
En la radio hablan de más cosas. En el País Vasco sigue activo el polvorín y sentimos que en cualquier momento, en cualquier lugar, puede estallar la bomba del dolor. Esta maldita sensación de estar pendientes de esos hijos de puta ¡pero qué coño quieren! ¿Es que no nos van a dejar nunca vivir tranquilos nuestra propia infelicidad? Tengo la edad que tengo y casi no recuerdo haber vivido sin esta amenaza absurda. Frases hechas, cinismo, entelequias que no le importan a nadie más que a cuatro locos que nos están jodiendo la vida. Quiero pensar en mis nietos, en esos dos niños diminutos que acaban de llegar. Quiero preocuparme de Jaime, ganando treinta gramos cada día en su cunita del hospital para poder ir a casa y que su hermana no le saque demasiada ventaja. Quiero ver a Marcos meterse en los charcos de la Alameda y a Paloma crecer con sus piernas largas y su pelo rubio, aprendiendo a tocar el piano. Quiero que me dejen sufrir, disfrutar, amar en paz. Quiero ocuparme de cosas reales.
En la radio siguen hablando de más cosas. De un tal Díaz de Mera que presionó a un comisario para que dijera no sé qué. Más mentiras, más mierda. ¡Por favor, que dejen a cada uno con sus muertos, que bastante tienen con lo suyo! Pero no; por lo visto, los muertos están más o menos muertos según sea éste o aquel asesino.
Llueve. Llego a casa muy cansada. Carmen está hecha una flor vestida de rosa. Jaime extiende sus manitas y yo estoy deseando abrazarle. A ver cuánto pesa mañana.