sábado, 7 de noviembre de 2009

EL OMBLIGO DEL MUNDO

Me habian citado a las siete y media de la mañana y nos tomamos la cosa con tiempo. Para mí eso de madrugar -ahora que no lo tenia que hacer por obligación- ya no era problema porque en mis cervicales había un despertador que cuando dejaban de hacer efecto los calmantes -a eso de las cinco- me tocaba diana sin piedad, así que llamamos un taxi para las siete menos cuarto y el tráfico se puso de nuestra parte. A las siete y diez estábamos a la puerta con mi maletita, mi consentimiento informado y mi miedo a cuestas, en ayunas desde las doce de la noche incluso de mis drogas, con lo que llegaba en unas condiciones bastante patéticas. Quise fumarme el último pitillo antes de entrar, pero me produjo arcadas y hacía frio; lo tiré a la segunda calada.

Al haberme citado a hora tan temprana pensé, ilusa de mi, que sería la primera. Pero no, todos los condenados teníamos la misma hora. Un bedel con chaqueta verde nos daba un número según íbamos llegando; a mí me tocó el cuatro a pesar de la anticipación, se ve que la gente tenía prisa por llegar al cadalso. Nos presentamos en admisión por riguroso orden de llegada y nos tacharon de una lista. Luego el bedel de la chaqueta verde nos condujo con nuestros acompañantes por interminables pasillos y ascensores renqueantes, como ganado al matadero, hasta una sala de espera que hacía honor a su nombre, pues esperamos cerca de una hora sin que nadie nos diera ninguna explicación. Por fin se abrió una puerta y apareció una mujer con un pijama azul que decia llamarse María. María nombró a nueve o diez personas entre las que yo no estaba y las ordenó salir de aquella sala sin sus familiares. Al cabo de un rato llamó a sus familiares. Eran los primeros en pasar por taquilla. Yo, que había llegado relativamente tranquila, me iba atacando por momentos, el dolor no cesaba, nadie decía nada y aquello se me estaba haciendo eterno. Había engañado a mi madre con la fecha y pensaba que me llamaría a casa, no me encontraría y se pondría nerviosa. Pero Fernando tuvo la precaución de desviar el teléfono a su móvil y cuando llamó le dijo que estaba durmiendo. Y no mentía porque para entonces ya estaba yo bajo los efectos de la anestesia.

Pasó un tiempo prudencial y volvio María. Esta vez sí me nombró, en segundo lugar. De modo que me despedí de Fernando y de Marta y fui tras ella sin saber a dónde. Mi destino resultó ser una sala donde habia ocho camas enfrentadas de dos en dos con un pasillo en medio. Allí nos dieron unos camisones de esos que se atan por detrás y nos dijeron que nos quitaramos toda la ropa. Éramos todas mujeres y con aquellos pingos puestos, la sala adquiría el aspecto del dormitorio de una cárcel femenina; parecíamos las arrecogías del Beaterio de Santa Maria Egipciaca. A todo esto aún no nos habían asignado habitación y no sabíamos si la tendríamos al salir del quirófano, con lo que los familiares se tenían que hacer cargo de nuestros efectos personales por un tiempo indeterminado, lo que incluía ir a tomar un café, comprar el periódico, salir a fumar o ir al baño con la maletita y la bolsa con la ropa que nos acabábamos de quitar. Todo muy comodo y funcional para ellos. Me pregunté qué haría el desgraciado que no tuviera familia ¿quedarse sin sus cosas y volver a su casa con ese trapo puesto, enseñando la parte posterior con lo que había refrescado? Una vez en camisón y debidamente aleccionadas y pasadas lista por una tal Pilar que mandaba más que María, dejaron pasar a los acompañantes y les endosaron el equipaje. Marta se fue a su curro y allí nos quedamos Fernando y yo; mi vecina de celda tenia alrededor de su cama toda una corte de familiares que hablaban de Esperanza Aguirre -no sé ni me importa si bien o mal- y encima ella con el móvil explicando a alguien a voz en grito cómo se hacían las lentejas. Corrí la cortina furiosa porque no tenía nada a mano para tirarle a la cabeza. Mientras tanto, Fernando se echó un sueñecito en la butaca.

A eso de las once entró un celador con una camilla y me llamó por mi nombre para llevarme al patíbulo, digo al quirófano. Y ya me relajé. A Fernando le dejaron venir conmigo hasta una especie de nave inhóspita y heladora donde me pusieron un gorro. Yo ya estaba entregada. Pasó un ratito corto y salieron dos tíos cachas que dijeron ¡hala, que nos la llevamos! nos dimos un piquito y nos dijimos adios con la mano. Dentro del quirófano me preguntaron si podía subirme yo sola al potro de tormento desde la camilla o me tenían que mover ellos. -Yo sola puedo, dije muy chula. Había un montón de gente a mi alrededor, poniéndome electrodos por todo el cuerpo y va uno y dice te vamos a abordar -a ABORDAR, dijo- por todos los flancos. Yo pensé estos cabrones han leído mi blog y se van a vengar. Vamos, no me digáis que no es raro. Lo último que vi fue una mascarilla de goma azul acercándose a mi cara desde lo alto, mientras oía una voz que me ordenaba: respira, que es oxígeno. Respiré con toda mi alma y entré en la nada.

Unas dos horas y media estuve en sus manos y se debieron despachar a gusto, dado mi aspecto actual, que estoy por ofrecer mi imagen -sin ánimo lucro, por supuesto- a la ministra de Igualdad para el cartel institucional del 25 de noviembre, día contra la violencia de género. Tengo un apósito en el cuello y un ojo morado, no me preguntéis por qué. Cuando salí de allí sólo sentía como si un ejército de duendes diminutos, armados con alfileres y agujas, estuviera pinchándome con verdadera saña en los dedos índice y corazón de las dos manos; las dos uves de la victoria mordisqueadas sin tregua por una plaga de insectos carnívoros. Vi a Fernando de refilón y le pregunté por Marta al pasar hacia la U.R.P.A. que debe ser algo así como Unidad de Recuperación -o reanimación, no sé- del Paciente. Me tuvieron allí durante cinco horas, cinco, esperando por lo visto que cesara lo de mis dedos, que parece ser que era una novedad a investigar, caso inédito entre los cientos de operaciones como la mía que realizan todos los meses. Estaba sola, completamente despierta, arrinconada en una esquina de aquella sala desapacible y gélida por la que pululaban gentes en pijama que anotaban cosas en unos papeles a los pies de las camas, viendo llegar a otros desgraciados y salir a algunos. En un momento dado creí oír que ya había cama para mí y se me encendió un rayo de esperanza. De vez en cuando entraba Marta con su bata blanca y yo me ponía a llorar y a pedirle que me sacara de allí y me contara quién estaba fuera. Tenía muchas ganas de ver a mi hijo, a mi madre, a Fernando, a quien estuviera. Esas cinco horas fueron lo peor de todo el día, porque además mis dedos no mejoraban y me veía eternamente confinada en aquel Guantánamo. Poco a poco los pinchazos se convirtieron en dolor continuo, concentrado y perfectamente simétrico en las dos falanges centrales de los dedos corazón y entonces el anestesista consideró que el protocolo de las narices permitía dejarme marchar. Y menos mal, porque esta es la fecha en que sigo teniendo los dedos jodidos; a pesar de que me estoy atiborrando a corticoides, mejoran despacito. Por lo visto me tocaron la raíz del nervio que afecta a esa parte concreta de mi body.

Cuando mi cama atravesó la puerta de la U.R.P.A. hacia el exterior, arrastrada por una celadora gorda, me sentí como si entrara en el paraiso, ya no me importaban mis dedos, ya no me importaba nada. Alguien me hizo la pregunta retórica ¿cómo estás? y contesté que había tenido días mejores, lo que hizo mucha gracia a una señora que pasaba por allí.

Y sí, llegué a la habitación por fin. Allí estaban Marta, Fernando, mi hermana Almudena, mi hermano de incógnito pues mi madre no sabía que estaba en Madrid -eso es otra historia que ya tendrá su turno en este blog- e Ignacio "El Dúples", pero no estaban mi hijo ni mi madre. Pregunté por Jesús y me informaron de que había aprovechado la espera para donar sangre y llegó al poco rato. Me dió tanta alegría verle que me cambió el humor. Ana no pudo ir con los gemelos malos, presa de la gripe A, que es que no dejamos nada para los demás. Y para mi madre ya era muy tarde; hablé con ella por teléfono y la pobre había agradecido el engaño. Si conoceré yo a mis clásicos. La enfermera de tarde que se encargaba de mí se llamaba Cristina y era un encanto de chica que me dio muchas instrucciones para preservar mi cuello, pero a mí no me dolía nada el cuello, ni los brazos, ni los hombros ni nada de lo que me había atormentado durante tanto tiempo y estaba de buen humor. Sólo los dedos me amargaban un poco la vida y sugerí a Cristina una solución drástica: la amputación, pero me dijo que no lo contemplaba el protocolo. Cualquiera que me conozca sabe que tengo dedos largos y delgados y los que no, ahí tienen la foto que hizo Cock de mi mano fumando; pues mis dedos corazones se iban pareciendo por momentos a una salchicha de Frankfurt de las gordas, camino de morcilla de Burgos y enhiestos en dos "pesetas" sin destinatario conocido. Tenía un hambre canina y me trajeron un puré de verduras y arroz con leche. Pero no me dejaban incorporar la cama y Fernando me lo daba como si lo echara a un buzón y se me caía la mitad. Tomé unas pocas cucharadas y me rendí.

Obviamente, no había nada parecido a un catre para un acompañante, sólo una butaca tiesa. Así que les dije que no se quedara nadie, que yo tenía una pera en la mesilla para llamar a la enfermera todas las veces que me hiciera falta, que fueron unas cuantas a lo largo de la noche por razones de eliminación de la anestesia vía urinaria; pero aún me quedaba un mínimo de dignidad y no quería que me pusiera la cuña nadie de mi entorno; también tuve que llamar pidiendo calmantes por los putos dedos que seguían atormentándome. A todo esto, mi compañera de habitación, una señora mayor -mayor que yo, de más de setenta- que la habían puesto una válvula porque tenía hidrocefalia y llevaba un mes en el hospital, afortunadamente dormía como un ángel, impertérrita a mis llamadas. Al día siguiente nos hicimos amigas y me contó que no podía andar, que sólo tenía un marido octogenario que era el hombre de su vida, pero que la regañaba todo el rato y que se quería suicidar. -Voy a hacer un disparate y me voy a tirar por la ventana. -Pero, Lola, si no puedes andar hasta la ventana y yo no te puedo ayudar porque me han prohibido hacer esfuerzos y coger peso, echaría a perder toda la operación; mira, le dije, si quieres tengo una caja de diazepán que me he traído de estranjis para dormir; te puedo dar unas cuantas píldoras y te vas sin dar un ruido y sin sangre. Se quedó así la cosa y nos pusimos a ver el partido del Madrid contra el Milán; se enfadó mucho cuando le pitaron el penalty al Madrid, lo que me dio cierta tranquilidad porque tengo para mí que alguien que se enfada tanto por un penalty no se suicida sin antes matar al árbitro y eso Lola no lo tenía fácil. No me pidió las pastillas y el miércoles se la llevaron a un centro de rehabilitación; se despidió de mí dándome muchos besos pequeños.

Y bueno, ya estoy en casa desde antes de ayer; haciendo las cosas que normalmente se hacen sin darse uno cuenta, pero que ahora son como un arco de iglesia: coger la sartén grande para lo cual hay que quitar todas las que están encima que pesan un güevo, alcanzar la ensaladera del estante más alto de la cocina, cosas así. Me he dado cuenta de que medio kilo de cebollas pesa 500 gramos y son muchos gramos en el estado de flojera que me invade. Ayer pasé un día muy lacio y con la lágrima fácil, pero hoy estoy mejor. Y espero que esto siga para delante. Además he comprobado cuánto necesito que la gente me quiera, qué absurdamente dependiente soy del cariño de los demás. Cómo agradezco una llamada o un e-mail y qué suerte tengo de tener tantos amigos. He constatado -y eso me duele, caramba, soy muy vanidosa- que, o bien este blog no lo lee tanta gente como yo creía, o bien hay quien pasa de mí; porque he echado de menos a gente a la que quiero y que además algunos son hermanos de otros amigos por los que han podido enterarse, pero evidentemente no he formado parte de sus conversaciones. Y es lógico; aunque me duela yo no soy el ombligo del mundo y seguramente habrá habido ocasiones en que me hayan echado de menos y yo estaba a por uvas.

¡Ah! Espero que este rollo no lo lea mi jefe, porque me va a decir que a trabajar. Le tendré que convencer de que lo he dictado.

miércoles, 28 de octubre de 2009

¡¡¡AL ABORDAJE!!!

Teniendo en cuenta que el barco pirata navega con todo el velamen desplegado y le sopla el viento de popa, la velocidad de crucero viene siendo a toda máquina y el abordaje se producirá el próximo lunes 2 de noviembre, día de difuntos por más señas. Ya vislumbro las dos tibias cruzadas bajo la calavera y por más que yo levante la bandera blanca por proa me parece que esto no hay quien lo pare. Así que aquí estoy, confiando en que el Capitán Garfio tenga un buen día y me degüelle con cuidado y con misericordia, sin ensañamientos innecesarios. Mientras tanto vegeto tan ricamente entre la cama y el sofá; he leído de cabo a rabo los Papeles Inesperados de Cortázar; algunos de esos papeles son deslumbrantes -deslumbrantemente cortazarianos- y otros me han resultado un poco tochos, pero todos me han confirmado en la idea de que don Julio poseyó una de las inteligencias más preclaras del siglo XX y es uno de los más grandes escritores en lengua castellana; también he leído en tres días Vía Revolucionaria, la novela de Richard Yates sobre la que se basó el guión de Revolutionary Road; me ha gustado y ahora estoy con otra del mismo autor absolutamente demoledora: Las hermanas Grimes; he visto un par de películas en el cine -Despedidas, que es una gozada de sensibilidad y buen gusto japonés y El secreto de sus ojos, con un Darín madurito que mejora con los años- y varias pirateadas de cinetube, entre las que están la última de Woody Allen Si la cosa funciona, una vuelta a lo mejor del genio de Manhattan y la nueva ocurrencia de Tarantino Malditos Bastardos, que no tiene desperdicio; Me falta Ágora, pero me da mucha pereza no sé por qué. Hago algún recado por el barrio y me cruzo con los jubilatas que van a comprar el pan, muchos empujando las sillitas de sus nietos; es un regalo el otoño que tenemos este año. Algún día he hecho la machada de salir a comer o a tomar una copa con Fernando; "me saca", dice, para entretenerme y que me olvide un rato y yo me dejo sacar porque creo que él debe estar hasta los mismísimos de este plan que tenemos desde hace mes y medio, pero la verdad es que enseguida empiezo a revolverme en la silla o en el taburete de la barra; me duele, no encuentro postura y quiero volver a casa.

A mi madre le he dicho que me operan el martes, porque prefiero darle las cosas hechas y ahorrarle la preocupación de la espera, de manera que si esto lo lee algún pariente o amigo que tenga contacto con ella, ruego que no se vaya de la lengua, please. Porque resulta que lo mío es sólo una anécdota entre una larga serie de desaguisados que últimamente está cayendo sobre mi familia -todos relacionados con la salud- que es que parece que los astros se han alineado contra nosotros o que nos ha mirado el cíclope Polifemo con su único ojo vuelto del revés. Y lo que le pueda evitar se lo evito, que ya está bien a los ochenta y ocho años que cumple dentro de tres días, aunque ella sigue diciendo que tiene ochenta y siete. La pobre está desbordada y eso que no sabe de la misa, la media.

Pues eso, que ya está aquí. Y que agradezco a todos vuestros comentarios, que me han hecho reír, me han acompañado y me han tranquilizado a partes iguales. Y que es un lujazo teneros ahí. Gracias.



miércoles, 21 de octubre de 2009

ABORDAJE CERVICAL ANTERIOR

Eso es lo que he autorizado que me hagan al firmar el consentimiento informado: abordaje cervical anterior, lo que en román paladino quiere decir que, en pleno uso de mis facultades mentales, permito que me den un tajo en la parte frontal del cuello e introduzcan por él diversos instrumentos cortantes y/o punzantes -ya sean en hoja o en punta- tales como tijeras, bisturís, escoplos, periostotomos, curetas, pinzas, disectores y otros artilugios, con los que abrir camino a través de ese laberinto de músculos, venas, glándulas, arterias, cartílagos o nervios -sin hablar de algunas tuberías de cierta importancia, como la tráquea o el esófago- que ocupa el interior de mi cuello y llegar a las vértebras C5, C6 y C7. Que digo yo en mi ignorancia, si el recorrido no sería más corto y menos accidentado entrando por detrás, con perdón por la manera de señalar. En cualquier caso, comparado con esto, firmar la eutanasia es una minucia, al fin y al cabo ya sabe uno a lo que va, y en cambio ahora se supone que uno suscribe el tal papelajo para vivir un poco mejor, pero vaya usté a saber...

Porque aunque una tenga confianza ciega en la pericia del artista -¡qué remedio!- quién me dice a mí que no va a tropezar con el esternocleidomastoideo, no sé, que le dé un estornudo y pinche en la yugular o perfore la tráquea, cualquiera puede tener un mal día. Que toque la glándula tiroides sin querer y se me disparen las hormonas; de ahí me podría venir nerviosismo, irritabilidad, insomnio y trastornos mentales que pueden oscilar desde la ansiedad al delirio; que se me caiga el pelo y se me separen las uñas de su lecho ungüeal. O que me rompa el cartílago cricoides y se me quede colgando el esófago.

Y no quiero ni pensar lo que podría ocurrir con mi body si al nervio vago le diera por ponerse a trabajar... ¡Dios me coja confesada!

sábado, 17 de octubre de 2009

RISAS



No puedo escribir, pero todavía me río. Almu me ha mandado este video y mi hernia casi se acaba de rematar.

sábado, 10 de octubre de 2009

SOY UNA MUJER NUEVA

En el post del 16 de septiembre, va para un mes, ya hablaba de mi dolor de hombro; aunque lo utilicé en sentido metafórico, era real como la vida misma. Luego la cosa fue a más y ya no era sólo el hombro sino todo el brazo, mano incluída y, sobre todo, un punto de la columna vertebral por ahí arriba, cerca de la nuca, que se extendía como una sombra negra; que no cesaba ni de día ni de noche, me amargaba la vida y el carácter y casi llegué a olvidar que alguna vez había tenido ganas de vivir. No quiero dramatizar, pero las he pasado canutas.

El caso es que esta noche, por primera vez en todo este tiempo, he dormido seis horas seguidas, despertándome no por el dolor sino por otras urgencias más llevaderas. Como os dije en los comentarios, Marta en su hospital me ha conseguido un atajo ultrarrápido para saltarme todos los impedimentos burocráticos de la sanidad madrileña y llegar al diagnóstico; ahora sólo falta que me vea un neurocirujano y decida qué hace con mi body, pero por lo menos ya tengo un tratamiento que, como por arte de magia, ha hecho desaparecer los dolores y puedo vivir como una persona medio normal. Digo yo que cómo lo podrá soportar la gente que no tenga la suerte de que su hija trabaje con especialistas de la cosa. En dos días me vió la neuróloga, me derivó a la resonancia magnética y veinticuatro horas después de salir del tubo estaba mi hernia cervical en la pantalla de su ordenador; la enfermera que dirigía esa orquesta de percusión que es la R.M. me dijo que pidiera hora a mi doctora para dentro de quince días, yo es que me pasmo.

Lo de la resonancia merece por lo menos unas pocas líneas; si no habéis pasado por esa experiencia, no podéis perdérosla. Yo cerré los ojos cuando me metieron en el ataúd, me parece que es como se debe estar dentro de ese receptáculo, y aquella mujer me anunció desde fuera que el estudio duraba media hora -media hora que cundió más que en el baloncesto- y que no me moviera en absoluto; sobre todo las manos, es importante que no mueva las manos, me advirtió. Inmediatamente sentí una necesidad imperiosa de frotarme unos dedos con otros y de rascarme algo, pero me mantuve firme e inmóvil como un cadáver. Cuando creía que ya había pasado ese tiempo hacía rato -durante el que se sucedieron variados y estridentes sonidos sobre mi cabeza, golpeteos, pitidos, sirenas, qué sé yo- dá unos golpes sobre la tapa del féretro y me pregunta -Qué tal está, Ana María, y sin esperar a que yo contestara -pues vaya, tirando, me ordena -tiene que respirar más despacito; y a mí, que si de algo no me había ocupado era de la velocidad de mi respiración, a partir de ese instante se me iban y se me venían unos jadeos dignos de mejor causa. No contenta con esto, me avisa -ahora viene una secuencia de siete minutos durante los que no puede tragar absolutamente nada. Ni que decir tiene que en ese momento mis glándulas salivares se pusieron a trabajar a pleno rendimiento y cuando pasaron aquellos eternos siete minutos estaba a punto de ahogarme en mi propia saliva. Por fin abre la tapa y me espeta: ha tosido usted. -¿Yo?, me defendí; - he intentado no toser. -Pues las imágenes no mienten, aseguró mirándome a los ojos como en un tercer grado. -Pues si las imágenes no mienten yo no tengo nada que objetar, contesté humillada y como pillada en falta.

Como en esta vida todo se acaba, aquello también llegó a su fin y salí del tubo por mi propio pie, talmente como un
zoombie. Pero después he vuelto a nacer porque me han puesto el tratamiento que, por lo visto, antes hubiera enmascarado los resultados de la prueba.

Y a las siete y media de esta mañana he desayunado en mi ventana como en los viejos tiempos, mirando un cielo azul palidísimo surcado por la estela de humo rosado de los aviones que parece ser que ensayaban para el desfile de las Fuerzas Armadas. Y me he sentido feliz viendo un cable de la luz con una fila de palomas posadas en perfecta formación, también con cierto aire militar, como en
Los Pájaros de Hitchcock.

He pasado dos días en casa de mi madre porque mi chico estaba sobrecargado de trabajo y tenía que hacer un viaje. Tumbada en el lecho del dolor con la almohada cervical y mirando al único lugar que podía mirar me acordaba de la canción de Serrat
"por cierto al techo no le iría nada mal una mano de pintura". Mi madre se empeñaba en dejar la puerta de su cuarto abierta para no perderse ni un segundo de mis padecimientos y yo sin querer encender la luz y alumbrándome con el móvil para tomarme mi cocktail molotov de calmantes y antiinflamatorios sin despertarla; pero todo inútil, ella aparecía en la puerta dispuesta a compartir conmigo cada instante, con lo que encima me sentía culpable de tenerla en esta situación a sus casi ochenta y ocho años. He ocupado la habitación que fue de mi abuela y me he puesto a fisgar el cajón de su mesilla de noche que está tal como ella lo dejó, con sus rosarios, sus estampas y sus lecturas: Reglas para vivir cristianamente, La oración de todas las horas, La Imitación de Cristo, Sed Perfectos... Pero lo que más me ha gustado ha sido un folleto con una novena al Glorioso Mártir San Expedito, abogado de los negocios y casos urgentes. Este es el mío, pensé decidida a hacer la novena. San Expedito parece ser que fue un aguerrido soldado romano que se debió convertir al cristianismo y sufrió martirio por tal causa. ¿Vendrá de ahí lo de expeditivo? Me encomendé a su intercesión. En el cajón de mi abuela había otro folleto que decía: "Novena y visita domiciliaria al Beato Valentín Berriochoa O.P.". ¿Vendrá a mi casa el Beato si hago la novena? Yo, por si acaso, me quedo con San Expedito.

¡Ah! He redibido dos cartas de mis nietos mayores, cada una en su estilo. La de Paloma es larga, con una letra preciosa en distintos colores y muy literaria. A Marcos le tiran más las artes plásticas y la suya es escueta; hela ahí. No he podido resistirme.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

DOLOR

Mi contractura o pinzamiento o hernia cervical o lo que c... sea esto, lleva dos días emberrenchinada, lo que me está sumiendo en la más absoluta depresión y en el aislamiento de la gente corriente. Ya casi no recuerdo haber sido alguna vez una persona normal y autónoma que andaba por el mundo sin dolor -físico, me refiero- y me parece imposible que lo vuelva a ser en un futuro más o menos próximo, tengo la impresión de que me voy a quedar así para siempre. Estoy de baja laboral y mi vida se reduce a buscar la postura en que me duela menos en el sofá o en la cama, cargando con un extraño artefacto que me da calor, tomar diversas pócimas y a dar la lata a quien está conmigo; digo gracias, mi amor, cienes y cienes de veces al día. Me avergüenza confesar que esta noche me he puesto a llorar de puritita desesperación.

No encuentro consuelo en la música ni consigo concentrarme en la lectura, que me cuenta historias de gentes a las que no les duele nada. El dolor, que nace en mi cuello y se extiende por mi hombro deslizándose a lo largo del brazo izquierdo hasta la punta de los dedos, no sé cómo ha encontrado también el camino para invadirme el alma y ha conseguido que sólo tenga ganas de llorar o de morirme. Las noches son algo muy parecido al infierno, estoy agotada pero me horripila meterme en la cama.

Evidentemente esto me lleva al manido tópico que dice aquello de que lomasimportanteeslasalú y a valorar la suerte que he tenido de llegar a mi provecta edad sin achaques dignos de mención, incluso con una notable energía. Pero mi compañera y sin embargo amiga Paquita, que cumplió los sesenta un año antes que yo, dice que a ella le pasaba lo mismo pero que a partir de esa fatídica década le ha caído encima todo lo que no tenía. Es la alegría de la huerta, impagable como animadora. A parte del dolor, yo creo que también he pedido la baja por no oírla.

Buscando el lado bueno -si es que lo hay, que ya hay que poner empeño en buscar- quiero aprender a ser un poco más paciente y más comprensiva con la gente a la que perennemente le duelen cosas, mi madre sin ir más lejos. Y también me reafirmo en reivindicar la eutanasia e ir redactando mi testamento vital. Digo yo que algún amigo tendré dispuesto a desenchufar los tubos o darme el tiro de gracia.

viernes, 25 de septiembre de 2009

ME VOY A MOJAR


Vaya por delante que soy una antiabortista visceral, lo que significa que el aborto provoca en mis vísceras -desde el útero hasta los ovarios, pasando por el corazón- un rechazo y un escalofrío cercanos a la náusea. Y si lo trato de una forma racional, no visceral, en la mayoría de los casos llego a la conclusión de que -se disfrace como se disfrace- es un acto de egoismo y un medio, si se quiere doloroso, pero un medio de sacudirse un problema de encima matando moscas a cañonazos; que es mucho peor la solución que el problema, quiero decir. Ya me están pitando los oídos, sobre todo el izquierdo, por las iras que estas afirmaciones susciten en determinados sectores que consideran las ideologías como un bloque pétreo que no admite disidencias ni fisuras en ningún aspecto. Pues bien, soy de izquierdas; mi corazón y mi cabeza son socialistas; soy feminista en el sentido de que siempre defenderé la absoluta igualdad de derechos, de deberes y de oportunidades en todos los ámbitos para los hombres y para las mujeres; la tan traida y llevada conciliación de la vida laboral y familiar tal y como se entiende habitualmente -vamos, que las que concilien sean las mujeres- me parece una engañifa; aquí no se trata de conciliación sino de corresponsabilidad, lo que en román paladino quiere decir que los hombres se impliquen al mismo nivel que las mujeres en el cuidado, atención y educación de los hijos desde que son concebidos y en el resto de las tareas que conlleva la vida en familia. Y además de todo esto estoy en contra del aborto, qué pasa.

No he llegado a esta postura empujada por ninguna religión; no sé ni me importa en qué momento se puede decir que ese pequeño ser está dotado de "alma" -que, por otra parte, la vida y la historia nos muestran innumerables seres humanos nacidos y largamente vividos que nunca llegan a tenerla- pero si sé que no es un tumor que haya que extirpar y que con un tamaño de unos pocos centímetros ya tiene piernas y brazos y ojos, se chupa un proyecto de dedo y en su diminuto pecho hay un corazón que late por su cuenta.

Una vez hecha esta declaración de principios para que no quede ninguna duda de mi posición al respecto, soy consciente del mundo en que vivo y de una realidad que, mal que nos pese, existe y por lo tanto hay que regularla para evitar tantas carnicerías como se han hecho a lo largo de los siglos con una aguja de hacer punto o un irrigador de aire; sin contar con la conciencia de algunos médicos, que objeta en lo público pero se vuelve mucho más laxa en lo privado, previo pago de su importe.

No entiendo la movida que se está organizando con motivo de la reforma -que no ampliación- de la ley del aborto, pues en los tres supuestos que contempla la vigente ley cabe todo. Tanto el peligro para la salud física o psíquica de la embarazada como una posible malformación del feto -supuesto que deja en la conciencia un cierto regusto nazi- son dos coladeros y no hay más que buscarse un médico amigo para que certifique lo que haga falta; y en cuanto al embarazo producto de una violación, digo yo que qué culpa tendrá la criatura. Pues esta Ley Orgánica está vigente desde 1985 y que yo sepa no la derogó el Partido Popular durante sus ocho años de mandato. Lo único que cambia el proyecto de la nueva ley es que ya no habrá que inventarse cuentos chinos para abortar durante las primeras doce semanas; lo de las malformaciones queda como está: veintidós semanas, lo cual era una barbaridad antes y lo seguirá siendo a partir de la nueva ley. En este punto conviene hablar de los frecuentes errores médicos, ya he contado alguna vez que a mi primera nieta le pronosticaron síndrome de Down. Parece ser que lo que provoca tanto revuelo es que las chavalas de entre dieciséis y dieciocho años puedan interrumpir su embarazo sin consultar con sus padres. Y aquí me asalta la pregunta de si la perversidad del asunto está en el aborto mismo o en el hecho de que no pidan permiso a papá y a mamá. Tengo para mí que si una chica oculta un embarazo a sus padres es porque entre ellos no se dan las mínimas condiciones deseables de comunicación y confianza y sus progenitores no tienen la menor idea de lo que hace con su vida, y en eso algo tendrán de culpa. También me gustaría que alguien me aclarara qué pasa cuando papá y mamá dicen que sí -Vamos, nena, tú lo que tienes que hacer ahora es estudiar; va a ser un momento y luego ni te acordarás, eres muy joven, ya tendrás tiempo. ¿Entonces sí estará bien abortar? No seamos hipócritas, por favor, que más de una mamá y un papá, incluso católicos, no sólo han aconsejado a la niña esta opción durante toda la vida, sino que la han obligado a tomarla acompañándola a Londres. Sin hablar de los que la escondían durante nueve meses y luego le arrebataban a la criatura sin permitirle ni siquiera verla, que todos conocemos casos.

A mi modesto entender es urgente una educación sexual de calidad en la que esté presente el concepto de igualdad entre ellos y ellas, de manera que los chicos también se sientan responsbles de las consecuencias que puede acarrear un calentón con dos copas y se impliquen. Porque yo pienso -y esto sigue estando en contra de todos los eslóganes feministas al uso- que la paternidad, la maternidad y, por lo tanto, el posible aborto es un tema de dos en el que el padre también tiene algo que decir.

viernes, 18 de septiembre de 2009

TAL DÍA COMO HOY

Hace dicisiete años era viernes, como hoy, cenaste boquerones fritos -¡lo que te gustaban!- y protestaste cuando te mandé a la cama; luego entré a darte un beso y dormías como un sol; lo que pasó después, cuando a las cuatro de la mañana viniste a mi cuarto y todo lo demás, no quiero recordarlo. Al día siguiente era sábado, como mañana, y Marta iba a celebrar que cinco días más tarde cumplía doce años. Cuando por la tarde sus amigas llamaron al timbre con un regalito en la mano, nadie abrió la puerta; nadie había preparado las mediasnoches ni los sandwichs ni las patatas fritas ni los ganchitos. No había tarta ni velas ni felizfelizentudía. Porque para tí y para mí -y también para Marta y para todos tus hermanos y para papá y para la abuela- a las ocho de aquella mañana se habían parado todos los relojes de la tierra, aunque luego vinieron otros diecisiete cumpleaños, otras diecisiete navidades y otras diecisiete primaveras. Aunque el tiempo siguió haciendo su trabajo indiferente y las estaciones continuaron sucediéndose una detrás de otra, como si nada.

Parecía imposible, pero la vida insistió en repetirse eternamente; las mismas mezquindades de siempre, las mismas guerras u otras semejantes, las mismas injusticias, las mismas mentiras. Un disparate tan absurdo, tan descabellado, tan ilógico como tu muerte debería haber traído una transformación total de la existencia y sin embargo el mundo no cambió nada; mira las hemerotecas y verás la de desatinos que se han cometido desde entonces, una barbaridad.

¿Que si cambié yo? Pues seguramente sí; ahora me importan menos las cosas que me importaban antes, los problemas de dinero y eso; pienso que de todo se sale y si no se sale tampoco es para tanto. Ahora sé que si no me hundí entonces ya no creo que me hunda nunca y lo único que me da miedo es lo que pueda afectar a tus hermanos y a tus sobrinos. Yo he sobrepasado -espero que ampliamente- al menos dos tercios de mi vida y tú llevas en el otro lado más del doble de años de los que pasaste en éste; comprenderás que lo que me pueda ocurrir a mí me importe muy poco. Intento vivir sin meterme con nadie, amando a mi gente que es la tuya; conservando a mis amigos, si ellos quieren, claro; cuidando de la abuela que está muy mayor, disfrutando de Palomita, que ya tiene la edad en la que tú dejaste de crecer, de Marcos, de Carmen, de tu tocayo Jaime y de Almudena; escribir mis tonterías y ser moderadamente feliz con quien tu sabes, que lo sabes. Y poco más, mi niño.

Tengo que confesarte que no siempre lo llevo tan bien; cuando beso tu foto antes de dormirme hay veces que me da mucha rabia y mucho dolor y esa sonrisa estática se me clava en el alma; porque tú eras todo menos estático, tú eras un torbellino de vida, de risa, de humor, de expresividad, de preguntas, de mal genio, que también te enfurruñabas. Entonces sale lo peor de mí y me agarra una envidia negra de que Fer y Belén y Aña y Juan Luis y Gabriel y todos se hayan hecho mayores, tengan carreras, novios, planes y a tí se te haya negado todo. Pero son momentos, malos momentos. Luego enseguida oigo tu risa y se me pasa; pienso que sólo viste el lado bueno de la vida y eso fue una suerte, sobre todo para tí; para mí, ya no lo tengo tan claro.

Mañana, una vez más, iré a Sigüenza. Esa absurda ceremonia de dejarte unas flores que se mueren enseguida. Ya son diecisiete años llevándote flores; diecisiete años echándote de menos cada día.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

DESPUÉS DEL TELEDIARIO

Hace apenas una semana tenía la casa en penumbra, protegida de unos ardores fuera de lugar en septiembre; hoy en cambio la tarde está fría, he cerrado las ventanas y me he puesto unos calcetines, qué cosas. No pongo música, me gusta el silencio de la casa; encaramada en esta soledad casi sólida, miro las nubes sucias que de repente han cubierto el cielo de Madrid. Llueve despacio, unas gotas diminutas pintan pecas en los cristales y veo que el verde de los árboles ya no es tan verde. Hace falta un poco de tiempo para mirar; la vida va tan deprisa, tan atolondrada, que a veces se me escapan cosas tan importantes como que las hojas empiezan a dorarse por los bordes. Y tambien es necesario un poco de tranquilidad para mirar hacia dentro, para intentar averiguar de qué materia está hecha la tristeza. El telediario me ha enseñado una vez más la mirada del hambre, esa vergüenza global que saca los colores a nuestras pequeñas miserias, a ver quién es el guapo que se queja mirando esos ojos; y eso que no he puesto la foto más dura, al fin y al cabo esos niños todavía pueden mirar. La comunidad internacional ha recortado en un tercio la ayuda contra el hambre, la crisis es lo que tiene. Menos mal que gracias al Danacol podremos disminuir el colesterol que se nos ha disparado con los excesos del verano, tanta tapita, tanto chiringuito y tanta vaina. Sin olvidarnos del Actimel, que protege nuestra flora intestinal.

Por lo visto yo voy a lo mío y no hago caso de nadie. Por lo visto no he estado disponible cuando alguien me necesitaba. Por lo visto he decepcionado a una amiga. Por lo visto, otras amigas sí estaban. Pues es una suerte, siempre hay un roto para un descosido. Yo no sé hasta qué punto la amistad se mide en horas de teléfono y tampoco sé qué se gana con hacer que otros se sientan culpables de la propia tristeza, pero si eso sirve para algo lo doy por bien empleado. El papel de mala se me da muy bien, vamos, es que lo bordo. Por eso sé que los malos procuramos no echar encima de nadie nuestras penas sino que nos las comemos y luego nos tomamos unas copas con los buenos para que nos lloren a gusto en el hombro. Pero el caso es que a mí hoy me duele mucho el hombro, tengo una contractura de tanto cargar con mis culpas.

He hablado estos días del amor, del sexo, de la fidelidad; quizá toca hablar ahora de la amistad, que tal vez sea el sentimiento más puro de todos, cuando es auténtica. Y es auténtica cuando está por encima de cuestiones circunstanciales como la distancia o la frecuencia. Cuando te echo de menos pero no te echo en cara que no estés. Cuando no se convierte en una obligación ni en una necesidad; cuando puedo vivir sin tí pero quiero estar contigo, cuando no puedo verte pero me muero de ganas de verte y, si el destino se pone de nuestra parte, nos veremos, nos daremos un abrazo y retomaremos en el mismo punto en que nos quedamos; porque tú tienes tu vida y yo la mía y nuestras vidas no tienen nada que ver, pero las dos -o los dos- sabemos que estamos ahí. Cuando quiero que seas feliz aunque yo no me entere, cuando me duele que las cosas te vayan mal y no está en mi mano que te vayan mejor. Y cuando tú te alegras de que yo sea feliz, aunque mi felicidad te robe mi tiempo. La amistad es un lujazo para disfrutar y nunca se debe poner a prueba. Estoy por decir que si se pone en duda, si es necesario demostrarla constantemente, deja de existir. Porque en definitiva consiste en estar cómodo, con el alma en zapatillas y sin maquillar.

No quiero parecer cínica pero me duele mucho el hombro y el médico me ha recetado un relajante muscular.

domingo, 6 de septiembre de 2009

LOS AMORES DISPERSOS

Ayer escuché por la radio una entrevista con Asunción Balaguer, la viuda de Paco Rabal; una mujer que, aunque me cae muy bien, siempre me ha dado un poco de grima esa especie de sumisión, de pleitesía ciega que parecía rendir a su marido, considerándole un ser superior hasta el punto de hacerse casi invisible como persona y como actriz, siendo como es, magnífica. Yo misma acabo de escribir "Asunción Balaguer, la viuda de Paco Rabal" sin embargo nunca se me hubiera ocurrido decir "Paco Rabal, el marido de Asunción Balaguer". Me sobrecoge un poco esa forma de conformarse con vivir a su sombra, agradeciendo al destino que él hubiera puesto sus irresistibles ojos en alguien tan insignificante como ella y sin pedir a la vida nada más que poder pasarla besando por donde pisaba Paco. Sus palabras me recordaban aquello de laisse-moi devenir l´ombre de ton ombre, l´ombre de ta main, l´ombre de ton chien, que queda muy bonito para una canción pero que, con todos mis respetos hacia esta gran mujer, no me parece de recibo; creo que es indispensable vivir en un plano de igualdad con la pareja.

Distinguía Asunción entre fidelidad y lealtad, situando la primera únicamente en el terreno sexual, acrobacia lingüística que a mi me parece una forma elegante de asumir los cuernos. -Paco nunca me engañó, simpre me dijo que en su vida habría otras mujeres porque él era así, pero que yo siempre sería la primera, la que de verdad quería. Por lo visto, eso se llama lealtad. No seré yo quien juzgue los acuerdos a los que llegue cada pareja, pero hay que reconocer que así es fácil cumplir las bodas de plata y las de oro, con permiso de la muerte. Me pregunto si el gran actor hubiera aceptado que ella le contestase por ejemplo: estupendo, cielo, tu también serás siempre el primero, nunca te dejaré por el segundo ni por el tercero ni por el cuarto; verás qué bien nos llevamos todos.

Esta historia sólo es un ejemplo para entrar en materia; para hablar de ese eufemismo que es la distinción entre fidelidad y lealtad. A mí me da que si la mayoría de los engañados o engañadas supieran que lo son, no opinarían que su santo o santa les está siendo muy leal cuando se mete en la cama con otro u otra, aunque luego, con el pitillo, lave su conciencia cantando alabanzas de su cónyuge. No creo que ningún engañado se detenga en esos matices del diccionario que, por otra parte, los considera sinónimos. Yo te quiero y te soy leal, cariño, pero es que soy así, no lo puedo evitar. Esto es una absoluta falta de respeto, no sólo al cónyuge sino sobre todo al tercero en discordia, que ante el legítimo queda reducido a mero objeto sexual.

A lo largo de la vida todos conocemos a gente atractiva con la que, además, no compartimos la cotidianeidad y sólo vemos en su faceta más brillante, cómo ellos a nosotros. Personas con las que tenemos afinidades y complicidades y, si son del otro sexo -o del mismo, eso allá cada cual- es fácil que nazca alguna especie de amor. Esto es inevitable y además es bueno y enriquecedor, si somos capaces de mantener la cabeza fría, tomar una cierta distancia y dejarlo aparcado en el lugar que le corresponde sin que se interponga en lo que de verdad importa. Pero si damos cuerda a la cuestión y empezamos a hacer comparaciones, la cosa va mal. Creo que es un mito esa frase tan utilizada para justificar una infedelidad: cuando se está bien con la pareja nadie necesita otra historia. Hombre, necesitar, necesitar, no, pero a nadie le amarga un dulce. Se trata de no comerse el dulce, que además de engordar, distorsiona la realidad.

Otro lugar común muy prestigiado es ese que dice que con la pareja hay que ser absolutamente sincero y contarle todo lo que pasa por nuestra cabeza. Mentira podrida. Todos tenemos alguna parcela privada y es saludable que la tengamos, e intentar que el otro se meta en nuestra piel y entienda lo que sentimos es perder el tiempo y sólo lleva a los celos, a las discusiones y a sacar las cosas de quicio. Lo que hace falta es mucho respeto por la intimidad de cada cual, una gran dosis de confianza y dónde ésta no llegue, pues ajo y agua, pero con deportividad y sin demostrarlo.

Lo que no podemos pretender a estas alturas, es ser únicos e insustituibles las veinticuatro horas del día, eso es de una ingenuidad y de una soberbia bastante infantil.

Todo este rollo que acabo de largar es pura teoría; porque como se te ocurra mirar a otra, tío, te corto los güevos.