domingo, 2 de septiembre de 2007

DEL AMOR Y OTRAS MISERIAS

Hoy le voy a robar el tema a Aguamarga, pero con premeditación y alevosía, no de forma casual como otras veces. Porque quería abordar un asunto tan amplio y tan difuso como el del amor y no sabía cómo meterle mano. Ella me ha dado pie para mirarlo desde la soledad.

Si yo fuera capaz de despojar de emociones a la soledad puede que añadiera una larga lista de ventajas a las que ella nos sugiere, bien es verdad que no se las cree. Podría resumirlas diciendo que, en soledad, una es la reina y señora de su tiempo y de su espacio y los administra a su antojo. Podría decir que no hay que poner cara de nada y se puede llorar sin responder preguntas. Y sí, una puede llegar a la hora que quiera, lo malo es que a menudo no sabe a dónde llega ni de dónde viene. Una puede llegar a cualquier hora al mismo lugar de donde ha salido huyendo. Porque muchas veces una huye de sí misma.

Y es que el amor -esa clase de amor- es esa extraña enfermedad que hace que una no quiera nunca estar en ningún sitio distinto de sus ojos. Es esa enajenación mental que consigue que la libertad y la autonomía personal se conviertan en palabras vacías y mi espacio sin tí sea un lugar inhóspito. Es cuando al verbo querer no le acompañan adornos gramaticales, ni de cantidad ni de modo, porque guarda todos en sí mismo. En la redondez de dos palabras: te quiero.

Es esa extraña enfermedad que duele y acaricia; que abre los poros del alma y descubre la belleza que antes no vimos, aunque estaba ahí al lado; que convierte el corazón en una esponja que se empapa de emociones y las derrama a su alrededor. Y es esa extraña enfermedad que, afortunadamente, no tiene tratamiento ni atiende a razones. Que se rige por misteriosos estímulos que no tienen nada que ver con la lógica y a veces ataca a pesar de la lógica. Y lo mejor es asumirlo y no luchar contra él, porque puede ocurrir lo que nos canta por fandangos, con la voz quebrada, Enrique Morente:

Aaay, hasiendo por olvidarte
yo me creí que adelantaría...
cuando pasaron tres días
como un loco salí a buscarte
porque ni el sueño cogía.


Es mejor rendirse y dejarse llevar; permitir que el cuerpo y el alma se llenen de música, como si tuviéramos dentro el clarinete de Acker Bilk, y gozar de esa dolencia dulce y malsana que nos hace decir tonterías, justificar lo injustificable, cerrar la puerta a la realidad y no estar para nadie sensato.

Es una enfermedad que a veces se cura sola y a veces no; y en algunos casos, cuando ataca muy fuerte, tiene propiedades de vacuna y deja al enfermo inmune a un nuevo virus, sin posibilidad de volver a contraerla y perdido en una vida mediocre, sombría y gris en la que vuelven a importar la política, el trabajo, el dinero, en fin, las cosas saludables.

Pero al que la ha sufrido le quedan secuelas para siempre. Cuando menos lo espera, cualquier recuerdo le vuelve a llenar el cuerpo de música; entonces entorna los ojos y se le ilumina la cara con una sonrisa idiota. Estas secuelas engañan a la soledad un rato. Sólo un rato, pero algo es algo.