lunes, 7 de octubre de 2019

MIS COSAS

Ahora que todavía
creo que estoy medianamente lúcida
-dentro de lo que cabe, que no es mucho-,
me da por preguntarme qué será de mis cosas
cuando yo me haya ido a no sé dónde,
a ese lugar etéreo que no existe.

No tengo casi nada, bien es cierto,
mi casa es muy pequeña
para poder guardar toda una vida
de recuerdos absurdos y de objetos
que no importan a nadie.

Esa orquesta de jazz en escayola
que pinté de colores con la ilusión de un niño
cuando quise engañar la soledad
con trabajos manuales.

Y las cuatro cabezas de perros diferentes
pintadas por mi abuelo
tan antiguas y hermosas,
y que el tiempo ha cubierto de pátina negruzca.

Esa tetera azul de porcelana,
que heredé de mi madre, y que bascula
sobre un diminuto infiernillo de alcohol
que nadie encendió nunca.

Una labor bordada en primoroso
punto de cruz, por una antepasada
con mi nombre -¡Qué cosas!-
en mil ochocientos ochenta y nueve.

¿Qué sentido tendría este cuadrito
en otra casa que no fuera mía,
donde no viva nadie que se llame
como me llamo yo
y mi desconocida antepasada?

Y fotos, muchas fotos
de cuando todos éramos
más guapos y más jóvenes
y a veces, algún rato,
un poco más felices.

Mis libros y mi música,
cajitas pequeñísimas,
pastilleros que se llenan de polvo
y que jamás guardaron una sola pastilla
que remedie la pena.

No creo que mis hijos cuelguen en sus paredes
mis pobres maravillas
ni pongan en sus muebles antiguallas.

¿A qué contenedor irán estos tesoros?
O ¿qué chamarilero malvenderá mi vida?