Miro desde arriba con la lejana indiferencia con que se mira lo inevitable. ¡Qué vista más fea! digo por decir algo. Pero mi madre no me escucha; su ánimo oscila entre la rebeldía y la claudicación, entre el rechazo a la enfermedad y a la vejez y la evidencia de su postración. Ahora está enfadada; el médico mandó que la trajéramos cuando vió los análisis. Y aquí, ya se sabe, se complican las cosas. Más análisis, radiografías; otras pruebas diagnósticas en el borde de la tortura -ella dice que es como la checa de Fomento, con su particular reivindicación de la memoria histórica-. Quisiera un tratamiento mágico y a casa. Una imposición de manos o algo así. A ratos cae en un silencio soñoliento, en una tristeza muda. Yo me vuelvo loca tratando de entretenerla, le cuento cosas de los niños y sonríe un poco. -¿Quieres leer?. Niega con la cabeza. Le compro una revista de cotilleo, se ha separado el hijo de la duquesa. Apenas la ojea, apenas la hojea. No sé para que se casa la gente, murmura. Reza el rosario.
Así desde el martes pasado y hoy es sábado. Lentitud, sensación de que nadie nos hace caso. Las enfermeras entrar y salen, la tensión, el termómetro, el desayuno, la limpieza. Son jóvenes, la tutean, le dicen cielo y esas cosas. Pero pocas explicaciones.
Me muero de pena. A lo mejor se recupera de ésta. Pero yo sé que esto no hay quién lo pare. Que no hay vuelta atrás. Son peldaños que va bajando poco a poco, implacablemente. De vez en cuando sube uno, pero baja tres.
Me siento tremendamente inútil.