lunes, 30 de mayo de 2016

FERIA DEL LIBRO

El próximo viernes, 3 de junio, estaré en la Feria del Libro firmando a quien lo desee mis dos nuevos poemarios, Este atronador silencio de los pájaros y Jaime

Será en la caseta 139, de Editorial Lastura.

Por la mañana de 12 a 14 horas y por la tarde de 18 a 19,30.

Me encantará veros por allí.

viernes, 6 de mayo de 2016

CUANDO VUELVAS

PRESENTACIÓN


miércoles, 4 de mayo de 2016

VALENTÍN MARTÍN, LA PALABRA GENEROSA

ANA  MONTOJO, LA ATRONADORA PASIÓN DE LA VIDA

Ya no necesita un cigarro. Ya otro humo ciega sus ojos. Hay un  silencio de pájaros llamando a su puerta, trae noticias de  Carmen Conde, de  Blas de Otero, del hermano escritor de Leopoldo de Luis, que también fue mortal y rosa. Y de Jaime. Pregunta antes de viajar  a convertirse en palabra si todo está bien y en calma. Y ella responde que la vida ha seguido, mi amor, como si nada. Yo descorro un poquito los visillos y digo que bueno, que ya somos mayores pero que desamo más que antes cada sílaba de septiembre, donde una noche, un 19 para ser más exactos,  la perplejidad se hizo tan grande y de aquella cuchillada no murió del todo una mujer y nació una poeta.
Porque resulta que hay poetas que no juegan a ser poetas en rincones tranquilos de ausencias. Lo son porque quieren disolverse en la saliva de un beso, y como todos, después de morir tratar de vivir por su cuenta. Y saben historias de vendavales de verdad, sin inventarse glaciares. Y saben contar todo eso.
Ana Montojo habla en un libro, en dos, tal vez en todos, de ella misma que somos nosotros extrañándonos de que alguien se vaya sin decir hasta mañana a sus amigos, o echar una carta -como hacen todos los viajeros- en la que diga: vuelvo. Y habla de qué sola se queda la vida cuando cierran todos los bares.
Muy pronto el estío caerá sobre nuestra carne, como un anuncio, como una advertencia de que la sangre no se vende, como un monte verde en el pecho del viento, ese mismo viento que un septiembre se hizo tan malo. Y veremos -ya lo estamos viendo- a Ana Montojo bendecir todas las raíces huérfanas, negarse de nuevo  a la nada, mirar con ojo de poeta a la mujer que le habita mientras se recoge el pelo tal vez en una trenza.
Siempre hay un sitio pequeño o grande para el amor, de cualquier tamaño que se sea, una puerta abierta que si la miras de pie se parece mucho a la esperanza.
Dar un paso, y luego otro paso, y el siguiente, hacer como si caminaras sin que la gente te tire piedras por loca, escribir la soledad y preguntar a la vez dónde están los hombres, las palabras amigas, las posadas, enlazarse a mañana y volar, es salvarse de un fatalismo que en una mujer más pequeña, y en una poeta de mentira que juega, resultaría inevitable.
Pero Ana Montojo es capaz de amar tanto el amor que le pide que espere, o que no se vaya, que quizás es un error de alguien que nos amaba y no supo decirlo. Que todas las historias son la misma historia, que todas las rosas llevan consigo un olor, sólo hace falta saber olerlo.
Saber contar las cosas diarias, desde los insomnios o las punzadas, no caer en el tremendismo de creer que su universo es el único, el más pequeño o el más grande, pero siempre el más importante, es estar ante una poeta que con solo rozarte te hiere de muerte.
Y con esta reflexión tan plebeya venimos a parar en el lenguaje. Aquí no hay simbolismos, el atisbo de cualquier retórica con sólo pensarlo espanta, no se columbra una pizca de vicio o la tentación de quedarse a vivir en las metáforas. El brillo de esa difícil sencillez del habla poética, al  acercarse nos ciega.
Es así como la mujer, la poeta y  el lector concuerdan en ese himno a la vida que desde una médula asesina, inesperada, o la magia de un volcán que puede llegar a ser quizás casi  amigo con el paso del tiempo, deja de ser lamento y pasa a ser canción.
Hay gente que se para en las albercas literarias, otras incendian sus heridas abriéndole la puerta sólo a los pronombres personales, algunas hace de su pañuelo una bandera, incluso llegan a creer que sus valles tan chiquitos son en realidad una montaña.
Ana Montojo hace de los motivos una gallarda vela de Simbad. No abdica de sí misma y de sus posibilidades poéticas, sabe que andar por los versos a veces duele. Y que no vale resistir. Que toca cavar la literatura como si las zarzas jamás existieran, que los fracasos también alimentan, que existe la ternura además de los somníferos, que las espigas son en realidad pan para mañana y hambre para hoy.
Un solo gin tonic es capaz de parecerse a un aroma de campo.
La poesía de Ana Montojo es de una abundancia asombrosamente sobria, cuenta con una natural fluidez que tal vez sea  morosamente trabajada, pero posiblemente es el  fruto de un sol que tuvo que salir de nuevo y adaptarse a otra tierra. No se puede decir que asciende porque desde su nasciturus ya estaba en las azoteas, salva el enorme peligro de vivir una paz pasiva, le gustan las contradicciones y va y viene por ellas como por su casa, no se rememora sino que se expande en lo que ocurre. Y ni siquiera reclama el derecho a ser diferente, porque lo es con ella o pese a ella.
Ana Montojo escribe poesía como quien tuviese que ganarse la vida vertiendo sílabas. Por eso no intenta una sinopsis sino que entabla un coloquio. No está obsesionada con dejarse en los recuerdos, sino abrir en cada poema una curiosidad literaria para compartir, remansar las horas para propiciar las hermosas retahílas que entretejen sus libros.
No hay en toda la obra de Ana Montojo una obsesión sino la necesaria evocación de buscar una identidad que le explique quién es, de dónde viene, adónde va por el asfalto de las tormentas, las astenias, alguna alegría semioculta de vez en cuando, las ganas bajo los párpados.
Después de una brutal e inesperada ingestión de veneno, le empezó a crecer en las manos un camino, varias calles salieron a su encuentro ofreciéndose, y ahora va como corre el agua antes de que naciesen los azudes y las ciudades. Quizás ella sea sus suburbios, aunque lo mejor de sí misma esté dentro, en la rubia melena de la luz que sólo ella sabe y adonde no llegaremos desde sus alrededores, aunque bebamos en copa larga toda la savia que se deja.
El hecho poético es en Ana Montojo conocimiento y comunicación más que en nadie. Y para ello no tiene que recurrir a ninguna sublimación del lenguaje, escribe sus poemas con la sal natural de una estética que es su costumbre. No sabe que al hacerlo destrenza el sol y peina el mar. En eso consiste vivir sin darse cuenta con la pasión de los diluvios. Y escribirlo.
¿De dónde le vienen a Ana Montojo tantos nutrientes para la diversidad tan unigénita de su poesía? Tal vez del cultivo anterior de la narrativa. Escribir una novela es un buen prefacio para luego la lírica, te da una mirada de luz sobre las cosas a la hora de los versos. Es una posibilidad. La otra: su talento que estaba dormido y salió como en las noches salen los gatos en celo y se meten en los montes tras el mismo celo de las gatas.
Ana Montojo habla a veces de la memoria de la edad tardía. Y mientras la escucho me digo ¿Qué dice? ¿Por qué su devoción a Luis Landero? La edad tardía es para los jóvenes de calendario que se acurrucaron en aquellos años e hicieron de ellos un infierno, porque el infierno es lo que queda cuando ya nada queda. A ella le queda por lo menos un diccionario tan lleno de tiempo como el puño de un obrero.

(A las 7 de la tarde, el  19 de Mayo, habrá dejado de llover en Madrid y estará llamando a la puerta de la Sala Trovador, el teatro de los sueños, una dulcísima atardecida. Ana Montojo, Antonio Román cante y guitarra,  Teresa Núñez, Tulia Guisado, Lidia y Lastura. ¿Qué más se puede pedir?)

miércoles, 27 de abril de 2016

YA ESTÁN

en la web de la Lastura:

Este atronador silencio de los pájaros



y JAIME

martes, 26 de abril de 2016

32

Este año no solo te regalaré flores por tu treinta y dos cumpleaños. Este año también te regalo un libro con tu nombre.

NO SÉ

Y qué decirte hoy, cuando he vivido
tres veces más sin ti
que el tiempo que te tuve.
Que todos estos años están llenos
de infinitas preguntas,
que ya no sé tu rostro ni tu cuerpo,
que tu risa se pierde en la memoria,
que quiero recordarte y solo veo
una imagen difusa que se aleja
como si fuera un tren que corre sin destino.
No sé bien si soy yo la que se marcha
a envejecer sin ti por esos mundos
o la que permanece en el andén
cuando te han arrancado de mis brazos.

No sé.
Pero es cierto que el tiempo
me ha vuelto otra persona,
que es distinta mi forma de pensarte,
pues no hubiera podido 
llorar sin tregua todos estos años
sin que se me secara la fuente de las lágrimas.

Y sin embargo, no me he vuelto más dura,
aún lloro de rabia y de impotencia,
aún me duele el dolor de los desheredados,
aún me estremecen
los niños de tu edad que duermen cada noche
sobre un suelo de fango y de injusticia
ante los ciegos ojos europeos.

No sé.
Quisiera tener fe y creer que los miras
desde tu privilegio
de niño rico que murió en la cama,
no de miseria, no de genocidio,
de brutal genocidio consensuado
entre viles gobiernos criminales.

No sé, mi amor, 
ni dónde estás ni siquiera si eres
un poco más real que una dulce entelequia.
Solo sé que serás mientras yo siga siendo.
Y también sé, mi vida, que fuiste afortunado.

(Poema incluído en JAIME. Editorial Lastura 2016)

domingo, 24 de abril de 2016

viernes, 22 de abril de 2016

LA VEO CADA DÍA



Aunque yo disimule, aunque no me lo crea,
aunque me haga la tonta,
aunque vista vaqueros y me tiña las canas,
el calendario es terco y dice lo que dice:
que hace tiempo que entré
en el último tercio de mi vida
y que ya no es momento de hacer planes,
que el pasado es más largo que el futuro,
la memoria más cierta que los sueños;
a veces reconozco en mi cintura
dolores de mi madre y el espejo
me devuelve la imagen de una mujer cansada.

Pero cierro los ojos y me aferro
a absurdos desatinos,
a creer que es posible todavía
engañar a la edad durante algunos años,
volver a ser capaz de enamorarme,
revivir en mi piel la sacudida
que me hacía vibrar. Y no hace tanto.

Pero es perder el tiempo.
La parca se me acerca sin remedio,
la veo cada día, no hay semana
que su tiro no apunte a algún amigo,
a quien amé algún día
o tal vez sigo amando. No quisiera
quedarme aquí la última,
que me arranque a zarpazos a mi gente,
que se lleve con ellos más trozos de mi vida
y me deje
sin un maldito árbol donde ahorcarme.
Sin un jodido beso que llevarme a la boca.

Y sin apenas fuerzas
para sacar provecho del fracaso.

miércoles, 20 de abril de 2016

NUEVAS CRIATURAS


Con la ayuda inestimable de Lastura, acabo de dar a luz a estas dos criaturas. ¡Estoy feliz, mi familia crece!

El primero, Este atronador silencio de los pájaros,  lleva un deslumbrante prólogo de mi amiga Teresa Núñez González, a quien tengo que agradecer, no solo sus palabras, sino también sus ideas para que el libro quedara perfecto.

El segundo, JAIME, lo ha prologado otra amiga poeta, Tulia Guisado. Es un prólogo conmovedor y exquisito como solo ella podía haberlo escrito. Y esto no es una frase hecha, sé por qué lo digo.

Todavía no sé cuándo será la presentación en sociedad, pero de momento, aquí están los dos.

lunes, 11 de abril de 2016

RECITAL EN LIBERTAD 8

Rafa Mora y Montxo Otero, son dos pedazos de músicos que llevan quince años uniendo la música y la poesía en su ciclo Versos sobre el Pentagrama. Han musicado a grandes poetas como Gloria Fuertes, Jesús Hilario Tundidor, Ángel González, Manuel López Azorín, por citar solo unos pocos. Tienen varios discos grabados, tanto por separado como los dos juntos.

Además ellos también son poetas. Rafa, en concreto, acaba de publicar su Naturaleza Urbana (poemas destemplados).

El próximo domingo 17 de abril,  tendré el honor de que incluyan mis poemas en su pentagrama y nos los canten a todos en Libertad, 8, a las 19,30.

Os esperamos.