

Yo me encontraba absurda con zapatos de tacón por unos lugares donde siempre voy con alpargatas o con botas, según la estación del año, tan impropia y tan fuera de lugar que me daba un poco de vergüenza encontrarme a la gente, pero pasee a mis nietos por la Alameda antes de comer y presumí como un pavo real. Por los niños, no por los zapatos.
Durante la comida se portaron como corresponde a unos niños recién bautizados, y nos dejaron degustar cosas tan normales como gazpacho de fresas con mejillón y otros platos de esos que todo el mundo se hace en un momento para cenar, con una bandeja delante de la tele; ¿quién no se prepara unos chupachups de codorniz con cremoso de morcilla para ver House? Jaime y Carmen, en cambio, opinan que donde esté un buen biberon que nos dejemos de experimentos de la nouvelle cuisine. Y, lo que son las cosas, estaba yo tan tranquila con mi carpaccio de corzo cuando pasó por delante de la mesa Angel Acebes con una prima suya, rubia y jovencita, y se instaló en el comedor de al lado. Es que me persiguen los políticos. Mi hijo sugirió que le hiciéramos una foto para la próxima campaña, pero casi que no.
La sobremesa se prolongó con copas y fotos. Yo me hice una con los cuatro nietos, pero dentro de un mes me tendré que hacer otra, porque Almudena está llegando ya. Esto no hay quien lo pare. A media tarde reventó una tormenta de padre y muy señor mío y después volví a Madrid para ver el partido con Arturo y fue de mucha risa cuando el Español se ganó el maletín en el último minuto.
El domingo todavía rugían las motos en los oídos y ya nos emocionaba Rafa Nadal, ganando al dios Federer en París de la France, con todo el público franchute en contra. Menos mal que no me gusta el automovilismo, que una no da para más.
Por otra parte, en la política todo superbién, o sea.