
Siempre, por mal que vayan las cosas, en algún lugar, donde menos se espera, hay alguien que ha pensado en nosotros aunque sólo sea un minuto. Y que nos quiere con cualquier forma de amor o sucedáneo. Porque hay amores grandes, con historia común, con fundamento y amores pequeñitos y fugaces, robados o prestados, que engañan a la vida por un rato, que dan una larga cambiada a este morlaco áspero, resabiado y difícil. Fogonazos de luz, música dulce que apaga el runrun que bulle entre las sienes. Hay que cerrar los ojos a la realidad e inventarse otra vida. Hay que bailar el tango, el otro día lo decía Sherpa y le voy a hacer caso.
Por lo demás, mi madre ha estado medio bien dos días. Hoy otra vez lo mismo. Si no es esto es aquello y este sinvivir, esta impotencia, este ir y venir de su casa a la mía; este agotamiento. Y con mala conciencia.
Ha venido Rosario, una alegría. Es mi amiga del alma aunque casi nunca nos vemos, vive lejos. Pero es una suerte tenerla: su humor, su retranca, su inteligencia, su cariño. Un lujazo. Dos vidas tan distintas, la suya y la mía; la mía un caos, la suya todo en orden; sin embargo es tan fácil entendernos, todo lo sabe sin que se lo explique. Es delicioso retomar con ella: decíamos ayer...
Y luego Amparo; volvía yo esta noche de casa de mi madre, Castellana abajo, dispuesta a recogerme; pero ha sonado el móvil y era ella; estaba en el Jazz Bar y allí me he ido a apretarme un gin-tonic y charlar.
Debo ser afortunada, después de todo. Hay gente que me quiere. Con cualquier clase de amor, con cualquier gratificante sucedáneo. Esto es así, seguimos en la brecha.