Quédate bien tapado con tus cartones
debajo de ese puente
de la Plaza de España,
ya sabes, por lo menos
que un metro te separe de otro indigente.
Quédate en ese piso que compartes
con otros coleguitas senegaleses
─todos bien hacinados con vuestros virus─
y cuida de la manta de bolsos falsos,
cuando esto pase
deberás rendir cuentas.
Quédate en casa, viejo que vives solo,
ahora el parque lo miras por la ventana
no sueñes con el sol, no eches pan a los pájaros.
Y ten mucho cuidado con la calefacción
que luego a ver qué hacemos con la factura.
Afortunado anciano de residencia,
no esperes a tus hijos, que hoy no vendrán
ni tampoco mañana, ni en mucho tiempo.
Se quedarán en casa para no contagiarte,
son muy buenas las chicas que te acompañan
y esconden su sonrisa bajo la mascarilla.
Mujer, quédate en casa muerta de miedo,
no provoques su ira, no le provoques.
Compréndelo, mujer, que está nervioso.
¿No ves que ya no puede ni emborracharse
en el bar de la esquina?
Tú calladita siempre si te da un empellón
porque bastante tiene el pobre hombre.
martes, 17 de marzo de 2020
domingo, 15 de marzo de 2020
VIRUS
Ha caído sobre el mundo
un manto de tristeza, de incertidumbre y miedo.
Un enemigo oscuro
ha entrado en nuestras casas,
y no entiende de vallas
ni sabe de fronteras.
Pero no es sobre el mundo, perdonadme,
es sobre la soberbia de los ricos,
que de pronto nos hemos dado cuenta
de nuestra pequeñez, y de que somos
igual de vulnerables que los desheredados,
aquellos que dejamos
que los devore el mar y nuestra egolatría
y encerramos en campos a que mueran de asco,
de miseria y de frío.
Y ahora, todos juntos, desde esta Europa enferma
de insolidaridad y de egoísmo,
nos cogemos las manos
y asomados a todos los balcones
cantamos nuestros himnos
y aplaudimos el paso de los ángeles
que velan por nosotros con su sudor y esfuerzo.
A cambio solo piden que miremos,
sin salirnos del cálido refugio,
la hermosa luz dorada que deja la tormenta.
un manto de tristeza, de incertidumbre y miedo.
Un enemigo oscuro
ha entrado en nuestras casas,
y no entiende de vallas
ni sabe de fronteras.
Pero no es sobre el mundo, perdonadme,
es sobre la soberbia de los ricos,
que de pronto nos hemos dado cuenta
de nuestra pequeñez, y de que somos
igual de vulnerables que los desheredados,
aquellos que dejamos
que los devore el mar y nuestra egolatría
y encerramos en campos a que mueran de asco,
de miseria y de frío.
Y ahora, todos juntos, desde esta Europa enferma
de insolidaridad y de egoísmo,
nos cogemos las manos
y asomados a todos los balcones
cantamos nuestros himnos
y aplaudimos el paso de los ángeles
que velan por nosotros con su sudor y esfuerzo.
A cambio solo piden que miremos,
sin salirnos del cálido refugio,
la hermosa luz dorada que deja la tormenta.
martes, 17 de diciembre de 2019
AQUELLAS NOCHES
A veces adivino en otros labios
el rastro de tus besos,
viejas complicidades
que vienen de otro tiempo
en el que yo no estaba.
Y me asalta el recuerdo de mis noches
-mis larguísimas noches
de copas y guitarras
y sapos cancioneros-
cuando de amanecida,
casi naciendo el día entre los montes,
volvía a enamorarme
para siempre. La boca
se me quedaba seca
de tabaco y canciones,
y me bebía el agua de otra boca.
Eran noches hermosas
que vienen de otro tiempo
en el que tú no estabas.
el rastro de tus besos,
viejas complicidades
que vienen de otro tiempo
en el que yo no estaba.
Y me asalta el recuerdo de mis noches
-mis larguísimas noches
de copas y guitarras
y sapos cancioneros-
cuando de amanecida,
casi naciendo el día entre los montes,
volvía a enamorarme
para siempre. La boca
se me quedaba seca
de tabaco y canciones,
y me bebía el agua de otra boca.
Eran noches hermosas
que vienen de otro tiempo
en el que tú no estabas.
ESE VICIO, ESE VICIO
En el silencio helado,
en la quietud del aire
me asaltan las preguntas.
Cuando ha pasado todo
miro cómo esta vida
plagada de sorpresas
se llevó por delante
todo lo previsible
y nada sucedió como esperaba.
Y la recta final
que se extiende ante mí
tan cuesta arriba,
ya no tiene sentido.
Es vivir por vivir, sin más empeño.
Sobrevivir apenas
como una obligación, pasar los días
uno detrás de otro
sin distinguir el lunes del domingo,
procurar no pasarme con los gastos
para seguir así, sobreviviendo
en la nada infinita.
Nada se rompería con mi ausencia,
a nadie ya le soy indispensable,
ni siquiera a mí misma.
No compensa la lucha
cuando ya nada espero.
Y no me estoy quejando, nadie piense
que es una depresión o esas milongas.
Solo dejo constancia
de una realidad irrebatible.
Me quisiera engañar y hablar de planes,
de que haré un gran viaje por islas con palmeras,
de que veré la aurora boreal
o de que bailaré un tango por la Boca...
Pero hay algunas noches
que a mi pesar estoy jodidamente lúcida
y no puedo engañarme ni a base de gintonic.
Para qué escribir versos
que no importan a nadie,
para qué cocinar y comer sola,
para qué hacer la cama y dormir sola,
para qué esa pastilla contra el colesterol
que lo mantiene a raya, como a mí,
en los malditos límites marcados.
Por eso pido a todos
los que tanto me quieren
y dicen ese vicio, ay ese vicio…
tú te vas a morir un día de estos...
Dejadme en paz que fume.
Dejadme. Que mi vida se haga humo.
en la quietud del aire
me asaltan las preguntas.
Cuando ha pasado todo
miro cómo esta vida
plagada de sorpresas
se llevó por delante
todo lo previsible
y nada sucedió como esperaba.
Y la recta final
que se extiende ante mí
tan cuesta arriba,
ya no tiene sentido.
Es vivir por vivir, sin más empeño.
Sobrevivir apenas
como una obligación, pasar los días
uno detrás de otro
sin distinguir el lunes del domingo,
procurar no pasarme con los gastos
para seguir así, sobreviviendo
en la nada infinita.
Nada se rompería con mi ausencia,
a nadie ya le soy indispensable,
ni siquiera a mí misma.
No compensa la lucha
cuando ya nada espero.
Y no me estoy quejando, nadie piense
que es una depresión o esas milongas.
Solo dejo constancia
de una realidad irrebatible.
Me quisiera engañar y hablar de planes,
de que haré un gran viaje por islas con palmeras,
de que veré la aurora boreal
o de que bailaré un tango por la Boca...
Pero hay algunas noches
que a mi pesar estoy jodidamente lúcida
y no puedo engañarme ni a base de gintonic.
Para qué escribir versos
que no importan a nadie,
para qué cocinar y comer sola,
para qué hacer la cama y dormir sola,
para qué esa pastilla contra el colesterol
que lo mantiene a raya, como a mí,
en los malditos límites marcados.
Por eso pido a todos
los que tanto me quieren
y dicen ese vicio, ay ese vicio…
tú te vas a morir un día de estos...
Dejadme en paz que fume.
Dejadme. Que mi vida se haga humo.
domingo, 24 de noviembre de 2019
A ESTA EDAD
Estoy en una edad desconcertante.
Me duele la cintura y la memoria
se muere de tristeza
cada vez que me adentro en el pasado.
Mis hijos no me cuentan sus problemas
para no preocuparme –por lo visto
piensan que ya no estoy para disgustos-.
Y si hablo de mis nietos,
yo soy esa señora que los manda a la cama
y les quita la play,
pero les gusta mucho mi tortilla;
también escribo versos pero eso no lo dicen,
parece que les da un poco de vergüenza.
Decía que me duele la cintura y el alma.
Sin embargo cuando una jovencita
de culo respingón y largas piernas
me cede amablemente el asiento en el metro,
le sonrío y reprimo mi impulso de escupirla
pero sigo de pie aferrada a la barra.
Y no quiero pensar
la cara que pondrían mis amigas
si les llego a decir que a estas alturas
me parece que estoy enamorada.
Esa mezcla de risa y compasión
con que siempre miramos a los locos.
Me duele la cintura y la memoria
se muere de tristeza
cada vez que me adentro en el pasado.
Mis hijos no me cuentan sus problemas
para no preocuparme –por lo visto
piensan que ya no estoy para disgustos-.
Y si hablo de mis nietos,
yo soy esa señora que los manda a la cama
y les quita la play,
pero les gusta mucho mi tortilla;
también escribo versos pero eso no lo dicen,
parece que les da un poco de vergüenza.
Decía que me duele la cintura y el alma.
Sin embargo cuando una jovencita
de culo respingón y largas piernas
me cede amablemente el asiento en el metro,
le sonrío y reprimo mi impulso de escupirla
pero sigo de pie aferrada a la barra.
Y no quiero pensar
la cara que pondrían mis amigas
si les llego a decir que a estas alturas
me parece que estoy enamorada.
Esa mezcla de risa y compasión
con que siempre miramos a los locos.
jueves, 17 de octubre de 2019
SABADO
Ha amanecido sábado y hoy tampoco llueve.
Poco a poco la vida se viste de mujer
que va a llenar el carro de la compra,
se monta en los columpios de los parques,
se bebe una cerveza en la barra del bar
donde suelen reunirse los amigos,
se humedece en la boca de esa chica tan joven
que se besa riendo con su novio.
Y se la puede ver de retirada
en un nonagenario diminuto
que arrastra alegremente sus edades
del brazo tropical
de una dulce mujer de la otra orilla.
Mi vecina restriega los cristales
mientras canta un bolero
y Alí, el senegalés que monta guardia
a la puerta de mi supermercado,
me regala su sonrisa blanquísima
y me dice que tenga un buen fin de semana.
Mientras tanto
unos seres perversos se reúnen
en despachos siniestros
a jugarse a las cartas el destino
de la gente corriente, la que solo
pretende convivir, tener trabajo,
ver crecer a sus hijos, a sus nietos
y morir en la cama, a ser posible.
Discuten con empeño la estrategia
para poder robarnos la alegría,
la música, los libros y las lágrimas
que nos identifican como humanos.
El amor, la amistad, el sexo, la ternura,
los jóvenes, los viejos, los enfermos,
los besos, los abrazos y las viejas canciones,
los helados de fresa, la risa y los gemidos
de los enamorados.
Los juegos de los niños y los perros,
el ansia de ganar las causas justas,
los recuerdos felices, la nostalgia
de los tiempos de entonces.
Ellos hacen sus planes
al margen de nosotros, solo piensan
cómo podrán rasgar la luna llena,
cómo sembrar el odio en nuestras vidas,
cómo hacernos dejar de ser personas.
Poco a poco la vida se viste de mujer
que va a llenar el carro de la compra,
se monta en los columpios de los parques,
se bebe una cerveza en la barra del bar
donde suelen reunirse los amigos,
se humedece en la boca de esa chica tan joven
que se besa riendo con su novio.
Y se la puede ver de retirada
en un nonagenario diminuto
que arrastra alegremente sus edades
del brazo tropical
de una dulce mujer de la otra orilla.
Mi vecina restriega los cristales
mientras canta un bolero
y Alí, el senegalés que monta guardia
a la puerta de mi supermercado,
me regala su sonrisa blanquísima
y me dice que tenga un buen fin de semana.
Mientras tanto
unos seres perversos se reúnen
en despachos siniestros
a jugarse a las cartas el destino
de la gente corriente, la que solo
pretende convivir, tener trabajo,
ver crecer a sus hijos, a sus nietos
y morir en la cama, a ser posible.
Discuten con empeño la estrategia
para poder robarnos la alegría,
la música, los libros y las lágrimas
que nos identifican como humanos.
El amor, la amistad, el sexo, la ternura,
los jóvenes, los viejos, los enfermos,
los besos, los abrazos y las viejas canciones,
los helados de fresa, la risa y los gemidos
de los enamorados.
Los juegos de los niños y los perros,
el ansia de ganar las causas justas,
los recuerdos felices, la nostalgia
de los tiempos de entonces.
Ellos hacen sus planes
al margen de nosotros, solo piensan
cómo podrán rasgar la luna llena,
cómo sembrar el odio en nuestras vidas,
cómo hacernos dejar de ser personas.
lunes, 7 de octubre de 2019
MIS COSAS
Ahora que todavía
creo que estoy medianamente lúcida
-dentro de lo que cabe, que no es mucho-,
me da por preguntarme qué será de mis cosas
cuando yo me haya ido a no sé dónde,
a ese lugar etéreo que no existe.
No tengo casi nada, bien es cierto,
mi casa es muy pequeña
para poder guardar toda una vida
de recuerdos absurdos y de objetos
que no importan a nadie.
Esa orquesta de jazz en escayola
que pinté de colores con la ilusión de un niño
cuando quise engañar la soledad
con trabajos manuales.
Y las cuatro cabezas de perros diferentes
pintadas por mi abuelo
tan antiguas y hermosas,
y que el tiempo ha cubierto de pátina negruzca.
Esa tetera azul de porcelana,
que heredé de mi madre, y que bascula
sobre un diminuto infiernillo de alcohol
que nadie encendió nunca.
Una labor bordada en primoroso
punto de cruz, por una antepasada
con mi nombre -¡Qué cosas!-
en mil ochocientos ochenta y nueve.
¿Qué sentido tendría este cuadrito
en otra casa que no fuera mía,
donde no viva nadie que se llame
como me llamo yo
y mi desconocida antepasada?
Y fotos, muchas fotos
de cuando todos éramos
más guapos y más jóvenes
y a veces, algún rato,
un poco más felices.
Mis libros y mi música,
cajitas pequeñísimas,
pastilleros que se llenan de polvo
y que jamás guardaron una sola pastilla
que remedie la pena.
No creo que mis hijos cuelguen en sus paredes
mis pobres maravillas
ni pongan en sus muebles antiguallas.
¿A qué contenedor irán estos tesoros?
O ¿qué chamarilero malvenderá mi vida?
creo que estoy medianamente lúcida
-dentro de lo que cabe, que no es mucho-,
me da por preguntarme qué será de mis cosas
cuando yo me haya ido a no sé dónde,
a ese lugar etéreo que no existe.
No tengo casi nada, bien es cierto,
mi casa es muy pequeña
para poder guardar toda una vida
de recuerdos absurdos y de objetos
que no importan a nadie.
Esa orquesta de jazz en escayola
que pinté de colores con la ilusión de un niño
cuando quise engañar la soledad
con trabajos manuales.
Y las cuatro cabezas de perros diferentes
pintadas por mi abuelo
tan antiguas y hermosas,
y que el tiempo ha cubierto de pátina negruzca.
Esa tetera azul de porcelana,
que heredé de mi madre, y que bascula
sobre un diminuto infiernillo de alcohol
que nadie encendió nunca.
Una labor bordada en primoroso
punto de cruz, por una antepasada
con mi nombre -¡Qué cosas!-
en mil ochocientos ochenta y nueve.
¿Qué sentido tendría este cuadrito
en otra casa que no fuera mía,
donde no viva nadie que se llame
como me llamo yo
y mi desconocida antepasada?
Y fotos, muchas fotos
de cuando todos éramos
más guapos y más jóvenes
y a veces, algún rato,
un poco más felices.
Mis libros y mi música,
cajitas pequeñísimas,
pastilleros que se llenan de polvo
y que jamás guardaron una sola pastilla
que remedie la pena.
No creo que mis hijos cuelguen en sus paredes
mis pobres maravillas
ni pongan en sus muebles antiguallas.
¿A qué contenedor irán estos tesoros?
O ¿qué chamarilero malvenderá mi vida?
jueves, 3 de octubre de 2019
OTOÑO
Cómo me gustaría escribir otra vez
un poema de amor y de deseo
-aunque fuera tan malo como siempre-
que hablara de tu lengua y de tus manos
como si todavía la esperanza
le diera tiempo al tiempo.
Cómo me gustaría extrañarte a mi lado
cuando en la madrugada me sobra media cama
y no viene tu imagen como antes
a ocupar el vacío de mi vientre,
a enredar con tu abrazo mi cintura
y el insomnio se pierde en la certeza
de que ha acabado todo, hasta los sueños.
Cómo me gustaría que mi piel todavía se erizara
con el recuerdo dulce de tu boca
recorriendo mi espalda muy despacio,
y, una a una, contándome las vértebras,
escalara montañas,
se sumergiera en las profundidades
en su lento camino hacia mi grito.
Pero ya solo pienso en el otoño
que ha llegado hasta mí para quedarse,
que ha engullido mi cuerpo y mi nostalgia
de lo que nunca fue, que me despierta
en medio de la noche y me levanto
a fumar un pitillo en la ventana
mientras la realidad se carcajea.
un poema de amor y de deseo
-aunque fuera tan malo como siempre-
que hablara de tu lengua y de tus manos
como si todavía la esperanza
le diera tiempo al tiempo.
Cómo me gustaría extrañarte a mi lado
cuando en la madrugada me sobra media cama
y no viene tu imagen como antes
a ocupar el vacío de mi vientre,
a enredar con tu abrazo mi cintura
y el insomnio se pierde en la certeza
de que ha acabado todo, hasta los sueños.
Cómo me gustaría que mi piel todavía se erizara
con el recuerdo dulce de tu boca
recorriendo mi espalda muy despacio,
y, una a una, contándome las vértebras,
escalara montañas,
se sumergiera en las profundidades
en su lento camino hacia mi grito.
Pero ya solo pienso en el otoño
que ha llegado hasta mí para quedarse,
que ha engullido mi cuerpo y mi nostalgia
de lo que nunca fue, que me despierta
en medio de la noche y me levanto
a fumar un pitillo en la ventana
mientras la realidad se carcajea.
viernes, 13 de septiembre de 2019
LAS CIRCUNSTANCIAS
La distancia se agranda,
como se aleja un tren
que se hace diminuto,
casi como un juguete,
hasta perderse por el horizonte,
con la imagen amada en la retina.
Mas queda la esperanza del regreso.
La distancia es tangible y es salvable
si así nos lo queremos,
son tan solo kilómetros o millas,
nada más poderoso que nosotros.
Pero el tiempo es peor
porque es difuso,
no tiene longitud
ni forma a que agarrarse
ni algo que en sí mismo
justifique la ausencia;
es una nebulosa indefinida,
un semáforo eternamente en rojo,
por eso que llamamos
las circunstancias.
Y son más insalvables
que todos los océanos;
es dejar que los días y los meses
se mueran de costumbre
en un silencio turbio,
con miles de preguntas
y una sola respuesta:
las circunstancias.
Y da lo mismo estar,
como quien dice, a un paso
que en el confín del mundo,
si no pueden salvarse
las circunstancias.
Las circunstancias,
esa sutil frontera de cristal
que no nos atrevemos a romper,
que divide los mundos más cercanos,
que separa la piel y la mirada,
que mata hasta el recuerdo,
desdibuja la imagen,
e incluso hace dudar
de las palabras y de las vivencias.
De lo que ayer fue cierto.
Hasta que cualquier día
definitivamente nos vayamos,
tú en un lado y yo en otro.
Y nos habrán matado
las circunstancias.
como se aleja un tren
que se hace diminuto,
casi como un juguete,
hasta perderse por el horizonte,
con la imagen amada en la retina.
Mas queda la esperanza del regreso.
La distancia es tangible y es salvable
si así nos lo queremos,
son tan solo kilómetros o millas,
nada más poderoso que nosotros.
Pero el tiempo es peor
porque es difuso,
no tiene longitud
ni forma a que agarrarse
ni algo que en sí mismo
justifique la ausencia;
es una nebulosa indefinida,
un semáforo eternamente en rojo,
por eso que llamamos
las circunstancias.
Y son más insalvables
que todos los océanos;
es dejar que los días y los meses
se mueran de costumbre
en un silencio turbio,
con miles de preguntas
y una sola respuesta:
las circunstancias.
Y da lo mismo estar,
como quien dice, a un paso
que en el confín del mundo,
si no pueden salvarse
las circunstancias.
Las circunstancias,
esa sutil frontera de cristal
que no nos atrevemos a romper,
que divide los mundos más cercanos,
que separa la piel y la mirada,
que mata hasta el recuerdo,
desdibuja la imagen,
e incluso hace dudar
de las palabras y de las vivencias.
De lo que ayer fue cierto.
Hasta que cualquier día
definitivamente nos vayamos,
tú en un lado y yo en otro.
Y nos habrán matado
las circunstancias.
domingo, 1 de septiembre de 2019
NUNCA
No sé por qué razón
te recuerdo en momentos que nunca compartimos;
nunca vimos el mar cogidos de la mano
ni inventamos los nombres de las constelaciones
alguna de esas noches
que en el cielo no caben más estrellas
ni miramos el sol hundirse en un océano
con las aguas teñidas del color de la sangre.
Nunca estuvimos juntos
viviendo la belleza desplegada
para nosotros solos,
sintiendo la tibieza de la tarde
besándonos despacio todo el cuerpo
y el despertar entonces, sin apenas tocarnos,
del deseo escondido en nuestras pieles.
Pero ahora te evoco, te recuerdo
como si fuera cierto, como si alguna vez
tú te hubieras dormido reclinado en mi vientre
enfrente de este mar, azul inverosímil,
mientras jugueteaba con tu pelo.
A veces necesito inventarme una vida
que engañe a mi memoria
y rellene los huecos plagados de tristezas.
te recuerdo en momentos que nunca compartimos;
nunca vimos el mar cogidos de la mano
ni inventamos los nombres de las constelaciones
alguna de esas noches
que en el cielo no caben más estrellas
ni miramos el sol hundirse en un océano
con las aguas teñidas del color de la sangre.
Nunca estuvimos juntos
viviendo la belleza desplegada
para nosotros solos,
sintiendo la tibieza de la tarde
besándonos despacio todo el cuerpo
y el despertar entonces, sin apenas tocarnos,
del deseo escondido en nuestras pieles.
Pero ahora te evoco, te recuerdo
como si fuera cierto, como si alguna vez
tú te hubieras dormido reclinado en mi vientre
enfrente de este mar, azul inverosímil,
mientras jugueteaba con tu pelo.
A veces necesito inventarme una vida
que engañe a mi memoria
y rellene los huecos plagados de tristezas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








