloria, en espera de las vacaciones, que están ahí, a la vuelta.

Mi madre ya se ha ido; sus veranos siguen siendo largos como cuando entonces, que nos íbamos el día de San Pedro y volvíamos a principios de octubre y daba tiempo a echar raices, a organizar otra vida mínimamente estable, sin andar como ahora con las maletas a cuestas cada semana. Era una pequeña vida dentro de la grande, pero completa en sí misma, con su cotidianeidad y su rutina. Ahora ya no son tres meses porque no se puede quedar sola, pero como mi hermana es de la enseñanza, tiene más vacaciones que el común de los mortales, con lo que sus dos mesecitos en Sigüenza no se los quita nadie. Ella, como siempre, va como al matadero porque no se resigna a no poder dar sus paseos por el pinar y a depender de que la lleven y la traigan. El otro día me contó Maria Pilar, que la llamó por un asunto de intendencia doméstica, que al preguntarle cómo estaba, le contestó: fatal, hija, me estoy muriendo. Así, como suena, le dijo literalmente que se estaba muriendo. Yo me pillo unos globos descomunales con estas cosas, porque es que no hay derecho, le va a pasar como al del cuento ese de que viene el lobo.

Sara también es de la enseñanza, con lo que mis nietos Paloma, Marcos y Almudena se van dentro de unos días a Santander con los otros abuelos y mi hijo se queda aquí de rodríguez como un pringao. En cambio los gemelos, como los pobres no tienen padres de la enseñanza, siguen en la guardería todo el mes de julio. Siempre ha habido clases, Samotracia.


Con todo esto yo me voy quedando sola, eso sí, sin el stress habitual, pero un poco perdida en la penumbra de mi casa; el tiempo está suspendido entre las partículas de polvo que flotan dentro de los rayos de sol, se cuela por las rendijas y se pone cómodo en el salón a escuchar música.

Y es que el tiempo es extrañamente elástico. Si miro hacia el futuro se estira, se estira y me invade un miedo atávico, un cansancio infinito para afrontar lo que queda por llegar. Sin embargo el pasado se encoje, todo ha ido tan deprisa...ayer mismo era una adolescente al principio de julio con tres meses ante mí llenos de promesas y, sin saber cómo, casi estoy acariciando la jubilación. La vida -y la muerte- me ha caído encima y me ha dejado aplastada como en los dibujos animados. Pero luego, también sin saber cómo, vuelvo a renacer y a tomar forma humana, como si mi propia sombra regresara con ganas de guerra desde algún recoveco de la memoria. Y otra vez creo que existe la felicidad y que soy una abuela, sí, pero no sólo una abuela; también ahora los veranos pueden estar llenos de promesas.

lunes, 30 de junio de 2008

PI, PI, PIPIPI

Puedo buscar en el google las fotos de la victoria que publican los periódicos esta noche y poner aquí una mucho más lucida, pero me apetece poner esta tan mala que he sacado con el teléfono al llegar a mi casa después de pasar el fin de semana con los niños de Jesús y Sara, para que ellos se fueran a Paris, que es de donde vienen los niños. Espero que hayan tenido la sensatez de no traerse otro -el cuarto- en la maleta.

La Plaza Elíptica es una plaza con fuente que está casi en el extrarradio -un poquito más allá ya es la carretera de Toledo- pero ahora mismo está tal como Cibeles, con la gente envuelta en la bandera y bañándose en la fuente. Casi mejor, porque aquí no hay vallas ni policías y el personal se desmadra a placer. He aparcado el coche y, sin subir a casa, me he acercado sola hasta la plaza, que está a dos pasos. Los claxons dialogaban con toques cortos y repetidos -pi, pi, pipipi- y yo tenía muchas ganas de abrazarme con alguien. Y no sé por qué me he acordado mucho de Jaime, que ahora tendría veinticuatro años y andaría por ahí dando saltos en Colón o en Cibeles y llegaría a casa completamente pedo quién sabe a qué hora. Cuando uno se olvida de la crisis, del plan Ibarretxe y de su puta madre y se deja llevar de la euforia colectiva, y se le llena el corazón de una alegría visceral, que nace de las tripas, que no atiende a razones económicas ni políticas, simplemente se envuelve en esta felicidad efímera e irracional, echa de menos a los que no están. A los que no estarán ya nunca más y a los que no están hoy, en este preciso momento irrepetible. Pero está bien ser feliz un rato y con cosas pequeñas. Porque no todo es tan transcendente ni tan profundo. Hemos ganado, demonios, somos campeones, y lo demás esta noche no importa. Y hay una bandera inmensa que nos une y nos tapa las penas por un rato.

Mi barrio, lo he dicho muchas veces, es un barrio obrero y plagado de inmigrantes. Hoy en la Plaza Elíptica había muchos sudacas y muchos negrazos y también algunos chinos envueltos en la bandera de España; y se les han mojado los papeles cuando se han metido en la fuente junto a los españoles proletarios de Usera para gritar ¡¡¡campeones, campeones!!!, como si no existiera la puta directiva de retorno, porque viven aquí y aquí han puesto sus sueños. Y hoy también han ganado la eurocopa.

Por mi ventana siguen entrando los claxons -pi, pi, pipipi- y yo me voy a la cama sin pensar en la crisis, ni en el referendum de Ibarretxe, ni en su puta madre.

lunes, 23 de junio de 2008

EL TELEGRAMA

Las visitas a casa de mi madre, cuando no hay partida de bridge, se convierten en una especie de sesión de psicoterapia entreverada de disquisiciones filosóficas e incluso teológicas, que una sale de allí con la cabeza echando humo. Mi madre tiene unos ochenta y seis años inteligentes y lúcidos; elegantes, con una belleza que el tiempo ha trabajado a golpe de cincel y muy mal asumidos. De joven ha sido una mujer fuerte, enérgica, autoritaria, muy activa y con unos esquemas mentales modernos para su época, en cuanto a que siempre ha tenido una relación con su marido -es decir, mi padre- de igual a igual, en la que no había elemento dominante ni sumisión. Quiero decir que mi madre ha sido siempre una mujer con un par. Además la naturaleza la dotó de belleza, salud de hierro y un físico resistente a envejecer como si hubiera bebido algún misterioso elixir. Aunque entre los dos sólo había una diferencia de edad de pocos meses, en varias ocasiones tomaron a su marido por su padre. Tengo una foto suya con mi hija Ana recien nacida en brazos, cuando contaba cincuenta y tres años en la que puede pasar por la madre de la criatura, una madre joven.

Es una persona que no responde a los tópicos aplicables a una mujer de su generación y de su entorno social -madrileña, del barrio de Salamanca, hija y esposa de militar- pues aunque es muy religiosa y tradicional para sí misma, sabe ponerse en el lugar de los que no lo somos, no se escandaliza de los nuevos modos de vida que llevan muchos de sus nietos, no pretende imponerles el suyo ni nunca ha intentado que representaran ningún paripé por aquello del qué dirán. La hipocresía no va con ella.

A sus hijos, siempre nos ha sido imposible tener secretos con ella ni ocultarle ningún problema o preocupación, dispone de un radar infalible para detectar cualquier sombre de tristeza en nuestros ojos o la más mínima inflexión de nuestras voces, incluso por teléfono. Y no se pueden echar balones fuera o disimular porque ella indaga, nos somete al tercer grado hasta que acabamos desembuchando.

La vejez no le llegó de forma paulatina sino que le cayó encima de golpe y porrazo, hace menos de quince años, cuando ya viuda se le presentó un cáncer de colon y descubrió que no era inmortal. Yo creo que entonces lo descubrimos también todos sus hijos. Su coquetería llegó al extremo de prohibir al cirujano que le realizara la pertinente colostomía aún en el caso de que fuera inevitable y hacernos prometer a nosotros que lo impediríamos a cualquier precio; afortunadamente la operación salió con bien y sin la temida bolsita. Pero a partir de entonces no fue la misma: la intervención acarreó secuelas que no voy a detallar, pero que le producen dolores y molestias digestivas importantes cada cierto tiempo. Además le empezaron a aparecer pequeños achaques de otra índole que fueron afectando a su movilidad y por lo tanto a su independencia. Ahora es una anciana octogenaria que se mantiene mejor que muchas de su edad y peor que algunas, que tiene la cabeza perfectamente lúcida y que lleva fatal necesitar un bastón o un brazo en el que apoyarse para caminar por la calle; pero que todavía vive sola y se niega en redondo a meter a nadie en su casa; que conserva intacto su poderío y es imposible de manejar. Y que, como decía, no ha asumido su edad ni sus limitaciones; se queja sin parar de sus achaques -que en su opinión son lo peor del mundo- y nos trae a todas de coronilla; yo la llamo todos los días con la esperanza de que me diga, pues sí, hija, hoy me encuentro bien, pero nunca lo consigo.

Todas las semanas voy a verla; si hay partida, jugamos, que la entretiene mucho y dice que le mantiene la mente activa, que el bridge es juego de mucho pensar. Pero si falta alguna jugadora y no hay partida, entonces la conversación siempre versa sobre lo mismo: la vejez, la enfermedad, la muerte, el más allá. Un repaso absolutamente desenfocado e injusto en el que sólo cuentan los aspectos negativos de una vida en la que, lógicamente, ha habido de todo pero que cualquiera firmaría. Entonces vienen las disquisiciones sobre si la vida merece o no la pena, sobre la fe, sobre si hay algo luego o no lo hay. Tiene miedo, lo ve cerca y tiene miedo. Yo le digo que miedo de qué, que ha sido una buena persona y que ese Dios en el que cree no le va a hacer una faena. Me dice que miedo a lo desconocido. También me dice que ella no concibe que no exista nada al otro lado, que para qué es esta vida si no hay nada; yo en cambio opino que esta vida se justifica por sí misma y que no necesita nada más para tener sentido y ahí nos enredamos, ella que sí, yo que no, sin que ninguna de las dos tengamos datos fehacientes porque nadie ha vuelto para contarlo.

Yo suelo terminar el asunto diciéndole que a mí me da igual, que si hay, bien y si no, también. Que yo -que he sido mucho más mala que ella- estoy tranquila porque no creo merecer pasarme la eternidad recibiendo tizonazos, así que ella menos. Y que si me tengo que disolver en la nada, pues tan ricamente. Que, como dice Javier Krahe, la muerte no me llena de tristeza, las flores que saldrán de mi cabeza, algo darán de aroma. Y la pobre se lo traga sin rechistar.

Siempre acabamos mirando fotos de cuando entonces, de cuando ella era joven y nosotros niños y luego jóvenes también. De mi padre en la Escuela Naval, de mis abuelos, de una vida larga. Me enseña las cartas que guarda de mi padre, atadas con cintas y perfectamente clasificadas por fechas. Cuando yo nací mi padre estaba embarcado y me mandó un telegrama, a mí, a mi nombre que aún no tenía. Hace mucho tiempo que le llevo reclamando el telegrama, que es mío, y siempre se ha negado a dármelo. El viernes pasado me dijo: te voy a dar una cosa que sé que quieres tener. Y me dió el telegrama, pinchando en la foto se ve muy bien. Es muy cortito, sólo dice: VIVA LA MADRE QUE TE PARIÓ.

jueves, 19 de junio de 2008

EL CARNET

Las palabras de la foto son de Pablo Iglesias y aparecen en la parte posterior del carnet del Partido Socialista. Pero el carnet es un pequeño rectángulo de plástico rojo que casi nadie lleva encima y nunca se mira; de hecho yo misma lo perdí una vez que me robaron el monedero en el metro y no me preocupé de reponerlo. A lo mejor quien me lo robó leyó estas palabras, aunque seguramente sería un jodío inmigrante que ni siquiera entendería mi lengua; mejor, porque de haberla entendido se habría quedado muy tranquilo pensando que en España había un partido político dispuesto a llevar a todas partes el espíritu de la justicia, empezando por las instituciones europeas.

Yo creo que los eurodiputados del Partido Socialista Obrero Español hace mucho tiempo que no miran su carnet o igual es que también se lo robaron en el metro, si es que saben lo que es eso -¿hay metro en Estrasburgo?- de camino al curro en el Parlamento Europeo.

De todas formas voy creyendo que para defender el espíritu de la justicia no hace falta ningún carnet, es más, a veces estorba. Porque una siente vergüenza de pertenecer a esta nueva Europa que eleva a la categoría de Ley la existencia de personas de una condición inferior a la suya, a las que se puede mantener detenidas durante dieciocho meses sin intervención judicial y sin ninguna acusación. Y una, que se ha caido de un guindo, sale a la calle con cuatro desharrapados tocando el tambor para protestar por semejante atropello, reenvía e-mails a la gente que cree que se moja; dentro de sus escasas posibilidades, grita, se cabrea, revuelve Roma con Santiago, para que luego los erodiputados que dicen representarla rechacen las enmiendas que intentaban rebajar mínimamente la dureza de la Directiva y den su apoyo a un texto vergonzante.

Pertenecer a un partido político no es ningún chollo, sobre todo cuando uno no lo hace por medrar ni por ocupar ningún sillón. Es algo que roba tiempo, que exige una cierta dedicación, que moralmente obliga a implicarse un poco más allá del voto y que proporciona más disgustos que satisfacciones. También obliga, de cuando en cuando, a tragarse algunos sapos, si bien debidamente condimentados en salsa electoral. Pero esto no es un sapo, es un dinosaurio de carne dura y putrefacta que no hay guiso que lo ablande y que va a ser una bomba para mi salud mental, para mi ética e incluso para mi estética, que la cara de gilipollas que se me ha quedado no es para descrita.

Una, insisto, puede comerse algún que otro sapo tapándose la nariz si el conjunto del menú le parece medianamente nutritivo y saludable para su país. Pero si la base del guiso, el fundamento y la sustancia del plato no es auténtico, no hay quien se lo coma.

Así las cosas, creo que mi decisión está clara. Voy a devolver ese inexistente carnet que me robaron un día en el metro, seguramente un jodío inmigrante.