
Quiero decir con esto que no soy una estrecha mental ni una talibana de la brigada antivicio. Más bien al contrario, como creo que he dejado claro en el post anterior y en otros muchos que se pueden encontrar a lo largo de este blog, en los que hablo de mis muchas y variadas flaquezas. Sin embargo hay algo que se me escapa con respecto al alcohol y que me encantaría que alguien me explicara. Yo bebo, ya lo he dicho. Me encanta tomarme un gin-tonic o dos tranquilamente en mi casa viendo una película o un partido de Rafa Nadal, leyendo un libro o escribiendo mis cosas. Y si salgo por ahí, a veces hasta me paso algún que otro pueblo; pero cuando esto me ocurre, siempre se me enciende una lucecita de alarma, me encuentro mal y sé que no puedo seguir; es más, no me apetece seguir. Entonces paro aunque tenga la copa entera, me tomo un acuarius y me voy a mi casa procurando no dar la lata. El alcohol -en su justa medida, que cada cual tiene la suya- produce un efecto desinhibidor que a los que somos más bien tímidos y retraídos nos viene muy bien. Nos hace más rápidos en las respuestas, más ingeniosos y ocurrentes y nos libera de ciertos pudores bloqueantes. Hasta ahí, todo bien; concedamos al alcohol sus virtudes sociales. Pero quisiera entender el mecanismo mental de los que, sin ser considerados alcohólicos, nunca encuentran el momento de parar; aunque se sientan mal, aunque ellos mismos reconozcan que están borrachos, siguen y siguen bebiendo y encadenan las copas una tras otra en una especie de vértigo irracional que los convierte en unos seres absurdos e intratables. Pocas espectáculos me parecen más patéticos y más deprimentes que el que ofrecen dos o tres tíos -porque suelen ser tíos- en un bar trasegando vaso tras vaso como en una competición grotesca; se diría que el objeto de la reunión no es la charla ni el intercambio de impresiones con los amigos, sino el simple hecho de beber y ver quién llega más lejos, como si el vaso fuera una prolongación de sus atributos más preciados; entonces olvidan las normas elementales del comportamiento civilizado y exhiben de forma obscena la más casposa iconografía del macho ibérico. Se ponen agresivos, prepotentes, patosos; miran el culo a las chicas ostentosamente, sin ningún disimulo ni respeto; si hay camarera se meten con ella abusando del poder que les otorga su posición en la parte de fuera de la barra, en fin, un horror. Y muchas veces son personas normales e inteligentes que en su estado natural serían interesantes, simpáticos e incluso atractivos. ¿Por qué no cortan a tiempo? ¿Por qué se autoinducen esa transformación del Dr. Jekyll en Mr Hyde? De verdad que prefiero el alcohólico confeso, con nombre y apellidos, consciente de que lo es, que se toma sus copas en silencio como quien se pincha en vena, a ser posible en soledad y oculto a las miradas ajenas. Por lo menos demuestra cierto respeto a los demás y, sobre todo, a sí mismo.