
Y se van por ahí a pecho descubierto, con la mirada clara y su verdad por bandera. Uno se queda en casa viéndoles partir con el corazón encogido, mirando cómo doblan la esquina de todos los peligros sin poder evitarlo. Se llevan la mochila cargada de ilusiones, no necesitan nada más que amor para vivir. No saben que el amor puede ser dulce y amargo, estéril y fecundo, creativo y destructor, brutal y tierno, según soplen los vientos. Y, sobre todo, es frágil como el cristal más fino y requiere de un trato cuidadoso.
A veces vuelven con la mochila cargada de dudas y de miedos. Y uno sólo puede recibirles, vaciar el armario, hacerles esa cena que les gusta y llorar con sus lágrimas.