miércoles, 30 de septiembre de 2009

DOLOR

Mi contractura o pinzamiento o hernia cervical o lo que c... sea esto, lleva dos días emberrenchinada, lo que me está sumiendo en la más absoluta depresión y en el aislamiento de la gente corriente. Ya casi no recuerdo haber sido alguna vez una persona normal y autónoma que andaba por el mundo sin dolor -físico, me refiero- y me parece imposible que lo vuelva a ser en un futuro más o menos próximo, tengo la impresión de que me voy a quedar así para siempre. Estoy de baja laboral y mi vida se reduce a buscar la postura en que me duela menos en el sofá o en la cama, cargando con un extraño artefacto que me da calor, tomar diversas pócimas y a dar la lata a quien está conmigo; digo gracias, mi amor, cienes y cienes de veces al día. Me avergüenza confesar que esta noche me he puesto a llorar de puritita desesperación.

No encuentro consuelo en la música ni consigo concentrarme en la lectura, que me cuenta historias de gentes a las que no les duele nada. El dolor, que nace en mi cuello y se extiende por mi hombro deslizándose a lo largo del brazo izquierdo hasta la punta de los dedos, no sé cómo ha encontrado también el camino para invadirme el alma y ha conseguido que sólo tenga ganas de llorar o de morirme. Las noches son algo muy parecido al infierno, estoy agotada pero me horripila meterme en la cama.

Evidentemente esto me lleva al manido tópico que dice aquello de que lomasimportanteeslasalú y a valorar la suerte que he tenido de llegar a mi provecta edad sin achaques dignos de mención, incluso con una notable energía. Pero mi compañera y sin embargo amiga Paquita, que cumplió los sesenta un año antes que yo, dice que a ella le pasaba lo mismo pero que a partir de esa fatídica década le ha caído encima todo lo que no tenía. Es la alegría de la huerta, impagable como animadora. A parte del dolor, yo creo que también he pedido la baja por no oírla.

Buscando el lado bueno -si es que lo hay, que ya hay que poner empeño en buscar- quiero aprender a ser un poco más paciente y más comprensiva con la gente a la que perennemente le duelen cosas, mi madre sin ir más lejos. Y también me reafirmo en reivindicar la eutanasia e ir redactando mi testamento vital. Digo yo que algún amigo tendré dispuesto a desenchufar los tubos o darme el tiro de gracia.

viernes, 25 de septiembre de 2009

ME VOY A MOJAR


Vaya por delante que soy una antiabortista visceral, lo que significa que el aborto provoca en mis vísceras -desde el útero hasta los ovarios, pasando por el corazón- un rechazo y un escalofrío cercanos a la náusea. Y si lo trato de una forma racional, no visceral, en la mayoría de los casos llego a la conclusión de que -se disfrace como se disfrace- es un acto de egoismo y un medio, si se quiere doloroso, pero un medio de sacudirse un problema de encima matando moscas a cañonazos; que es mucho peor la solución que el problema, quiero decir. Ya me están pitando los oídos, sobre todo el izquierdo, por las iras que estas afirmaciones susciten en determinados sectores que consideran las ideologías como un bloque pétreo que no admite disidencias ni fisuras en ningún aspecto. Pues bien, soy de izquierdas; mi corazón y mi cabeza son socialistas; soy feminista en el sentido de que siempre defenderé la absoluta igualdad de derechos, de deberes y de oportunidades en todos los ámbitos para los hombres y para las mujeres; la tan traida y llevada conciliación de la vida laboral y familiar tal y como se entiende habitualmente -vamos, que las que concilien sean las mujeres- me parece una engañifa; aquí no se trata de conciliación sino de corresponsabilidad, lo que en román paladino quiere decir que los hombres se impliquen al mismo nivel que las mujeres en el cuidado, atención y educación de los hijos desde que son concebidos y en el resto de las tareas que conlleva la vida en familia. Y además de todo esto estoy en contra del aborto, qué pasa.

No he llegado a esta postura empujada por ninguna religión; no sé ni me importa en qué momento se puede decir que ese pequeño ser está dotado de "alma" -que, por otra parte, la vida y la historia nos muestran innumerables seres humanos nacidos y largamente vividos que nunca llegan a tenerla- pero si sé que no es un tumor que haya que extirpar y que con un tamaño de unos pocos centímetros ya tiene piernas y brazos y ojos, se chupa un proyecto de dedo y en su diminuto pecho hay un corazón que late por su cuenta.

Una vez hecha esta declaración de principios para que no quede ninguna duda de mi posición al respecto, soy consciente del mundo en que vivo y de una realidad que, mal que nos pese, existe y por lo tanto hay que regularla para evitar tantas carnicerías como se han hecho a lo largo de los siglos con una aguja de hacer punto o un irrigador de aire; sin contar con la conciencia de algunos médicos, que objeta en lo público pero se vuelve mucho más laxa en lo privado, previo pago de su importe.

No entiendo la movida que se está organizando con motivo de la reforma -que no ampliación- de la ley del aborto, pues en los tres supuestos que contempla la vigente ley cabe todo. Tanto el peligro para la salud física o psíquica de la embarazada como una posible malformación del feto -supuesto que deja en la conciencia un cierto regusto nazi- son dos coladeros y no hay más que buscarse un médico amigo para que certifique lo que haga falta; y en cuanto al embarazo producto de una violación, digo yo que qué culpa tendrá la criatura. Pues esta Ley Orgánica está vigente desde 1985 y que yo sepa no la derogó el Partido Popular durante sus ocho años de mandato. Lo único que cambia el proyecto de la nueva ley es que ya no habrá que inventarse cuentos chinos para abortar durante las primeras doce semanas; lo de las malformaciones queda como está: veintidós semanas, lo cual era una barbaridad antes y lo seguirá siendo a partir de la nueva ley. En este punto conviene hablar de los frecuentes errores médicos, ya he contado alguna vez que a mi primera nieta le pronosticaron síndrome de Down. Parece ser que lo que provoca tanto revuelo es que las chavalas de entre dieciséis y dieciocho años puedan interrumpir su embarazo sin consultar con sus padres. Y aquí me asalta la pregunta de si la perversidad del asunto está en el aborto mismo o en el hecho de que no pidan permiso a papá y a mamá. Tengo para mí que si una chica oculta un embarazo a sus padres es porque entre ellos no se dan las mínimas condiciones deseables de comunicación y confianza y sus progenitores no tienen la menor idea de lo que hace con su vida, y en eso algo tendrán de culpa. También me gustaría que alguien me aclarara qué pasa cuando papá y mamá dicen que sí -Vamos, nena, tú lo que tienes que hacer ahora es estudiar; va a ser un momento y luego ni te acordarás, eres muy joven, ya tendrás tiempo. ¿Entonces sí estará bien abortar? No seamos hipócritas, por favor, que más de una mamá y un papá, incluso católicos, no sólo han aconsejado a la niña esta opción durante toda la vida, sino que la han obligado a tomarla acompañándola a Londres. Sin hablar de los que la escondían durante nueve meses y luego le arrebataban a la criatura sin permitirle ni siquiera verla, que todos conocemos casos.

A mi modesto entender es urgente una educación sexual de calidad en la que esté presente el concepto de igualdad entre ellos y ellas, de manera que los chicos también se sientan responsbles de las consecuencias que puede acarrear un calentón con dos copas y se impliquen. Porque yo pienso -y esto sigue estando en contra de todos los eslóganes feministas al uso- que la paternidad, la maternidad y, por lo tanto, el posible aborto es un tema de dos en el que el padre también tiene algo que decir.

viernes, 18 de septiembre de 2009

TAL DÍA COMO HOY

Hace dicisiete años era viernes, como hoy, cenaste boquerones fritos -¡lo que te gustaban!- y protestaste cuando te mandé a la cama; luego entré a darte un beso y dormías como un sol; lo que pasó después, cuando a las cuatro de la mañana viniste a mi cuarto y todo lo demás, no quiero recordarlo. Al día siguiente era sábado, como mañana, y Marta iba a celebrar que cinco días más tarde cumplía doce años. Cuando por la tarde sus amigas llamaron al timbre con un regalito en la mano, nadie abrió la puerta; nadie había preparado las mediasnoches ni los sandwichs ni las patatas fritas ni los ganchitos. No había tarta ni velas ni felizfelizentudía. Porque para tí y para mí -y también para Marta y para todos tus hermanos y para papá y para la abuela- a las ocho de aquella mañana se habían parado todos los relojes de la tierra, aunque luego vinieron otros diecisiete cumpleaños, otras diecisiete navidades y otras diecisiete primaveras. Aunque el tiempo siguió haciendo su trabajo indiferente y las estaciones continuaron sucediéndose una detrás de otra, como si nada.

Parecía imposible, pero la vida insistió en repetirse eternamente; las mismas mezquindades de siempre, las mismas guerras u otras semejantes, las mismas injusticias, las mismas mentiras. Un disparate tan absurdo, tan descabellado, tan ilógico como tu muerte debería haber traído una transformación total de la existencia y sin embargo el mundo no cambió nada; mira las hemerotecas y verás la de desatinos que se han cometido desde entonces, una barbaridad.

¿Que si cambié yo? Pues seguramente sí; ahora me importan menos las cosas que me importaban antes, los problemas de dinero y eso; pienso que de todo se sale y si no se sale tampoco es para tanto. Ahora sé que si no me hundí entonces ya no creo que me hunda nunca y lo único que me da miedo es lo que pueda afectar a tus hermanos y a tus sobrinos. Yo he sobrepasado -espero que ampliamente- al menos dos tercios de mi vida y tú llevas en el otro lado más del doble de años de los que pasaste en éste; comprenderás que lo que me pueda ocurrir a mí me importe muy poco. Intento vivir sin meterme con nadie, amando a mi gente que es la tuya; conservando a mis amigos, si ellos quieren, claro; cuidando de la abuela que está muy mayor, disfrutando de Palomita, que ya tiene la edad en la que tú dejaste de crecer, de Marcos, de Carmen, de tu tocayo Jaime y de Almudena; escribir mis tonterías y ser moderadamente feliz con quien tu sabes, que lo sabes. Y poco más, mi niño.

Tengo que confesarte que no siempre lo llevo tan bien; cuando beso tu foto antes de dormirme hay veces que me da mucha rabia y mucho dolor y esa sonrisa estática se me clava en el alma; porque tú eras todo menos estático, tú eras un torbellino de vida, de risa, de humor, de expresividad, de preguntas, de mal genio, que también te enfurruñabas. Entonces sale lo peor de mí y me agarra una envidia negra de que Fer y Belén y Aña y Juan Luis y Gabriel y todos se hayan hecho mayores, tengan carreras, novios, planes y a tí se te haya negado todo. Pero son momentos, malos momentos. Luego enseguida oigo tu risa y se me pasa; pienso que sólo viste el lado bueno de la vida y eso fue una suerte, sobre todo para tí; para mí, ya no lo tengo tan claro.

Mañana, una vez más, iré a Sigüenza. Esa absurda ceremonia de dejarte unas flores que se mueren enseguida. Ya son diecisiete años llevándote flores; diecisiete años echándote de menos cada día.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

DESPUÉS DEL TELEDIARIO

Hace apenas una semana tenía la casa en penumbra, protegida de unos ardores fuera de lugar en septiembre; hoy en cambio la tarde está fría, he cerrado las ventanas y me he puesto unos calcetines, qué cosas. No pongo música, me gusta el silencio de la casa; encaramada en esta soledad casi sólida, miro las nubes sucias que de repente han cubierto el cielo de Madrid. Llueve despacio, unas gotas diminutas pintan pecas en los cristales y veo que el verde de los árboles ya no es tan verde. Hace falta un poco de tiempo para mirar; la vida va tan deprisa, tan atolondrada, que a veces se me escapan cosas tan importantes como que las hojas empiezan a dorarse por los bordes. Y tambien es necesario un poco de tranquilidad para mirar hacia dentro, para intentar averiguar de qué materia está hecha la tristeza. El telediario me ha enseñado una vez más la mirada del hambre, esa vergüenza global que saca los colores a nuestras pequeñas miserias, a ver quién es el guapo que se queja mirando esos ojos; y eso que no he puesto la foto más dura, al fin y al cabo esos niños todavía pueden mirar. La comunidad internacional ha recortado en un tercio la ayuda contra el hambre, la crisis es lo que tiene. Menos mal que gracias al Danacol podremos disminuir el colesterol que se nos ha disparado con los excesos del verano, tanta tapita, tanto chiringuito y tanta vaina. Sin olvidarnos del Actimel, que protege nuestra flora intestinal.

Por lo visto yo voy a lo mío y no hago caso de nadie. Por lo visto no he estado disponible cuando alguien me necesitaba. Por lo visto he decepcionado a una amiga. Por lo visto, otras amigas sí estaban. Pues es una suerte, siempre hay un roto para un descosido. Yo no sé hasta qué punto la amistad se mide en horas de teléfono y tampoco sé qué se gana con hacer que otros se sientan culpables de la propia tristeza, pero si eso sirve para algo lo doy por bien empleado. El papel de mala se me da muy bien, vamos, es que lo bordo. Por eso sé que los malos procuramos no echar encima de nadie nuestras penas sino que nos las comemos y luego nos tomamos unas copas con los buenos para que nos lloren a gusto en el hombro. Pero el caso es que a mí hoy me duele mucho el hombro, tengo una contractura de tanto cargar con mis culpas.

He hablado estos días del amor, del sexo, de la fidelidad; quizá toca hablar ahora de la amistad, que tal vez sea el sentimiento más puro de todos, cuando es auténtica. Y es auténtica cuando está por encima de cuestiones circunstanciales como la distancia o la frecuencia. Cuando te echo de menos pero no te echo en cara que no estés. Cuando no se convierte en una obligación ni en una necesidad; cuando puedo vivir sin tí pero quiero estar contigo, cuando no puedo verte pero me muero de ganas de verte y, si el destino se pone de nuestra parte, nos veremos, nos daremos un abrazo y retomaremos en el mismo punto en que nos quedamos; porque tú tienes tu vida y yo la mía y nuestras vidas no tienen nada que ver, pero las dos -o los dos- sabemos que estamos ahí. Cuando quiero que seas feliz aunque yo no me entere, cuando me duele que las cosas te vayan mal y no está en mi mano que te vayan mejor. Y cuando tú te alegras de que yo sea feliz, aunque mi felicidad te robe mi tiempo. La amistad es un lujazo para disfrutar y nunca se debe poner a prueba. Estoy por decir que si se pone en duda, si es necesario demostrarla constantemente, deja de existir. Porque en definitiva consiste en estar cómodo, con el alma en zapatillas y sin maquillar.

No quiero parecer cínica pero me duele mucho el hombro y el médico me ha recetado un relajante muscular.

domingo, 6 de septiembre de 2009

LOS AMORES DISPERSOS

Ayer escuché por la radio una entrevista con Asunción Balaguer, la viuda de Paco Rabal; una mujer que, aunque me cae muy bien, siempre me ha dado un poco de grima esa especie de sumisión, de pleitesía ciega que parecía rendir a su marido, considerándole un ser superior hasta el punto de hacerse casi invisible como persona y como actriz, siendo como es, magnífica. Yo misma acabo de escribir "Asunción Balaguer, la viuda de Paco Rabal" sin embargo nunca se me hubiera ocurrido decir "Paco Rabal, el marido de Asunción Balaguer". Me sobrecoge un poco esa forma de conformarse con vivir a su sombra, agradeciendo al destino que él hubiera puesto sus irresistibles ojos en alguien tan insignificante como ella y sin pedir a la vida nada más que poder pasarla besando por donde pisaba Paco. Sus palabras me recordaban aquello de laisse-moi devenir l´ombre de ton ombre, l´ombre de ta main, l´ombre de ton chien, que queda muy bonito para una canción pero que, con todos mis respetos hacia esta gran mujer, no me parece de recibo; creo que es indispensable vivir en un plano de igualdad con la pareja.

Distinguía Asunción entre fidelidad y lealtad, situando la primera únicamente en el terreno sexual, acrobacia lingüística que a mi me parece una forma elegante de asumir los cuernos. -Paco nunca me engañó, simpre me dijo que en su vida habría otras mujeres porque él era así, pero que yo siempre sería la primera, la que de verdad quería. Por lo visto, eso se llama lealtad. No seré yo quien juzgue los acuerdos a los que llegue cada pareja, pero hay que reconocer que así es fácil cumplir las bodas de plata y las de oro, con permiso de la muerte. Me pregunto si el gran actor hubiera aceptado que ella le contestase por ejemplo: estupendo, cielo, tu también serás siempre el primero, nunca te dejaré por el segundo ni por el tercero ni por el cuarto; verás qué bien nos llevamos todos.

Esta historia sólo es un ejemplo para entrar en materia; para hablar de ese eufemismo que es la distinción entre fidelidad y lealtad. A mí me da que si la mayoría de los engañados o engañadas supieran que lo son, no opinarían que su santo o santa les está siendo muy leal cuando se mete en la cama con otro u otra, aunque luego, con el pitillo, lave su conciencia cantando alabanzas de su cónyuge. No creo que ningún engañado se detenga en esos matices del diccionario que, por otra parte, los considera sinónimos. Yo te quiero y te soy leal, cariño, pero es que soy así, no lo puedo evitar. Esto es una absoluta falta de respeto, no sólo al cónyuge sino sobre todo al tercero en discordia, que ante el legítimo queda reducido a mero objeto sexual.

A lo largo de la vida todos conocemos a gente atractiva con la que, además, no compartimos la cotidianeidad y sólo vemos en su faceta más brillante, cómo ellos a nosotros. Personas con las que tenemos afinidades y complicidades y, si son del otro sexo -o del mismo, eso allá cada cual- es fácil que nazca alguna especie de amor. Esto es inevitable y además es bueno y enriquecedor, si somos capaces de mantener la cabeza fría, tomar una cierta distancia y dejarlo aparcado en el lugar que le corresponde sin que se interponga en lo que de verdad importa. Pero si damos cuerda a la cuestión y empezamos a hacer comparaciones, la cosa va mal. Creo que es un mito esa frase tan utilizada para justificar una infedelidad: cuando se está bien con la pareja nadie necesita otra historia. Hombre, necesitar, necesitar, no, pero a nadie le amarga un dulce. Se trata de no comerse el dulce, que además de engordar, distorsiona la realidad.

Otro lugar común muy prestigiado es ese que dice que con la pareja hay que ser absolutamente sincero y contarle todo lo que pasa por nuestra cabeza. Mentira podrida. Todos tenemos alguna parcela privada y es saludable que la tengamos, e intentar que el otro se meta en nuestra piel y entienda lo que sentimos es perder el tiempo y sólo lleva a los celos, a las discusiones y a sacar las cosas de quicio. Lo que hace falta es mucho respeto por la intimidad de cada cual, una gran dosis de confianza y dónde ésta no llegue, pues ajo y agua, pero con deportividad y sin demostrarlo.

Lo que no podemos pretender a estas alturas, es ser únicos e insustituibles las veinticuatro horas del día, eso es de una ingenuidad y de una soberbia bastante infantil.

Todo este rollo que acabo de largar es pura teoría; porque como se te ocurra mirar a otra, tío, te corto los güevos.

domingo, 30 de agosto de 2009

Y A MÍ QUIÉN ME MANDA ENTRAR AL TRAPO...

...si sé que me voy a meter en un jardín del que probablemente salga trasquilada.

Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.

Julio Cortázar (Papeles inesperados)

El impacto de estos versos de Cortázar reside en su fuerza gráfica, en las imágenes que sugieren, para luego, cuando ya se ha disparado la imaginación, dar un quiebro hacia cosas más etéreas como la palabra y dejar en evidencia la retorcida mente del lector, que es un guarro y siempre está pensando en lo mismo. Este juego está muy bien, pero atendiendo exclusivamente a la literalidad de los versos, no dejan de ser mentira. O por lo menos no son ciertos siempre o no son ciertos los cuatro o no es esa la secuencia en todas las ocasiones. Porque el sexo es una parte de nosotros con vida propia sobre la que decidimos muy poco. Se puede llegar al sexo por la palabra, claro, pocos atributos tienen más poder de magnetismo y de seducción que la palabra bien utilizada. Sin embargo, si se emplea mal o retrata demasiado bien al objeto del deseo, puede ser letal para el sexo propiamente dicho. Cuando por esa boca tan sensual salen demasiadas imbecilidades, quiero decir.

Cortázar, que era un tío listo, seguramente sabía que el sexo también está en los ojos, en esa mirada que a veces se nos va por su cuenta y riesgo, mientras atendemos a unos sesudos razonamientos sobre política internacional; o en esa otra que sentimos clavada en nuestra nuca y que, mal que nos pese, nos obliga a meter la tripa y determina nuestras posturas, nuestros movimientos o nuestra forma de andar, como esos rituales de otras especies que vemos en los reportajes de National Geographic. Es el instinto que empuja a mi nieto de seis años a hacer el pino-puente en la piscina cuando está delante la vecinita rubia del tercero. Y es que nada estimula más el deseo que saberse deseado. El sexo también es ese impulso irracional hacia alguien con quien sabemos que no tenemos nada que ver en el terreno emocional, cultural o ideológico, pero que nos atrae como un imán porque, de alguna manera, esa "conquista" supondría una afirmación de nuestro propio poder de seducción, de nuestro propio ego. Un verano alquilé una casa cuyas ventanas daban a un corral; durante varios días observamos la persecución del gallo hacia una gallina que andaba por allí sin meterse con nadie y pasando del macho; el gallo cantaba sin parar, se contoneaba, desplegaba su plumaje, pero en cuanto se acercaba a su víctima ella salía despavorida al otro extremo del corral; entonces él se aplicaba a otra presa para al día siguiente reanudar el cortejo a la despectiva hembra. Así durante varios días, hasta que por fin la gallina cedió al acoso. Y fue llamativo cómo a partir de ese momento, el machito empezó a despreciarla mientras ella le buscaba con desesperación.

Ocurre, sin embargo, que esta civilización, por llamarle algo, nos tiene prohibidos los malos pensamientos y nos obliga -sobre todo a las mujeres- a revestir el sexo de sentimientos ya que las buenas costumbres no admiten que alguien nos puede atraer sin más razón que la pura hormona. Entonces nos inventamos ciertas virtudes en el contrario que justifiquen esa atracción irracional y la eleven al plano romántico, que está mucho mejor visto. Y, como en demasiadas ocasiones esas virtudes no existen, la relación muere de muerte natural como pasó con el gallo; entonces viene el fracaso y la frustración, el echar en cara al otro su carencia de las virtudes que nos hemos inventado y todas esas cosas tan manidas. Con lo fácil que hubiera sido, entre dos personas adultas, decir en su momento aquello de "en tu casa o en la mía" y pasar un buen rato sin más complicaciones.

Yo sé que lo que acabo de escribir encierra un cierto cinismo y escandaliza a los biempensantes, pero a mi me parece mucho más legal que los cuentos de hadas porque, a estas alturas del partido, todos sabemos que las hadas no existen y que una relación de pareja es infinitamente más compleja y más difícil que un buen polvo, con perdón.

Todo esto es pura teoría; por fortuna no somos máquinas y hasta en el encuentro más aséptico, emocionalmente hablando, se producen instantes mágicos de comunicación y de ternura -miénteme, dime que me quieres- que nos dejan el alma en cueros y nos vuelven vulnerables. Y precisamente esos son los momentos más placenteros, cuando bajamos las defensas y nos sentimos únicos e irrepetibles en los brazos del otro; son esos momentos los que crean vínculos y luego los recordamos con todo el cuerpo. Somos un poco masoquistas. Rizando el rizo y llevando las cosas al terreno de los sueños, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió (Sabina dixit). Esa añoranza no se cura nunca.

Sobre este tema podría seguir escribiendo eternamente y si mis hipotéticos lectores me quieren pillar en un renuncio lo tendrán fácil, pero a mí me da igual porque todos somos muy parecidos y el que no lo sea, peor para él, bastante tiene con lo suyo. Seguramente cada párrafo contradice al anterior pues los pobres mortales somos una pura contradicción y en estas cuestiones más. Ya he dicho que el sexo tiene vida propia. Podemos controlarlo, domarlo y silbar El Puente sobre el río Kwai para disimular y para tratar de engañarnos a nosotros mismos, pero el deseo seguirá ahí y aparecerá en los momentos de debilidad a darnos la tabarra. Luego, somos tan complicados que los feos inteligentes quieren que los deseen por guapos, y los que están como un pan candeal y no necesitan hablar ni ser inteligentes, reniegan de su belleza y quieren que los amemos por su aguda conversación y su intelecto, en lugar de asumir cada uno sus propios talentos y explotarlos con sabiduría. O las mujeres que tenemos una edad y nuestro atractivo ya no reside precisamente en el body, nos empeñamos a veces en competir con las jovencitas de tripa plana en vez de sacar partido a todo lo que somos y a todo lo que sabemos. Y es que, en realidad, no sabemos casi nada, yo diría que afortunadamente; todavía hay espacio para la sorpresa.

Porque en estas cosas nunca se sabe; una se puede pasar la tarde en la cocina, preparar una cena deliciosa con velas, un gran reserva y Diana Krall de fondo, vestirse con esa ropa que le sienta tan bien, como en plan casual y, al segundo whisky, el tío va, se pone metafísico y le larga una brasa que acaba con la libido de cualquiera. O al revés, que le quieran arrancar la ropa en el ascensor cuando una está pensando en que le vence la letra del coche. Es todo muy raro.

Tengo un amigo que dice que la cuestión de la jodienda no tiene enmienda, vaya usté a saber por qué. Que ustedes rematen bien, si es que pueden.

miércoles, 26 de agosto de 2009

EL ÚLTIMO SONETO





viernes, 21 de agosto de 2009

DEL ALCOHOL Y OTRAS MISERIAS

Por lo general suelo recelar de las personas demasiado perfectas, las que no se permiten una mínima debilidad y nunca pierden los papeles; no fuman, no beben; tienen las cosas muy claras y no dudan ni titubean a la hora de tomar cualquier decisión, vamos que no hacen tonterías; para ellos no hay altibajos ni problemas de dinero porque se administran muy bien; han sabido hacer un capitalito porque venden cuando hay que vender y compran cuando hay que comprar; tienen sus casas ideales de la muerte, son ordenados y guardan hasta el tiquet de la droguería para hacer la declaración de la renta al céntimo, ya se ha dicho que nunca pierden los papeles; Además saben educar a sus hijos de manera que nunca se les desmanden ni les traigan un maldito suspenso ni un embarazo de penalty. Y encima, no sólo les respetan sino que también les quieren. Se entienden con sus parejas y a ninguno de los dos se les ocurre el más mínimo devaneo. Me inspiran recelo porque tanta perfección no es humana y casi siempre los hace implacables con las debilidades y los errores del común de los mortales. Te lo advertí, dicen, cuando a algún pobre mortal le salen las cosas torcidas. Para colmo suelen tener buena salud, lo que atribuyen a su correcta alimentación, a su falta de vicios, a su disciplina espartana y a sus horarios metódicos, con lo que tampoco disculpan al vecino cuando enferma, no me extraña, con esa vida que lleva mucho ha tardado en caer. Ya digo, la gente así me da un poco de repelús.

Quiero decir con esto que no soy una estrecha mental ni una talibana de la brigada antivicio. Más bien al contrario, como creo que he dejado claro en el post anterior y en otros muchos que se pueden encontrar a lo largo de este blog, en los que hablo de mis muchas y variadas flaquezas. Sin embargo hay algo que se me escapa con respecto al alcohol y que me encantaría que alguien me explicara. Yo bebo, ya lo he dicho. Me encanta tomarme un gin-tonic o dos tranquilamente en mi casa viendo una película o un partido de Rafa Nadal, leyendo un libro o escribiendo mis cosas. Y si salgo por ahí, a veces hasta me paso algún que otro pueblo; pero cuando esto me ocurre, siempre se me enciende una lucecita de alarma, me encuentro mal y sé que no puedo seguir; es más, no me apetece seguir. Entonces paro aunque tenga la copa entera, me tomo un acuarius y me voy a mi casa procurando no dar la lata. El alcohol -en su justa medida, que cada cual tiene la suya- produce un efecto desinhibidor que a los que somos más bien tímidos y retraídos nos viene muy bien. Nos hace más rápidos en las respuestas, más ingeniosos y ocurrentes y nos libera de ciertos pudores bloqueantes. Hasta ahí, todo bien; concedamos al alcohol sus virtudes sociales. Pero quisiera entender el mecanismo mental de los que, sin ser considerados alcohólicos, nunca encuentran el momento de parar; aunque se sientan mal, aunque ellos mismos reconozcan que están borrachos, siguen y siguen bebiendo y encadenan las copas una tras otra en una especie de vértigo irracional que los convierte en unos seres absurdos e intratables. Pocas espectáculos me parecen más patéticos y más deprimentes que el que ofrecen dos o tres tíos -porque suelen ser tíos- en un bar trasegando vaso tras vaso como en una competición grotesca; se diría que el objeto de la reunión no es la charla ni el intercambio de impresiones con los amigos, sino el simple hecho de beber y ver quién llega más lejos, como si el vaso fuera una prolongación de sus atributos más preciados; entonces olvidan las normas elementales del comportamiento civilizado y exhiben de forma obscena la más casposa iconografía del macho ibérico. Se ponen agresivos, prepotentes, patosos; miran el culo a las chicas ostentosamente, sin ningún disimulo ni respeto; si hay camarera se meten con ella abusando del poder que les otorga su posición en la parte de fuera de la barra, en fin, un horror. Y muchas veces son personas normales e inteligentes que en su estado natural serían interesantes, simpáticos e incluso atractivos. ¿Por qué no cortan a tiempo? ¿Por qué se autoinducen esa transformación del Dr. Jekyll en Mr Hyde? De verdad que prefiero el alcohólico confeso, con nombre y apellidos, consciente de que lo es, que se toma sus copas en silencio como quien se pincha en vena, a ser posible en soledad y oculto a las miradas ajenas. Por lo menos demuestra cierto respeto a los demás y, sobre todo, a sí mismo.

martes, 18 de agosto de 2009

LO DEL TABACO

Dice Trinidad Jiménez que la sociedad ya está madura para la prohibición absoluta de fumar en todos los espacios públicos. Por lo visto, aguantar que a uno le toquen las narices sin rechistar es un síntoma de madurez. La ministra también ha dicho con una beatífica sonrisa de condescendencia que los fumadores somos enfermos a los que hay que ayudar; esto es igual que en el colegio de monjas, cuando nos castigaban por nuestro bien.

Yo personalmente ya estoy bastante harta de ir por la vida pidiendo perdón y de que me traten como a una marginal con la que hay que tener un poco de compasión, cuando, con los impuestos que me cobran en el tabaco, estoy contribuyendo mucho más que los no fumadores a sostener este país, lo que incluye el sueldo de la señora Jiménez. Creo que los fumadores hemos aceptado la puta ley de forma civilizada. Respetamos a los no fumadores; no fumamos en el metro, ni en el descanso de los cines, ni por supuesto en la sala de espera de un hospital, ni en las aulas, ni en el banco, ni en el tren, ni el avión, ni en el supermercado, ni en el trabajo, ni en el Corte Inglés. Es decir, que durante la mayor parte de nuestro tiempo no fumamos. Pero ahora nos quieren privar también de una agradable sobremesa en un restaurante o de unas copas con los amigos en el Jazz Bar; nos están obligando a recluirnos en casa porque una sobremesa sin fumar para nosotros no es una sobremesa, es una tortura china; y las copas, tres cuartos de lo mismo. Yo, desde luego, no pago cincuenta o sesenta euros, ni treinta ni veinte tampoco, por cenar en un restaurante si no me puedo echar unos cigarros a los postres. O entre plato y plato; ni pago seis euros por un gin-tonic que no puedo acompañar de unos cuantos trujis. Y no soy un caso aparte, la mayoría de los fumadores piensa lo mismo. Y eso lo saben los empresarios del sector, la prueba es que cuando tuvieron que elegir, el noventa por ciento de ellos escogió el humo para sus bares y restaurantes. A lo mejor es que somos los que más gasto hacemos, ya he dicho alguna vez que los vicios nunca vienen solos. Sin contar con que los dueños de locales grandes tuvieron que gastarse una pasta en hacer la reforma pertinente para meter a los fumadores en un gueto y ahora se la tendrán que comer.

Yo sé que los no fumadores, que están en posesión de la verdad y nos perdonan la vida, leerán esto con un punto de conmiseración y cierto desprecio por esta pobre adicta; pero podían hacer el esfuerzo de tratar de entender hasta qué punto nos va a joder la vida la ampliación de la ley. No queremos favores, queremos derechos. Y si no ¿por qué no se prohíbe la venta de tabaco? ¿Por qué se permiten y se subvencionan los cultivos? Pues sencillamente porque es mucha pasta la que dejaría de entrar en la hucha del Estado. Todo esto es una hipocresía vergonzosa.

Fumar no es una actividad en sí misma, es algo que acompaña a la lectura, a la música, a las copas, al fútbol, a las partidas de cartas, a las confidencias. Es algo que acompaña al ocio y lo hace más atractivo. Fumarme un cigarro en la puerta del bar como una apestada no me sirve para nada más que para cabrearme. Yo me paso toda la mañana sin salir a la calle a echarme un pito porque no es eso lo que quiero. Quiero fumar mientras hago otras cosas, trabajar, hablar, leer, escuchar música, escribir. Para mí el tabaco es una placentera compañía en este trajín que es la vida; y ya lo he desterrado en las actividades laborales pero me niego a que me lo quiten también en el ocio.

Y ahora que ya no vamos a poder ver los partidos de fútbol en casa -a no ser que pasemos por una determinada taquilla- tampoco podremos verlos en el bar del barrio porque ¿quién concibe un Madrid-Barça sin un cigarro en la mano? ¿Cómo se puede soportar un penalty injusto sin ahogarlo en humo? Y los parroquianos que se reúnen en la tasca de la esquina para jugar al mus o a la garrafina ¿cómo van a perder un órdago sin consolarse con un pito? ¿Cómo van a ganarlo sin celebrarlo con otro? Un bar no puede ser un quirófano estéril, señora ministra. Es todo un contradiós, tanta corrección política se la podía meter por donde amargan los pepinos, señora Jiménez. Si en esto consiste ser europeo, prefiero que África empiece en los Pirineos. Ya está bien, hombre, ya está bien.

domingo, 16 de agosto de 2009

EL ARGENTINO

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. (Pablo Neruda)

Cómo le conocí no viene al caso. El hecho es que durante más de tres años -todavía no había nacido La Solateras- mantuvimos una correspondencia electrónica casi diaria, él en Buenos Aires, yo en Madrid. Nos unía nuestra común afición a la literatura, él a la prosa, yo en aquel entonces, a la poesía. Eran los suyos unos correos largos y envolventes en los que me hablaba de su país y de su vida, y me enviaba sus cuentos para que se los criticase, pidiéndome que fuera implacable y que no me limitara a alabárselos. Y a mí, aunque en realidad eran buenos, francamente buenos, me divertía sacarles pequeños defectos que él encajaba con deportividad. Poco a poco, se fue creando entre nosotros una complicidad y una confianza muy gratificantes. A mí me resultaba más fácil hablar con aquel desconocido que estaba a muchos miles de kilómetros y que, seguramente, nunca conocería en persona, que con muchos conocidos que, de una forma u otra, ya tenían su concepto sobre mí y todo lo que yo les contara lo pasarían por el tamiz de su propio juicio. Fuimos pasando sin apenas darnos cuenta de la exposición a la introspección, de la descripción de lugares, paisajes y costumbres a la confidencia pura y dura, a mostrarnos el uno al otro con esa libertad que sólo da el anonimato, el no poner cara al interlocutor. Todo esto sin que nunca hubiera entre nosotros la más leve insinuación de tipo amoroso, que de haberse dado, seguramente habría quitado espontaneidad a nuestras misivas.

De repente, en uno de esos correos me anunció su visita a España; Sonia y Gustavo le habían conseguido un pequeño apartamento en la calle de Lagasca para un mes. Para mí fue una mezcla de ilusión por conocerle y pavor porque me conociera y se le cayera la imagen que se había forjado sobre mí, seguridad en sí misma que tiene una.

Cuando nos encontramos me pareció un señor un poco antiguo. Muy elegante, muy caballero al estilo tradicional, algo ceremonioso de más. Pero pronto se rompió el hielo y se hizo realidad la confianza que hasta entonces sólo había existido por correspondencia. Era un enamorado de España y de todo lo español y le enseñé todos los lugares que presentía que le iban a gustar: el Madrid de los Austrias, el Museo del Prado, el Rastro, La Plaza Mayor, la de Oriente, el barrio de Las Letras. Le llevé a comer caracoles al Amadeo, a los mesones, a cualquier tascucio que cuánto más castizo más le entusiasmaba. Fuimos a Toledo, al Escorial, a Aranjuez, a Salamanca, a Ávila, a Segovia, a Chinchón, a Sigüenza, a Medinaceli, y cada piedra, cada calleja, cada catedral y cada bar se le volvía puro deslumbramiento -qué presiosura, negra- y me contaba la historia de mi país, de la que sabía mucho más que yo. Era muy culto y, en concreto de España, lo sabía todo. Hasta entendía de toros, lo que en su país es muy poco frecuente. Con el tema taurino tuvimos discusiones, porque yo no sólo no entiendo y no me interesan sino que casi me repugnan y para él era una religión. Pero nos reíamos juntos -era muy inteligente y tenía un sentido del humor genial- y pasábamos muy buenos ratos.

Y sí, bueno, me llegué a ilusionar, qué pasa.

Cuando volvió a su país, ya me dejó sacado el billete para que fuera yo a Buenos Aires en mis vacaciones. Y fuí, ya lo creo que fuí. Fué un viaje precioso, con el mejor cicerone, fuera de todas las rutas turísticas, no hubo cataratas de Iguazú. Pero me enseñó Buenos Aires a lo ancho, a lo largo y, sobre todo, a lo hondo, descubriéndome cada rincón y cada barrio de una ciudad tan intensa y tan variada y haciéndome respirar el aire particular de cada uno. El señorial Palermo, la popular Boca, el bohemio San Telmo, el inabarcable Río de la Plata que es tan ancho como el mar y no se ve "la vecina orilla", el centro de la ciudad, tan cosmopolita y tan moderno como Chicago, la Plaza de Mayo con la Casa Rosada, su historia y sus madres; y los veteranos de las Malvinas paseando su frustración y su abandono, después de una guerra organizada por el poder para despertar el sentimiento patrio y desviar la atención pública de los excesos de la dictadura militar. Me quise morir de envidia en las "milongas" donde los porteños van a bailar tango por el gusto de bailarlo y era un lujazo ver los lazos que trazaban con los pies y la sensualidad que rezumaban las parejas. Y los boliches donde se reunen para guitarrear y cantar esas canciones tristes y dulces de gauchos. El café Tortoni, intelectual y decadente. El Ateneo, antiguo cine y teatro Grand Splendid en la avenida de Santa Fé, reencarnado en una impresionante librería que conserva todos los atributos de la vieja sala: los palcos, el escenario, las molduras del techo y una magnífica cúpula. La pequeña plazoleta de Julio Cortázar, con aquel aire ácrata tan atractivo.

Sin embargo, con todo lo maravilloso que fue el viaje, todavía me duele recordar cómo algo se me rompió por dentro entonces, algo difuso pero concreto, casi material, esa parte irracional de las relaciones que no podemos controlar; supe que aquello no podía ser. Que yo no le podía querer más allá de lo que se quiere a un amigo, a un gran amigo, y seguramente mucho menos de lo que él se merecía. Y me volví a España llevando en el equipaje el peso de un nuevo fracaso.

Se lo dije, pero no obstante nos seguimos escribiendo y el verano siguiente volvió a venir a Madrid. No sé si quise darle -darnos- otra oportunidad pero no resultó. Sólo sirvió para reafirmarme en mis sentimientos o en mi falta de ellos. Entonces se le presentó a Gustavo el fulminante tumor cerebral que se lo llevó en dos meses. Pero eso es otra historia, otra historia triste, que ya conté en su momento.

Cuando se fue a Argentina, le confirmé mi decisión irrevocable y ya no le volví a ver. El siguió escribiéndome y yo contestándole pero cada vez de forma más distanciada. Los lectores más antiguos de este blog y del anterior, recordarán sus agudos comentarios, llenos de inteligencia y de sentido del humor.

Se presentó varias veces al premio Max Aub de cuentos y siempre quedó finalista. Cuando me felicitó por mi cumpleaños, el pasado mayo, me decía: ...Y por tercera vez consecutiva fui finalista del Max Aub de este año con el cuento del gato que vos conocés. Los 6.800 euros del premio se los dieron a una madrileña a quien si ves por la calle sería bueno que la lleves por delante con el auto. Estoy cansado de patear la pelota en el Max Aub, pegar siempre en el poste para que los goles los haga otro. Por lo visto en mayo le operaron de algo oncológico, pero en su correo no me decía nada de que tuviera problemas de salud. El veintisiete de julio le felicité yo a él y no obtuve respuesta. Mi correo se ha quedado colgado en algún lugar del ciberespacio. No tenía internet en casa -allí no es tan corriente- pensé que estaría fuera, quién sabe dónde; no sé lo que pensé. Cualquier cosa menos la cruda realidad que me contó Sonia hace dos días: Luis, el Argentino, ha muerto el día ocho de agosto. No sé qué hice yo ese día, ni qué gilipolleces ocuparían mi cabeza mientras él se moría; no sé si estaba en su casa o en un hospital, no sé qué mano apretó la suya; no sé si me dedicó un último pensamiento, pero la noticia de su muerte me ha hecho un nudo en el corazón que no creo que pueda desatar fácilmente. Las personas importantes nunca se van del todo y él lo fue, seguramente más de lo que yo creía.

Hacía tiempo que había desaparecido del blog; pero ahora quiero pensar que estaba escondido detrás del enigmático
Quevedito de los sonetos aquellos. De manera que si el abajo firmante no se retrata, para mí siempre será El Argentino el autor. ¡Cómo pude ser tan imbécil de no darme cuenta!

No voy a poner un tango ni una milonga de ningún peón del campo. Voy a poner la Habanera de los Ojos Cerrados, que le hacía soñar con Cádiz y con Andalucía, a las que nunca conoció. Para el Argentino.

Y si esto no es un streptease, venga Dios y lo vea.