
Como si fueran exvotos dedicados a algún santo milagrero, se pueden contemplar amarillentos vestidos de novia, ositos de peluche, teléfonos móviles, fotos, cartas de amor, bragas o piernas ortopédicas, en una variopinta exhibición de lo más kitsch.
Becquer sabía que los suspiros son aire y van al aire y que las lágrimas son agua y van al mar; mira por donde ya tiene respuesta su pregunta: dime mujer, cuando el amor se muere ¿sabes tú a donde va? Pues, sí, va a correr mundo a bordo de un museo itinerante; ha estado en todos los paises de la Europa del este, en Berlín, Singapur o Estocolmo, se ve que en todas partes cuecen habas.
Las vitrinas de ese museo deben estar repletas de cosas intangibles: malos gestos, faltas de atención, pequeños desprecios y grandes silencios; decepciones, orgullos heridos. En sus anaqueles se amontonarán las mentiras piadosas y las otras, los desdenes, los aburrimientos. Muchas noches perdidas, sin abrazos y muchos días sin diálogo.
Habrá galerías con cuadros vacíos, con la imagen de la soledad por duplicado y estatuas de hielo, mudas e incomunicadas. Se podrán admirar agonías prolongadas, fracasos ocultos en la intimidad, desamores eternos y pasiones alegres y fugaces .
En los museos se aprende mucho, pero algo me dice que en éste no. Esta obscena exhibición del desamor de muchos sólo es un consuelo de tontos.