
No encuentro consuelo en la música ni consigo concentrarme en la lectura, que me cuenta historias de gentes a las que no les duele nada. El dolor, que nace en mi cuello y se extiende por mi hombro deslizándose a lo largo del brazo izquierdo hasta la punta de los dedos, no sé cómo ha encontrado también el camino para invadirme el alma y ha conseguido que sólo tenga ganas de llorar o de morirme. Las noches son algo muy parecido al infierno, estoy agotada pero me horripila meterme en la cama.
Evidentemente esto me lleva al manido tópico que dice aquello de que lomasimportanteeslasalú y a valorar la suerte que he tenido de llegar a mi provecta edad sin achaques dignos de mención, incluso con una notable energía. Pero mi compañera y sin embargo amiga Paquita, que cumplió los sesenta un año antes que yo, dice que a ella le pasaba lo mismo pero que a partir de esa fatídica década le ha caído encima todo lo que no tenía. Es la alegría de la huerta, impagable como animadora. A parte del dolor, yo creo que también he pedido la baja por no oírla.
Buscando el lado bueno -si es que lo hay, que ya hay que poner empeño en buscar- quiero aprender a ser un poco más paciente y más comprensiva con la gente a la que perennemente le duelen cosas, mi madre sin ir más lejos. Y también me reafirmo en reivindicar la eutanasia e ir redactando mi testamento vital. Digo yo que algún amigo tendré dispuesto a desenchufar los tubos o darme el tiro de gracia.