lunes, 25 de enero de 2010

COMBIEN DE TEMPS ENCORE...

Combien de temps...
Combien de temps encore
des années, des jours, des heures combien?
Quand j'y pense mon coeur bat si fort...
Mon pays c'est la vie.
Combien de temps...
Combien


Algunas veces me quedo perpleja cuando pienso en el poco tiempo de vida aceptablemente vivible que tengo por delante; la esperanza de vida de las mujeres en España es de poco más de ochenta y tres años, por lo tanto, si las matemáticas no mienten, yo ya he recorrido los dos primeros tercios de esa carretera que se desplegó exclusivamente para mi uso y disfrute hace un tiempito y el último lo llevo bastante avanzado. Sin embargo en muchas cosas estoy como sin estrenar. No me refiero a mi incultura que, por supuesto, es enciclopédica en demasiados ámbitos, sino a cómo me siguen sorprendiendo mis congéneres tanto por sus grandezas como por sus misierias. Me asombra la infinita capacidad de entrega, de renuncia, de abnegación, en definitiva de amor que poseen algunas personas, en la misma medida que me sobrecoge la maldad que pueden llegar a atesorar otras. O, lo que es más raro, las mismas. O yo soy muy cortita o el ser humano es una caja de sorpresas absolutamente imprevisible. En ocasiones me siento tan perdida como cuando era una adolescente, con los mismos miedos pero también idéntica curiosidad y, por raro que parezca, miro mucho más hacia delante que hacia atrás; quiero decir que el presente y el futuro -aun sabiendo que es corto- me fascinan mucho más que el pasado.

Tengo infinidad de preguntas sin resolver y cada día me asaltan otras nuevas, mi ignorancia no tiene límite; además creo que volvería a cometer los mismos errores que cometí en su momento si me volviera a ver en las circunstancias en que me ví; me hacen daño las mismas cosas que antes y la injusticia todavía me estremece; y es que no he aprendido nada.

Siempre tengo un libro a medias, acabo uno y empiezo otro, pero los que he leído a lo largo de mi vida representan una milésima parte de los que merece la pena leer. Y lo mismo puedo decir de los lugares que he conocido, que son muy pocos y además he transitado por ellos como una vulgar turista, sin tener ocasión de intercambiar casi nada con otras gentes y aprender otras formas de vivir. Me acuerdo muchas veces de mi abuela, que siempre quiso conocer Santiago de Compostela y murió sin conseguirlo ¿por qué no la llevaríamos nunca?

La vida a veces se hace larga pero es una sensación engañosa que tenemos cuando estamos jodidos porque, en realidad, es cortísima; pasa en un pispás y no da tiempo a terminar de vivirla.

Y sí, como dice Serge Reggiani en esta canción, mi país, mi patria es la vida. Mi país, mi patria son mis hijos y mis nietos, mis amigos y mi madre, mi pareja y toda la gente que amo. Mi país, mi patria, son mis recuerdos de Jaime y de mi padre y todas las emociones que he vivido. Y mi país, mi patria son todas las que aún me quedan por vivir. Pero ¿cuántas...?

lunes, 18 de enero de 2010

HE ARREGLADO TU CUARTO

La niebla envolvía la carretera y el coche avanzaba a tientas por esas curvas tan conocidas, que ya se sabe de memoria el camino a tu rincón. He ido con niebla, con nieve, con lluvia torrencial, con tormentas de granizo y con el sol implacable de julio. He atravesado el mismo paisaje con muy distintos atavíos -blanco de hielo y escarcha a veces, otras estallando en verde jugoso y refrescante; también algunas sediento y resquebrajado y muchas como ayer, con ese manto vaporoso tan elegante- para acabar siempre allí arriba, con el ramo de flores a cuestas. El gitano que me las vende me regala unas pocas desde que sabe que son para ti. Antes de que terminen de abrirse las seca el calor o las hiela el frío o la lluvia las deja lacias y como tristonas, pero yo las dispongo con el mismo cuidado que si fueran a durar toda la vida; he aprendido a hacerlo muy bien en estos diecisiete años, me queda precioso, parece una tarta de nata o de fresa según el color. O de nata y fresa. Luego coloco el tiesto junto a tu nombre para que quede claro que son tuyas.

Al salir le dejo un clavel a Marcos y me voy despacio, respirando el aire del pinar. Siempre el mismo rito. Bajo a los bares y me encuentro a algún conocido: -¿Cómo tú por aquí? -Ya ves, a dar una vuelta. No les digo nada más, yo sé que comentan que estoy un poco loca. Hacerme ciento treinta kilómetros de ida y otros tantos de vuelta con esa niebla para tomar unas cañas, como si no hubiera bares en Madrid, parece demencial. Aunque también sé que les parecería igual de locura el verdadero motivo y además añadirían un punto de conmiseración: esta pobre, después de tantos años, mira que venir hasta aquí a dejar unas flores y volverse a Madrid. No lo entienden, con lo fácil que es. Seguramente piensan que voy allí a encontrarme con tu espíritu o algo así, como si tu espíritu no estuviera siempre conmigo. Voy por una cuestión estética, como cuando ordenaba tu cuarto. Me gusta que aquello esté limpio y bonito, me horrorizan las que están sucias, polvorientas, con flores resecas de siglos y aspecto de olvido.

No pretendo que nadie me entienda. A mí me gusta hacerlo y punto. Si alguien me acompaña como ayer Chines, mejor que mejor; comemos en Sigüenza charlando de mil cosas y nos volvemos. Y si no, pues sola, solateras; tampoco me importa. Acuérdate de que antes siempre iba con la abuela pero ya no puede, está muy mayor.

Tampoco lloro; o no lloro más que en otro sitio. Si estoy de llorar, lloro allí o en casa, da lo mismo. Y estos días tengo la lágrima fácil, con ese horror que me ha nacido en el alma por lo de Haití. Ya ves, mi niño, hasta para morir hay clases.

sábado, 16 de enero de 2010

DOLOR

Me duelen los anuncios de perfumes,
esas chicas tan limpias que sonríen
desde las marquesinas.

Me duele ese gentío de los bares,
la caña de cerveza, las tapitas,
el humo y el partido.

Me duele el cuponazo de los viernes,
esos sueños tan cutres que se encierran
dentro de cinco cifras.


Me duelen las rebajas, esa ganga
que he comprado a lo loco sin pensar
que no cabe en mi armario.

Me duele el donativo que me sobra
y acalla mi conciencia sin que merme
ni un ápice mi holgura.

Me duele más que nada mi impotencia,
me sonroja comer todos los días
tres veces por lo menos.

Me duele que no cambie casi nada
que todo siga tal y como antes
de la inmensa tragedia.

Me duele haber escrito este poema
el mínimo provecho que yo obtengo
de tanta muerte junta.

Y me duele tener sesenta años,
estar viva, nacer donde he nacido,
gracias solo a mi suerte.

viernes, 15 de enero de 2010

LO DE HAITÍ

Esta foto, claro, es anterior al día en que Haití, harta de siglos de miseria, se suicidó. Y desde sus entrañas lanzó la muerte contra sus propios hijos para acabar de una vez con su desdicha endémica, con su hambre y su desesperación. Hasta aquí hemos llegado, parece que ha pensado la madre tierra. Ya no va más, vamos a desaparecer, a desintegrarnos en la nada y que les den por saco a los millonarios que visitan nuestras playas llevando en la cabeza una postal de palmeras y hermosas chicas bailando al son del ukelele, con los pechos al aire y una falda de cáscaras de plátano.

Y eso que ahora iban las cosas bien, el país estaba mejorando: ya sólo había un setenta por ciento de la población viviendo en la pobreza -muchos de ellos en la pobreza más extrema, sin siquiera poder comprar un puñado de arroz. Pero la tierra ha fallado en sus cálculos -como los suicidas que fingen un accidente de coche y no consiguen morir, sólo se quedan tetrapléjicos- y todavía hay millones de haitianos condenados a vivir en medio de ese horror, sitiados por los escombros que esconden la agonía de sus familiares, rodeados de muerte, acosados por las epidemias. Sin casa, sin alimentos, sin esperanza, sin futuro. En los ojos de esa niña, en ese tímido esbozo de sonrisa, todavía había futuro; en las fotos que le hagan después, si es que ha tenido la mala suerte de sobrevivir, ya no.

Pero no nos preocupemos pues, por lo visto, podría ser peor; dice Monseñor Munilla que existen males mayores que este espanto; claro que lo ha dicho "en el plano teológico", ya que el mal que sufren esos inocentes no tiene la última palabra porque Dios les promete felicidad eterna. Pues es un consuelo, al fin y al cabo la media de vida en Haití antes del terremoto estaba en los cincuenta y siete años y ahora habrá bajado sustancialmente; eso pasa en un pispás y luego ¡hala! a disfrutar por toda la eternidad. Peor es lo nuestro que estamos aquí jodidos, sin valores, sin principios, hundidos en nuestra pobre situación espiritual y nuestra concepción materialista de la vida; eso sí que nos llevará al infierno. Por cierto ¿el infierno no está en Haití? Yo, de verdad que estas declaraciones las quiero achacar a la descomunal torpeza del prelado; sólo a la torpeza.

La vida va a seguir igual; por mucho que Obama se ponga de coronilla, los bancos van a seguir repartiendo bonus a sus ejecutivos, aunque eso sí, tendrán que apretarse el cinturón porque esas propinas no pasarán de 69.400 euros, estamos en crisis. Y hoy los bares estarán petaos, que hay que ver cómo se ponen los viernes por la noche. Entre copa y copa quizá alguien diga: ¡qué horror lo de Haití!; pero bueno, mañana hay partido.


Creo que hay que leer la crónica de hoy de Pablo Ordaz en El País. A mí se me han saltado las lágrimas.

lunes, 11 de enero de 2010

MEDIOCRIDAD

El jardincito donde a veces juegan mis nietos parecía un parque de Moscú que alguien hubiera trasladado a mi calle. A las doce y media de la noche bajé, no pude resistirme a pisar la nieve sin estrenar, recién caída, impoluta como un vestido de novia. Iba dejando mis huellas perfectamente dibujadas en la blancura, hollando el manto inmaculado; y era un deleite malsano dar rienda suelta a mi instinto más sádico de violar la virginidad, de destrozar la belleza, como aquel psicópata que entró en el Vaticano armado con un martillo para romper la nariz a la Pietà de Miguel Angel. En el silencio de la noche, oía el crujido helado bajo mis botas y me invadía no sé qué absurda sensación de poder sobre la perfección inalcanzable, el ansia de destruirla para que el mundo siguiera siendo mediocre.

Quizá la mediocridad sea el entorno más cómodo, porque en ella todos los mediocres nos creemos que nuestra cabeza puede sobresalir un poco. Y es que la belleza existe porque existe la fealdad, igual que apreciamos la inteligencia como contrapunto a la estulticia y la bondad como contraste a la vileza. Si todos fuéramos bellos, inteligentes, sabios y bondadosos ¿a quién íbamos a criticar? ¿cómo podríamos entregarnos al placer del regodeo en las miserias ajenas?

He tardado en escribir porque estaba ocupada corrigiendo una novela que, si la tuviera que clasificar en algún género, diría que es de porno-ciencia-ficción; cuatrocientas y pico páginas plagadas de extraterrestres dándole al sexo más duro, que me da vergüenza reproducir aquí algún párrafo, en horario infantil. Bien, pues la he corregido con la misma indiferencia que si se tratara de un manual de electrónica, buscando sinónimos para denominar a los órganos genitales sin repetirme, repartiendo puntos y comas en el lugar exacto del jadeo y signos de exclamación empapados de fluidos diversos; detalles todos que se me antojan innecesarios para un lector que estará demasiado ocupado en sujetar el libro con una sola mano para reparar en esas minucias. Admiro el oficio de este autor, de nombre ignorado por la inmensa mayoría aunque quizá sublime para los amantes del género, que no sé si son muchos. Y le admiro porque hace lo que quiere y no se para en barras ni de tiempo ni de dinero -y yo que se lo agradezco por lo que me ha tocado- en su afán de ver su obra publicada.

Tal vez para salir de la mediocridad sólo haya que tener fe en uno mismo, en lo que hace, aunque sepa que no entra en los cánones de los biempensantes y que lo van a pisotear como yo a la nieve.

miércoles, 6 de enero de 2010

INSOMNIO EN NOCHE DE REYES

Todas las ventanas tenían las luces apagadas, los niños se habían acostado temprano -después de limpiar los zapatos y dejar un plato con turrón y agua para los camellos en el salón- y los padres ya se habían quitado la corona después de cumplir su misión de reyes por un día y también dormían. En la radio sonaba "hablar por hablar" y una mujer contaba a los insomnes su historia triste, una hija ingrata que le daba muy mala vida; una de esas tragedias secretas que ocurren entre las paredes de las casas de la gente corriente, infiernos domésticos. Pensé que aquella mujer, en otras noches como ésta, quizá habría estado colocando regalos sin hacer ruido junto a los zapatos de su hija.

Con la mirada perdida en la oscuridad, recordé cuando yo desempeñaba el papel de reina maga y el miedo que me daba hacer ruido con los papeles y que los niños se despertaran y aparecieran en el salón frotándose los ojos y, sobre todo, recordé aquella bici que te trajeron el último año y que luego se la regalé a Fer casi sin estrenar.

Yo quería verlos subir a alguna de aquellas ventanas, pillarlos in fraganti y hacerles una foto para enseñársela a Palomita, que ya ha perdido la fe, según ha confesado; es muy duro tener una nieta que ya no cree en los Reyes Magos. Pero nada, no los pillé; y es que toda la vida han sido invisibles, pero eso no quiere decir que no existan. Si no, a ver cómo iba a tener la niña de mi vecino, que lleva dos años en el paro, una flamante bicicleta rosa con cestita en el manillar como la que montaba esta mañana por la plaza Elíptica, acompañando a la silla de ruedas de su abuela.

Los Reyes existen, ya lo creo que sí. Hay pruebas incontestables, porque a mi hijo no le gusta el turrón y, sin embargo, cuando se han levantado los niños el plato estaba vacío y las tres copas de champán, tres, usadas. Que papá y mamá son dos ¿y la otra? ¿eh? ¿quién se ha bebido la otra copa? Son ganas de negar la evidencia; Palomita se cree muy lista porque va a cumplir nueve años, pero ya se dará cuenta.

Otra prueba: a Almudena le han dejado en mi casa un absurdo bolso que se llama "El bolso de la abuelita" con miles de cosas dentro. Bueno, pues en ese bolso no había una cajetilla de tabaco ni un mechero. ¿Dónde se ha visto eso? ¿De qué abuelita estamos hablando? Había gafas, caramelos, un peine, imperdibles, tijeras, hilos, un dedal ¡hasta una llave inglesa! Pero del paquete de L.M. ni rastro. Los Reyes no tienen ni idea de lo que llevo yo en el bolso.

No sé por qué tenía yo esa bola en el pecho cuando iba esta mañana por el paseo de las Delicias con el coche lleno de trastos y de roscones hacia casa de Jesús. Será porque no había dormido

jueves, 31 de diciembre de 2009

FELIZ AÑO, AMIGOS.

Hace demasiados días que no escribo y todo porque estoy corrigiendo cosas que escriben otros, la pela es la pela. Pero no quiero despedir el año sin decir que esta boca, de momento, sigue siendo mía. La palabra -y más el pensamiento- es casi lo único libre que nos va quedando.

El año se nos va con sobresaltos meteorológicos, que tan pronto llueve a mares como aparece un sol lánguido que ilumina mi casa con luz amarilla. No sé qué demonios tienen estos días que, aunque uno no quiera, vienen los recuerdos de antes -de cuando éramos otros- y la vida de ahora, esa por la que luchamos durante todo el año y tratamos de sacar adelante con mil esfuerzos, parece como postiza; como esos cuadros que al restaurarlos se descubre que esconden otro debajo. Y es que creo que las Navidades echan unas raíces demasiado profundas y difíciles de arrancar; están enraizadas en nuestra infancia, en nuestra juventud, y ahora nos traiciona la memoria mostrándonos todos los proyectos y los sueños que no se cumplieron. Por eso están tan teñidas de nostalgia. Porque quizá esta vida esconde todas las vidas por las que hemos pasado y sólo con rascarla un poco deja ver a los que fuimos antes.

Voy a cargar el móvil porque seguro que esta noche me empiezan a llegar mensajes de gente que no veo nunca y que un día al año -hoy- se acuerdan de que existo; menos da una piedra.

Creo que este año no voy a caer en la tentación de hacer planes que luego no se cumplen. No voy a decir que por fin escribiré ese libro que tengo pendiente, porque no creo que encuentre un Ayuntamiento generoso que me lo patrocine como a otros, que siempre ha habido clases. Y como muestra el botón que nos enseña Enrique en su blog
. Esto es una escusa; no lo voy a escribir porque soy una vaga y siempre encuentro coartadas que me disculpen mi falta de voluntad: que si los hijos, que si los nietos, que si mi madre, que si la Biblia en pasta. No sé si de todo, pero de una gran parte de lo que me pasa -o mejor dicho, de lo que no me pasa- soy la única culpable. Quiero las cosas inmediatas y me falta paciencia y constancia para sacar todos los días un rato y hacer algo a largo plazo, sin un fruto palpable. Por eso seguiré aquí, escribiendo en este blog para tener la recomensa rápida de vuestros comentarios, que son los que lo mantienen vivo.

Feliz año, amigos. Esta noche brindaré por todos vosotros, porque sigáis ahí, al otro lado. Y me atragantaré con las uvas para disimular la emoción.

lunes, 21 de diciembre de 2009

NIEVE

Esta mañana, a las seis y media, las sábanas se me pegaban más que nunca; estaba sumergida en un nirvana cálido y blandito y mi cuerpo se resistía a salir a la gélida realidad. Y es que la nieve, con puntualidad británica, había llegado esta noche sin hacer ruido; la nieve nunca hace ruido, aparece por sorpresa cuando una abre la persiana todavía dormida, como un regalo de navidad dejado en la chimenea. Me da gusto ver desde la ventana la calle de siempre ataviada de blanco inmaculado, pero al mismo tiempo se me hace muy cuesta arriba salir al exterior. La nieve tiene la fugacidad de muchas cosas bellas, hay que pillarla en su momento justo porque, al menos aquí en Madrid, enseguida se convierte en un barro negro y resbaladizo que nos hace jugarnos si no la vida, sí la cadera, que es lo que suele romperse la gente a determinadas edades.

Y ha venido a poner la nota navideña que no pone la crisis, que este año tengo la impresión de que el personal se está palpando más la cartera a la hora de hacer dispendios. No está mal que nos enteremos de lo que vale un peine en época de economía de guerra y aprendamos a derrochar con tiento, a pesar del espejismo de la paga extra. Aunque no creo que piensen lo mismo los comerciantes, las cosas siempre tienen muchos veres. El caso es que ya están ahí las fiestas de marras y, como la tela de araña familiar se agranda, cada vez es más complicado cuadrar el calendario y los compromisos de todos. Los hijos ya tienen otra familia con la que cumplir y la cosa se enreda más si cabe cuando hay separaciones y nuevas parejas; entonces se tienen que partir no en dos sino en cuatro o más, dependiendo de las combinaciones. Y hay que andarse con pies de plomo para no herir sensibilidades, que en esta época nos ponemos muy tiernos, la navidad es lo que tiene.

En mi familia, toda la vida ha sido el día Navidad la fiesta grande. La Nochebuena cada uno se iba con sus políticos, pero el veinticinco nos reuníamos nosotros. Este año, por primera vez en todos los que tengo, no vamos a reunirnos en una casa sino en un restaurante. Y eso me produce una cierta nostalgia, un sentimiento de pérdida de algo sagrado. Porque el ritual no es el mismo; para empezar no vamos a comer el pavo con la receta de mi abuela. Siempre nos juntábamos hacia el día de la lotería mis hermanas y yo para echarles a los pavos, si no guindas, sí manzanas y pasas y piñones y jamón y magro de cerdo y vino de jerez. Los rellenábamos juntas y luego cada una asaba un bicho en su casa y lo llevaba a la comida. Era un trámite que me gustaba porque estamos juntas muy pocas veces las tres y hablábamos de cosas, nos reíamos y llamábamos a la Isi a su residencia para felicitarla. La Isi es una institución en mi familia; entró en casa -en la de mis padres- el año que yo me casé pero a mi me parece que ya nací con ella. En cualquier caso, va para treinta y nueve años, que se dice muy pronto. Desde hace un tiempo está jubilada en una residencia de Montejo de la Sierra, donde a sus setenta y tres es la benjamina del centro y le tiran los tejos todos los octogenarios y nonagenarios. Ha descubierto la felicidad. Un día hablaré largo y tendido de la Isi, porque merece un post para ella sola.

Después de comer jugábamos a cosas y el año pasado hicimos una votación secreta para ver quién era el más friki de la familia y yo obtuve un honroso tercer puesto, que es que hay algunos que son imbatibles. Era todo de mucha risa. Y está muy bien eso de reírse con los hijos y los sobrinos.

En fin, que por mucho que nos hagamos los duros son días de nostalgias y de ausencias.

Amigos, Felices Pascuas y, sobre todo, feliz 2010 que es más largo.

lunes, 14 de diciembre de 2009

EL INVIERNO DE AMINETOU

De repente los árboles de mi calle se han quedado con el corazón en los huesos como Sabina, desnudos y ateridos, tiritando al ritmo del viento que les ha despojado de sus volantes. Hace frío en Madrid, mucho frío; sin embargo en la memoria de Aminetou Haydar el termómetro marca los veinte grados de El Aaiun.

Desayunando tras los cristales surcados de escarcha, una piensa en ese grano que le ha salido al gobierno y en lo fácil que es hablar y ver los toros desde la barrera. Yo me pierdo en esta cuestión tan enrevesada y realmente no sé qué puede hacer España ni cómo puede presionar a Marruecos para que le devuelva el pasaporte, si retirando al embajador o declarando la guerra, pero tengo la impresión de que todo el mundo quiere pescar en este río revuelto, desde el PP a IU pasando por Rosa Díez -que ha ido a hacerse una foto entregando a los niños una carta de mamá- y de que lo que importa a todos ellos no es la suerte de Aminetou ni del pueblo saharahui por extensión, ni siquiera el gol que nos ha metido Marruecos sino la tajada que cada uno pueda sacar de ese gol.

En el año 75, cuando la Marcha Verde en plena agonía de Franco, yo vivía en Barcelona, tenía veintiséis años y dos niños de tres y uno, muchos problemas dentro de casa y escaso interés por el Sahara ni por casi ningún otro asunto que ocurriera de puertas para fuera, pero ahora lo de Aminetou Haydar me recuerda un poco a aquel chantaje, con la diferencia de que entonces teníamos la posibilidad de adoptar la solución vergonzosa que adoptamos, es decir, ceder al chantaje firmando los Acuerdos de Madrid para que se repartieran el pastel de los fosfatos entre Marruecos y Mauritania y sacudirnos el muerto saharaui de encima; ahora en cambio, no tenemos nada que ofrecerle a esta señora a cambio de su vida para evitar que muera en territorio español, que parece ser que es lo que preocupa; cosa que, por otra parte, a Marruecos le importa una higa.

Ese templo de la confusión llamado Naciones Unidas mantiene una posición ambigua sobre el Sahara Occidental, ya que no reconoce la anexión por Marruecos como parte de su territorio pero tampoco admite a la República Árabe Saharahui Democrática como país independiente, aunque el Consejo de Seguridad sí instó a Marruecos a celebrar un referendum en 1992; de esto hace la friolera de diecisiete años y los saharauis siguen esperándolo. O sea que se viene mareando la perdiz desde el año 76, sin que en todo este tiempo ninguno de los diferentes gobiernos que han pasado por Moncloa haya movido un dedo por la autodeterminación del Sahara, aparte de acudir a manifestaciones para apoyar de boquilla al Frente Polisario cuando estaban en la oposición, con el loable fin de tocar las narices al poder de turno. De manera que pedir al actual gobierno que consiga lo que no se ha hecho en treinta y tres años, me parece pedir peras al olmo.

Yo no soy saharaui ni vivo en el Aaiun ni veo pisoteados mis derechos todos los días por un régimen invasor y corrupto, por lo tanto no puedo meterme en la piel de Aminetou ni acercarme mínimamente a su desesperación, pero creo que hay que tener las cosas muy claras y mucho valor para hacer lo que ella ha hecho; no me refiero a la huelga de hambre sino a escribir la palabra saharaui en la casilla de nacionalidad de una tarjeta de embarque, sabiendo las consecuencias que seguramente iba a tener ese acto de rebeldía. Espero y deseo fervientemente que su apuesta resulte ganadora, pero creo que ha calculado mal sus fuerzas y que tanto su capacidad de presión como la del gobierno español es muy limitada.

Y en cualquier caso la responsabilidad de España no es de ahora; viene de treinta y tres años atrás.


Muy interesante el artículo de Jerónimo Páez, hoy en El País.


domingo, 6 de diciembre de 2009

DERECHOS

La democracia funciona con la libertad, no con la imposición;
facilitando el que se pueden ejercer los derechos y no limitándolos.
Antonio María Rouco Varela

El otro día oí estas palabras en la radio pronunciadas por Rouco Varela. Estaba desayunando y de la impresión se me atravesó un trozo de galleta de cereales en la garganta. ¡Por fin! pensé. ¡Por fin ha comprendido el Presidente de la Conferencia Episcopal que la ley del aborto no obliga a nadie a abortar ni la del matrimonio homosexual me va a imponer que me case con mi vecina! Sólo van a facilitar que se puedan ejercer esos derechos. ¡Bueno, más vale tarde que nunca! Aunque después de las manifas que han montado en los dos casos, me costaba creer la rectificación. Pero lo había dicho, yo lo acababa de oír. Estuve pendiente de las noticias de la hora siguiente esperando que lo repitieran. Y sí, lo repitieron. Volví a oír la frasecita en cuestión en boca de Rouco Varela. Pero como esta vez ya estaba preparada, no me atraganté y pude escuchar la continuación. Monseñor se refería al derecho de los padres católicos a educar a sus hijos en dicha religión.

Y es que hay derechos y derechos. No es lo mismo el derecho de los padres católicos que los de las mujeres y los homosexuales, dónde va a parar. Y, por supuesto, no es lo mismo el derecho de los padres católicos que el de los padres laicos -padres de niños que ni siquiera están bautizados ¡angelitos!- a que sus hijos sean educados en la laicidad. Hasta ahí podíamos llegar; los padres laicos que paguen un colegio privado laico en lugar de llevar a sus hijos a uno público -o concertado- que pagamos todos.

Leo que el año 2008, en este Estado laico -según lo define la tan cacareada Constitución- el gobierno socialista y comecuras invirtió 5.057 millones de euros en la financiación de las actividades de la Iglesia Católica, de los cuales unos 3.500 se fueron en subvenciones a los cerca de 2.400 colegios religiosos concertados. Eso es laicidad y lo demás son tonterías, sí señor. Lo de la Constitución también es curioso, igual sirve para un roto que para un descosido, cada uno la invoca para lo que le conviene y olvida alegremente los artículos que no le convienen.