sábado, 14 de julio de 2007

LOS PERDEDORES

He puesto esta foto, que parece que no tiene nada que ver con el título, porque ayer en un instante percibí sobre mí todo un repertorio de miradas de lo más variopinto. Miradas solidarias, miradas cómplices, miradas despectivas, miradas rabiosas, miradas incrédulas, miradas iracundas, miradas tristes, miradas triunfantes... miradas. ¡Qué cantidad de cosas se pueden decir sólo con los ojos! He leído en alguna parte que el que no entiende una mirada, tampoco puede entender una larga explicación.

Fue durante y después de mi bautismo de fuego, digamos político, mi primera intervención pública en una asamblea de mi agrupación. Como todo el mundo sabe el Partido Socialista de Madrid, después de la catástrofe del 27 de mayo, va a celebrar dentro de unos días un congreso extraordinario para elegir un nuevo secretario general que sea capaz de conseguir que el ave renazca de sus propias cenizas y las agrupaciones deben designan a las personas que las representen en el congreso, en un número proporcional al de sus afiliados. A la nuestra, que es pequeña, le corresponden sólo siete. El sistema consiste en que la Secretaria General, máxima autoridad a nivel de agrupación, presenta al comité una lista y el comité, aunque no la ha conocido previamente, la aprueba sin rechistar y, más tarde, se propone a la Asamblea para que los afiliados del distrito jueguen un poco a la democracia y la voten, sí o sí, ya que no hay otra alternativa. Naturalmente pueden no votar o votar en contra, pero el resultado es el mismo: las personas propuestas por la Secretaria General son las que van al congreso.

Pero hete aquí que esta vez a dos de los consultados para entrar en la lista - militantes de hace muchos años y amigos míos, pese a ser compañeros- les atacó una curiosidad malsana por conocer los nombres que les acompañarían en caso de aceptar; su curiosidad no fue satisfecha y, en vista de lo cual, no dieron el dulce sí. Así y todo, cuando el martes fuimos al comité sus nombres estaban en la lista acompañando a los tres cargos más altos de la agrupación que, por lo visto, son incuestionables y llevan la delegación al congreso adosada al cargo. Obviamente, las dos plazas restantes las ocupaban dos expertos en el manejo del incensario. En ese momento, mis amigos se cayeron de la puta lista al no aceptar su designación por tan democrático sistema. Yo propuse consensuar otra y sugerí varios nombres que no fueron aceptados, vaya usted a saber por qué. Cerramos el comité cerca de las once de la noche sin aprobar la lista de delegados al congreso. El resultado de este absurdo proceso ha sido, mira por donde, que los afiliados por fin han podido elegir entre dos listas -un lujazo democrático- porque los disidentes cometimos la deslealtad de desafiar a la línea oficial presentando una lista alternativa. No sé cómo me las arreglo para estar siempre con los malos, que acaban perdiendo como debe ser. Presentamos una lista -paritaria- en la que no había altos cargos; estábamos tres miembros del comité local y cuatro militantes de base, seis con los dos suplentes. Y se da una situación tan kafkiana como que las dos listas apoyamos al mismo candidato a Secretario General del P.S.M., Tomás Gómez, un hombre que transmite buen rollo, tiene muchas ideas para cambiar las viejas estructuras, ha sido por dos veces el alcalde más votado de España con el setenta y cinco por ciento de los votos emitidos y además está bueno. Lo que habría que saber son los motivos por los que le apoyamos cada uno, pero eso queda para la imaginación.

Por alguna misteriosa razón -los teléfonos echaban humo durante esos días- el miércoles por la tarde, veinticuatro horas antes de que se cerrara el plazo para presentar la lista, nuestra tercera candidata se rajó. Íbamos al acto de presentación de Tomás cuando nos avisó, con lo que nos dejaba sin tiempo para buscar sustituta. Pero a las once de la noche habíamos conseguido que firmara con nosotros otra militante, a la que sacamos de la cama. Había que volver a imprimir la lista y firmarla todos, pero no teníamos impresora; llegamos a un cibercafé con la lista en la memoria extraíble cuando estaba a punto de cerrar, imprimimos dos copias y firmamos. Al día siguiente, jueves, nos presentamos en la Agrupación con la lista, dos horas antes de que se cerrara el plazo.

El viernes en la asamblea se cortaba el aire con cuchillo; nada más constituirse la mesa hicieron constar en acta que tenían dudas acerca de una de nuestras firmas, precisamente la que conseguimos a última hora; en cambio el presidente de la mesa no consintió que también constara en acta que la firmante sospechosa estaba allí con su D.N.I. y dispuesta a firmar cuantas veces hiciera falta.

Me tocó defender la lista de los malos -¡qué sino el mío!- con el argumento básico de que la lista y el procedimiento para designarla, deben ser democráticos y simbolizar el espíritu de cambio y de regeneración del partido que propugnamos. Fue una fiesta democrática en la que los defensores de la lista "oficial" estuvieron muy imaginativos en sus discursos: unos nos llamaron traidores, otros desleales, otros desagradecidos y todos nos acusaron de mentirosos, de pretender "pillar cacho" y de romper la agrupación. Naturalmente, perdimos la votación porque los esquemas conservadores se reproducen hasta entre los rojos. Sacamos un treinta y uno por ciento de los votos, lo que mete en la lista a nuestros dos primeros candidatos. Yo, al caerse la "rajada", iba la tercera, así que me enteraré del resultado del congreso leyendo la prensa con una cerveza y un pitillo en el chiringuito de la piscina de Sigüenza, qué pena más grande.

Perdimos la votación pero me fui contenta porque creo que algo ha empezado a moverse por el subsuelo del P.S.M. y porque la lista que salió elegida, lo fue con los votos de los afiliados. Y me parece importante ese pequeño detalle.

De todas esas miradas me quedo con las dos del centro. Seguro que ya habéis adivinado de quienes son. Yo sólo les puedo poner un adjetivo: limpias.

domingo, 8 de julio de 2007

CONTRASTES

Almudena decidió nacer diez o doce días antes de lo esperado y desde entonces estoy que voy, que vengo. Su llegada ha coincidido con la enfermedad de mi madre, una paradójica ironía, así que no he podido recibirla con toda la alegría que se merece. Parecía que por fin esta vez había llegado el verano; las noches eran cálidas, seductoras, invitaban a salir y a prolongarlas; las mañanas fresquitas acariciaban la piel de amanecida. Hablo en pasado porque hoy otra vez me he quedado tiesa de frío al salir a la calle; esto no es verano ni es ná. Las horas centrales se hacen interminables, pesadas y los que todavía tenemos que trabajar estamos con la cabeza en otra parte, contando los días que nos quedan para las vacaciones, como los presos cuentan su condena.

Desde el mediodía del jueves, cuando Almudena llevaba apenas doce horas en este perro mundo, hasta ayer sábado, he hecho el viaje a Sigüenza dos veces, ida y vuelta. El jueves llevé a Ana con Jaime y Carmen, que a sus tres meses ya han dejado de ser los pequeños de la familia; y fue un penoso contraste ver a mi madre sacar fuerzas de flaqueza para mirarles echar sonrisas y hacer ajos, mientras estaba partida de dolor. Me repartí entre dar biberones a mis nietos y ayudar a moverse a mi madre, entre hacerles cucamonas para arrancarles una risa y tratar de aliviar el malestar de su bisabuela; ver cómo la vida gana terreno por un extremo y cómo lo pierde por el otro; yo me muevo entre esos dos extremos, son los que me marcan la agenda. Volví a Madrid y Almudena se aplicaba concienzudamente a sacar del pecho de su madre lo que todavía no tenía. Trabajé -es un decir- el viernes por la mañana y al mediodía visita relámpago a mi nueva nieta y otra vez a Sigüenza para volverme a repartir entre los gemelos y mi madre, entre la vida que empieza y la que aún lucha por no terminar. Estoy cansada, ayer volví reventada física y anímicamente. Es todo demasiado intenso, demasiado contradictorio y, además, las nuevas emociones no anulan las anteriores. Todavía me duele el disgusto de hace tres semanas, tengo un desgarrón que no puedo coser y todo esto me está sobrepasando.

En la Alameda había un olor empalagoso a las flores de "pan y quesillo" de los árboles, apetecía pasear y tomar una caña en algún quiosco, pero eran las jornadas medievales, un invento turístico de hace unos años, que odio. La gente se viste de damas, caballeros, monjes o aldeanos y se echa a la calle. Familias enteras disfrazadas con unas extrañas túnicas por las que asoman unos zapatos absurdos. Hay justas y torneos, caballos y gallardetes, puestos de cualquier cosa, desde quesos a pendientes y mucho cutrerío. No quiero ni pensar en la horterada histórica que va a resultar de la mezcla del medievo de guardarropía y el Miami Beach del "Segontia Golf". Me daban ganas de no volver más a este jodío pueblo que tanto amo, pero es que daba el sol en la muralla y estaba demasiado bonita detrás de las retamas.

viernes, 6 de julio de 2007

ALMUDENA

Comunico a mis hipotéticos y silenciosos lectores que hace 24 horas justas que ha nacido Almudena, mi quinta y, de momento, última nieta. Por lo visto escuhó a ZP en el debate del Estado de la Nación y viene por lo suyo.

lunes, 2 de julio de 2007

60


Este año el verano es muy raro; por las mañanas sopla un vientecillo helador que no viene a cuento a estas alturas del calendario, durante el día hace calor para que nos confiemos pero luego, con nocturnidad y alevosía, nos ataca un frío traicionero. El sábado 30 fue uno de esos dos días cálidos que traía escondida una noche fresca de luna llena, y celebramos por todo lo alto el cumpleaños de Arturo (Cock para los blogueros).

El cambio de decena impresiona, es como si uno cumpliera de repente los diez años anteriores o los diez siguientes, no sé. Cuando se cumplen veinte se clausura definitivamente la zona oscura de la adolescencia y uno empieza a sentirse persona mayor, aunque las facultades físicas no suelen ir de acuerdo con las mentales y se cometen muchas y maravillosas locuras. La treintena es otra cosa, se adquieren responsabilidades y nos empezamos a enterar de lo que vale un peine; cobra todo su sentido lo de que la vida iba en serio. A los cuarenta se produce una pequeña rebelión íntima; son los coletazos finales de la juventud y ataca una especie de vértigo por aprovechar el tiempo y sacar petróleo al presente y al futuro. Por quemar los últimos cartuchos y subirse a los últimos tranvías de la ilusión. Es el momento de las crisis y las preguntas, del qué hace alguien como yo en un sitio como éste y, con mucha frecuencia, de las decisiones irrevocables y los cambios de vida. Cumplir cincuenta tiene un cierto carácter de vuelta de página, de hasta aquí hemos llegado y esto es lo que hay; uno sin querer se viste de escepticismo y de distancia y se van domesticando las emociones, aunque de cuando en cuando aparezca algún leve destello que enseguida apagamos. En lo personal nos hacemos más conservadores y el viejo ruego de virgencita, virgencita, que me quede como estoy es casi la única oración con que imploramos a quién sabe qué divinidad. En esta década hemos visto morir a demasiados amigos; de repente nos encontramos colocados en primera línea de batalla con la muerte y empezamos a mirarnos la tensión y los colesteroles. Muchos de nosotros ya hemos perdido al padre o a la madre, cuando no a ambos, y los que nos quedan están muy mayores y vemos con dolor su imparable deterioro físico y/o mental. Siguiendo el ciclo vital, no hemos terminado de ocuparnos de nuestros hijos -creo que esto no se termina nunca- y ya nos estamos ocupando de nuestros padres.

Arturo ha cumplido una década que no son los veinte ni los treinta ni los cuarenta ni tampoco los cincuenta. Ha entrado en los sesenta y un montón de amigos hemos estado con él, celebrando su reconciliación con la vida después de una larga travesía por el desierto. Todos le estábamos esperando aquí,
donde no quedan mercaderes que venden soledades de ginebra.

Todos íbamos con las maletas a cuestas, el equipaje que hemos ido acumulando desde que compartimos la infancia. Mis excusas -y me atrevo a decir que también las de Arturo- a los pocos invitados ajenos a Sigüenza que no convivieron con nosotros cuando entonces, porque nos ponemos muy pesados con nuestros recuerdos. Nos reunimos en un paraíso que una de nosotras ha conquistado con mucho esfuerzo, a suficiente distancia de Madrid para aparcar el stress y no tan lejos como para que dé pereza. Había parejas indestructibles, otras destruidas, otras reconstruídas con materiales nuevos, otras recicladas y alguna que sólo ha podido destruir la muerte. Había medias naranjas solas y otras que con el tiempo han comprendido que son naranjas enteras, pero perfectamente mezclables con otra naranja entera. Cada uno ha encontrado el acomodo más confortable en esta sociedad diversa. Había "rojos", "fachas" y mediopensionistas pero, salvo algún mínimo amago, conseguimos disfrutar lo que nos une y obviar lo que nos separa.

Los hijos de Arturo pusieron el toque de juventud necesario para no morir de nostalgia. Le regalamos aparatos electrónicos muy raros que ellos se habían encargado de comprar y que no sé lo que son: PDA con GPS o algo así y un disco duro externo. El estaba abrumado y, aunque lo disimuló, se emocionó; pero -genio y figura- exclamó jubiloso que estaba encantado de tener algo duro a los sesenta años. Siempre en su línea.

Sopló las velas, como es de rigor; unas velas que le había regalado la que, a partir de ahora y según sus palabras va a ser su pastelera de cabecera porque, cuando fue a comprar la tarta, le dijo que no representaba sesenta años, que nunca le hubiera calculado más de cincuenta y nueve y medio.

La luna no faltó a la cita, con su mejor traje de fiesta. Brillaba esplendorosa sobre el jardín, surcada de jirones rosas y enmarcada por los árboles. Creo que al final también ella estaba un poco borracha.

domingo, 24 de junio de 2007

HIJOS

Los hijos se van; más pronto que tarde llega un día en el que pasamos a ser sólo espectadores de sus vidas. Las miramos como a esas películas que nos encogen el corazón sentados en la butaca, sin poder avisar al protagonista de que a la vuelta de cualquier esquina le acecha el dolor. Tienen que vivir su propia historia y no sirve la experiencia de otros, ni los consejos; su vida es única e irrepetible, aunque se venga repitiendo en cada individuo desde el principio de los tiempos. No saben que todo está inventado, que son seres vulgares y les ocurren cosas parecidas a las de todo el mundo.

Y se van por ahí a pecho descubierto, con la mirada clara y su verdad por bandera. Uno se queda en casa viéndoles partir con el corazón encogido, mirando cómo doblan la esquina de todos los peligros sin poder evitarlo. Se llevan la mochila cargada de ilusiones, no necesitan nada más que amor para vivir. No saben que el amor puede ser dulce y amargo, estéril y fecundo, creativo y destructor, brutal y tierno, según soplen los vientos. Y, sobre todo, es frágil como el cristal más fino y requiere de un trato cuidadoso.

A veces vuelven con la mochila cargada de dudas y de miedos. Y uno sólo puede recibirles, vaciar el armario, hacerles esa cena que les gusta y llorar con sus lágrimas.

miércoles, 20 de junio de 2007

VERANO

...o duermo y dejo la puerta de mi habitación abierta por si acaso se te ocurre regresar.

Más raro fue aquel verano que no paró de nevar...
(Joaquín Sabina)

Mañana entra el verano oficialmente, al menos en esta mitad del mundo. Pero este verano viene frío y desapacible, ambiguo e indeciso como la vida misma, y deja una sensación de intemperie en el alma.

En casa hay un rincón cálido, donde no llegan las corrientes ni el granizo; ahí te estoy esperando para que reposes, para que seques la lluvia que te empapa los pies y la melena; te pongas ropa ancha y calcetines y juntos esperemos a que escampe. Las tormentas son bellas y traidoras. Se llevan por delante la sosegada realidad que edificamos despacio, poco a poco, día a día. Los relámpagos deslumbran la mirada y apagan el entorno. Eclipsan la luz de aquella lámpara que compramos juntos para nuestro rincón y dejan a oscuras el futuro. Los truenos ponen sordina a mis palabras, se estrellan contra su propio eco y tú no las escuchas. Y yo no sé si es lunes o martes o domingo.

Ven, vamos a mirar juntos el cielo anaranjado, que el olor de la tierra nos penetre y plantemos un árbol en el suelo mojado. Ven, que nuestras lágrimas se unan en un río transparente y alegre donde lavar las penas.

Ven, que vamos a esperar a que llegue el verano y el calor derrita los dolores. Te invitaré a un helado de limón y me beberé las gotas que derrame tu risa.

viernes, 15 de junio de 2007

30 AÑOS NO ES NADA (o sí) Confesión de parte.

Hace treinta años yo llevaba casi seis casada; tenía un niño que le faltaban nueve días para cumplir cinco y una niña que, seis días antes, había cumplido tres. Un puñado de ilusiones rotas, una situación familiar de imposible solución, un futuro sombrío y, todavía, una ilimitada capacidad de engañarme para tratar de vivir la vida que me había imaginado y no otra, sin mirar para los lados.

Parece mentira, pero en aquellos años en los que la política era el centro de la vida, yo no hablaba de política ni tenía ideas políticas. No fui a la universidad, donde se cocía la subversión, por lo que tampoco había vivido en ningún ambiente con inquietudes políticas ni sociales, jamás en el entorno de mi juventud hubo discusiones ni debates de ese tipo. Y si no, que me desmientan los que conmigo compartieron aquellos años. Todos procedíamos de familias similares y educados en el glorioso movimiento nacional. Yo sólo había recibido una versión de la historia; había nacido en una familia para la que Franco era el representante de Dios en la tierra, con mucho más derecho que el Papa de turno; de hecho, todos los que hubo entre Pío XII y Juan Pablo II, fueron criticados precisamente porque, en algún momento de su papado, cuestionaron al Caudillo. El Caudillo, así se le llamaba.

Comprendo que, visto desde hoy, es difícil de entender. Pero entonces yo no tenía conciencia de que vivía en un exótico país donde no se votaba. No tenía la necesidad de votar y me parecía que estaba muy bien que nos lo dieran todo hecho y que teníamos mucha suerte de que alguien como Franco decidiera por nosotros, pues indudablemente siempre decidiría lo que más nos conviniera. Ni siquiera me paré nunca a pensar que hubiera gente en desacuerdo con El, creía de verdad que éramos un país afortunado, que todos éramos felices gracias a El. El exilio lo percibía como una entelequia lejana, un invento de cuatro locos malvados. Por eso, cuando en los últimos coletazos del régimen se empezaron a percibir en la calle, primero murmullos y más tarde estruendos de protesta y en los paises de nuestro entorno surgieron manifestaciones contrarias, por ejemplo a las condenas a muerte del Proceso de Burgos, lo que todo aquello me producía era, más que nada, un inesperado estupor y cierta congoja. Cada insulto a Franco que escuchaba me hería como si insultaran a mi padre, a mis ancestros, a todo lo que yo era.

En mi casa de recien casada se quedaron a vivir los problemas, unos problemas que me envolvían, me ahogaban y no tenía cabeza ni cuerpo para ocuparme de otras cosas. Mi proyecto personal hacía aguas por los cuatro costados y yo me agarraba a los hijos como a tablas de salvación. Tuve dos más. Y la tan traída y llevada transición pasó por mi lado sin romperme ni mancharme. Por ejemplo la legalización del Partido Comunista, aquel sábado santo, me la contaron como una traición a la Patria sin precedentes. Sólo tres meses antes, unos pistoleros habían entrado en un despacho de abogados de la calle de Atocha y habían acribillado a tiros a cinco personas. Alguna voz se oyó justificando aquella matanza: horrible, pero es que eran comunistas. En mi memoria se confunden las fechas y los acontecimientos. Cuando me casé me fui a vivir a Canarias y empecé a conocer gente distinta. Recuerdo cómo me sobrecogió el comentario de un conocido al enterarse de no sé qué atentado de ETA: dijo, refiriéndose a la víctima y regodeándose de gusto: ¿no se llamará Carrero Blanco? Poco después la víctima se llamó Carrero Blanco y me estremecí con la imagen de aquel tipo.

Volvieron las vacas sagradas del rojerío en el exilio: Pasionaria, Carrillo, Alberti y volvió también a mis oídos aquella palabra trágica y altisonante: traición.

No voté en aquellas primeras elecciones democráticas. Alianza Popular, que así se llamaban los antepasados del actual PP, siempre me produjo repelús, renegando públicamente de la sangre de su sangre y alardeando de demócratas de toda la vida. Y votar a un partido de izquierdas era demasiado fuerte para una chica católica y de buena familia, aunque en algún recoveco de por dentro se me iban grabando las grandes palabras como justicia y libertad, que me empezaron a resultar más atractivas que patria y orden. Y votar a la representación abiertamente franquista, era como votar a Felipe II.

Con el paso de los años la vida, mi vida, se empeñó en seguir un curso distinto al que estaba programado. Perdí la batalla doméstica. La muerte de Jaime coincidió en el tiempo con el naufragio definitivo y con el definitivo cambio de escenario. Comprendí que España era mucho más grande que el barrio de Salamanca y que albergaba gentes de toda condición. Leí otras cosas, amplié mi círculo de amistades, me relacioné con individuos diferentes, con historias diferentes, con familiares represaliados, exiliados. Conocí a algunos de los otros y comprobé que eran personas como los demás, con los mismos anhelos íntimos que cualquiera pero, además, con una historia que se les había negado. Me pareció que en aquella tan ejemplar transición, hubo una parte de españoles cuyas renuncias fueron mucho más genorosas que las de la otra parte, sin negar que también las hicieran. Porque en aquel borrón y cuenta nueva, renunciaron a la memoria de los suyos, al reconocimiento de la razón histórica. Siguieron siendo los malos de la película a los que los buenos perdonaban sus desvaríos y les admitían en su casa.

En mi interior bullía un debate interno, entre mi historia y la realidad que estaba conociendo. Entre la verdad oficial que había aprendido y esa otra verdad oculta que estaba descubriendo. Y al mismo tiempo, un debate emocional, porque renegar de aquella verdad oficial era renegar de mis raíces. Era doloroso.

Después de la Constitución voté a la Unión de Centro Democrático, más por instinto que por otra cosa. La figura de Adolfo Suárez se agrandó enormemente. Creo que todavía hoy, que está perdido en la maraña de su memoria, tenemos pendiente un homenaje a su persona y a su trayectoria.

Cuando en el 82 ganó el Partido Socialista, todavía no me había atrevido a votarles, pero me sacudió un regocijo íntimo, casi pecaminoso. Les voté en las siguientes y en las siguientes hasta que no pude hacerlo en las del 96. La sombra de los GAL me impidió depositar la papeleta. La corrupción la quería justificar pensando que eran las personas, no el Partido, pero aquello fue demasiado fuerte; sin embargo tengo para mí que, lo que luego fuera el arma que les echó del poder, se hizo con la aquiescencia de todos. Y cuando digo todos, digo todos. Me volví a quedar en casa.

De lo que siguió después y de cual es mi posición actual, he dado cumplida cuenta en este blog; el príncipe de las Azores, en afortunadas palabras de Aguaamarga -como siempre, por otra parte- acabó de darme el último empujón para arrojarme en los brazos de ZP, hasta el punto de afiliarme. Y ahí estoy, deslumbrada con sus luces y abrumada con sus sombras.

martes, 12 de junio de 2007

BAUTIZO Y DEPORTES

Los muros románicos de la Iglesia de San Vicente guardaban un frío silencioso y un poco místico y Marcos se ponía de puntillas, asomado a la pila bautismal, preguntándose por qué duchaba a sus primos aquel señor que iba vestido tan raro, si ya los habíamos bañado y echado colonia en casa. Y Palomita, muy formal y con sus ojos azules muy abiertos, no salía de su asombro. Carmen y Jaime berreaban a coro como si estuvieran poseídos por Damien y la niña del exorcista, pasando de mano en mano como la falsa monea, sin que nadie consiguiera callarles. Hasta que D. Gerardo el cura intercaló entre sus rezos la fórmula mágica: ¡chico llorón, bocabajón! ¡Ponedlos boca abajo! -no dijo ¡coño!, pero seguro que lo pensó- Mano de santo, se ve que tiene práctica este cura; el caso es que los berridos se fueron atenuando poco a poco, hasta transformarse en unos suspiros calmos y, una vez que estuvieron en gracia de Dios, los niños se quedaron fritos. Con tanto sobresalto, D. Gerardo se equivocó y, cuando echaba el agua sobre la cabeza de Jaime, dijo yo te bautizo con el nombre de Carmen.
El campo de Sigüenza había cambiado el verde jugoso y húmedo de hace unas semanas por un vestido de estampado floral y multicolor. Los senderos habían desaparecido en medio de unas laderas salpicadas de amarillo, blanco, rojo, azul -la vereíta, mare, cuajá de yerba- Los cardos camuflaban sus espinas entre espuma morada. En la calle del Peso, un solar olvidado tras una tapia, aparecía alfombrado de amapolas de lado a lado. Lenta pero segura, había estallado la primavera.

Yo me encontraba absurda con zapatos de tacón por unos lugares donde siempre voy con alpargatas o con botas, según la estación del año, tan impropia y tan fuera de lugar que me daba un poco de vergüenza encontrarme a la gente, pero pasee a mis nietos por la Alameda antes de comer y presumí como un pavo real. Por los niños, no por los zapatos.

Durante la comida se portaron como corresponde a unos niños recién bautizados, y nos dejaron degustar cosas tan normales como gazpacho de fresas con mejillón y otros platos de esos que todo el mundo se hace en un momento para cenar, con una bandeja delante de la tele; ¿quién no se prepara unos chupachups de codorniz con cremoso de morcilla para ver House? Jaime y Carmen, en cambio, opinan que donde esté un buen biberon que nos dejemos de experimentos de la nouvelle cuisine. Y, lo que son las cosas, estaba yo tan tranquila con mi carpaccio de corzo cuando pasó por delante de la mesa Angel Acebes con una prima suya, rubia y jovencita, y se instaló en el comedor de al lado. Es que me persiguen los políticos. Mi hijo sugirió que le hiciéramos una foto para la próxima campaña, pero casi que no.

La sobremesa se prolongó con copas y fotos. Yo me hice una con los cuatro nietos, pero dentro de un mes me tendré que hacer otra, porque Almudena está llegando ya. Esto no hay quien lo pare. A media tarde reventó una tormenta de padre y muy señor mío y después volví a Madrid para ver el partido con Arturo y fue de mucha risa cuando el Español se ganó el maletín en el último minuto.

El domingo todavía rugían las motos en los oídos y ya nos emocionaba Rafa Nadal, ganando al dios Federer en París de la France, con todo el público franchute en contra. Menos mal que no me gusta el automovilismo, que una no da para más.

Por otra parte, en la política todo superbién, o sea.

viernes, 8 de junio de 2007

PERMANENTE

Eraso Guztien Gainetik, Orain Herria-Orain Bakea. Estas extrañas palabras quieren decir "Por encima de todos los ataques, ahora el pueblo, ahora la paz". Las dos pintadas aparecieron en Alsasua el 22 de marzo de 2006. Yo no he estado allí, no las he visto pero imagino que la de la derecha, a lo largo de este año se habrá desportillado, estará borrada y sucia, palabras sin sentido. La de la izquierda no; la de la izquierda está hecha con pintura permanente. La serpiente sigue, impertérrita, enroscándose en el hacha. Y es que las manchas de sangre se quitan fatal.

He buscado en el diccionario de la RAE la palabra "permanente", por si tenía un significado distinto al que le da el vulgo, a veces pasa; las palabras se deforman con el uso y acaban respondiendo a un concepto diferente del que les atribuyen los académicos. Aparte de "ondulación artificial del cabello", "permanente" quiere decir "que permanece". Obvio. Así que he ido otra vez al diccionario, a buscar "permanecer", quizá ahora signifique otra cosa; pero no, todavía significa "Mantenerse sin cambios en un mismo lugar, estado o condición". Algunos nos mantenemos sin cambios en el lugar de la esperanza, en estado de cabreo y con la condición de gilipollas. Sin embargo, otros se mantienen, también sin cambios, en el lugar del odio, en estado de falacia y con la condición de hijos de puta, con perdón de las sufridas profesionales del sexo. Estos últimos llevan cuarenta años jodiéndonos la vida -eso es permanecer y lo demás son tonterías- negando a todo un país su derecho a vivir, a amar, a disfrutar, a sufrir, a reír, a llorar, a tener hijos o a no tenerlos, sin otros sobresaltos que los que la vida trae de su natural, que serían más que suficientes. Una vez tras otra nos enseñan la zanahoria y, una vez tras otra, saltamos a cogerla como conejos hambrientos. Con este gobierno, con el anterior, con el que hubo antes y con el que haya por venir. Saltamos y saltaremos a coger la zanahoria cada vez que nos la enseñen porque estamos hambrientos.

Y mientras tanto aquí seguimos, pendientes del peso de de Juana Chaos como si fuera un bebé prematuro. De si come o si ayuna. De si pasea o se ducha con su novia, de si entra en la cárcel o si sale del hospital. Estoy de ese señor hasta el pico de la boina. O de la chapela.

Y mientras tanto, les damos publicidad gratuita a esos elementos. Ocupan las primeras planas, los telediarios, las tertulias. Son los reyes del mambo. ¿Es que no hay otra cosa de qué hablar en este país? ¡Ya está bien, por favor! Que los jueces hagan su trabajo, la policía el suyo, el gobierno el que le toca y la oposición...bueno, la oposición hará lo que le dé la gana, que eso también se está convirtiendo en permanente.

Pero me voy a callar, que tenemos que llevarnos bien. Por la unidad de los demócratas y eso. Y porque lo que fuera a decir ya lo ha escrito hoy, mucho mejor que yo,
Maruja Torres. Suscribo su columna de principio a fin. Sólo añadiría que hace falta morro para pedir elecciones generales en este momento. Yo no sabía que las gaviotas son aves carroñeras, siempre se aprende algo.

sábado, 2 de junio de 2007

OTRO TIPO DE REFLEXIONES


Dejé atrás las movidas políticas, las decepciones, las preguntas sin respuesta, las amarguras y me fui con Lola camino del sur. Hacía fresquito el martes por la mañana y el aire estaba cargado de promesas cálidas, de realidades placenteras que, kilómetro a kilométro, alejaban de mi mente las tensiones artificiales, prefabricadas, de la contienda electoral. Íbamos cantando, haciéndole los coros a la voz poderosa de Rocío, ¡ay, mi Rocío!, manojito de claveles; los campos alternaban las amapolas con las retamas, en un alarde de colorido patrio.

Llegamos a Carboneras hacia las cinco de la tarde, nos tomamos un tentempié reparador y después de ocupar la habitación, bajamos en picado a la playa. Me tiré en la arena y me dejé acariciar por el viento que, como un amante sabio, me despojaba despacio, con mucha delicadeza, de los años, de las penas, de la rutina, de los miedos, de las iras, y me iba quedando reducida sólo a carne, a la primaria emoción de los sentidos. Esa doble desnudez del primer día de playa, que expone las vergüenzas de la piel mortecina y pálida del invierno, pero que rejuvenece y purifica al mismo tiempo. Por delante de la isla de San Andrés que dormitaba como un enorme cetáceo, pasó una bandada de gaviotas en impecable formación de a uno y un poco más adelante se arremolinaron como si hubieran encontrado en su camino una barrera invisible para los ojos humanos.
Antes de cenar caminamos un poco, llegando hasta el puerto por el mini paseo marítimo; en primera línea hay una casita, siempre abierta, que en el dintel de la puerta luce el siguiente rótulo: ¡No corras! ¡Llegamos todos al mismo sitio! y por la pared otras frases que proclaman verdades de a puño, como que la búsqueda del dinero es una pérdida de tiempo. Todo un filósofo anónimo. No pudimos resistirnos a la tentación de asomarnos a mirar el interior y, entre velas encendidas y sahumerios diversos, vimos vasijas y máscaras africanas cubiertas de mugre, una máquina de coser antigüa y otra de escribir que podía ser una UNDERWOOD o algo parecido. También había libros cubiertos de polvo, pero ni rastro del propietario que me quedé con las ganas de conocer.

Cenamos un pescado estupendo en Juan Mariano, mirando a una inmensa luna llena suspendida sobre el mar y dispuesta a dejarse levantar las faldas, y tomamos unas copas en El Cortijo; entraron unos tipos con ganas de vacilar que resultaron ser el alcalde, que repetía triunfo electoral, y el arquitecto municipal. Lola aprovechó para plantearles los problemas de su calle y meterles prisa para su resolución. Hablamos de la polémica del famoso Algarrobico; por supuesto que están en contra de la demolición, por los puestos de trabajo que supondrá para la población de la zona. Yo pensé que casi nada es blanco ni negro y no me siento capacitada para posicionarme, sobre todo viendo el destrozo que han causado la central térmica, la desaladora y la cementera que sientan sus reales en la mismísima Puntica, con un impacto paisajístico y medioambiental mucho peor que el del Hotel y que, sin embargo, nadie pone en cuestión.

Al día siguiente me levanté con ganas de desayunar al sol y de comprarme un sombrero de colores, imposible ponérmelo porque se lo llevaba el viento. Después de que Lola hiciera unas gestiones en el Ayuntamiento -ahora sin copas y sin vacile- nos encaminam
os a la Playa de los Muertos. El panorama desde la Mesa Roldán es de una belleza que abruma. Los montes escarpados, el abrupto barranco, austero y seco, cuajado de plantas punzantes y a la defensiva; el color impreciso de la tierra y abajo, en el fondo del abismo, la playa blanca y el mar azul cobalto como una recompensa que había que ganarse. Merecía la pena despeñarse y nos lanzamos a la aventura del descenso. Alcanzamos el paraíso. Un paraíso hecho de diminutas piedrecitas de colores imposibles: cinabrio, ambar, verdes, moradas, blancas translúcidas, negras veteadas, a las que el agua limpísima arrancaba brillos escondidos. Las plantas de mis pies urbanitas acabaron desolladas de caminar por encima de aquellas joyas, que sonaban al pisarlas como si se carcajearan de mí. Me dolían terriblemente y luego, cuando pude mirármelas, ví que estaban rojas como la lumbre y por la mañana tenía dos hematomas ardientes. Pero era tan deslumbrante la luz, tan infinito el azul y tan cambiante -desde el turquesa de la orilla al azulón del horizonte, uniéndose al pastel del cielo- que era imposible detenerse en esas nimiedades. Sólo nos habíamos llevado fruta y a media tarde, hambrientas y exhaustas después de escalar el monte, nos fuimos a Agua Amarga a que, por caridad cristiana, nos dieran algo de comer. Y, efectivamente por caridad cristiana, nos prepararon una magnífica ensalada que nos tomamos con unas cervezas en un chiringuito delicioso de la playa. Allí nos quedamos tiradas hasta el anochecer, dando un repaso a nuestras vidas y a todas las vicisitudes a las que ha sobrevivido nuestra amistad durante quince años, que no son tantos pero sí muy auténticos. Pescado otra vez frente a la luna y copas, esta vez las dos solas.

Por la mañana desayuno al sol con Rambo a mis pies, el perrillo del hostal que es todo un carácter. Un canijo chuleta y respondón. Lola, que es muy perrera, se ganó un mordisco por intentar cogerle en brazos; sin embargo vino a sentarse a mi lado, que no le había hecho ni caso. Ya se sabe que hay que ser dura con los hombres.

Después carretera y manta hacia Madrid, por Mojácar, Garrucha y Vera, parándonos a contemplar el panorama desde lo alto y con las pilas cargadas.
No hace falta decir que me acordé de Aguaamarga todo el tiempo y me alegré de haber conocido estos lugares tan queridos para ella.