sábado 7 de noviembre de 2009

EL OMBLIGO DEL MUNDO

Me habian citado a las siete y media de la mañana y nos tomamos la cosa con tiempo. Para mí eso de madrugar -ahora que no lo tenia que hacer por obligación- ya no era problema porque en mis cervicales había un despertador que cuando dejaban de hacer efecto los calmantes -a eso de las cinco- me tocaba diana sin piedad, así que llamamos un taxi para las siete menos cuarto y el tráfico se puso de nuestra parte. A las siete y diez estábamos a la puerta con mi maletita, mi consentimiento informado y mi miedo a cuestas, en ayunas desde las doce de la noche incluso de mis drogas, con lo que llegaba en unas condiciones bastante patéticas. Quise fumarme el último pitillo antes de entrar, pero me produjo arcadas y hacía frio; lo tiré a la segunda calada.

Al haberme citado a hora tan temprana pensé, ilusa de mi, que sería la primera. Pero no, todos los condenados teníamos la misma hora. Un bedel con chaqueta verde nos daba un número según íbamos llegando; a mí me tocó el cuatro a pesar de la anticipación, se ve que la gente tenía prisa por llegar al cadalso. Nos presentamos en admisión por riguroso orden de llegada y nos tacharon de una lista. Luego el bedel de la chaqueta verde nos condujo con nuestros acompañantes por interminables pasillos y ascensores renqueantes, como ganado al matadero, hasta una sala de espera que hacía honor a su nombre, pues esperamos cerca de una hora sin que nadie nos diera ninguna explicación. Por fin se abrió una puerta y apareció una mujer con un pijama azul que decia llamarse María. María nombró a nueve o diez personas entre las que yo no estaba y las ordenó salir de aquella sala sin sus familiares. Al cabo de un rato llamó a sus familiares. Eran los primeros en pasar por taquilla. Yo, que había llegado relativamente tranquila, me iba atacando por momentos, el dolor no cesaba, nadie decía nada y aquello se me estaba haciendo eterno. Había engañado a mi madre con la fecha y pensaba que me llamaría a casa, no me encontraría y se pondría nerviosa. Pero Fernando tuvo la precaución de desviar el teléfono a su móvil y cuando llamó le dijo que estaba durmiendo. Y no mentía porque para entonces ya estaba yo bajo los efectos de la anestesia.

Pasó un tiempo prudencial y volvio María. Esta vez sí me nombró, en segundo lugar. De modo que me despedí de Fernando y de Marta y fui tras ella sin saber a dónde. Mi destino resultó ser una sala donde habia ocho camas enfrentadas de dos en dos con un pasillo en medio. Allí nos dieron unos camisones de esos que se atan por detrás y nos dijeron que nos quitaramos toda la ropa. Éramos todas mujeres y con aquellos pingos puestos, la sala adquiría el aspecto del dormitorio de una cárcel femenina; parecíamos las arrecogías del Beaterio de Santa Maria Egipciaca. A todo esto aún no nos habían asignado habitación y no sabíamos si la tendríamos al salir del quirófano, con lo que los familiares se tenían que hacer cargo de nuestros efectos personales por un tiempo indeterminado, lo que incluía ir a tomar un café, comprar el periódico, salir a fumar o ir al baño con la maletita y la bolsa con la ropa que nos acabábamos de quitar. Todo muy comodo y funcional para ellos. Me pregunté qué haría el desgraciado que no tuviera familia ¿quedarse sin sus cosas y volver a su casa con ese trapo puesto, enseñando la parte posterior con lo que había refrescado? Una vez en camisón y debidamente aleccionadas y pasadas lista por una tal Pilar que mandaba más que María, dejaron pasar a los acompañantes y les endosaron el equipaje. Marta se fue a su curro y allí nos quedamos Fernando y yo; mi vecina de celda tenia alrededor de su cama toda una corte de familiares que hablaban de Esperanza Aguirre -no sé ni me importa si bien o mal- y encima ella con el móvil explicando a alguien a voz en grito cómo se hacían las lentejas. Corrí la cortina furiosa porque no tenía nada a mano para tirarle a la cabeza. Mientras tanto, Fernando se echó un sueñecito en la butaca.

A eso de las once entró un celador con una camilla y me llamó por mi nombre para llevarme al patíbulo, digo al quirófano. Y ya me relajé. A Fernando le dejaron venir conmigo hasta una especie de nave inhóspita y heladora donde me pusieron un gorro. Yo ya estaba entregada. Pasó un ratito corto y salieron dos tíos cachas que dijeron ¡hala, que nos la llevamos! nos dimos un piquito y nos dijimos adios con la mano. Dentro del quirófano me preguntaron si podía subirme yo sola al potro de tormento desde la camilla o me tenían que mover ellos. -Yo sola puedo, dije muy chula. Había un montón de gente a mi alrededor, poniéndome electrodos por todo el cuerpo y va uno y dice te vamos a abordar -a ABORDAR, dijo- por todos los flancos. Yo pensé estos cabrones han leído mi blog y se van a vengar. Vamos, no me digáis que no es raro. Lo último que vi fue una mascarilla de goma azul acercándose a mi cara desde lo alto, mientras oía una voz que me ordenaba: respira, que es oxígeno. Respiré con toda mi alma y entré en la nada.

Unas dos horas y media estuve en sus manos y se debieron despachar a gusto, dado mi aspecto actual, que estoy por ofrecer mi imagen -sin ánimo lucro, por supuesto- a la ministra de Igualdad para el cartel institucional del 25 de noviembre, día contra la violencia de género. Tengo un apósito en el cuello y un ojo morado, no me preguntéis por qué. Cuando salí de allí sólo sentía como si un ejército de duendes diminutos, armados con alfileres y agujas, estuviera pinchándome con verdadera saña en los dedos índice y corazón de las dos manos; las dos uves de la victoria mordisqueadas sin tregua por una plaga de insectos carnívoros. Vi a Fernando de refilón y le pregunté por Marta al pasar hacia la U.R.P.A. que debe ser algo así como Unidad de Recuperación -o reanimación, no sé- del Paciente. Me tuvieron allí durante cinco horas, cinco, esperando por lo visto que cesara lo de mis dedos, que parece ser que era una novedad a investigar, caso inédito entre los cientos de operaciones como la mía que realizan todos los meses. Estaba sola, completamente despierta, arrinconada en una esquina de aquella sala desapacible y gélida por la que pululaban gentes en pijama que anotaban cosas en unos papeles a los pies de las camas, viendo llegar a otros desgraciados y salir a algunos. En un momento dado creí oír que ya había cama para mí y se me encendió un rayo de esperanza. De vez en cuando entraba Marta con su bata blanca y yo me ponía a llorar y a pedirle que me sacara de allí y me contara quién estaba fuera. Tenía muchas ganas de ver a mi hijo, a mi madre, a Fernando, a quien estuviera. Esas cinco horas fueron lo peor de todo el día, porque además mis dedos no mejoraban y me veía eternamente confinada en aquel Guantánamo. Poco a poco los pinchazos se convirtieron en dolor continuo, concentrado y perfectamente simétrico en las dos falanges centrales de los dedos corazón y entonces el anestesista consideró que el protocolo de las narices permitía dejarme marchar. Y menos mal, porque esta es la fecha en que sigo teniendo los dedos jodidos; a pesar de que me estoy atiborrando a corticoides, mejoran despacito. Por lo visto me tocaron la raíz del nervio que afecta a esa parte concreta de mi body.

Cuando mi cama atravesó la puerta de la U.R.P.A. hacia el exterior, arrastrada por una celadora gorda, me sentí como si entrara en el paraiso, ya no me importaban mis dedos, ya no me importaba nada. Alguien me hizo la pregunta retórica ¿cómo estás? y contesté que había tenido días mejores, lo que hizo mucha gracia a una señora que pasaba por allí.

Y sí, llegué a la habitación por fin. Allí estaban Marta, Fernando, mi hermana Almudena, mi hermano de incógnito pues mi madre no sabía que estaba en Madrid -eso es otra historia que ya tendrá su turno en este blog- e Ignacio "El Dúples", pero no estaban mi hijo ni mi madre. Pregunté por Jesús y me informaron de que había aprovechado la espera para donar sangre y llegó al poco rato. Me dió tanta alegría verle que me cambió el humor. Ana no pudo ir con los gemelos malos, presa de la gripe A, que es que no dejamos nada para los demás. Y para mi madre ya era muy tarde; hablé con ella por teléfono y la pobre había agradecido el engaño. Si conoceré yo a mis clásicos. La enfermera de tarde que se encargaba de mí se llamaba Cristina y era un encanto de chica que me dio muchas instrucciones para preservar mi cuello, pero a mí no me dolía nada el cuello, ni los brazos, ni los hombros ni nada de lo que me había atormentado durante tanto tiempo y estaba de buen humor. Sólo los dedos me amargaban un poco la vida y sugerí a Cristina una solución drástica: la amputación, pero me dijo que no lo contemplaba el protocolo. Cualquiera que me conozca sabe que tengo dedos largos y delgados y los que no, ahí tienen la foto que hizo Cock de mi mano fumando; pues mis dedos corazones se iban pareciendo por momentos a una salchicha de Frankfurt de las gordas, camino de morcilla de Burgos y enhiestos en dos "pesetas" sin destinatario conocido. Tenía un hambre canina y me trajeron un puré de verduras y arroz con leche. Pero no me dejaban incorporar la cama y Fernando me lo daba como si lo echara a un buzón y se me caía la mitad. Tomé unas pocas cucharadas y me rendí.

Obviamente, no había nada parecido a un catre para un acompañante, sólo una butaca tiesa. Así que les dije que no se quedara nadie, que yo tenía una pera en la mesilla para llamar a la enfermera todas las veces que me hiciera falta, que fueron unas cuantas a lo largo de la noche por razones de eliminación de la anestesia vía urinaria; pero aún me quedaba un mínimo de dignidad y no quería que me pusiera la cuña nadie de mi entorno; también tuve que llamar pidiendo calmantes por los putos dedos que seguían atormentándome. A todo esto, mi compañera de habitación, una señora mayor -mayor que yo, de más de setenta- que la habían puesto una válvula porque tenía hidrocefalia y llevaba un mes en el hospital, afortunadamente dormía como un ángel, impertérrita a mis llamadas. Al día siguiente nos hicimos amigas y me contó que no podía andar, que sólo tenía un marido octogenario que era el hombre de su vida, pero que la regañaba todo el rato y que se quería suicidar. -Voy a hacer un disparate y me voy a tirar por la ventana. -Pero, Lola, si no puedes andar hasta la ventana y yo no te puedo ayudar porque me han prohibido hacer esfuerzos y coger peso, echaría a perder toda la operación; mira, le dije, si quieres tengo una caja de diazepán que me he traído de estranjis para dormir; te puedo dar unas cuantas píldoras y te vas sin dar un ruido y sin sangre. Se quedó así la cosa y nos pusimos a ver el partido del Madrid contra el Milán; se enfadó mucho cuando le pitaron el penalty al Madrid, lo que me dio cierta tranquilidad porque tengo para mí que alguien que se enfada tanto por un penalty no se suicida sin antes matar al árbitro y eso Lola no lo tenía fácil. No me pidió las pastillas y el miércoles se la llevaron a un centro de rehabilitación; se despidió de mí dándome muchos besos pequeños.

Y bueno, ya estoy en casa desde antes de ayer; haciendo las cosas que normalmente se hacen sin darse uno cuenta, pero que ahora son como un arco de iglesia: coger la sartén grande para lo cual hay que quitar todas las que están encima que pesan un güevo, alcanzar la ensaladera del estante más alto de la cocina, cosas así. Me he dado cuenta de que medio kilo de cebollas pesa 500 gramos y son muchos gramos en el estado de flojera que me invade. Ayer pasé un día muy lacio y con la lágrima fácil, pero hoy estoy mejor. Y espero que esto siga para delante. Además he comprobado cuánto necesito que la gente me quiera, qué absurdamente dependiente soy del cariño de los demás. Cómo agradezco una llamada o un e-mail y qué suerte tengo de tener tantos amigos. He constatado -y eso me duele, caramba, soy muy vanidosa- que, o bien este blog no lo lee tanta gente como yo creía, o bien hay quien pasa de mí; porque he echado de menos a gente a la que quiero y que además algunos son hermanos de otros amigos por los que han podido enterarse, pero evidentemente no he formado parte de sus conversaciones. Y es lógico; aunque me duela yo no soy el ombligo del mundo y seguramente habrá habido ocasiones en que me hayan echado de menos y yo estaba a por uvas.

¡Ah! Espero que este rollo no lo lea mi jefe, porque me va a decir que a trabajar. Le tendré que convencer de que lo he dictado.

miércoles 28 de octubre de 2009

¡¡¡AL ABORDAJE!!!

Teniendo en cuenta que el barco pirata navega con todo el velamen desplegado y le sopla el viento de popa, la velocidad de crucero viene siendo a toda máquina y el abordaje se producirá el próximo lunes 2 de noviembre, día de difuntos por más señas. Ya vislumbro las dos tibias cruzadas bajo la calavera y por más que yo levante la bandera blanca por proa me parece que esto no hay quien lo pare. Así que aquí estoy, confiando en que el Capitán Garfio tenga un buen día y me degüelle con cuidado y con misericordia, sin ensañamientos innecesarios. Mientras tanto vegeto tan ricamente entre la cama y el sofá; he leído de cabo a rabo los Papeles Inesperados de Cortázar; algunos de esos papeles son deslumbrantes -deslumbrantemente cortazarianos- y otros me han resultado un poco tochos, pero todos me han confirmado en la idea de que don Julio poseyó una de las inteligencias más preclaras del siglo XX y es uno de los más grandes escritores en lengua castellana; también he leído en tres días Vía Revolucionaria, la novela de Richard Yates sobre la que se basó el guión de Revolutionary Road; me ha gustado y ahora estoy con otra del mismo autor absolutamente demoledora: Las hermanas Grimes; he visto un par de películas en el cine -Despedidas, que es una gozada de sensibilidad y buen gusto japonés y El secreto de sus ojos, con un Darín madurito que mejora con los años- y varias pirateadas de cinetube, entre las que están la última de Woody Allen Si la cosa funciona, una vuelta a lo mejor del genio de Manhattan y la nueva ocurrencia de Tarantino Malditos Bastardos, que no tiene desperdicio; Me falta Ágora, pero me da mucha pereza no sé por qué. Hago algún recado por el barrio y me cruzo con los jubilatas que van a comprar el pan, muchos empujando las sillitas de sus nietos; es un regalo el otoño que tenemos este año. Algún día he hecho la machada de salir a comer o a tomar una copa con Fernando; "me saca", dice, para entretenerme y que me olvide un rato y yo me dejo sacar porque creo que él debe estar hasta los mismísimos de este plan que tenemos desde hace mes y medio, pero la verdad es que enseguida empiezo a revolverme en la silla o en el taburete de la barra; me duele, no encuentro postura y quiero volver a casa.

A mi madre le he dicho que me operan el martes, porque prefiero darle las cosas hechas y ahorrarle la preocupación de la espera, de manera que si esto lo lee algún pariente o amigo que tenga contacto con ella, ruego que no se vaya de la lengua, please. Porque resulta que lo mío es sólo una anécdota entre una larga serie de desaguisados que últimamente está cayendo sobre mi familia -todos relacionados con la salud- que es que parece que los astros se han alineado contra nosotros o que nos ha mirado el cíclope Polifemo con su único ojo vuelto del revés. Y lo que le pueda evitar se lo evito, que ya está bien a los ochenta y ocho años que cumple dentro de tres días, aunque ella sigue diciendo que tiene ochenta y siete. La pobre está desbordada y eso que no sabe de la misa, la media.

Pues eso, que ya está aquí. Y que agradezco a todos vuestros comentarios, que me han hecho reír, me han acompañado y me han tranquilizado a partes iguales. Y que es un lujazo teneros ahí. Gracias.



miércoles 21 de octubre de 2009

ABORDAJE CERVICAL ANTERIOR

Eso es lo que he autorizado que me hagan al firmar el consentimiento informado: abordaje cervical anterior, lo que en román paladino quiere decir que, en pleno uso de mis facultades mentales, permito que me den un tajo en la parte frontal del cuello e introduzcan por él diversos instrumentos cortantes y/o punzantes -ya sean en hoja o en punta- tales como tijeras, bisturís, escoplos, periostotomos, curetas, pinzas, disectores y otros artilugios, con los que abrir camino a través de ese laberinto de músculos, venas, glándulas, arterias, cartílagos o nervios -sin hablar de algunas tuberías de cierta importancia, como la tráquea o el esófago- que ocupa el interior de mi cuello y llegar a las vértebras C5, C6 y C7. Que digo yo en mi ignorancia, si el recorrido no sería más corto y menos accidentado entrando por detrás, con perdón por la manera de señalar. En cualquier caso, comparado con esto, firmar la eutanasia es una minucia, al fin y al cabo ya sabe uno a lo que va, y en cambio ahora se supone que uno suscribe el tal papelajo para vivir un poco mejor, pero vaya usté a saber...

Porque aunque una tenga confianza ciega en la pericia del artista -¡qué remedio!- quién me dice a mí que no va a tropezar con el esternocleidomastoideo, no sé, que le dé un estornudo y pinche en la yugular o perfore la tráquea, cualquiera puede tener un mal día. Que toque la glándula tiroides sin querer y se me disparen las hormonas; de ahí me podría venir nerviosismo, irritabilidad, insomnio y trastornos mentales que pueden oscilar desde la ansiedad al delirio; que se me caiga el pelo y se me separen las uñas de su lecho ungüeal. O que me rompa el cartílago cricoides y se me quede colgando el esófago.

Y no quiero ni pensar lo que podría ocurrir con mi body si al nervio vago le diera por ponerse a trabajar... ¡Dios me coja confesada!

sábado 17 de octubre de 2009

RISAS

video

No puedo escribir, pero todavía me río. Almu me ha mandado este video y mi hernia casi se acaba de rematar.

sábado 10 de octubre de 2009

SOY UNA MUJER NUEVA

En el post del 16 de septiembre, va para un mes, ya hablaba de mi dolor de hombro; aunque lo utilicé en sentido metafórico, era real como la vida misma. Luego la cosa fue a más y ya no era sólo el hombro sino todo el brazo, mano incluída y, sobre todo, un punto de la columna vertebral por ahí arriba, cerca de la nuca, que se extendía como una sombra negra; que no cesaba ni de día ni de noche, me amargaba la vida y el carácter y casi llegué a olvidar que alguna vez había tenido ganas de vivir. No quiero dramatizar, pero las he pasado canutas.

El caso es que esta noche, por primera vez en todo este tiempo, he dormido seis horas seguidas, despertándome no por el dolor sino por otras urgencias más llevaderas. Como os dije en los comentarios, Marta en su hospital me ha conseguido un atajo ultrarrápido para saltarme todos los impedimentos burocráticos de la sanidad madrileña y llegar al diagnóstico; ahora sólo falta que me vea un neurocirujano y decida qué hace con mi body, pero por lo menos ya tengo un tratamiento que, como por arte de magia, ha hecho desaparecer los dolores y puedo vivir como una persona medio normal. Digo yo que cómo lo podrá soportar la gente que no tenga la suerte de que su hija trabaje con especialistas de la cosa. En dos días me vió la neuróloga, me derivó a la resonancia magnética y veinticuatro horas después de salir del tubo estaba mi hernia cervical en la pantalla de su ordenador; la enfermera que dirigía esa orquesta de percusión que es la R.M. me dijo que pidiera hora a mi doctora para dentro de quince días, yo es que me pasmo.

Lo de la resonancia merece por lo menos unas pocas líneas; si no habéis pasado por esa experiencia, no podéis perdérosla. Yo cerré los ojos cuando me metieron en el ataúd, me parece que es como se debe estar dentro de ese receptáculo, y aquella mujer me anunció desde fuera que el estudio duraba media hora -media hora que cundió más que en el baloncesto- y que no me moviera en absoluto; sobre todo las manos, es importante que no mueva las manos, me advirtió. Inmediatamente sentí una necesidad imperiosa de frotarme unos dedos con otros y de rascarme algo, pero me mantuve firme e inmóvil como un cadáver. Cuando creía que ya había pasado ese tiempo hacía rato -durante el que se sucedieron variados y estridentes sonidos sobre mi cabeza, golpeteos, pitidos, sirenas, qué sé yo- dá unos golpes sobre la tapa del féretro y me pregunta -Qué tal está, Ana María, y sin esperar a que yo contestara -pues vaya, tirando, me ordena -tiene que respirar más despacito; y a mí, que si de algo no me había ocupado era de la velocidad de mi respiración, a partir de ese instante se me iban y se me venían unos jadeos dignos de mejor causa. No contenta con esto, me avisa -ahora viene una secuencia de siete minutos durante los que no puede tragar absolutamente nada. Ni que decir tiene que en ese momento mis glándulas salivares se pusieron a trabajar a pleno rendimiento y cuando pasaron aquellos eternos siete minutos estaba a punto de ahogarme en mi propia saliva. Por fin abre la tapa y me espeta: ha tosido usted. -¿Yo?, me defendí; - he intentado no toser. -Pues las imágenes no mienten, aseguró mirándome a los ojos como en un tercer grado. -Pues si las imágenes no mienten yo no tengo nada que objetar, contesté humillada y como pillada en falta.

Como en esta vida todo se acaba, aquello también llegó a su fin y salí del tubo por mi propio pie, talmente como un
zoombie. Pero después he vuelto a nacer porque me han puesto el tratamiento que, por lo visto, antes hubiera enmascarado los resultados de la prueba.

Y a las siete y media de esta mañana he desayunado en mi ventana como en los viejos tiempos, mirando un cielo azul palidísimo surcado por la estela de humo rosado de los aviones que parece ser que ensayaban para el desfile de las Fuerzas Armadas. Y me he sentido feliz viendo un cable de la luz con una fila de palomas posadas en perfecta formación, también con cierto aire militar, como en
Los Pájaros de Hitchcock.

He pasado dos días en casa de mi madre porque mi chico estaba sobrecargado de trabajo y tenía que hacer un viaje. Tumbada en el lecho del dolor con la almohada cervical y mirando al único lugar que podía mirar me acordaba de la canción de Serrat
"por cierto al techo no le iría nada mal una mano de pintura". Mi madre se empeñaba en dejar la puerta de su cuarto abierta para no perderse ni un segundo de mis padecimientos y yo sin querer encender la luz y alumbrándome con el móvil para tomarme mi cocktail molotov de calmantes y antiinflamatorios sin despertarla; pero todo inútil, ella aparecía en la puerta dispuesta a compartir conmigo cada instante, con lo que encima me sentía culpable de tenerla en esta situación a sus casi ochenta y ocho años. He ocupado la habitación que fue de mi abuela y me he puesto a fisgar el cajón de su mesilla de noche que está tal como ella lo dejó, con sus rosarios, sus estampas y sus lecturas: Reglas para vivir cristianamente, La oración de todas las horas, La Imitación de Cristo, Sed Perfectos... Pero lo que más me ha gustado ha sido un folleto con una novena al Glorioso Mártir San Expedito, abogado de los negocios y casos urgentes. Este es el mío, pensé decidida a hacer la novena. San Expedito parece ser que fue un aguerrido soldado romano que se debió convertir al cristianismo y sufrió martirio por tal causa. ¿Vendrá de ahí lo de expeditivo? Me encomendé a su intercesión. En el cajón de mi abuela había otro folleto que decía: "Novena y visita domiciliaria al Beato Valentín Berriochoa O.P.". ¿Vendrá a mi casa el Beato si hago la novena? Yo, por si acaso, me quedo con San Expedito.

¡Ah! He redibido dos cartas de mis nietos mayores, cada una en su estilo. La de Paloma es larga, con una letra preciosa en distintos colores y muy literaria. A Marcos le tiran más las artes plásticas y la suya es escueta; hela ahí. No he podido resistirme.

miércoles 30 de septiembre de 2009

DOLOR

Mi contractura o pinzamiento o hernia cervical o lo que c... sea esto, lleva dos días emberrenchinada, lo que me está sumiendo en la más absoluta depresión y en el aislamiento de la gente corriente. Ya casi no recuerdo haber sido alguna vez una persona normal y autónoma que andaba por el mundo sin dolor -físico, me refiero- y me parece imposible que lo vuelva a ser en un futuro más o menos próximo, tengo la impresión de que me voy a quedar así para siempre. Estoy de baja laboral y mi vida se reduce a buscar la postura en que me duela menos en el sofá o en la cama, cargando con un extraño artefacto que me da calor, tomar diversas pócimas y a dar la lata a quien está conmigo; digo gracias, mi amor, cienes y cienes de veces al día. Me avergüenza confesar que esta noche me he puesto a llorar de puritita desesperación.

No encuentro consuelo en la música ni consigo concentrarme en la lectura, que me cuenta historias de gentes a las que no les duele nada. El dolor, que nace en mi cuello y se extiende por mi hombro deslizándose a lo largo del brazo izquierdo hasta la punta de los dedos, no sé cómo ha encontrado también el camino para invadirme el alma y ha conseguido que sólo tenga ganas de llorar o de morirme. Las noches son algo muy parecido al infierno, estoy agotada pero me horripila meterme en la cama.

Evidentemente esto me lleva al manido tópico que dice aquello de que lomasimportanteeslasalú y a valorar la suerte que he tenido de llegar a mi provecta edad sin achaques dignos de mención, incluso con una notable energía. Pero mi compañera y sin embargo amiga Paquita, que cumplió los sesenta un año antes que yo, dice que a ella le pasaba lo mismo pero que a partir de esa fatídica década le ha caído encima todo lo que no tenía. Es la alegría de la huerta, impagable como animadora. A parte del dolor, yo creo que también he pedido la baja por no oírla.

Buscando el lado bueno -si es que lo hay, que ya hay que poner empeño en buscar- quiero aprender a ser un poco más paciente y más comprensiva con la gente a la que perennemente le duelen cosas, mi madre sin ir más lejos. Y también me reafirmo en reivindicar la eutanasia e ir redactando mi testamento vital. Digo yo que algún amigo tendré dispuesto a desenchufar los tubos o darme el tiro de gracia.

viernes 25 de septiembre de 2009

ME VOY A MOJAR


Vaya por delante que soy una antiabortista visceral, lo que significa que el aborto provoca en mis vísceras -desde el útero hasta los ovarios, pasando por el corazón- un rechazo y un escalofrío cercanos a la náusea. Y si lo trato de una forma racional, no visceral, en la mayoría de los casos llego a la conclusión de que -se disfrace como se disfrace- es un acto de egoismo y un medio, si se quiere doloroso, pero un medio de sacudirse un problema de encima matando moscas a cañonazos; que es mucho peor la solución que el problema, quiero decir. Ya me están pitando los oídos, sobre todo el izquierdo, por las iras que estas afirmaciones susciten en determinados sectores que consideran las ideologías como un bloque pétreo que no admite disidencias ni fisuras en ningún aspecto. Pues bien, soy de izquierdas; mi corazón y mi cabeza son socialistas; soy feminista en el sentido de que siempre defenderé la absoluta igualdad de derechos, de deberes y de oportunidades en todos los ámbitos para los hombres y para las mujeres; la tan traida y llevada conciliación de la vida laboral y familiar tal y como se entiende habitualmente -vamos, que las que concilien sean las mujeres- me parece una engañifa; aquí no se trata de conciliación sino de corresponsabilidad, lo que en román paladino quiere decir que los hombres se impliquen al mismo nivel que las mujeres en el cuidado, atención y educación de los hijos desde que son concebidos y en el resto de las tareas que conlleva la vida en familia. Y además de todo esto estoy en contra del aborto, qué pasa.

No he llegado a esta postura empujada por ninguna religión; no sé ni me importa en qué momento se puede decir que ese pequeño ser está dotado de "alma" -que, por otra parte, la vida y la historia nos muestran innumerables seres humanos nacidos y largamente vividos que nunca llegan a tenerla- pero si sé que no es un tumor que haya que extirpar y que con un tamaño de unos pocos centímetros ya tiene piernas y brazos y ojos, se chupa un proyecto de dedo y en su diminuto pecho hay un corazón que late por su cuenta.

Una vez hecha esta declaración de principios para que no quede ninguna duda de mi posición al respecto, soy consciente del mundo en que vivo y de una realidad que, mal que nos pese, existe y por lo tanto hay que regularla para evitar tantas carnicerías como se han hecho a lo largo de los siglos con una aguja de hacer punto o un irrigador de aire; sin contar con la conciencia de algunos médicos, que objeta en lo público pero se vuelve mucho más laxa en lo privado, previo pago de su importe.

No entiendo la movida que se está organizando con motivo de la reforma -que no ampliación- de la ley del aborto, pues en los tres supuestos que contempla la vigente ley cabe todo. Tanto el peligro para la salud física o psíquica de la embarazada como una posible malformación del feto -supuesto que deja en la conciencia un cierto regusto nazi- son dos coladeros y no hay más que buscarse un médico amigo para que certifique lo que haga falta; y en cuanto al embarazo producto de una violación, digo yo que qué culpa tendrá la criatura. Pues esta Ley Orgánica está vigente desde 1985 y que yo sepa no la derogó el Partido Popular durante sus ocho años de mandato. Lo único que cambia el proyecto de la nueva ley es que ya no habrá que inventarse cuentos chinos para abortar durante las primeras doce semanas; lo de las malformaciones queda como está: veintidós semanas, lo cual era una barbaridad antes y lo seguirá siendo a partir de la nueva ley. En este punto conviene hablar de los frecuentes errores médicos, ya he contado alguna vez que a mi primera nieta le pronosticaron síndrome de Down. Parece ser que lo que provoca tanto revuelo es que las chavalas de entre dieciséis y dieciocho años puedan interrumpir su embarazo sin consultar con sus padres. Y aquí me asalta la pregunta de si la perversidad del asunto está en el aborto mismo o en el hecho de que no pidan permiso a papá y a mamá. Tengo para mí que si una chica oculta un embarazo a sus padres es porque entre ellos no se dan las mínimas condiciones deseables de comunicación y confianza y sus progenitores no tienen la menor idea de lo que hace con su vida, y en eso algo tendrán de culpa. También me gustaría que alguien me aclarara qué pasa cuando papá y mamá dicen que sí -Vamos, nena, tú lo que tienes que hacer ahora es estudiar; va a ser un momento y luego ni te acordarás, eres muy joven, ya tendrás tiempo. ¿Entonces sí estará bien abortar? No seamos hipócritas, por favor, que más de una mamá y un papá, incluso católicos, no sólo han aconsejado a la niña esta opción durante toda la vida, sino que la han obligado a tomarla acompañándola a Londres. Sin hablar de los que la escondían durante nueve meses y luego le arrebataban a la criatura sin permitirle ni siquiera verla, que todos conocemos casos.

A mi modesto entender es urgente una educación sexual de calidad en la que esté presente el concepto de igualdad entre ellos y ellas, de manera que los chicos también se sientan responsbles de las consecuencias que puede acarrear un calentón con dos copas y se impliquen. Porque yo pienso -y esto sigue estando en contra de todos los eslóganes feministas al uso- que la paternidad, la maternidad y, por lo tanto, el posible aborto es un tema de dos en el que el padre también tiene algo que decir.

viernes 18 de septiembre de 2009

TAL DÍA COMO HOY

Hace dicisiete años era viernes, como hoy, cenaste boquerones fritos -¡lo que te gustaban!- y protestaste cuando te mandé a la cama; luego entré a darte un beso y dormías como un sol; lo que pasó después, cuando a las cuatro de la mañana viniste a mi cuarto y todo lo demás, no quiero recordarlo. Al día siguiente era sábado, como mañana, y Marta iba a celebrar que cinco días más tarde cumplía doce años. Cuando por la tarde sus amigas llamaron al timbre con un regalito en la mano, nadie abrió la puerta; nadie había preparado las mediasnoches ni los sandwichs ni las patatas fritas ni los ganchitos. No había tarta ni velas ni felizfelizentudía. Porque para tí y para mí -y también para Marta y para todos tus hermanos y para papá y para la abuela- a las ocho de aquella mañana se habían parado todos los relojes de la tierra, aunque luego vinieron otros diecisiete cumpleaños, otras diecisiete navidades y otras diecisiete primaveras. Aunque el tiempo siguió haciendo su trabajo indiferente y las estaciones continuaron sucediéndose una detrás de otra, como si nada.

Parecía imposible, pero la vida insistió en repetirse eternamente; las mismas mezquindades de siempre, las mismas guerras u otras semejantes, las mismas injusticias, las mismas mentiras. Un disparate tan absurdo, tan descabellado, tan ilógico como tu muerte debería haber traído una transformación total de la existencia y sin embargo el mundo no cambió nada; mira las hemerotecas y verás la de desatinos que se han cometido desde entonces, una barbaridad.

¿Que si cambié yo? Pues seguramente sí; ahora me importan menos las cosas que me importaban antes, los problemas de dinero y eso; pienso que de todo se sale y si no se sale tampoco es para tanto. Ahora sé que si no me hundí entonces ya no creo que me hunda nunca y lo único que me da miedo es lo que pueda afectar a tus hermanos y a tus sobrinos. Yo he sobrepasado -espero que ampliamente- al menos dos tercios de mi vida y tú llevas en el otro lado más del doble de años de los que pasaste en éste; comprenderás que lo que me pueda ocurrir a mí me importe muy poco. Intento vivir sin meterme con nadie, amando a mi gente que es la tuya; conservando a mis amigos, si ellos quieren, claro; cuidando de la abuela que está muy mayor, disfrutando de Palomita, que ya tiene la edad en la que tú dejaste de crecer, de Marcos, de Carmen, de tu tocayo Jaime y de Almudena; escribir mis tonterías y ser moderadamente feliz con quien tu sabes, que lo sabes. Y poco más, mi niño.

Tengo que confesarte que no siempre lo llevo tan bien; cuando beso tu foto antes de dormirme hay veces que me da mucha rabia y mucho dolor y esa sonrisa estática se me clava en el alma; porque tú eras todo menos estático, tú eras un torbellino de vida, de risa, de humor, de expresividad, de preguntas, de mal genio, que también te enfurruñabas. Entonces sale lo peor de mí y me agarra una envidia negra de que Fer y Belén y Aña y Juan Luis y Gabriel y todos se hayan hecho mayores, tengan carreras, novios, planes y a tí se te haya negado todo. Pero son momentos, malos momentos. Luego enseguida oigo tu risa y se me pasa; pienso que sólo viste el lado bueno de la vida y eso fue una suerte, sobre todo para tí; para mí, ya no lo tengo tan claro.

Mañana, una vez más, iré a Sigüenza. Esa absurda ceremonia de dejarte unas flores que se mueren enseguida. Ya son diecisiete años llevándote flores; diecisiete años echándote de menos cada día.

miércoles 16 de septiembre de 2009

DESPUÉS DEL TELEDIARIO

Hace apenas una semana tenía la casa en penumbra, protegida de unos ardores fuera de lugar en septiembre; hoy en cambio la tarde está fría, he cerrado las ventanas y me he puesto unos calcetines, qué cosas. No pongo música, me gusta el silencio de la casa; encaramada en esta soledad casi sólida, miro las nubes sucias que de repente han cubierto el cielo de Madrid. Llueve despacio, unas gotas diminutas pintan pecas en los cristales y veo que el verde de los árboles ya no es tan verde. Hace falta un poco de tiempo para mirar; la vida va tan deprisa, tan atolondrada, que a veces se me escapan cosas tan importantes como que las hojas empiezan a dorarse por los bordes. Y tambien es necesario un poco de tranquilidad para mirar hacia dentro, para intentar averiguar de qué materia está hecha la tristeza. El telediario me ha enseñado una vez más la mirada del hambre, esa vergüenza global que saca los colores a nuestras pequeñas miserias, a ver quién es el guapo que se queja mirando esos ojos; y eso que no he puesto la foto más dura, al fin y al cabo esos niños todavía pueden mirar. La comunidad internacional ha recortado en un tercio la ayuda contra el hambre, la crisis es lo que tiene. Menos mal que gracias al Danacol podremos disminuir el colesterol que se nos ha disparado con los excesos del verano, tanta tapita, tanto chiringuito y tanta vaina. Sin olvidarnos del Actimel, que protege nuestra flora intestinal.

Por lo visto yo voy a lo mío y no hago caso de nadie. Por lo visto no he estado disponible cuando alguien me necesitaba. Por lo visto he decepcionado a una amiga. Por lo visto, otras amigas sí estaban. Pues es una suerte, siempre hay un roto para un descosido. Yo no sé hasta qué punto la amistad se mide en horas de teléfono y tampoco sé qué se gana con hacer que otros se sientan culpables de la propia tristeza, pero si eso sirve para algo lo doy por bien empleado. El papel de mala se me da muy bien, vamos, es que lo bordo. Por eso sé que los malos procuramos no echar encima de nadie nuestras penas sino que nos las comemos y luego nos tomamos unas copas con los buenos para que nos lloren a gusto en el hombro. Pero el caso es que a mí hoy me duele mucho el hombro, tengo una contractura de tanto cargar con mis culpas.

He hablado estos días del amor, del sexo, de la fidelidad; quizá toca hablar ahora de la amistad, que tal vez sea el sentimiento más puro de todos, cuando es auténtica. Y es auténtica cuando está por encima de cuestiones circunstanciales como la distancia o la frecuencia. Cuando te echo de menos pero no te echo en cara que no estés. Cuando no se convierte en una obligación ni en una necesidad; cuando puedo vivir sin tí pero quiero estar contigo, cuando no puedo verte pero me muero de ganas de verte y, si el destino se pone de nuestra parte, nos veremos, nos daremos un abrazo y retomaremos en el mismo punto en que nos quedamos; porque tú tienes tu vida y yo la mía y nuestras vidas no tienen nada que ver, pero las dos -o los dos- sabemos que estamos ahí. Cuando quiero que seas feliz aunque yo no me entere, cuando me duele que las cosas te vayan mal y no está en mi mano que te vayan mejor. Y cuando tú te alegras de que yo sea feliz, aunque mi felicidad te robe mi tiempo. La amistad es un lujazo para disfrutar y nunca se debe poner a prueba. Estoy por decir que si se pone en duda, si es necesario demostrarla constantemente, deja de existir. Porque en definitiva consiste en estar cómodo, con el alma en zapatillas y sin maquillar.

No quiero parecer cínica pero me duele mucho el hombro y el médico me ha recetado un relajante muscular.

domingo 6 de septiembre de 2009

LOS AMORES DISPERSOS

Ayer escuché por la radio una entrevista con Asunción Balaguer, la viuda de Paco Rabal; una mujer que, aunque me cae muy bien, siempre me ha dado un poco de grima esa especie de sumisión, de pleitesía ciega que parecía rendir a su marido, considerándole un ser superior hasta el punto de hacerse casi invisible como persona y como actriz, siendo como es, magnífica. Yo misma acabo de escribir "Asunción Balaguer, la viuda de Paco Rabal" sin embargo nunca se me hubiera ocurrido decir "Paco Rabal, el marido de Asunción Balaguer". Me sobrecoge un poco esa forma de conformarse con vivir a su sombra, agradeciendo al destino que él hubiera puesto sus irresistibles ojos en alguien tan insignificante como ella y sin pedir a la vida nada más que poder pasarla besando por donde pisaba Paco. Sus palabras me recordaban aquello de laisse-moi devenir l´ombre de ton ombre, l´ombre de ta main, l´ombre de ton chien, que queda muy bonito para una canción pero que, con todos mis respetos hacia esta gran mujer, no me parece de recibo; creo que es indispensable vivir en un plano de igualdad con la pareja.

Distinguía Asunción entre fidelidad y lealtad, situando la primera únicamente en el terreno sexual, acrobacia lingüística que a mi me parece una forma elegante de asumir los cuernos. -Paco nunca me engañó, simpre me dijo que en su vida habría otras mujeres porque él era así, pero que yo siempre sería la primera, la que de verdad quería. Por lo visto, eso se llama lealtad. No seré yo quien juzgue los acuerdos a los que llegue cada pareja, pero hay que reconocer que así es fácil cumplir las bodas de plata y las de oro, con permiso de la muerte. Me pregunto si el gran actor hubiera aceptado que ella le contestase por ejemplo: estupendo, cielo, tu también serás siempre el primero, nunca te dejaré por el segundo ni por el tercero ni por el cuarto; verás qué bien nos llevamos todos.

Esta historia sólo es un ejemplo para entrar en materia; para hablar de ese eufemismo que es la distinción entre fidelidad y lealtad. A mí me da que si la mayoría de los engañados o engañadas supieran que lo son, no opinarían que su santo o santa les está siendo muy leal cuando se mete en la cama con otro u otra, aunque luego, con el pitillo, lave su conciencia cantando alabanzas de su cónyuge. No creo que ningún engañado se detenga en esos matices del diccionario que, por otra parte, los considera sinónimos. Yo te quiero y te soy leal, cariño, pero es que soy así, no lo puedo evitar. Esto es una absoluta falta de respeto, no sólo al cónyuge sino sobre todo al tercero en discordia, que ante el legítimo queda reducido a mero objeto sexual.

A lo largo de la vida todos conocemos a gente atractiva con la que, además, no compartimos la cotidianeidad y sólo vemos en su faceta más brillante, cómo ellos a nosotros. Personas con las que tenemos afinidades y complicidades y, si son del otro sexo -o del mismo, eso allá cada cual- es fácil que nazca alguna especie de amor. Esto es inevitable y además es bueno y enriquecedor, si somos capaces de mantener la cabeza fría, tomar una cierta distancia y dejarlo aparcado en el lugar que le corresponde sin que se interponga en lo que de verdad importa. Pero si damos cuerda a la cuestión y empezamos a hacer comparaciones, la cosa va mal. Creo que es un mito esa frase tan utilizada para justificar una infedelidad: cuando se está bien con la pareja nadie necesita otra historia. Hombre, necesitar, necesitar, no, pero a nadie le amarga un dulce. Se trata de no comerse el dulce, que además de engordar, distorsiona la realidad.

Otro lugar común muy prestigiado es ese que dice que con la pareja hay que ser absolutamente sincero y contarle todo lo que pasa por nuestra cabeza. Mentira podrida. Todos tenemos alguna parcela privada y es saludable que la tengamos, e intentar que el otro se meta en nuestra piel y entienda lo que sentimos es perder el tiempo y sólo lleva a los celos, a las discusiones y a sacar las cosas de quicio. Lo que hace falta es mucho respeto por la intimidad de cada cual, una gran dosis de confianza y dónde ésta no llegue, pues ajo y agua, pero con deportividad y sin demostrarlo.

Lo que no podemos pretender a estas alturas, es ser únicos e insustituibles las veinticuatro horas del día, eso es de una ingenuidad y de una soberbia bastante infantil.

Todo este rollo que acabo de largar es pura teoría; porque como se te ocurra mirar a otra, tío, te corto los güevos.

domingo 30 de agosto de 2009

Y A MÍ QUIÉN ME MANDA ENTRAR AL TRAPO...

...si sé que me voy a meter en un jardín del que probablemente salga trasquilada.

Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.

Julio Cortázar (Papeles inesperados)

El impacto de estos versos de Cortázar reside en su fuerza gráfica, en las imágenes que sugieren, para luego, cuando ya se ha disparado la imaginación, dar un quiebro hacia cosas más etéreas como la palabra y dejar en evidencia la retorcida mente del lector, que es un guarro y siempre está pensando en lo mismo. Este juego está muy bien, pero atendiendo exclusivamente a la literalidad de los versos, no dejan de ser mentira. O por lo menos no son ciertos siempre o no son ciertos los cuatro o no es esa la secuencia en todas las ocasiones. Porque el sexo es una parte de nosotros con vida propia sobre la que decidimos muy poco. Se puede llegar al sexo por la palabra, claro, pocos atributos tienen más poder de magnetismo y de seducción que la palabra bien utilizada. Sin embargo, si se emplea mal o retrata demasiado bien al objeto del deseo, puede ser letal para el sexo propiamente dicho. Cuando por esa boca tan sensual salen demasiadas imbecilidades, quiero decir.

Cortázar, que era un tío listo, seguramente sabía que el sexo también está en los ojos, en esa mirada que a veces se nos va por su cuenta y riesgo, mientras atendemos a unos sesudos razonamientos sobre política internacional; o en esa otra que sentimos clavada en nuestra nuca y que, mal que nos pese, nos obliga a meter la tripa y determina nuestras posturas, nuestros movimientos o nuestra forma de andar, como esos rituales de otras especies que vemos en los reportajes de National Geographic. Es el instinto que empuja a mi nieto de seis años a hacer el pino-puente en la piscina cuando está delante la vecinita rubia del tercero. Y es que nada estimula más el deseo que saberse deseado. El sexo también es ese impulso irracional hacia alguien con quien sabemos que no tenemos nada que ver en el terreno emocional, cultural o ideológico, pero que nos atrae como un imán porque, de alguna manera, esa "conquista" supondría una afirmación de nuestro propio poder de seducción, de nuestro propio ego. Un verano alquilé una casa cuyas ventanas daban a un corral; durante varios días observamos la persecución del gallo hacia una gallina que andaba por allí sin meterse con nadie y pasando del macho; el gallo cantaba sin parar, se contoneaba, desplegaba su plumaje, pero en cuanto se acercaba a su víctima ella salía despavorida al otro extremo del corral; entonces él se aplicaba a otra presa para al día siguiente reanudar el cortejo a la despectiva hembra. Así durante varios días, hasta que por fin la gallina cedió al acoso. Y fue llamativo cómo a partir de ese momento, el machito empezó a despreciarla mientras ella le buscaba con desesperación.

Ocurre, sin embargo, que esta civilización, por llamarle algo, nos tiene prohibidos los malos pensamientos y nos obliga -sobre todo a las mujeres- a revestir el sexo de sentimientos ya que las buenas costumbres no admiten que alguien nos puede atraer sin más razón que la pura hormona. Entonces nos inventamos ciertas virtudes en el contrario que justifiquen esa atracción irracional y la eleven al plano romántico, que está mucho mejor visto. Y, como en demasiadas ocasiones esas virtudes no existen, la relación muere de muerte natural como pasó con el gallo; entonces viene el fracaso y la frustración, el echar en cara al otro su carencia de las virtudes que nos hemos inventado y todas esas cosas tan manidas. Con lo fácil que hubiera sido, entre dos personas adultas, decir en su momento aquello de "en tu casa o en la mía" y pasar un buen rato sin más complicaciones.

Yo sé que lo que acabo de escribir encierra un cierto cinismo y escandaliza a los biempensantes, pero a mi me parece mucho más legal que los cuentos de hadas porque, a estas alturas del partido, todos sabemos que las hadas no existen y que una relación de pareja es infinitamente más compleja y más difícil que un buen polvo, con perdón.

Todo esto es pura teoría; por fortuna no somos máquinas y hasta en el encuentro más aséptico, emocionalmente hablando, se producen instantes mágicos de comunicación y de ternura -miénteme, dime que me quieres- que nos dejan el alma en cueros y nos vuelven vulnerables. Y precisamente esos son los momentos más placenteros, cuando bajamos las defensas y nos sentimos únicos e irrepetibles en los brazos del otro; son esos momentos los que crean vínculos y luego los recordamos con todo el cuerpo. Somos un poco masoquistas. Rizando el rizo y llevando las cosas al terreno de los sueños, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió (Sabina dixit). Esa añoranza no se cura nunca.

Sobre este tema podría seguir escribiendo eternamente y si mis hipotéticos lectores me quieren pillar en un renuncio lo tendrán fácil, pero a mí me da igual porque todos somos muy parecidos y el que no lo sea, peor para él, bastante tiene con lo suyo. Seguramente cada párrafo contradice al anterior pues los pobres mortales somos una pura contradicción y en estas cuestiones más. Ya he dicho que el sexo tiene vida propia. Podemos controlarlo, domarlo y silbar El Puente sobre el río Kwai para disimular y para tratar de engañarnos a nosotros mismos, pero el deseo seguirá ahí y aparecerá en los momentos de debilidad a darnos la tabarra. Luego, somos tan complicados que los feos inteligentes quieren que los deseen por guapos, y los que están como un pan candeal y no necesitan hablar ni ser inteligentes, reniegan de su belleza y quieren que los amemos por su aguda conversación y su intelecto, en lugar de asumir cada uno sus propios talentos y explotarlos con sabiduría. O las mujeres que tenemos una edad y nuestro atractivo ya no reside precisamente en el body, nos empeñamos a veces en competir con las jovencitas de tripa plana en vez de sacar partido a todo lo que somos y a todo lo que sabemos. Y es que, en realidad, no sabemos casi nada, yo diría que afortunadamente; todavía hay espacio para la sorpresa.

Porque en estas cosas nunca se sabe; una se puede pasar la tarde en la cocina, preparar una cena deliciosa con velas, un gran reserva y Diana Krall de fondo, vestirse con esa ropa que le sienta tan bien, como en plan casual y, al segundo whisky, el tío va, se pone metafísico y le larga una brasa que acaba con la libido de cualquiera. O al revés, que le quieran arrancar la ropa en el ascensor cuando una está pensando en que le vence la letra del coche. Es todo muy raro.

Tengo un amigo que dice que la cuestión de la jodienda no tiene enmienda, vaya usté a saber por qué. Que ustedes rematen bien, si es que pueden.

miércoles 26 de agosto de 2009

EL ÚLTIMO SONETO





viernes 21 de agosto de 2009

DEL ALCOHOL Y OTRAS MISERIAS

Por lo general suelo recelar de las personas demasiado perfectas, las que no se permiten una mínima debilidad y nunca pierden los papeles; no fuman, no beben; tienen las cosas muy claras y no dudan ni titubean a la hora de tomar cualquier decisión, vamos que no hacen tonterías; para ellos no hay altibajos ni problemas de dinero porque se administran muy bien; han sabido hacer un capitalito porque venden cuando hay que vender y compran cuando hay que comprar; tienen sus casas ideales de la muerte, son ordenados y guardan hasta el tiquet de la droguería para hacer la declaración de la renta al céntimo, ya se ha dicho que nunca pierden los papeles; Además saben educar a sus hijos de manera que nunca se les desmanden ni les traigan un maldito suspenso ni un embarazo de penalty. Y encima, no sólo les respetan sino que también les quieren. Se entienden con sus parejas y a ninguno de los dos se les ocurre el más mínimo devaneo. Me inspiran recelo porque tanta perfección no es humana y casi siempre los hace implacables con las debilidades y los errores del común de los mortales. Te lo advertí, dicen, cuando a algún pobre mortal le salen las cosas torcidas. Para colmo suelen tener buena salud, lo que atribuyen a su correcta alimentación, a su falta de vicios, a su disciplina espartana y a sus horarios metódicos, con lo que tampoco disculpan al vecino cuando enferma, no me extraña, con esa vida que lleva mucho ha tardado en caer. Ya digo, la gente así me da un poco de repelús.

Quiero decir con esto que no soy una estrecha mental ni una talibana de la brigada antivicio. Más bien al contrario, como creo que he dejado claro en el post anterior y en otros muchos que se pueden encontrar a lo largo de este blog, en los que hablo de mis muchas y variadas flaquezas. Sin embargo hay algo que se me escapa con respecto al alcohol y que me encantaría que alguien me explicara. Yo bebo, ya lo he dicho. Me encanta tomarme un gin-tonic o dos tranquilamente en mi casa viendo una película o un partido de Rafa Nadal, leyendo un libro o escribiendo mis cosas. Y si salgo por ahí, a veces hasta me paso algún que otro pueblo; pero cuando esto me ocurre, siempre se me enciende una lucecita de alarma, me encuentro mal y sé que no puedo seguir; es más, no me apetece seguir. Entonces paro aunque tenga la copa entera, me tomo un acuarius y me voy a mi casa procurando no dar la lata. El alcohol -en su justa medida, que cada cual tiene la suya- produce un efecto desinhibidor que a los que somos más bien tímidos y retraídos nos viene muy bien. Nos hace más rápidos en las respuestas, más ingeniosos y ocurrentes y nos libera de ciertos pudores bloqueantes. Hasta ahí, todo bien; concedamos al alcohol sus virtudes sociales. Pero quisiera entender el mecanismo mental de los que, sin ser considerados alcohólicos, nunca encuentran el momento de parar; aunque se sientan mal, aunque ellos mismos reconozcan que están borrachos, siguen y siguen bebiendo y encadenan las copas una tras otra en una especie de vértigo irracional que los convierte en unos seres absurdos e intratables. Pocas espectáculos me parecen más patéticos y más deprimentes que el que ofrecen dos o tres tíos -porque suelen ser tíos- en un bar trasegando vaso tras vaso como en una competición grotesca; se diría que el objeto de la reunión no es la charla ni el intercambio de impresiones con los amigos, sino el simple hecho de beber y ver quién llega más lejos, como si el vaso fuera una prolongación de sus atributos más preciados; entonces olvidan las normas elementales del comportamiento civilizado y exhiben de forma obscena la más casposa iconografía del macho ibérico. Se ponen agresivos, prepotentes, patosos; miran el culo a las chicas ostentosamente, sin ningún disimulo ni respeto; si hay camarera se meten con ella abusando del poder que les otorga su posición en la parte de fuera de la barra, en fin, un horror. Y muchas veces son personas normales e inteligentes que en su estado natural serían interesantes, simpáticos e incluso atractivos. ¿Por qué no cortan a tiempo? ¿Por qué se autoinducen esa transformación del Dr. Jekyll en Mr Hyde? De verdad que prefiero el alcohólico confeso, con nombre y apellidos, consciente de que lo es, que se toma sus copas en silencio como quien se pincha en vena, a ser posible en soledad y oculto a las miradas ajenas. Por lo menos demuestra cierto respeto a los demás y, sobre todo, a sí mismo.

martes 18 de agosto de 2009

LO DEL TABACO

Dice Trinidad Jiménez que la sociedad ya está madura para la prohibición absoluta de fumar en todos los espacios públicos. Por lo visto, aguantar que a uno le toquen las narices sin rechistar es un síntoma de madurez. La ministra también ha dicho con una beatífica sonrisa de condescendencia que los fumadores somos enfermos a los que hay que ayudar; esto es igual que en el colegio de monjas, cuando nos castigaban por nuestro bien.

Yo personalmente ya estoy bastante harta de ir por la vida pidiendo perdón y de que me traten como a una marginal con la que hay que tener un poco de compasión, cuando, con los impuestos que me cobran en el tabaco, estoy contribuyendo mucho más que los no fumadores a sostener este país, lo que incluye el sueldo de la señora Jiménez. Creo que los fumadores hemos aceptado la puta ley de forma civilizada. Respetamos a los no fumadores; no fumamos en el metro, ni en el descanso de los cines, ni por supuesto en la sala de espera de un hospital, ni en las aulas, ni en el banco, ni en el tren, ni el avión, ni en el supermercado, ni en el trabajo, ni en el Corte Inglés. Es decir, que durante la mayor parte de nuestro tiempo no fumamos. Pero ahora nos quieren privar también de una agradable sobremesa en un restaurante o de unas copas con los amigos en el Jazz Bar; nos están obligando a recluirnos en casa porque una sobremesa sin fumar para nosotros no es una sobremesa, es una tortura china; y las copas, tres cuartos de lo mismo. Yo, desde luego, no pago cincuenta o sesenta euros, ni treinta ni veinte tampoco, por cenar en un restaurante si no me puedo echar unos cigarros a los postres. O entre plato y plato; ni pago seis euros por un gin-tonic que no puedo acompañar de unos cuantos trujis. Y no soy un caso aparte, la mayoría de los fumadores piensa lo mismo. Y eso lo saben los empresarios del sector, la prueba es que cuando tuvieron que elegir, el noventa por ciento de ellos escogió el humo para sus bares y restaurantes. A lo mejor es que somos los que más gasto hacemos, ya he dicho alguna vez que los vicios nunca vienen solos. Sin contar con que los dueños de locales grandes tuvieron que gastarse una pasta en hacer la reforma pertinente para meter a los fumadores en un gueto y ahora se la tendrán que comer.

Yo sé que los no fumadores, que están en posesión de la verdad y nos perdonan la vida, leerán esto con un punto de conmiseración y cierto desprecio por esta pobre adicta; pero podían hacer el esfuerzo de tratar de entender hasta qué punto nos va a joder la vida la ampliación de la ley. No queremos favores, queremos derechos. Y si no ¿por qué no se prohíbe la venta de tabaco? ¿Por qué se permiten y se subvencionan los cultivos? Pues sencillamente porque es mucha pasta la que dejaría de entrar en la hucha del Estado. Todo esto es una hipocresía vergonzosa.

Fumar no es una actividad en sí misma, es algo que acompaña a la lectura, a la música, a las copas, al fútbol, a las partidas de cartas, a las confidencias. Es algo que acompaña al ocio y lo hace más atractivo. Fumarme un cigarro en la puerta del bar como una apestada no me sirve para nada más que para cabrearme. Yo me paso toda la mañana sin salir a la calle a echarme un pito porque no es eso lo que quiero. Quiero fumar mientras hago otras cosas, trabajar, hablar, leer, escuchar música, escribir. Para mí el tabaco es una placentera compañía en este trajín que es la vida; y ya lo he desterrado en las actividades laborales pero me niego a que me lo quiten también en el ocio.

Y ahora que ya no vamos a poder ver los partidos de fútbol en casa -a no ser que pasemos por una determinada taquilla- tampoco podremos verlos en el bar del barrio porque ¿quién concibe un Madrid-Barça sin un cigarro en la mano? ¿Cómo se puede soportar un penalty injusto sin ahogarlo en humo? Y los parroquianos que se reúnen en la tasca de la esquina para jugar al mus o a la garrafina ¿cómo van a perder un órdago sin consolarse con un pito? ¿Cómo van a ganarlo sin celebrarlo con otro? Un bar no puede ser un quirófano estéril, señora ministra. Es todo un contradiós, tanta corrección política se la podía meter por donde amargan los pepinos, señora Jiménez. Si en esto consiste ser europeo, prefiero que África empiece en los Pirineos. Ya está bien, hombre, ya está bien.

domingo 16 de agosto de 2009

EL ARGENTINO

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. (Pablo Neruda)

Cómo le conocí no viene al caso. El hecho es que durante más de tres años -todavía no había nacido La Solateras- mantuvimos una correspondencia electrónica casi diaria, él en Buenos Aires, yo en Madrid. Nos unía nuestra común afición a la literatura, él a la prosa, yo en aquel entonces, a la poesía. Eran los suyos unos correos largos y envolventes en los que me hablaba de su país y de su vida, y me enviaba sus cuentos para que se los criticase, pidiéndome que fuera implacable y que no me limitara a alabárselos. Y a mí, aunque en realidad eran buenos, francamente buenos, me divertía sacarles pequeños defectos que él encajaba con deportividad. Poco a poco, se fue creando entre nosotros una complicidad y una confianza muy gratificantes. A mí me resultaba más fácil hablar con aquel desconocido que estaba a muchos miles de kilómetros y que, seguramente, nunca conocería en persona, que con muchos conocidos que, de una forma u otra, ya tenían su concepto sobre mí y todo lo que yo les contara lo pasarían por el tamiz de su propio juicio. Fuimos pasando sin apenas darnos cuenta de la exposición a la introspección, de la descripción de lugares, paisajes y costumbres a la confidencia pura y dura, a mostrarnos el uno al otro con esa libertad que sólo da el anonimato, el no poner cara al interlocutor. Todo esto sin que nunca hubiera entre nosotros la más leve insinuación de tipo amoroso, que de haberse dado, seguramente habría quitado espontaneidad a nuestras misivas.

De repente, en uno de esos correos me anunció su visita a España; Sonia y Gustavo le habían conseguido un pequeño apartamento en la calle de Lagasca para un mes. Para mí fue una mezcla de ilusión por conocerle y pavor porque me conociera y se le cayera la imagen que se había forjado sobre mí, seguridad en sí misma que tiene una.

Cuando nos encontramos me pareció un señor un poco antiguo. Muy elegante, muy caballero al estilo tradicional, algo ceremonioso de más. Pero pronto se rompió el hielo y se hizo realidad la confianza que hasta entonces sólo había existido por correspondencia. Era un enamorado de España y de todo lo español y le enseñé todos los lugares que presentía que le iban a gustar: el Madrid de los Austrias, el Museo del Prado, el Rastro, La Plaza Mayor, la de Oriente, el barrio de Las Letras. Le llevé a comer caracoles al Amadeo, a los mesones, a cualquier tascucio que cuánto más castizo más le entusiasmaba. Fuimos a Toledo, al Escorial, a Aranjuez, a Salamanca, a Ávila, a Segovia, a Chinchón, a Sigüenza, a Medinaceli, y cada piedra, cada calleja, cada catedral y cada bar se le volvía puro deslumbramiento -qué presiosura, negra- y me contaba la historia de mi país, de la que sabía mucho más que yo. Era muy culto y, en concreto de España, lo sabía todo. Hasta entendía de toros, lo que en su país es muy poco frecuente. Con el tema taurino tuvimos discusiones, porque yo no sólo no entiendo y no me interesan sino que casi me repugnan y para él era una religión. Pero nos reíamos juntos -era muy inteligente y tenía un sentido del humor genial- y pasábamos muy buenos ratos.

Y sí, bueno, me llegué a ilusionar, qué pasa.

Cuando volvió a su país, ya me dejó sacado el billete para que fuera yo a Buenos Aires en mis vacaciones. Y fuí, ya lo creo que fuí. Fué un viaje precioso, con el mejor cicerone, fuera de todas las rutas turísticas, no hubo cataratas de Iguazú. Pero me enseñó Buenos Aires a lo ancho, a lo largo y, sobre todo, a lo hondo, descubriéndome cada rincón y cada barrio de una ciudad tan intensa y tan variada y haciéndome respirar el aire particular de cada uno. El señorial Palermo, la popular Boca, el bohemio San Telmo, el inabarcable Río de la Plata que es tan ancho como el mar y no se ve "la vecina orilla", el centro de la ciudad, tan cosmopolita y tan moderno como Chicago, la Plaza de Mayo con la Casa Rosada, su historia y sus madres; y los veteranos de las Malvinas paseando su frustración y su abandono, después de una guerra organizada por el poder para despertar el sentimiento patrio y desviar la atención pública de los excesos de la dictadura militar. Me quise morir de envidia en las "milongas" donde los porteños van a bailar tango por el gusto de bailarlo y era un lujazo ver los lazos que trazaban con los pies y la sensualidad que rezumaban las parejas. Y los boliches donde se reunen para guitarrear y cantar esas canciones tristes y dulces de gauchos. El café Tortoni, intelectual y decadente. El Ateneo, antiguo cine y teatro Grand Splendid en la avenida de Santa Fé, reencarnado en una impresionante librería que conserva todos los atributos de la vieja sala: los palcos, el escenario, las molduras del techo y una magnífica cúpula. La pequeña plazoleta de Julio Cortázar, con aquel aire ácrata tan atractivo.

Sin embargo, con todo lo maravilloso que fue el viaje, todavía me duele recordar cómo algo se me rompió por dentro entonces, algo difuso pero concreto, casi material, esa parte irracional de las relaciones que no podemos controlar; supe que aquello no podía ser. Que yo no le podía querer más allá de lo que se quiere a un amigo, a un gran amigo, y seguramente mucho menos de lo que él se merecía. Y me volví a España llevando en el equipaje el peso de un nuevo fracaso.

Se lo dije, pero no obstante nos seguimos escribiendo y el verano siguiente volvió a venir a Madrid. No sé si quise darle -darnos- otra oportunidad pero no resultó. Sólo sirvió para reafirmarme en mis sentimientos o en mi falta de ellos. Entonces se le presentó a Gustavo el fulminante tumor cerebral que se lo llevó en dos meses. Pero eso es otra historia, otra historia triste, que ya conté en su momento.

Cuando se fue a Argentina, le confirmé mi decisión irrevocable y ya no le volví a ver. El siguió escribiéndome y yo contestándole pero cada vez de forma más distanciada. Los lectores más antiguos de este blog y del anterior, recordarán sus agudos comentarios, llenos de inteligencia y de sentido del humor.

Se presentó varias veces al premio Max Aub de cuentos y siempre quedó finalista. Cuando me felicitó por mi cumpleaños, el pasado mayo, me decía: ...Y por tercera vez consecutiva fui finalista del Max Aub de este año con el cuento del gato que vos conocés. Los 6.800 euros del premio se los dieron a una madrileña a quien si ves por la calle sería bueno que la lleves por delante con el auto. Estoy cansado de patear la pelota en el Max Aub, pegar siempre en el poste para que los goles los haga otro. Por lo visto en mayo le operaron de algo oncológico, pero en su correo no me decía nada de que tuviera problemas de salud. El veintisiete de julio le felicité yo a él y no obtuve respuesta. Mi correo se ha quedado colgado en algún lugar del ciberespacio. No tenía internet en casa -allí no es tan corriente- pensé que estaría fuera, quién sabe dónde; no sé lo que pensé. Cualquier cosa menos la cruda realidad que me contó Sonia hace dos días: Luis, el Argentino, ha muerto el día ocho de agosto. No sé qué hice yo ese día, ni qué gilipolleces ocuparían mi cabeza mientras él se moría; no sé si estaba en su casa o en un hospital, no sé qué mano apretó la suya; no sé si me dedicó un último pensamiento, pero la noticia de su muerte me ha hecho un nudo en el corazón que no creo que pueda desatar fácilmente. Las personas importantes nunca se van del todo y él lo fue, seguramente más de lo que yo creía.

Hacía tiempo que había desaparecido del blog; pero ahora quiero pensar que estaba escondido detrás del enigmático
Quevedito de los sonetos aquellos. De manera que si el abajo firmante no se retrata, para mí siempre será El Argentino el autor. ¡Cómo pude ser tan imbécil de no darme cuenta!

No voy a poner un tango ni una milonga de ningún peón del campo. Voy a poner la Habanera de los Ojos Cerrados, que le hacía soñar con Cádiz y con Andalucía, a las que nunca conoció. Para el Argentino.

Y si esto no es un streptease, venga Dios y lo vea.

jueves 13 de agosto de 2009

EXISTIMOS

Ayer, comida bloguera. No fue como la primera vez -nada es nunca como la primera vez, afortunadamente- entonces, quieras que no, había ese morbillo de cita a ciegas y ahora ya nos conocíamos. Ayer éramos cuatro personas humanas que nos hemos encontrado a través de la blogosfera, pero eso ya sólo es una circunstancia perfectamente prescindible. Ahora hemos recuperado nuestros nombres de pila y la realidad de cada una ha reemplazado al personaje virtual.

Me gustó verlas y comprobar que Elefancia se sigue manteniendo en ese difícil equilibrio entre la limpieza mental y la inteligencia que la hace tan especial. Está guapa la tía con su aire angelical, como de ir por ahí levitando y no haber roto nunca un plato y, al mismo tiempo, esa manera tan suya de estar al loro sin que se le note; de no perder ripio sin pretenderlo, como quien no quiere la cosa. Y luego va, sonríe y pide perdón por ser feliz.

Aguamarga tampoco ha variado, salvo en que se ha cortado el pelo. Conserva en plena forma su ironía levemente cáustica y su mirada implacable sobre una realidad de la que se distancia todo lo que puede; quizá es la única forma de ejercer una crítica saludable. Y me alegra verla más contenta que hace un año, más conforme o mejor adaptada al medio. O quizá es el medio el que se ha adaptado a la situación, el caso es que las piezas de este puzle tan difícil van encajando poco a poco.

La que más ha cambiado -a mejor- ha sido Ybrim. A pesar de que la vida -o la muerte- se ha empeñado en cebarse con ella, está renaciendo de sus propias cenizas, tal como yo le he pronosticado alguna vez, y ahora no descarta el amor ni la posibilidad de compañía; vamos, que está empezando a tener alma de jota. ¡Bien!

A mí me regañaron las tres porque, dicen, ya no hago streptease y tampoco meto caña a los políticos. Pero es que los años no pasan en balde y, desde que me he convertido en una gorda feliz, mi desnudo no es lo que era; una ya no puede exhibir aquella soledad tan sexy que le dió nombre. Y en cuanto a la política, pues qué queréis que os diga, la pesadez de la trama Gürtel, los bolsos de la señá Rita -aunque sea valenciana el nombre le va que ni pintado, tan flamenca ella, tan tetona y tan maternal- y los trajes de Paco Camps -para los que ni siquiera fue a que el sastre le tomara medidas y viera a qué lado carga- me parecen unos temas tan cutres que no dan para más y a esa bazofia ni siquiera se le puede llamar política. ¡Por favor, que al menos se vendan un poco más caros! Y los enormes pucheros de habas que se cuecen a diestra y a siniestra, casi han acabado con mis antiguos fervores y me están hundiendo en el más profundo escepticismo. Aguamarga se quejó de que mis hipotéticos lectores ya no me dan leña, que se limitan a hacerme la ola. Pues que escriba ella, no te jode

Copas en el Jazz Bar y entrada triunfal de Cock en carne mortal. Elefancia y yo le tenemos muy visto, pero Ybrim y Aguamarga hasta pudieron tocarle. Resulta que existimos.

miércoles 12 de agosto de 2009

POETAS

El anterior post ha sido un experimento; un intento fallido de recuperar mi vena poética, tanto tiempo abandonada. Pero una vez más he comprobado que la poesía es, dentro de la literatura, el arte más difícil y que hay que ser muy sabio, muy valiente o muy inconsciente para atreverse con ella. En mi opinión, la poesía es el arte de disponer las palabras cotidianas de forma tal que nos dejen sin palabras. Quiero decir que no se trata de hablar de la alborada o del perfume de las glicinias -que diría mi amigo Enrique- sino de cualquier tema, por pedestre que sea, tocándolo con la varita mágica de la seducción. Pero esa varita mágica no es tal, sino que es fruto de un trabajo minucioso de orfebre del lenguaje, cincelador del verbo, interiorista del idioma, indispensable para obtener un espacio acogedor donde el lector se sienta como en casa. En un buen poema el lector debe reconocerse, porque somos tan ególatras que lo que más nos emociona -o nos conmociona- es nuestra propia peripecia personal.

El otro día sin venir a cuento, ante una bobada absolutamente trivial, me acometió una llantina absurda que ni yo misma supe a qué venía. Después quise trasladar al papel -o a la pantalla del ordenador- la perplejidad que me produjeron esas lágrimas inoportunas y descontroladas y buscar una explicación mínimamente racional que las justificara. Y lo quise hacer de una forma poética; lo que me salió ya lo habéis visto: un poemilla bastante patético que, encima de los numerosos defectos de forma, ni siquiera transmite lo que quiere transmitir sino, acaso, sólo una cierta confusión mental.

Por eso, mi reverencia más profunda ante aquellos que me enseñan -e incluso, me descubren- mis propias miserias. Si sabe de una cosas que ni una sabe que sabía, cantaba Sabina en su famoso rap. Y encima lo hacen enfajando las palabras en una métrica, en una musicalidad, que consigue que ese espacio no sólo sea reconocible y acogedor sino también hermoso. Casi ná.

sábado 8 de agosto de 2009

RESUMIENDO

jueves 6 de agosto de 2009

UNA TRISTE SORPRESA

Hace calor en Madrid, hace mucho calor. Las noches son una pesadilla de sudores, insomnio y paseos por la casa. Para beber agua, para fumar, para leer, cualquier cosa buscando el sueño que no llega. Y una desgana inmensa para ponerme a escribir, si me dejo llevar por la inercia este blog morirá de inanición en breve.

Una semana en Sigüenza. Sigüenza en julio ya no es lo que era. Antes era un mes muy agradable, sin el bullicio de agosto pero con la suficiente gente como para tener con quién tomarse unas cañas o sentarse en la Alameda por la noche a charlar tranquilamente, bajo un cielo cuajado de estrellas. Ahora, entre semana, es una soledad aplastante; a las diez de la noche no hay nadie por la calle ni en los bares y por más que una ponga toda su buena voluntad por alargar la jornada, a las once están echando el cierre en todas partes y no queda otra que irse a casa con un libro, que no es mal plan, pero la verdad, no es eso lo que una espera de una semana de vacaciones. Me fuí sola -Fernando se quedó aquí con su ordenador y sus cosas- para pasar con mi madre el día de su santo y ver a unos cuántos amigos con los que contaba. Pero hasta el jueves no llegó nadie. Así que me he pasado cuatro días repartiéndome entre la piscina municipal y el jardín con mi madre, aunque eso sí, trabajando. Y es que, los dioses culés, no contentos con el jodío triplete del Barça, han castigado mi perversidad mandándome un trabajo de corrección sobre tan ilustre y excelso club de fútbol; con lo que me he empapado de su gloriosa historia y he comprendido que, realmente, es mes qu'un club. Es La Luz; es La Verdad; es La Patria; es la leche en bote. ¡Dios, qué brasa!

Por fin llegó Arturo, y nos fuimos con mis hermanos y otro amigo a Saúca, a comernos unos huevos fritos con patatas y lomo de la olla en El Goyo. Saúca es un pueblo formado por unas pocas casas, una iglesa románica preciosa, en cuyo claustro duerme la luna, y El Goyo, que es la catedral de los huevos fritos. A la vuelta mis hermanos atropellaron a un jabalí; mejor dicho, el jabalí atropelló al coche de mis hermanos, a juzgar por cómo quedó el vehículo. Era la una de la madrugada cuando llegó la grúa a llevarse los restos; mientras tanto, nosotros en la cuneta muertos de frío y Arturo queriendo que exploráramos los campos para buscar al bicho y llevarlo ante la Guardia Civil; pero se había dado a la fuga como Farruquito cuando aquello, supongo que para morir en la intimidad.

Al día siguiente por la noche llegaron Mª Paz y Antonio y los cazamos lo que se dice al vuelo para irnos a cenar. Esa cena resultó regular porque hubo quien se pilló un absurdo rebote de príncipe azul destronado que no alcanzo a comprender; y es que, como es sabido, los misterios del ser humano son insondables. Mª Paz tuvo el detallazo de ir a ver a mi madre y estuvimos de charleta con ella en el jardín, no sé por qué, hablando de la guerra -la Guerra Nuestra, dice ella- y esas cosas; si serán insondables los misterios del ser humano que mi madre dijo que había sido la mejor época de su vida, lo que hay que oír. También hablamos de lo bien que estaba Pili, la madre de Mª Paz, que casi con la edad de la mía hacía la compra sola como una chavala. Yo siempre la recuerdo con sus pies diminutos y sus zapatos de tacón bajito, discreta, tranquila, perfectamente peinada y arreglada y con una sonrisa triste.

El viernes fui a la estación a buscar a Fernando que venía en un tren de cercanías, y vimos la elección de la reina de las fiestas y su corte de damas en la Alameda; hacía frío pero todas iban con sus vestidos palabra de honor de colores brillantes y sus bandas, atendiendo las agudas preguntas del presentador, qué esperas de las fiestas y cosas así. Seguro que estas chicas son inteligentes, universitarias y preparadas, pero aquellos vestidos tan cursis, aquellas bandas y aquellos bucles en el pelo les daban un aspecto como de estar fuera de sí mismas, embutidas en un cuerpo ajeno. Antonio y yo cantamos eso de qué buena está la reina, la reina, la reina, qué buena está la reina, la reina qué buena está y un señor nos miraba con cara de pocos amigos. Nos despendolamos un poco, bailoteando con el grupo de música que tocaba cosas antiguas, de cuando entonces. Nos tomamos unas copas de esas que no emborrachan pero dan la risa floja y lo pasamos muy bien. Arturo se había ido por la mañana, en un arranque de los suyos. Y el domingo a Madrid para trabajar el lunes. Me quedan sólo cinco días de vacaciones que los voy a guardar como oro en paño.

Cuando sonó el teléfono en la oficina y Mariapi me dió la noticia, no me lo podía creer. Me quedé como un tentetieso de esos que se tambalean de lado a lado sin llegar a caerse. Pili había muerto de repente en Fuenterrabía, dos días después de estar hablando de ella con mi madre; un día después de estar haciendo risas con Mª Paz. De repente, las risas y los bailes de la noche del sábado eran un recuerdo lejanísimo. Pili, la más fuerte de todas, en la fragilidad de su cuerpo menudo. La más autónoma de todas nuestras madres; la que nunca envejeció. Cuando antes de ayer la despedimos en el cementerio de San Justo, todavía las lágrimas de sus hijos se abrían paso a través de una cortina de perplejidad. No sé cómo se pueden comer esto Mª Paz y sus hermanos. Sé que nada de lo que diga les puede consolar, pero quiero que sepan que estoy con ellos.

domingo 19 de julio de 2009

OSTRAS, PEDRÍN

Ayer la ría parecía recién pintada, con todos sus contornos perfilados y los colores brillantes. El día, para despedirnos, amaneció con sus mejores galas: claro, calentito y sin apenas viento; una delicia, que digo yo que ya se podía haber vestido así hace nueve días, en lugar de los cielos encapotados, la lluvia y el viento helador con que nos recibió. Pero ya se sabe que Galica es lo que tiene, entre sus muchos atractivos.

A mí, que soy de tierra adentro, me gusta el mar, claro, pero sobre todo me gusta tirarme en esas playas tranquilas, con poca gente y una arena blanca que no abrasa los pies como en el sur y dejarme acariciar sin ensañamiento por ese sol pacífico y amigable. Pues de eso, poquito he tenido, apenas conseguí arañar cuatro horas en total, repartidas a lo largo de
las vacaciones.

Sin embargo he disfrutado de otros lugares, como las Fragas del Eume, un Parque Natural que, por lo visto, es el mayor bosque atlántico de Europa y a dónde Rosario y Fernando tuvieron la feliz idea de llevarnos. Es un paraje jugoso y exuberante donde los sentidos se inflaman de humedades: el sonido del río Eume, bravo y agitado; el espectáculo de sus gargantas y cascadas y el frescor que derraman los robledales, de un verde mojado y reluciente. Además allí se combinan la naturaleza y el arte, pues el parque está salpicado aquí y allá de monasterios, castillos y puentes. En nuestra ruta estaba el Monasterio de Caaveiro, que no lo vimos porque se nos iba el autobús. Sólo Fernando se dió una carrera en pelo monte arriba para dejar aquí testimonio gráfico, que es que hay que ver este chico.

Un paseo bajo la lluvia por Puentedeume, que es un pueblo marinero muy bien presentado, distinto a todos los de las Rías Bajas. Elegantes calles con miradores, parques y edificios notables, vestigios de antiguas familias nobles de la zona, como la Torre de Andrade. Y eso sí, unos percebes y un pulpo en La Coruña que quitaban las penas y unas copitas mirando al mar en casa de Rosario -dicho sea de paso ¡qué casa tiene la jodía!- de charleta para rematar la excursión. Rosario es mi amiga del alma, sin que ninguna de mis hipotéticas o reales lectoras se sienta ofendida. Una amistad que reúne la antigüedad, las vivencias comunes y las muchas afinidades actuales, lo que no quiere decir que seamos idénticas ni siquiera parecidas; nos vemos muy poco -todavía no hay AVE entre Madrid y La Coruña, veremos si Pepiño- pero cada vez que nos encontramos retomamos con la misma facilidad que si lleváramos toda la vida juntas. Y es que a lo mejor llevamos toda la vida juntas, a pesar de la distancia.

Playa, lo que se dice playa, ya digo, poca; pero algún ratillo si que he sacado en una pequeñita y resguardada de los vientos. Me pasaba el rato cámara en ristre persiguiendo a las gaviotas en vuelo, pero no había forma de sacarlas una maldita foto.
En estas estaba cuando -ostras, Pedrín- pillé otra especie más exótica, tumbado unos metros a mi izquierda, todo él en reposo que es que daba gloria verle. Agotado debía estar el chico porque me dió todas las facilidades, vamos que posó como un profesional. Al rato llegó un tío a interrumpirle el sueño, muy interesado en si estaba de vacaciones o simplemente en el paro. Igual le quería ofrecer algo en la construcción o de estibador en el puerto de Vigo, tampoco hay por qué pensar mal; pero a mí me da que fue un amor a primera vista. En Arcade nos pusimos hasta ahí mismo de ostras de las otras, sin Pedrín ni nada, regadas con un Ribeiro frío muy rico.

El día que amaneció lloviendo, obviamente a Santiago, que es lo suyo.


Qué voy a decir de Santiago que no sepa todo el mundo. Por muchas veces que lo hayamos visitado siempre impresiona y una se siente una mínima cucaracha en la plaza del Obradoiro. De manera que no me extiendo para no caer demasiado en el tópico, sólo que hice fotos sin parar como una perfecta guiri.

Capítulo aparte merecen las dos visitas a Vigo, cruzando la ría desde Cangas en el ferry, para ver a Jose y Marga. Jose también es un amigo antiguo, de cuando entonces, con la diferencia de que en aquellos tiempos del paleolítico era muy difícil ser amiga de los chicos. Los chicos eran unos seres que estaban ahí para ligar o para defenderse de sus aviesas intenciones, según la educación de la época, con lo que creo que todos nos perdimos un enriquecimiento mutuo. Hoy somos muy viejos y podemos decirnos tranquilamente que nos queremos y que quizá nos hemos querido toda la vida. Yo con Jose tengo la sensación, después de tantos años, de haber recuperado a una persona formidable que no estoy dispuesta a volver a perder. Ni a él y ni a Marga, por supuesto, que es una mujer como la copa de un pino y que seguramente nunca la habría conocido si no estuviera casada con Jose. Fueron dos días deliciosos, de muchas risas y de muchas emociones y en los que tengo para mí que hemos apretado lazos. Al volver a Cangas en el barquito, mirando la espuma que iba dejando por popa, no sé por qué me acordé mucho de Jaime; él nunca fue en barco pero me parecía oirle dando alaridos de júbilo -¡cómo mola, mamá!-lo que hubiera disfrutado.

Una de estas noches, tomando unas copas en un bar de Cangas, hablábamos Fernando y yo de los hijos, cuando la chica del otro lado de la barra intervino en la conversación: -qué cosa más bonita acaba usted de decir; de ahí empezó a contarnos cosas de su infancia, de que había nacido en Brasil, que sus padres estaban separados, que de su madre no sabía nada pero que echaba mucho de menos a su padre que trabaja en una cafetería de Aluche. Ahora tengo en el monedero un papelito que nos comprometimos a llevarle en mano; no lo reproduzco aquí porque me parece una violación de la intimidad de esa chica que, sin comerlo ni beberlo -bueno, bebiéndolo sí- confió en nosotros y nos hizo partícipes de su soledad y su añoranza. De manera que por mis muertos que vamos a ir a Aluche a buscar a un camarero concreto y entregarle un papelito de su hija.

De vuelta a Madrid entramos a Zamora, que ni Fernando ni yo la conocíamos. Zamora queda un poco a trasmano y hay que hacer un acto de voluntad para ir a verla. Pero mereció la pena. Hacía un calor de justicia a la hora de comer y el sol castellano caía sin piedad sobre el casco viejo. Quizá por eso las calles estaban casi desiertas y pudimos pasearlas y regodearnos en sus piedras y en sus torres que se recortaban contra un cielo implacable. Nos comimos unas mollejas a la zamorana y seguimos ruta.

Pues eso, que al final el tiempo -me refiero al climatológico- no es tan importante. Por cierto, ya sabéis que pinchando en las fotos se amplían. Lo digo por si alguien quiere más detalle. Del Obradoiro o algo.