
Esta semana todos hemos visto que sí, que existen desalmados totales capaces de manosear primero y dar una patada en la cara después a una chavala inmigrante, sólo porque se le fue la olla, según las propias palabras de ese indeseable. Pero es que además esta sociedad se baja los pantalones ante la chulería y el cinismo y le paga por hacer declaraciones y porque nos escupa a la cara. Pronto estará en el tomate o en salsa rosa y esos programas serán líderes de audiencia. Al tiempo.
Un chaval al que quiero mucho salió de copas el viernes pasado con sus amigos de siempre. A lo largo de la noche conocieron a otros chicos que se unieron a ellos y pasaron juntos unas cuantas horas, bebiendo -seguramente demasiado- riendo, en fin, de coña. Los amigos de mi amigo se fueron yendo y al final se quedó él solo con los nuevos, tan majos ellos, tan colegas.
-Venga, tío, la última en tu casa.
Le liaron, se lío él solo, yo qué sé. Acababa de cerrar la puerta cuando le empezaron a llover los golpes, las patadas, los insultos, las vejaciones de los mismos que llevaban toda la noche haciendo risas con él. A la gente decente la maldad siempre nos pillará desprevenidos, porque no contamos con ella. Seguramente, lo peor no fue la televisión de plasma, ni el ordenador, ni la chaqueta de cuero nueva, ni la pasta que sacaron del cajero después de conseguir el pin a golpes. Seguramente, lo peor no fue el ojo morado ni el dolor en las costillas, ni las horas que pasó inconsciente y atado, prisionero en su propia casa. Seguramente lo peor fue la perplejidad de encontrarse cara a cara con la crueldad, inerme ante ella. Le robaron, quizá para siempre, lo mejor que tenemos: la confianza en el ser humano, la limpieza en la mirada, la naturalidad.
A lo mejor los pillan, a lo mejor no. Dará lo mismo. Sólo tienen que alegar que se les fue la olla.