sábado, 15 de septiembre de 2018

MASOCA

Yo sé que me hace daño, pero busco tu nombre
como una pobre adicta que se inyecta
la imprescindible dosis de mentira,

como una masoquista que se enfunda
unos zapatos rojos de tacón imposible
y se cree por un rato más feliz y más bella.

Yo sé que es imposible, pero quiero engañarme
como si fuera un niño que ya no cree en los Reyes
y se niega a crecer y disimula.

No importa que me duela,
me han dicho que a los muertos
nunca les duele nada.

lunes, 27 de agosto de 2018

CUANDO LO PIENSO

Cuando pienso lo poco que me queda
—quiero decir, de vida que merezca tal nombre—
antes de que me invada una decrepitud definitiva
si la muerte no viene a remediarlo,
cuando lo pienso, digo, me reafirmo
en que no me interesa casi nada.

Diréis que soy un monstruo de egoísmo,
pero es que ya no creo en causas imposibles,
me hastían casi todos los discursos
y me importan un bledo las banderas
y las luchas estériles cargadas de soflamas
tan falsas y mezquinas. Solo quiero
ver crecer a mis nietos,
perderme entre las líneas de algún libro,
tomarme un par de copas con amigos
y, si fuera posible,
pasar contigo algunos buenos ratos
engañando a los años con las manos cogidas,
decir que nos querremos para siempre
—ahora que “para siempre” es un plazo tan corto—,
dejando las maletas olvidadas,
como si nada hubiera sucedido,
como si todo comenzara ahora.

miércoles, 22 de agosto de 2018

CONFÍA EN MÍ

Amor, confía en mí, yo te prometo
que no moveré un dedo para verle,
que no le llamaré, que ni siquiera
responderé si llama y borraré
su nombre del teléfono,
desviaré mi mirada de sus ojos,
taparé mis oídos a cantos de sirenas,
me cruzaré de acera si de lejos
adivino sus pasos acercándose,
me mudaré de barrio o de planeta
con tal de no encontrarle. Te prometo
que te voy a ser fiel toda la vida.
Pero lo que no puedo prometerte,
porque no está en mi mano,
es que no me reviente algo por dentro
y muera sin poder dejar de amarle.

HUIDA


Huyo de mí y de ti, de tu recuerdo
hacia lugares donde tú no existes
ni tu nombre está escrito
en una roca a punta de navaja.
Contemplo desde fuera las cumbres infinitas
coronadas de nieve inverosímil,
la espesura del bosque, la fragancia,
el verde innumerable y el silencio
que atruena en la memoria de un instante
vivido contra el mundo. Lo contemplo
como quien mira un cuadro en un museo.
Y te vuelvo a pensar, como si alguna vez
hubieras compartido conmigo esta belleza
cuando lo cierto es que solo te conozco
de bares de Madrid con luces indecisas
y murmullos de voces y de música,
cigarros en la calle y algún beso
que no va a ningún sitio.
En resumidas cuentas,
un amor que no sirve para nada,
salvo para saber
que contra toda lógica estoy viva.

miércoles, 1 de agosto de 2018

LA CITA

Llevaba dos semanas de dieta hipocalórica
y cien abdominales cada día;
se compró un modelazo
discreto e insinuante al mismo tiempo;
y cremas milagrosas que, según le vendieron,
dejarían su piel como la seda;
planchaban las arrugas, recobraban
la luz que hubo algún día en sus mejillas
y una mascarilla que, al quitarla,
se llevaba detrás todas las penas.

En la peluquería
le quitaron las canas y pintaron
unos rayos de sol en su flequillo
—en total, cuatro horas de tormento
y un enorme mordisco en su tarjeta—.

Tras una ampolla mágica de belleza instantánea
se maquilló con mimo, sin pasarse,
se puse un pintalabios resistente a los besos
separó sus pestañas una a una
y una sombra de ojos
como el cielo en un día de tormenta.

Renovó lencería por si acaso,
se hizo la pedicura
y se pintó las uñas de los pies
de color amapola. Y faltaba el perfume:
tenía que ser fresco, natural como el aire
después de haber llovido entre las jaras
y a la vez duradero.

El mensaje decía —Hoy no va a poder ser.
Me ha surgido una cena
con el mejor cliente de mi vida.
Cena de matrimonios,
sabes cómo funcionan estas cosas.

Un rojo corazón y el emoji del beso.

domingo, 29 de julio de 2018

QUÉ CULPA TIENES TÚ

Qué culpa tienes tú
de que yo le haya puesto tu nombre a mi vacío,
de que mi soledad se haya agarrado
a ti como si fueras
el clavo ardiendo, el árbol
donde poder ahorcarme dulcemente.

Y qué derecho tengo a perseguir tu rastro,
a echar de menos algo que no existió jamás.

Tendría que romper algún espejo
o cambiarme la piel igual que las serpientes,
mudarme de país, de mundo o de galaxia, 
para no preguntarme
dónde estás ni en qué piensas
y para no escribirte
un horrendo poema de amor desesperado
perdido en las hipérboles,
plagado de adjetivos y de adverbios
que no se corresponden
con una realidad mucho más cutre.

Tendría que morirme y reencarnarme
en una mujer cuerda,
con esa sensatez tan aburrida,
sin frio ni calor ni sobresaltos.
Y esperar a que llegue, definitivamente,
la paz del cementerio.

TE QUIERO MUCHO

Cuando me dices que me quieres mucho
pienso que está muy bien, que “mucho” ya es un límite,
y que ojalá pudiera quererte solo un poco,
cuarto y mitad de amor
en pequeños bocados, con prudencia,
no vaya a ser que luego
me duela demasiado el corazón
o me produzca insomnio si me empacho.

Lo malo es que no sé dosificarme,
yo no tengo medida en estas cosas,
querer o no querer —es la pregunta—
no sé si es poco o mucho, pero es todo.

Y lo que, por favor, te pediría
es que no me quisieras como hermano,
salvo que ese amor fuera
tiernamente incestuoso.

sábado, 21 de julio de 2018

CONSEJOS DE AMIGA

Pero cómo te atreves, pobre ilusa
a soñar ni siquiera que le importas
¿no comprendes que no eres enemigo,
que no puedes luchar contra una larga historia
de luchas, de dolores, de esperanzas
vividas entre dos codo con codo?

¿Qué a pesar del hastío y la rutina
y de la tentación escondida en tu rostro
que le pueda atacar de vez en cuando
son más fuertes los hijos
y los miles de años a su lado?

Te decía que no eres enemigo,
que en tu insignificancia, a ella
ni siquiera le inquietan tus abrazos
y puede permitirse un gesto de indulgencia.

Le ampara la hipoteca pagada con sudores,
el rincón de su casa, la cocina,
los guisos que le gustan y que tú desconoces,
los amigos de siempre y el árbol del jardín
que seguro plantaron muy pequeño
y que ahora ha crecido con sus nietos
y da sombra al pasado y al presente,
las noches de hospital,
la memoria común y los olvidos,
los miedos, las victorias y las muertes.

¿Tú pretendes luchar contra una vida?
Deja ya de creer en los arcángeles,
cómprate en Amazon un juguetito,
alquílate por horas un chulazo,
da lo mismo del Este o africano,
pero que sea guapo y cariñoso
y que tenga argumentos para hacerte creer
dos veces por semana que te quiere.

Ya está bien de joder con tus tristezas.

lunes, 9 de julio de 2018

SOBRE LA TIERRA

Te modelo a mi gusto como si fueras barro
(Vicente Martín)
Algunos días pongo los pies sobre la tierra,
dejo de levitar y me doy cuenta
de que he vivido fuera de misma
y de que tú no existes
tal como te imagino; no me piensas
y nunca has dedicado
ni siquiera un instante de tus noches,
antes de caer rendido,
a soñar que yo estaba a tu costado,
que jamás recordaste,
al entrar a ese bar que era tan nuestro,
el vino que bebíamos ni la canción aquella
que yo tarareaba tan mal y te reías;
supongo que tampoco
te asaltará el recuerdo de cómo, avergonzada,
ocultaba la cara en tu camisa
y te abría un botón y te rozaba
un beso pequeñísimo.

Pero qué culpa tienes de que mi soledad
tuviera que engañarse de algún modo.
He de reconocer que es imposible
que tú recuerdes nada, porque nunca
existió ningún bar para nosotros
ni una canción que uniera nuestras voces
ni un vino que mojara nuestros besos.

Simplemente no estabas, nunca estabas.

lunes, 2 de julio de 2018

DIGNIDAD

Después de pensar mucho he comprendido
lo que es la dignidad.

Dignidad, por lo visto, es asistir
digamos que al entierro de tu hijo
de riguroso negro,
tacones y un collar de perlas falsas.
Y no llorar; si acaso, 
enjugar una lágrima rebelde
antes de que humedezca las pestañas
y se te corra el rimmel.

Dignidad es contar a los amigos
que a él no le gustaba la poesía
que chocabáis en temas de política,
y os separastéis de común acuerdo,
y no reconocer, ni aun bajo tortura,
que te dejó por otra
más joven y más hábil en la cama.

Dignidad es no confesar a nadie
-ni siquiera a un psicólogo argentino-
que te mueres por él,
que no puedes dormir, que por las noches
te persigue su voz, su cuerpo, su latido,
que a veces en la calle
le confundes con un hombre cualquiera
que ves entrar a un bar o a una farmacia
y corres. Y te paras en la puerta
porque te está mirando como a una alucinada.

Dignidad 
es no decir te quiero a quien más quieres,
es mantener a raya la vida en lo correcto.
Dignidad es ser otra, amigos míos.