
Sin embargo ese maravilloso instrumento no sirve para nada si no se cuenta con una mínima colaboración. Y colaborar es, simplemente, escuchar con la mente limpia de ideas preconcebidas. Si de antemano "sabemos" lo que va a decir el otro, no le escucharemos y acabaremos creyendo que ha dicho lo que no ha dicho; retorceremos sus palabras hasta conseguir que encajen en el molde que tenemos preparado y entonces soltaremos nuestro cuarto a espadas, que lo más seguro es que no tenga nada que ver con con lo que nos estaban diciendo. Y lo que hubiera podido ser un diálogo enriquecedor para ambos, se convierte en un diálogo para besugos cuando no en una áspera discusión.
Parece una tontería pero es difícil, tanto para el que habla como para el que escucha, despojarse de subjetividades, de los particulares apriorismos de cada uno, de nuestros íntimos complejos y dejar las palabras en su pura desnudez.
A mí a veces me da miedo hablar; me resulta demoledor cuando alguien me recuerda -tú has dicho que...- y, sí, seguramente dije lo que dije, pero compruebo que se comió las hojas de mis palabras y el rábano se perdió quién sabe dónde. Puede que yo no me explicara bien o puede que a mi interlocutor no le gustaran los rábanos; el resultado es una sensación de soledad en compañía poco reconfortante.
Sin embargo, hay pocas experiencias más placenteras que una conversación en buena sintonía, que no quiere decir absoluta coincidencia sino un plácido intercambio de inquietudes, de emociones, de opiniones, de fluidos verbales, de gestos, de silencios; también de silencios.