lunes, 21 de diciembre de 2009

NIEVE

Esta mañana, a las seis y media, las sábanas se me pegaban más que nunca; estaba sumergida en un nirvana cálido y blandito y mi cuerpo se resistía a salir a la gélida realidad. Y es que la nieve, con puntualidad británica, había llegado esta noche sin hacer ruido; la nieve nunca hace ruido, aparece por sorpresa cuando una abre la persiana todavía dormida, como un regalo de navidad dejado en la chimenea. Me da gusto ver desde la ventana la calle de siempre ataviada de blanco inmaculado, pero al mismo tiempo se me hace muy cuesta arriba salir al exterior. La nieve tiene la fugacidad de muchas cosas bellas, hay que pillarla en su momento justo porque, al menos aquí en Madrid, enseguida se convierte en un barro negro y resbaladizo que nos hace jugarnos si no la vida, sí la cadera, que es lo que suele romperse la gente a determinadas edades.

Y ha venido a poner la nota navideña que no pone la crisis, que este año tengo la impresión de que el personal se está palpando más la cartera a la hora de hacer dispendios. No está mal que nos enteremos de lo que vale un peine en época de economía de guerra y aprendamos a derrochar con tiento, a pesar del espejismo de la paga extra. Aunque no creo que piensen lo mismo los comerciantes, las cosas siempre tienen muchos veres. El caso es que ya están ahí las fiestas de marras y, como la tela de araña familiar se agranda, cada vez es más complicado cuadrar el calendario y los compromisos de todos. Los hijos ya tienen otra familia con la que cumplir y la cosa se enreda más si cabe cuando hay separaciones y nuevas parejas; entonces se tienen que partir no en dos sino en cuatro o más, dependiendo de las combinaciones. Y hay que andarse con pies de plomo para no herir sensibilidades, que en esta época nos ponemos muy tiernos, la navidad es lo que tiene.

En mi familia, toda la vida ha sido el día Navidad la fiesta grande. La Nochebuena cada uno se iba con sus políticos, pero el veinticinco nos reuníamos nosotros. Este año, por primera vez en todos los que tengo, no vamos a reunirnos en una casa sino en un restaurante. Y eso me produce una cierta nostalgia, un sentimiento de pérdida de algo sagrado. Porque el ritual no es el mismo; para empezar no vamos a comer el pavo con la receta de mi abuela. Siempre nos juntábamos hacia el día de la lotería mis hermanas y yo para echarles a los pavos, si no guindas, sí manzanas y pasas y piñones y jamón y magro de cerdo y vino de jerez. Los rellenábamos juntas y luego cada una asaba un bicho en su casa y lo llevaba a la comida. Era un trámite que me gustaba porque estamos juntas muy pocas veces las tres y hablábamos de cosas, nos reíamos y llamábamos a la Isi a su residencia para felicitarla. La Isi es una institución en mi familia; entró en casa -en la de mis padres- el año que yo me casé pero a mi me parece que ya nací con ella. En cualquier caso, va para treinta y nueve años, que se dice muy pronto. Desde hace un tiempo está jubilada en una residencia de Montejo de la Sierra, donde a sus setenta y tres es la benjamina del centro y le tiran los tejos todos los octogenarios y nonagenarios. Ha descubierto la felicidad. Un día hablaré largo y tendido de la Isi, porque merece un post para ella sola.

Después de comer jugábamos a cosas y el año pasado hicimos una votación secreta para ver quién era el más friki de la familia y yo obtuve un honroso tercer puesto, que es que hay algunos que son imbatibles. Era todo de mucha risa. Y está muy bien eso de reírse con los hijos y los sobrinos.

En fin, que por mucho que nos hagamos los duros son días de nostalgias y de ausencias.

Amigos, Felices Pascuas y, sobre todo, feliz 2010 que es más largo.

lunes, 14 de diciembre de 2009

EL INVIERNO DE AMINETOU

De repente los árboles de mi calle se han quedado con el corazón en los huesos como Sabina, desnudos y ateridos, tiritando al ritmo del viento que les ha despojado de sus volantes. Hace frío en Madrid, mucho frío; sin embargo en la memoria de Aminetou Haydar el termómetro marca los veinte grados de El Aaiun.

Desayunando tras los cristales surcados de escarcha, una piensa en ese grano que le ha salido al gobierno y en lo fácil que es hablar y ver los toros desde la barrera. Yo me pierdo en esta cuestión tan enrevesada y realmente no sé qué puede hacer España ni cómo puede presionar a Marruecos para que le devuelva el pasaporte, si retirando al embajador o declarando la guerra, pero tengo la impresión de que todo el mundo quiere pescar en este río revuelto, desde el PP a IU pasando por Rosa Díez -que ha ido a hacerse una foto entregando a los niños una carta de mamá- y de que lo que importa a todos ellos no es la suerte de Aminetou ni del pueblo saharahui por extensión, ni siquiera el gol que nos ha metido Marruecos sino la tajada que cada uno pueda sacar de ese gol.

En el año 75, cuando la Marcha Verde en plena agonía de Franco, yo vivía en Barcelona, tenía veintiséis años y dos niños de tres y uno, muchos problemas dentro de casa y escaso interés por el Sahara ni por casi ningún otro asunto que ocurriera de puertas para fuera, pero ahora lo de Aminetou Haydar me recuerda un poco a aquel chantaje, con la diferencia de que entonces teníamos la posibilidad de adoptar la solución vergonzosa que adoptamos, es decir, ceder al chantaje firmando los Acuerdos de Madrid para que se repartieran el pastel de los fosfatos entre Marruecos y Mauritania y sacudirnos el muerto saharaui de encima; ahora en cambio, no tenemos nada que ofrecerle a esta señora a cambio de su vida para evitar que muera en territorio español, que parece ser que es lo que preocupa; cosa que, por otra parte, a Marruecos le importa una higa.

Ese templo de la confusión llamado Naciones Unidas mantiene una posición ambigua sobre el Sahara Occidental, ya que no reconoce la anexión por Marruecos como parte de su territorio pero tampoco admite a la República Árabe Saharahui Democrática como país independiente, aunque el Consejo de Seguridad sí instó a Marruecos a celebrar un referendum en 1992; de esto hace la friolera de diecisiete años y los saharauis siguen esperándolo. O sea que se viene mareando la perdiz desde el año 76, sin que en todo este tiempo ninguno de los diferentes gobiernos que han pasado por Moncloa haya movido un dedo por la autodeterminación del Sahara, aparte de acudir a manifestaciones para apoyar de boquilla al Frente Polisario cuando estaban en la oposición, con el loable fin de tocar las narices al poder de turno. De manera que pedir al actual gobierno que consiga lo que no se ha hecho en treinta y tres años, me parece pedir peras al olmo.

Yo no soy saharaui ni vivo en el Aaiun ni veo pisoteados mis derechos todos los días por un régimen invasor y corrupto, por lo tanto no puedo meterme en la piel de Aminetou ni acercarme mínimamente a su desesperación, pero creo que hay que tener las cosas muy claras y mucho valor para hacer lo que ella ha hecho; no me refiero a la huelga de hambre sino a escribir la palabra saharaui en la casilla de nacionalidad de una tarjeta de embarque, sabiendo las consecuencias que seguramente iba a tener ese acto de rebeldía. Espero y deseo fervientemente que su apuesta resulte ganadora, pero creo que ha calculado mal sus fuerzas y que tanto su capacidad de presión como la del gobierno español es muy limitada.

Y en cualquier caso la responsabilidad de España no es de ahora; viene de treinta y tres años atrás.


Muy interesante el artículo de Jerónimo Páez, hoy en El País.


domingo, 6 de diciembre de 2009

DERECHOS

La democracia funciona con la libertad, no con la imposición;
facilitando el que se pueden ejercer los derechos y no limitándolos.
Antonio María Rouco Varela

El otro día oí estas palabras en la radio pronunciadas por Rouco Varela. Estaba desayunando y de la impresión se me atravesó un trozo de galleta de cereales en la garganta. ¡Por fin! pensé. ¡Por fin ha comprendido el Presidente de la Conferencia Episcopal que la ley del aborto no obliga a nadie a abortar ni la del matrimonio homosexual me va a imponer que me case con mi vecina! Sólo van a facilitar que se puedan ejercer esos derechos. ¡Bueno, más vale tarde que nunca! Aunque después de las manifas que han montado en los dos casos, me costaba creer la rectificación. Pero lo había dicho, yo lo acababa de oír. Estuve pendiente de las noticias de la hora siguiente esperando que lo repitieran. Y sí, lo repitieron. Volví a oír la frasecita en cuestión en boca de Rouco Varela. Pero como esta vez ya estaba preparada, no me atraganté y pude escuchar la continuación. Monseñor se refería al derecho de los padres católicos a educar a sus hijos en dicha religión.

Y es que hay derechos y derechos. No es lo mismo el derecho de los padres católicos que los de las mujeres y los homosexuales, dónde va a parar. Y, por supuesto, no es lo mismo el derecho de los padres católicos que el de los padres laicos -padres de niños que ni siquiera están bautizados ¡angelitos!- a que sus hijos sean educados en la laicidad. Hasta ahí podíamos llegar; los padres laicos que paguen un colegio privado laico en lugar de llevar a sus hijos a uno público -o concertado- que pagamos todos.

Leo que el año 2008, en este Estado laico -según lo define la tan cacareada Constitución- el gobierno socialista y comecuras invirtió 5.057 millones de euros en la financiación de las actividades de la Iglesia Católica, de los cuales unos 3.500 se fueron en subvenciones a los cerca de 2.400 colegios religiosos concertados. Eso es laicidad y lo demás son tonterías, sí señor. Lo de la Constitución también es curioso, igual sirve para un roto que para un descosido, cada uno la invoca para lo que le conviene y olvida alegremente los artículos que no le convienen.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

ESTA COSA DE LOS BLOGS

Empecé con esto del blog en diciembre de 2005, cuando necesitaba un cigarro. Creo que alguna vez he contado que me empujó a abrirlo el despiadado mobbing del que fui víctima cuando puse algún comentario, manifestando discrepancias políticas con la línea editorial, en el blog de una amiga de muy buena pluma; por entonces tenía ese blog una legión de visitantes, casi todos de la misma tendencia -no sé si eran muchos o los mismos con distintos alias, pero cundían un rato- inteligentes, ingeniosos y mordaces, aunque, si una era el blanco de sus pullas o de sus insultos, no le resultaban tan graciosos, que es que no tengo ningún sentido del humor. Entonces decidí abrir mi propio chiringuito y largar lo que me pidiera el cuerpo.

Y el cuerpo, que es caprichoso, me fue pidiendo cosas distintas, desde el comentario político al streeptease emocional pasando por el relato de experiencias propias o ajenas que me hubieran impactado de alguna forma; desde el humor a la melancolía, desde la ironía a la tristeza, he dejado un poco de todo a lo largo de estos cuatro años.

Gary, mi más antiguo y fiel lector -confío en que lo siga siendo, aunque ahora sólo me deja un comentario cuando me cortan el cuello- tuvo la ocurrencia de mandar el último párrafo del
post del 26 de abril de 2007 -una transcripción en prosa del poema que dediqué a Jaime en lo que hubiera sido su décimo cuarto cumpleaños, Cuando vuelvas- a un foro donde se encontraban personas que habían sufrido una amputación similar a la mía. Y de ahí viene el descubrimiento de Aguamarga, de Ybrim, de Sherpa y de Deyanira. A las dos primeras he tenido el gustazo de conocerlas personalmente y no pierdo la esperanza de que ocurra lo mismo con las dos últimas; sea o no así, tanto unas como otras habrán dejado en mi vida una huella mucho más profunda que algunos a los que trato o he tratado de forma cotidiana durante mucho tiempo.

Aquí se asoman amigos de siempre como Cock, Almu, Sol, Elefancia o Samotracia de los que tengo la absoluta certeza de que nada -ni siquiera la muerte- me va a separar nunca porque no nos ha unido el blog sino la vida, una vida ya larga -la de Elefancia corta pero intensa- y llena de avatares y de momentos malos y buenos compartidos. Aquí he recuperado el contacto con otros, como Enrique y Soledad, a los que me unió el amor a la palabra escrita y transitando por ese territorio del verso o de la prosa, casi sin darnos cuenta iban tomando cuerpo otros amores; también he encontrado a Manuel y Rosa, que aunque de momento son sólo virtuales, sus palabras encierran tanta fuerza que casi los puedo tocar.Y a Magras, Luis, África que también cerró la tienda; no quisiera olvidarme de nadie. A Maya la conocí en el curso de corrección y la habría perdido de vista, como ocurrió con el resto de las compañeras, si no fuera por la blogosfera.

No sé qué tiene esto, pero a mí me crea unos lazos quizá más fuertes de lo conveniente para mi estabilidad emocional. Por eso cada vez que desaparece un bloguero, como pasó con Gary, luego con Aguamarga y ahora con Ybrim, me agarra el miedo a que desaparezcan también de mi vida y se disuelvan en la niebla del recuerdo; esa sensación de fugacidad de unas relaciones, que aunque breves han sido intensas, me deja una rabia sorda por dentro. Y es que, tal vez porque no teníamos un pasado común ni amistades compartidas ni nada distinto de esos momentos mágicos, fue tan fácil la confidencia y el desparrame espontáneo, con una libertad que sólo proporciona la ausencia de otros vínculos.

No recuerdo quién dijo que cuando vemos a alguien por última vez no sabemos que es la última vez.

domingo, 29 de noviembre de 2009

MI VENTANA


Bailan los árboles
un ritmo melancólico
de revuelos en verde y amarillo.

Lástima que la lluvia
les ponga perdiditos los volantes.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

25 DE NOVIEMBRE

El hecho de que exista un día mundial contra la violencia machista, en sí ya es una anomalía. Que yo sepa, en el calendario de los días mundiales o internacionales a favor o en contra de esto o de aquello, no figura un día contra el terrorismo ni contra el asesinato, ni contra el secuestro, ni contra la corrupción, el tráfico de órganos, de armas, de drogas o tantas otras salvajadas que llenan de dolor la vida de los países y de las personas, sobre todo de las personas. Se supone que estamos en contra todos los días del año. Sin embargo este tipo de violencia repugnante, que se ejerce contra la mujer por el mero hecho de serlo, todavía necesita ser recordada con una fecha expresamente dedicada a ella; todavía hay que movilizar las conciencias -de hombres y de mujeres- al menos un día al año; y dictar leyes especiales y organizar actos y manifestaciones, poner velas y hacer un recuento de las muertas. No me parece mal, aunque lo ideal sería que no fuera necesario porque es una obviedad.

La violencia machista no empieza con el primer puñetazo ni el primer insulto; eso es el principio del fin de un ciclo que comienza cuando viene al mundo una niña y sin apenas aprender a hablar recibe un trato distinto del de sus hermanos varones. Empieza cuando a esa niña se le enseña a hacer su cama y la de su hermano, a fregar su plato y el de su hermano y a recoger su ropa y la de su hermano. Continúa cuando a esa adolescente no se la encamina a ser independiente en el futuro y no se hace de su formación un objetivo en sí mismo sino una manera de ocupar el tiempo hasta que llegue el momento de asumir su verdadero destino: el matrimonio y la maternidad. Y, paralelamente, a los chicos se les educa en la absurda creencia de que son distintos y superiores. Se les niega el mundo de los sentimientos y de las emociones porque eso es una mariconada y se les mete en la cabeza la idea de que la supervivencia económica de la familia depende básicamente de ellos y de su competencia profesional, lo que supone una presión muy dura de asumir. La sociedad todavía mira con un cierto desprecio al varón cuyo trabajo tiene menor responsabilidad o está peor remunerado que el de su pareja -ella es la que lleva el dinero a casa, se cuchichea por lo bajini- lo que no ocurre en el caso contrario porque "es lo normal".

Se sigue fomentando cuando se mezcla el amor con el sentido de la propiedad, permitiendo que ÉL dicte las normas que rijan la relación y asumiéndolas: no me gustan tus amigos, no te vistas de esa forma, no vayas a ese bar, no sonrías, no bailes, no mires así, no... no... cuando generalmente ocurre que la conoció con esos amigos en ese bar, vestida de esa manera y luciendo esa sonrisa y esa mirada; ese conjunto fue lo que le atrajo de ella, sin embargo ahora quiere hacerla invisible, que sea otra persona distinta a la que él ni siquiera se hubiera dignado mirar. Y ella intenta anular su personalidad, intenta ser la que él quiere que sea, primero por darle gusto y más tarde porque le tiene miedo. Pero todo es inútil, él siempre va a encontrar un motivo para atacarla, para recriminarla o para humillarla.

El machismo también se alimenta cuando el amor de pareja se confunde con la dependencia y se considera una especie de enfermedad incurable de la que no es posible salir -es que estoy enamorada, dice para justificarse, es que le quiero tanto- No, cielo, a tí lo que te ocurre es que no quieres aceptar un nuevo fracaso ni ante tí misma ni ante la sociedad, pero el amor no es eso; el amor es un objeto muy delicado y muy frágil que no resiste los golpes y para sobrevivir necesita la comunicación, el entendimiento y la amistad, condiciones que sólo pueden crecer en un plano de igualdad y de respeto mutuo. Lo demás no es amor, es otra cosa; llámese dependencia, obsesión, miedo o todo eso junto.

La violencia no es sólo el puñetazo o la paliza. Es el insulto, la humillación y el menosprecio en público o en privado. Es el
es que no dices más que tonterías, el no sirves para nada, el estás loca, un día tras otro; es el paulatino y sistemático empujón hacia la pérdida de la autoestima imprescindible para sobrevivir. Es el tráeme un whisky y déjame en paz, es la falta de respeto por los sentimientos.

Cuando llega el puñetazo o la paliza o la muerte, antes se han encendido todas esas luces de alarma y no se han querido ver. Antes se ha confundido el amor con los celos enfermizos que generalmente no reflejan más que la propia inseguridad.

Y la violencia machista encuentra el mejor caldo de cultivo en una sociedad que fomenta la competitividad entre hombres y mujeres como colectivos aparte. Una sociedad que todavía se ríe con los chistes machistas. En esos PPS que circulan por internet proclamando las diferencias y ridiculizando a unos o a otras. A mí no me los mandéis, porque desde aquí os digo que van directamente a la papelera, sin siquiera abrirlos.

lunes, 23 de noviembre de 2009

BABEL

Construyo con palabras un peldaño
de esta extraña Babel de los poetas;
un escalón pequeño, desgastado
por las huellas que dejan otros versos.

Alguien lo lee y entiende lo que entiende,
lo que se ajusta al molde de su idioma
y dice ¡qué hermosura,
qué bien cuentas las cosas que yo siento!

Después queda el silencio,
la muda soledad del extranjero
o del extraterrestre que navega
perdido en la galaxia.

Y es que, según y cómo, la poesía
es palabra dispuesta con oficio,
monólogo sin turno de preguntas,
un vicio solitario, dijo Biedma.

Pero hay otra poesía más doméstica
que no sale en los libros,
que no espera el aplauso de colegas
o lectores vagamente hipotéticos.

La que escribes en la cola del pan
esperando que salga recién hecho,
cuando pones la mesa...
Cuando tú te levantas con sigilo
y yo finjo que duermo.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

SOSPECHOSO

Camina por el parque
un miércoles de otoño
sin ton ni son, sin perro,
sin silla que empujar
de anciano ni de niño.

No anda ni deprisa ni despacio
se deja acariciar
por el sol mentiroso de noviembre.

No corre tras un cuerpo inverosímil,
sólo fuma con música de pájaros.

Enfermo terminal de soledades,
parado, jubilata, delincuente
o al menos sospechoso de tristeza.

domingo, 15 de noviembre de 2009

JAMÓN O BOMBONES

No descubro nada nuevo si digo que la convivencia -las distintas convivencias entre las que se mueve nuestra vida, sean o no bajo el mismo techo, con la pareja, con la familia, con los amigos, en el trabajo- es con frecuencia fuente de conflictos, cuando no de frustraciones o de disgustos. Durante este periodo que acabo de pasar, aparte de las tonterías que haya podido escribir en el blog tratando de quitar hierro al asunto riéndome de mí misma y de que su lectura os resultase al menos divertida, he tenido mucho tiempo para pensar y para anilizar mis propias reacciones en una situación atípica en mí -ya que la salud no me suele fallar- que en demasiados momentos ha hecho que mi sensibilidad o, más bien, mi susceptibilidad -ya lo suficientemente delicada de su natural- se disparase hasta casi confundirse con el dolor físico que me invadía. Mis necesidades afectivas, emocionales, se han multiplicado de forma exponencial y ya digo que nunca son pequeñas. Tenía -aún me quedan flecos, que diría Cock- la lágrima a la puerta y el alma en carne viva todo el rato, de modo que el roce más insignificante -o la falta de roce, dependiendo- me hacía tanto daño anímico como a un niño un cachete injusto.

Así no hay quien viva, de manera que trato de analizarme, de buscar explicaciones y de acorazarme en defensa propia. Si damos por supuesto que estamos entre personas normales, que nos queremos en mayor o menor medida, con cualquier clase de amor, y que intentamos no hacernos daño unos a otros, deberíamos ponernos con más frecuencia en la piel de los demás, aplicar a cada uno su propia manera de sentir y no pretender que los otros adivinen nuestras necesidades, nuestras carencias o el punto exacto del alma que nos está doliendo en cada momento. Y en lugar de echar de menos aquello que nos falta, valorar lo que tenemos. Porque cada uno tiene su forma de amar y de convivir, cada cual dá lo que puede, lo que tiene o lo que sabe dar; y salvo excepciones -que las hay en los dos sentidos, tanto el que dá todo sin esperar nada como el que no dá nada y considera que todo le es debido- generalmente esperamos recibir algo parecido a lo que damos; lo que es un error pues, mal comparado, sería como si a mí me volviera loca el chocolate y le regalara una caja de bombones deliciosos a alguien que lo que en realidad le apetece es una ración de jamón de Jabugo, no sé si me explico. Y el otro sin siquiera abrir la caja, la dejara a un lado sin probarlos. Yo, lógicamente, diría pues que te den, otra vez te va a regalar bombones quien yo te diga.

Esta tontería, llevada al plano emocional, acarrea demasiadas decepciones, demasiados silencios tirantes, demasiadas incomprensiones que, a fin de cuentas, no deberían tener importancia si aprendiéramos a valorar lo que los otros nos dan, no en función de lo que necesitamos -que ellos no tienen por qué saberlo- sino en función del esfuerzo que hacen por nosotros. Y, a lo mejor, si nos comemos un bombón descubrimos que está riquísimo, que el cuerpo nos pide otro y se nos olvida el puto jamón. Démosle esa oportunidad.

El entramado de las relaciones personales, que ya es enrevesado de por sí, casi siempre está lastrado por el hecho de que miramos mucho más a nuestro propio ombligo -que por cierto, es bastante aburrido- que a otros ombligos en los que quizá podríamos encontrar dulces y placenteras sinuosidades que están ahí para nuestro uso y disfrute.

sábado, 7 de noviembre de 2009

EL OMBLIGO DEL MUNDO

Me habian citado a las siete y media de la mañana y nos tomamos la cosa con tiempo. Para mí eso de madrugar -ahora que no lo tenia que hacer por obligación- ya no era problema porque en mis cervicales había un despertador que cuando dejaban de hacer efecto los calmantes -a eso de las cinco- me tocaba diana sin piedad, así que llamamos un taxi para las siete menos cuarto y el tráfico se puso de nuestra parte. A las siete y diez estábamos a la puerta con mi maletita, mi consentimiento informado y mi miedo a cuestas, en ayunas desde las doce de la noche incluso de mis drogas, con lo que llegaba en unas condiciones bastante patéticas. Quise fumarme el último pitillo antes de entrar, pero me produjo arcadas y hacía frio; lo tiré a la segunda calada.

Al haberme citado a hora tan temprana pensé, ilusa de mi, que sería la primera. Pero no, todos los condenados teníamos la misma hora. Un bedel con chaqueta verde nos daba un número según íbamos llegando; a mí me tocó el cuatro a pesar de la anticipación, se ve que la gente tenía prisa por llegar al cadalso. Nos presentamos en admisión por riguroso orden de llegada y nos tacharon de una lista. Luego el bedel de la chaqueta verde nos condujo con nuestros acompañantes por interminables pasillos y ascensores renqueantes, como ganado al matadero, hasta una sala de espera que hacía honor a su nombre, pues esperamos cerca de una hora sin que nadie nos diera ninguna explicación. Por fin se abrió una puerta y apareció una mujer con un pijama azul que decia llamarse María. María nombró a nueve o diez personas entre las que yo no estaba y las ordenó salir de aquella sala sin sus familiares. Al cabo de un rato llamó a sus familiares. Eran los primeros en pasar por taquilla. Yo, que había llegado relativamente tranquila, me iba atacando por momentos, el dolor no cesaba, nadie decía nada y aquello se me estaba haciendo eterno. Había engañado a mi madre con la fecha y pensaba que me llamaría a casa, no me encontraría y se pondría nerviosa. Pero Fernando tuvo la precaución de desviar el teléfono a su móvil y cuando llamó le dijo que estaba durmiendo. Y no mentía porque para entonces ya estaba yo bajo los efectos de la anestesia.

Pasó un tiempo prudencial y volvio María. Esta vez sí me nombró, en segundo lugar. De modo que me despedí de Fernando y de Marta y fui tras ella sin saber a dónde. Mi destino resultó ser una sala donde habia ocho camas enfrentadas de dos en dos con un pasillo en medio. Allí nos dieron unos camisones de esos que se atan por detrás y nos dijeron que nos quitaramos toda la ropa. Éramos todas mujeres y con aquellos pingos puestos, la sala adquiría el aspecto del dormitorio de una cárcel femenina; parecíamos las arrecogías del Beaterio de Santa Maria Egipciaca. A todo esto aún no nos habían asignado habitación y no sabíamos si la tendríamos al salir del quirófano, con lo que los familiares se tenían que hacer cargo de nuestros efectos personales por un tiempo indeterminado, lo que incluía ir a tomar un café, comprar el periódico, salir a fumar o ir al baño con la maletita y la bolsa con la ropa que nos acabábamos de quitar. Todo muy comodo y funcional para ellos. Me pregunté qué haría el desgraciado que no tuviera familia ¿quedarse sin sus cosas y volver a su casa con ese trapo puesto, enseñando la parte posterior con lo que había refrescado? Una vez en camisón y debidamente aleccionadas y pasadas lista por una tal Pilar que mandaba más que María, dejaron pasar a los acompañantes y les endosaron el equipaje. Marta se fue a su curro y allí nos quedamos Fernando y yo; mi vecina de celda tenia alrededor de su cama toda una corte de familiares que hablaban de Esperanza Aguirre -no sé ni me importa si bien o mal- y encima ella con el móvil explicando a alguien a voz en grito cómo se hacían las lentejas. Corrí la cortina furiosa porque no tenía nada a mano para tirarle a la cabeza. Mientras tanto, Fernando se echó un sueñecito en la butaca.

A eso de las once entró un celador con una camilla y me llamó por mi nombre para llevarme al patíbulo, digo al quirófano. Y ya me relajé. A Fernando le dejaron venir conmigo hasta una especie de nave inhóspita y heladora donde me pusieron un gorro. Yo ya estaba entregada. Pasó un ratito corto y salieron dos tíos cachas que dijeron ¡hala, que nos la llevamos! nos dimos un piquito y nos dijimos adios con la mano. Dentro del quirófano me preguntaron si podía subirme yo sola al potro de tormento desde la camilla o me tenían que mover ellos. -Yo sola puedo, dije muy chula. Había un montón de gente a mi alrededor, poniéndome electrodos por todo el cuerpo y va uno y dice te vamos a abordar -a ABORDAR, dijo- por todos los flancos. Yo pensé estos cabrones han leído mi blog y se van a vengar. Vamos, no me digáis que no es raro. Lo último que vi fue una mascarilla de goma azul acercándose a mi cara desde lo alto, mientras oía una voz que me ordenaba: respira, que es oxígeno. Respiré con toda mi alma y entré en la nada.

Unas dos horas y media estuve en sus manos y se debieron despachar a gusto, dado mi aspecto actual, que estoy por ofrecer mi imagen -sin ánimo lucro, por supuesto- a la ministra de Igualdad para el cartel institucional del 25 de noviembre, día contra la violencia de género. Tengo un apósito en el cuello y un ojo morado, no me preguntéis por qué. Cuando salí de allí sólo sentía como si un ejército de duendes diminutos, armados con alfileres y agujas, estuviera pinchándome con verdadera saña en los dedos índice y corazón de las dos manos; las dos uves de la victoria mordisqueadas sin tregua por una plaga de insectos carnívoros. Vi a Fernando de refilón y le pregunté por Marta al pasar hacia la U.R.P.A. que debe ser algo así como Unidad de Recuperación -o reanimación, no sé- del Paciente. Me tuvieron allí durante cinco horas, cinco, esperando por lo visto que cesara lo de mis dedos, que parece ser que era una novedad a investigar, caso inédito entre los cientos de operaciones como la mía que realizan todos los meses. Estaba sola, completamente despierta, arrinconada en una esquina de aquella sala desapacible y gélida por la que pululaban gentes en pijama que anotaban cosas en unos papeles a los pies de las camas, viendo llegar a otros desgraciados y salir a algunos. En un momento dado creí oír que ya había cama para mí y se me encendió un rayo de esperanza. De vez en cuando entraba Marta con su bata blanca y yo me ponía a llorar y a pedirle que me sacara de allí y me contara quién estaba fuera. Tenía muchas ganas de ver a mi hijo, a mi madre, a Fernando, a quien estuviera. Esas cinco horas fueron lo peor de todo el día, porque además mis dedos no mejoraban y me veía eternamente confinada en aquel Guantánamo. Poco a poco los pinchazos se convirtieron en dolor continuo, concentrado y perfectamente simétrico en las dos falanges centrales de los dedos corazón y entonces el anestesista consideró que el protocolo de las narices permitía dejarme marchar. Y menos mal, porque esta es la fecha en que sigo teniendo los dedos jodidos; a pesar de que me estoy atiborrando a corticoides, mejoran despacito. Por lo visto me tocaron la raíz del nervio que afecta a esa parte concreta de mi body.

Cuando mi cama atravesó la puerta de la U.R.P.A. hacia el exterior, arrastrada por una celadora gorda, me sentí como si entrara en el paraiso, ya no me importaban mis dedos, ya no me importaba nada. Alguien me hizo la pregunta retórica ¿cómo estás? y contesté que había tenido días mejores, lo que hizo mucha gracia a una señora que pasaba por allí.

Y sí, llegué a la habitación por fin. Allí estaban Marta, Fernando, mi hermana Almudena, mi hermano de incógnito pues mi madre no sabía que estaba en Madrid -eso es otra historia que ya tendrá su turno en este blog- e Ignacio "El Dúples", pero no estaban mi hijo ni mi madre. Pregunté por Jesús y me informaron de que había aprovechado la espera para donar sangre y llegó al poco rato. Me dió tanta alegría verle que me cambió el humor. Ana no pudo ir con los gemelos malos, presa de la gripe A, que es que no dejamos nada para los demás. Y para mi madre ya era muy tarde; hablé con ella por teléfono y la pobre había agradecido el engaño. Si conoceré yo a mis clásicos. La enfermera de tarde que se encargaba de mí se llamaba Cristina y era un encanto de chica que me dio muchas instrucciones para preservar mi cuello, pero a mí no me dolía nada el cuello, ni los brazos, ni los hombros ni nada de lo que me había atormentado durante tanto tiempo y estaba de buen humor. Sólo los dedos me amargaban un poco la vida y sugerí a Cristina una solución drástica: la amputación, pero me dijo que no lo contemplaba el protocolo. Cualquiera que me conozca sabe que tengo dedos largos y delgados y los que no, ahí tienen la foto que hizo Cock de mi mano fumando; pues mis dedos corazones se iban pareciendo por momentos a una salchicha de Frankfurt de las gordas, camino de morcilla de Burgos y enhiestos en dos "pesetas" sin destinatario conocido. Tenía un hambre canina y me trajeron un puré de verduras y arroz con leche. Pero no me dejaban incorporar la cama y Fernando me lo daba como si lo echara a un buzón y se me caía la mitad. Tomé unas pocas cucharadas y me rendí.

Obviamente, no había nada parecido a un catre para un acompañante, sólo una butaca tiesa. Así que les dije que no se quedara nadie, que yo tenía una pera en la mesilla para llamar a la enfermera todas las veces que me hiciera falta, que fueron unas cuantas a lo largo de la noche por razones de eliminación de la anestesia vía urinaria; pero aún me quedaba un mínimo de dignidad y no quería que me pusiera la cuña nadie de mi entorno; también tuve que llamar pidiendo calmantes por los putos dedos que seguían atormentándome. A todo esto, mi compañera de habitación, una señora mayor -mayor que yo, de más de setenta- que la habían puesto una válvula porque tenía hidrocefalia y llevaba un mes en el hospital, afortunadamente dormía como un ángel, impertérrita a mis llamadas. Al día siguiente nos hicimos amigas y me contó que no podía andar, que sólo tenía un marido octogenario que era el hombre de su vida, pero que la regañaba todo el rato y que se quería suicidar. -Voy a hacer un disparate y me voy a tirar por la ventana. -Pero, Lola, si no puedes andar hasta la ventana y yo no te puedo ayudar porque me han prohibido hacer esfuerzos y coger peso, echaría a perder toda la operación; mira, le dije, si quieres tengo una caja de diazepán que me he traído de estranjis para dormir; te puedo dar unas cuantas píldoras y te vas sin dar un ruido y sin sangre. Se quedó así la cosa y nos pusimos a ver el partido del Madrid contra el Milán; se enfadó mucho cuando le pitaron el penalty al Madrid, lo que me dio cierta tranquilidad porque tengo para mí que alguien que se enfada tanto por un penalty no se suicida sin antes matar al árbitro y eso Lola no lo tenía fácil. No me pidió las pastillas y el miércoles se la llevaron a un centro de rehabilitación; se despidió de mí dándome muchos besos pequeños.

Y bueno, ya estoy en casa desde antes de ayer; haciendo las cosas que normalmente se hacen sin darse uno cuenta, pero que ahora son como un arco de iglesia: coger la sartén grande para lo cual hay que quitar todas las que están encima que pesan un güevo, alcanzar la ensaladera del estante más alto de la cocina, cosas así. Me he dado cuenta de que medio kilo de cebollas pesa 500 gramos y son muchos gramos en el estado de flojera que me invade. Ayer pasé un día muy lacio y con la lágrima fácil, pero hoy estoy mejor. Y espero que esto siga para delante. Además he comprobado cuánto necesito que la gente me quiera, qué absurdamente dependiente soy del cariño de los demás. Cómo agradezco una llamada o un e-mail y qué suerte tengo de tener tantos amigos. He constatado -y eso me duele, caramba, soy muy vanidosa- que, o bien este blog no lo lee tanta gente como yo creía, o bien hay quien pasa de mí; porque he echado de menos a gente a la que quiero y que además algunos son hermanos de otros amigos por los que han podido enterarse, pero evidentemente no he formado parte de sus conversaciones. Y es lógico; aunque me duela yo no soy el ombligo del mundo y seguramente habrá habido ocasiones en que me hayan echado de menos y yo estaba a por uvas.

¡Ah! Espero que este rollo no lo lea mi jefe, porque me va a decir que a trabajar. Le tendré que convencer de que lo he dictado.