viernes, 9 de diciembre de 2016

DEL SUFRIMIENTO

En esta sociedad tan hedonista en la que estamos inmersos para bien o para mal, el sufrimiento está muy mal visto; a todo trance hay que ser feliz, y si no se es, se finge serlo. Nos bombardean con mensajes que proclaman el valor infinito de la sonrisa, como si la sonrisa se pudiera separar de la sensación que la produce, como si no fuera sino el reflejo de un sentimiento placentero más o menos profundo, más o menos duradero. Se aconseja huir del sufrimiento, evitar las situaciones que nos hacen sufrir, como si no fueran incluidas en el pack de la vida, como si se pudiesen apartar con el tenedor, igual que hacen los niños con los guisantes que se encuentran en el guiso. Como si fuera posible disfrutar el estofado saltándose los sabores amargos.

Incluso hay pensadores ilustres que nos dicen que el dolor es real y el sufrimiento opcional. Y más aún, que el sufrimiento es una pérdida de tiempo cuando hay tantos motivos para disfrutar. A mí que me lo expliquen, porque yo no sé cómo se hace eso, cómo se puede decidir: esto lo siento, esto lo vivo y esto otro, no, porque el sentimiento no es algo voluntario. En lo que se refiere a lo más próximo a nosotros, a los seres que amamos ¿cómo podemos no implicarnos, no sufrir cuando los vemos sufrir a ellos?

En estos casos siempre hay alguna mente preclara que nos dice cosas como "¿Pero por qué te preocupas si no puedes hacer nada? La respuesta me parece obvia: pues precisamente por eso, porque no puedo hacer nada. Si pudiera hacer algo, no me preocuparía, lo haría. Otra cosa es que cuando se trata de una situación dolorosa de larga duración, pongo por caso una enfermedad terminal de un ser querido, no sea necesario tomar de vez en cuando un poco de aire, buscar una evasión momentánea que nos oxigene el corazón y nos arranque una sonrisa, para luego poder seguir al pie del cañón. Es una terapia imprescindible para no quemarnos y poder dar algo bueno de nosotros, para seguir haciendo lo que debemos hacer y estar donde debemos estar. Aunque muchas veces, inmersos como estamos en la dinámica del dolor, tengamos que forzar nuestra voluntad para salir de esa dinámica un rato.

Además de los dolores de ámbito privado, los desastres generales con los que nos bombardean las noticias también nos hacen sufrir, pero hay que reconocer que muy poco, mucho menos que lo particular. Podemos contemplar, por poner un ejemplo, las calles de Alepo arrasadas, los niños llorando a gritos sin consuelo, niños que por su edad no han conocido nunca otra vida, que han nacido y crecido entre los escombros y guardan en sus ojos todo el dolor del mundo, adultos como nosotros, con unos sueños y proyectos como los nuestros, a los que les han robado todo obligándoles a huir a otro mundo, un mundo que además no les quiere, y después de ver eso sentarnos a cenar tranquilamente, tomarnos la ensalada y la tortilla de patata  e incluso después disfrutar un gin-tonic. En el mejor de los casos, se nos caerán unas lágrimas a los más impresionables y a los que aguantemos unos pocos minutos sin cambiar de canal. Y, con suerte, nos sirve para hacernos comprender que, a pesar de todo, somos afortunados. Y para dejar, al menos por un breve instante, de mirarnos el ombligo.

Sí, el dolor, querámoslo o no, forma parte de la vida. Y por si fuera poco con los dolores que nos vienen dados, nosotros solitos con demasiada frecuencia nos buscamos otros sufrimientos gratuitos y estériles, sobre todo los derivados de las cosas del querer. El amor es una droga alucinógena que nos vuelve adictos e irracionales, porque las sensaciones que produce, tanto las positivas como las negativas, son extraordinariamente intensas. Y ejerce sobre nosotros una atracción fatal que nos empuja a tirarnos de cabeza a una lucha cuerpo a cuerpo -en el sentido literal de la expresión- que en muchos caso sabemos perdida de antemano, a cambio de la remota esperanza de alcanzar una sensación de felicidad, muy intensa, sí, pero fugaz y engañosa, que solo nos deja dolor, pérdida de autoestima y frustración. De este tipo de sufrimiento, previsible y evitable, es del que hay que huir como de la peste bubónica, pero casi nunca lo hacemos. Parece que nos va la marcha. O quizá es señal de que estamos vivos, yo qué sé. Con el agravante de que cuánto más jodidos estamos, cuánto más nos acogota la tristeza, más vulnerables somos y más propicios a caer en las garras de esa droga.

Tal vez la solución esté en la poesía. Celaya nos dejó dicho:

No quedarse en suspenso preguntando
por qué existen los seres y no el cero.
No solo contemplar, neutral y ausente,
el mundo de los hombres y los dioses.
No lavarse las manos ante ciertos
horrores cotidianos. No negarse
y pedir el descanso de la muerte
cuando hay tanto que hacer y tanto fango,
sin haber aportado nada al orden.
Tu deber es vivir: luchar alegre.