Ahora la vida de todos tiene que volver a la normalidad y la suya empezar una rutina lo más tranquila posible para los padres y para los hijos. Yo me retiro a mis cuarteles de primavera, a seguir con la obligación y alguna que otra devoción absolutamente laica; echaré todas las manos que me pidan pero procuraré no resultar una plasta, que comprendo que les apetezca trabajarse entre los dos esta etapa apasionante de su vida.
Hoy ha amanecido un domingo reluciente. La primavera despierta despacio en el Parque del Oeste, todavía no se ve la explosión de color que corresponde a las fechas. Algún árbol empieza a florecer tímidamente y hay manchas blancas de margaritas diminutas en la hierba, pero muchas ramas aún están secas y se respira en el ambiente cierta ambigüedad c
romática. Nada contundente. En la entrada del Paseo de Moret, una multitud de sudamericanos -no sé de qué nacionalidad- disfrutaban su día libre juntos. Sonaban ritmos calientes y las mujeres llevaban guisos para compartir. Habían convertido aquel rincón del parque en un trocito de su tierra. Pensé que la integración es una utopía, que están aquí trabajando y buscándose la vida, pero no sé si hemos conseguido que se sientan en su casa. No tengo muy claro que les hayamos ofrecido otro tipo de relación que no sea la laboral. En la rama de un árbol, un pájaro verde y amarillo, también inmigrante, miraba desde arriba a las castizas urracas y a los mirlos, que ninguno era blanco.
He terminado el domingo viendo la estremecedora película INVISIBLES, que ha producido Javier Bardem para que nos enteremos de lo que vale un peine y dejemos de inventarnos problemas absurdos. Me he preguntado qué habré hecho yo para merecer nacer donde he nacido y vivir donde vivo. He visto niños de la edad que tenía mi hijo Jaime, que apenas podían cargar con el fusil, forzados a matar. Heridos de muerte en el alma. Mujeres violadas una y otra vez, bellos rostros eternamente tristes. Ojos que miran desde la profundidad del dolor.
Y me ha dado mucha rabia que aquí en España, en vez de valorar lo que tenemos, estemos fabricando excusas para odiarnos.
Hoy ha amanecido un domingo reluciente. La primavera despierta despacio en el Parque del Oeste, todavía no se ve la explosión de color que corresponde a las fechas. Algún árbol empieza a florecer tímidamente y hay manchas blancas de margaritas diminutas en la hierba, pero muchas ramas aún están secas y se respira en el ambiente cierta ambigüedad c

He terminado el domingo viendo la estremecedora película INVISIBLES, que ha producido Javier Bardem para que nos enteremos de lo que vale un peine y dejemos de inventarnos problemas absurdos. Me he preguntado qué habré hecho yo para merecer nacer donde he nacido y vivir donde vivo. He visto niños de la edad que tenía mi hijo Jaime, que apenas podían cargar con el fusil, forzados a matar. Heridos de muerte en el alma. Mujeres violadas una y otra vez, bellos rostros eternamente tristes. Ojos que miran desde la profundidad del dolor.
Y me ha dado mucha rabia que aquí en España, en vez de valorar lo que tenemos, estemos fabricando excusas para odiarnos.